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¿Por qué habría organizado Benedicto una dimisión inválida?

Un artículo que traemos del blog de nuestro Vaticanista que no levanta el ojo de lo que sucede en la cúpula. Hoy, la pregunta es sobre el anterior Papa, ¿Organizó Benedicto una dimisión inválida? No se pierdan este artículo

¿Por qué habría organizado Benedicto una dimisión inválida? Un artículo del blog de Aldo María Valli

https://www.aldomariavalli.it/2021/05/07/perche-benedetto-avrebbe-organizzato-dimissioni-invalide/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

Queridos amigos de Duc in altum, Andrea Cionci viene sosteniendo desde hace tiempo la siguiente tesis en Libero [Libre]: Benedicto XVI habría dimitido voluntariamente de forma inválida. Así se pronuncia: “La clave del misterio de los dos papas  – ha escrito Cionci en uno de sus numerosos artículos dedicados al tema – debe buscarse en la manera estratégica e inteligente con la que Benedicto redactó, a propósito, una dimisión inválida y en cómo se ha comportado después de su dimisión”.

Para ser sincero, no me convencen los argumentos desarrollados por Andrea Cionci. Sobre todo, me parece que no respondían a la cuestión fundamental: ¿por qué motivos habría organizado Benedicto XVI todo eso?

He planteado directamente a Andrea la pregunta y he aquí la respuesta que me envía.

A.M.V.

* * *

Por Andrea Cionci

“El papa es uno solo” viene repitiendo Benedicto XVI desde hace ocho años, pero sin explicar nunca a cuál de ellos se refiere. Desde 2013 se habla de dimisión inválida, aunque hasta el año pasado no publicamos en Libero las tesis de fray Alexis Bugnolo, que por primera vez expuso cómo los errores en latín incluidos en la Declaratio de “dimisión” habrían sido insertados por el papa no por casualidad, sino para atraer la atención hacia una abdicación que nunca existió. Desde entonces ha sido un continuo goteo de indicios cada vez más evidentes y definitivos conducentes a que toda la operación pueda haber sido organizada voluntariamente por Ratzinger, hipótesis que ha culminado en el libro de la jurista Estefania Acosta Benedicto XVI: ¿papa emérito?

Todo lo que se considera canónicamente impugnable en una “dimisión” parece estar, en efecto, presente: los errores en latín que hacen que la Declaratio escrita no cumpla la exigencia de “rite manifestetur” (debidamente) y sea sospechosa de presión (Cfr. cánones 124 y 146); la confusión entre munus y ministerium, con una inútil renuncia al segundo (Cfr. canon 332 §2); una dimisión en general dudosa (canon 14) y, finalmente, la entrada en vigor a partir del ”momento X” en que Benedicto XVI ya no sería pontífice, con ausencia de ratificación de la “dimisión”.

Toda la operación figura reconstruida aquí, donde se ordenan hechos y documentos, con la debida profundización que el caso merece. Y, por el momento, nadie ha podido acreditar lo contrario.

Finalmente, hace algunos días, se ha publicado un inequívoco mensaje de Benedicto XVI, ya sugerido en Últimas conversaciones (Seewald-Ratzinger 2016) a través de esta frase: “Ningún papa ha dimitido en los últimos mil años e incluso en el primer milenio ello fue excepcional”. Esto parece zanjar definitivamente la cuestión toda vez que nadie ha podido ofrecer una explicación alternativa a la referencia histórica de Benedicto VIII con la que su homónimo número XVI afirma explícitamente no haber “abdicado” jamás.

De este modo, a los comentaristas más escépticos pero intelectualmente honestos ya sólo les queda aceptar, como salida, la siguiente: “Vale, de acuerdo, pero ¿a qué viene todo esto?”.

Detengámonos por un momento.  Controlemos un poco nuestra curiosidad con el fin de proceder como es debido. A veces, puede que alguien nos esté pidiendo ayuda de forma velada y misteriosa, como aquella señora que llama a la policía y pide una pizza para no levantar sospechas por parte de su abusador doméstico. En estos casos, ante todo es necesario darse cuenta de que 1) en el mensaje hay algo que no cuadra 2) la persona probablemente se encuentra en dificultad 3) es evidente que no puede hablar claramente y 4) motivos tendrá para estar pidiendo auxilio de forma oculta.

La cuestión fundamental que debe advertirse es que lo primero que hay que hacer es intervenir, observar, aclarar e indagar; tiempo habrá después de descubrir todos los móviles del hecho.

No obstante, ya podemos trazar algunas hipótesis sobre las razones por las que Benedicto XVI habría obsequiado al pueblo católico con estos ocho años de vacante (en el sentido más amplio del término), a causa de una dimisión voluntariamente inválida.

Desde hace dos mil años se nos ha anunciado un momento de gran crisis para la Iglesia, a través de su toma de poder por parte de fuerzas anticristianas. Contamos con el advenimiento de un “pastor ídolo” (profeta Zacarías), un “Falso profeta” (Apocalipsis de San Juan), una “extraña iglesia falsa” (beata Katharina Emmerick), una “Roma sede del Anticristo” (Nuestra Señora de La Salette), un “obispo vestido de blanco” (Fátima), un “papa de la Iglesia de la propaganda” (padre Julio Meinvielle), el “humo de Satanás dentro de la Iglesia” (Pablo VI), la “prueba definitiva a través de la apostasía interior” (art. 675 del Catecismo de 1992), una Anti-iglesia y un anti-evangelio” (San Juan Pablo II), “Satanás en la cúspide de la Iglesia” (don Stefano Gobbi)… En síntesis, la posibilidad de un golpe espiritualmente maléfico no es ninguna novedad y la conocemos desde hace bastante tiempo.

¿Debemos entonces creer que el cardenal Ratzinger y san Juan Pablo II se mantendrían inertes sin preparar un plan “B” de emergencia?

Ya en 1983 elaboraron – posiblemente en previsión de esto – una diversificación “hipnótica” entre el munus y el ministerium de la misión papal: con tal eficacia que todavía hoy hasta los especialistas pueden pasarla por alto. En Libero hemos avanzado la hipótesis de que pueda tratarse de un “juego de espejos”, inspirado en la visión del obispo vestido de blanco del espejo de los pastorcillos de Fátima.

Por ello, considerando que los ataques (probados) por parte de la Mafia de Sankt Gallen procedían del interior y admitiendo que los mismos personificasen cuanto fue profetizado hace dos mil años, el procedimiento de reacción mejor para el papa Ratzinger, desde un punto de vista estratégico, no podía consistir en una contraposición frontal asimétrica. Con todo el mundo describiéndolo como un hosco papa oscurantista y reaccionario, ¿cabe imaginar en 2005 a Benedicto XVI – como les gustaría a ciertos sedevacantistas – derramando excomuniones sobre los modernistas o suspendiendo y persiguiendo por doquier?

Hubiera sido un suicidio político: no habría conseguido sino reforzar la propaganda de sus enemigos, tanto en el interior como en el exterior de la Iglesia; no sólo condenándose a sí mismo, sino quizás también preparando como reacción la sucesión legal de un papa modernista.

Cuando monseñor Viganò concentra en el Concilio la raíz de la deriva actual, no yerra y ciertamente en 2013 la metástasis del modernismo neo-arriano-luterano (con la ya endémica homosexualidad del clero) había alcanzado un grado tal que se imponía una decisión drástica. Vatileaks llegó a evidenciar una feroz guerra intestina entre facciones, incluidos presuntos planes para eliminar físicamente al Pontífice.

Por tanto, Benedicto XVI creyó que el momento había llegado para apretar el “botón de emergencia” sin dudarlo, con plena voluntad, ciencia y conciencia. La forma más inteligente, eficaz y santa de reaccionar era la retirada (palabra que usa a menudo), no sin antes haber “minado” el terreno frente a la invasión enemiga. En los estudios de estrategia se describiría como una “maniobra diversiva” con “retirada elástica” y “falsa diana”.

Como forraje para los lobos que lo asediaban, Ratzinger les ha proporcionado la “carnaza” del ministerium y, retirándose a la supuesta función de papa emérito, ha conservado el munus, concediendo a las fuerzas enemigas existentes en el seno de la Iglesia un tiempo experimental, en el que se desvelan, de modo que el pueblo católico llegue a escandalizarse y comprenda tanto el vacío como los contenidos teológicamente destructivos del modernismo masónico sometido al mundialismo.

Los católicos tenían que ver un ídolo pagano entronizado en San Pedro, la “Virgen mestiza consuelo de los emigrantes”, las transformaciones doctrinales, los cambios en el misal politically correct, el rocío esotérico-masónico y mil transformaciones e inversiones más, opuestas a la sana doctrina.

Los fieles tenían que ver cómo la Iglesia, esclava del “mundo”, dialogante con abortistas y homosexualistas, había de tocar fondo, “darse de bruces” como el hijo pródigo. Debían llegar a convertirse en “porqueros” antes de tomar conciencia y volver a la casa del padre.

Recordemos que en 2013, ningún intelectual, teólogo, vaticanista o simple fiel había llegado al grado actual de exasperación o estaba animado por un espíritu católico heroico. Nadie hubiese arriesgado su carrera ni los sacerdotes habrían sido excomulgados ni se hubiesen formado grupos de resistencia al modo de una “nueva Cruzada de los pobres”. Nadie habría comprendido la realidad y certeza de la fe de no haber sido exasperado, escandalizado, despreciado y extenuado por Bergoglio y sus colegas.

Ratzinger sabía lo que ocurriría y previno todo: su dimisión era completamente inválida, lo cual sería progresivamente descubierto a medida que los diferentes Enzo Bianchis se hundiesen solos, que una Iglesia abusadora se anegase en feroces conflictos internos, escándalos financieros, sexuales, improvisaciones grotescas y contradicciones patentes.

Y la dimisión de Benedicto sería inválida por siempre, incluso después de su muerte. Un plan definitivo para separar el grano de la paja.

¿Arriesgado? Por el momento – puesto que escribimos sobre ello – el plan ha funcionado, al menos en su primera parte. Se comprende la jugada, con ocho años de retraso, pero al cabo así ha sido y la certeza de algunos hechos se está haciendo viral en todo el mundo. Y Benedicto aún está vivo y lúcido. Se ha visto que la Iglesia debe ser purificada definitivamente, pagando como precio un cisma, esta vez útil y necesario. Tratábamos sobre ello aquí el pasado mes de febrero y, tras haber sufrido entonces muchas críticas, casi nadie habla ya de otra cosa.

Ahora, lo único que queda por decidir es si los que se saldrán de la Iglesia (en cuanto sede) serán los tradicionalistas o los modernistas.

Y el eje de todo ello es, una vez más, la invalidez de la dimisión de Benedicto XVI.

Si Ratzinger no dimitió, Bergoglio y sus cardenales, teólogos, nombramientos y novedades doctrinales se desvanecerán en un suspiro, como polvo al viento, “residuos escatológicos” del Derecho canónico. Formarán una nueva iglesia mundialista, masónico-luterana, y se agregarán a los protestantes europeos. Se convertirán en irrelevantes en el curso de pocos años, como todas las iglesias protestantes. Por otra parte, si nadie tiene fuerza suficiente como para impugnar la dimisión, le corresponderá a la Iglesia romana abandonar la sede, retomar la fe como Atanasio y volver a las catacumbas, como había previsto Ratzinger. En todo caso, será un cisma purificante, deseable a nuestro parecer. Estamos ya en presencia de dos religiones no sólo distintas, sino además antitéticas.

Ahora bien, llegados a este punto, los obispos y cardenales no deberían necesariamente tener que optar por el bando que está clarísimo. Bastaría con que exigiesen una clarificación, de forma neutra, una operación de búsqueda de la verdad sobre la dimisión de Benedicto.

Si Bergoglio no fuese papa, ciertamente no podría excomulgar, a no ser descubriéndose a si mismo, a ningún cardenal que demandase simplemente claridad.

Lo que se impone es una rueda de prensa pública de Benedicto XVI con plenas garantías sanitarias y de seguridad. O si acaso una audiencia con canonistas, o un sínodo de purpurados nombrados antes de 2013. Una operación de absoluta y rigurosa transparencia debería ser ante todo del interés de Bergoglio, si es verdadero papa, como también de su sucesor. Naturalmente, esta vez no pueden arregrárselas sólo con los titulares artificiosos de Vatican News o llamando a los periodistas habituales de los diarios filobergoglianos para que interpreten todo a su favor. La operación en aras de la verdad deberá ser clara, neta y definitiva.

Por Andrea Cionci

*La fotografía del artículo pertenece a la publicación original. MR declina toda responsabilidad

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Benedicto una dimisión inválida
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