Sobre cómo la Semana Santa da a la vida la paradoja de verdaderamente encontrase a uno mismo perdiéndose

Las liturgias de Semana Santa pueden ayudarnos a despojarnos de nosotros mismos para revestirnos de Cristo y transformarnos en Él en lo más profundo y así parecernos a Aquel de quien somos imagen

Sobre cómo la Semana Santa da a la vida la paradoja de verdaderamente encontrase a uno mismo perdiéndose, un artículo de Peter Kwasniewski para LifeSiteNews

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

“Oh Dios…escúchame mientras tiemblo en esta oscuridad, y extiende tu mano derecha hacia mí. Sostén tu luz frente a mí y llámeme de regreso de mi peregrinar para que así, con tu guía, pueda volver de nuevo a mí y a ti.” (San Agustín)

El hombre no puede encontrar la plenitud o el descanso en sí, sino solo en otro que es distinto a él. Su vida entera, desde la infancia a la adultez y luego a la vejez, está marcada por la necesidad de los demás, y dentro de esa necesidad habita un deseo del Otro que lo completará y le dará descanso.

Él es capaz de descubrir a través de la reflexión que en este mundo siempre está de alguna manera distanciado no solo de Dios, sino hasta de sí mismo. Es más, él puede ver que lo primero es causa de lo segundo: no soy yo mismo porque aún no estoy perfectamente unido a mi origen y mi fin.

Desde su amplia experiencia de conversión y amor, los santos conocen esta verdad mejor que cualquier otro. Guillermo de Saint Thierry ruega al Señor: “Mientras esté contigo, también estoy conmigo; pero no estoy conmigo mientras no estoy contigo.” Su amigo San Bernardo de Claraval concuerda: “Él que me dio a Sí mismo, me llevó de vuelta a mí mismo.” Son buenos discípulos de San Agustín, quien dijo: “Si mi ser no permanece en Él, no puede permanecer en mí.”

Por encima de los demás tiempos del año eclesiástico, la Semana Santa nos recuerda esta fundamental lección. La vida sacramental cristiana solemnemente representada en las ceremonias litúrgicas y en sus ecos devocionales es una escuela que abre nuestros ojos más y más a la presencia y ausencia de Dios, a Su majestad y belleza, y a la miseria y oscuridad del hombre caído. El culto público de Dios ayuda a despojar al hombre de sí mismo (de su antiguo yo, de su misma “propiedad”) y a revestirse con Cristo, o mejor aún, a transformarlo en Cristo desde lo más profundo, dándose así cuenta del potencial innato del alma a ser lo que Dios creó para ser: una clara y hermosa imagen de Él mismo.

En palabras de Étienne Gilson:

“Concede que un ser es una imagen, y entonces cuanto más se parece a su Original más fiel es a sí mismo. Pero ¿qué es Dios? Él es Amor… Y Amar a Dios como se ama a sí mismo, eso es verdaderamente ser uno con Él en la voluntad; reproducir la vida divina en el alma humana; vivir como Dios, volverse como Dios, en una palabra, ser deificado. Lo maravilloso es que, al convertirse así en Dios, el hombre también se vuelve, o vuelve a ser, él mismo; se da cuenta de su propia esencia como hombre al realizar su fin. Arranca de raíz la miserable disimilitud que dividía el alma de su propia verdadera naturaleza. Perdiendo aquello por lo cual él es parcialmente, encuentra una vez más la plenitud de su propio ser, como lo que fue cuando salió de las manos de Dios.”

G.K. Chesterton apunta a lo mismo en su deliciosa manera:

“A la pregunta, “¿Qué eres?”? Solo puedo responder, “Dios sabe”. Y a la pregunta, “¿Qué significa la Caída?” Puedo responder con completa sinceridad, “Sea lo que sea, yo no soy yo mismo.” Esta es la primera paradoja de nuestra religión: algo que nunca hemos conocido en su pleno sentido no solo es mejor que nosotros mismos, sino incluso más natural que nosotros mismos.”

Despertar al mismo ser humano en el divino Otro donde este existe más perfectamente, donde brota desde toda la eternidad y donde al final viene a descansar si la felicidad se gana, requiere pisar el accidentado, y a veces agonizante, camino de alienación. De hecho, me “encontraré a mí mismo” al fin, pero solo siendo purificado de la “miserable disimilitud”; solo después de ceder el dominio a otro, al amado, que remodela mi vida de acuerdo con su voluntad. Reflejando el don total de Sí mismo del Señor, nuestra conversión exige un éxodo que toma la forma de pasión y muerte, antes que pueda adquirir la forma de vida y gloria.

Este mismo misterio de humillación y glorificación ocupó Jesús, Moisés y Elías en la montaña de la Transfiguración. El legislador y el profeta estaban hablando a Jesús “de su partida [éxodo]. Que iba a ser cumplida en Jerusalén” (Lucas 9, 31). En la Vulgata, éxodo se convierte en excessum. A lo largo de su vida, pero especialmente en Su Pasión y muerte, Cristo modela el excessus, el éxodo, que cada cristiano debe reproducir en su propia vida logrando una unión más profunda con Cristo.

“El Éxodo…con su muerte y rebrote” es un “patrón básico en el cristianismo” (Joseph Ratzinger). El hombre carnal está constantemente tentado a “dar marcha atrás al éxodo,” para volver a “Egipto” y todo lo que esto simboliza. Cristo rechaza esta tentación en el jardín de Getsemaní cuando oró: “Que no se haga mi voluntad, sino la Tuya” (Lucas 22, 42): Él rechazó la presunción luciferina, el ejercicio de la voluntad autónoma. Él se hizo pan y vino para ser compartido sin fin, así todos los que vengan a Él pueden recibir todo de Él, sobriamente ebrios de Su amor.

La liturgia eucarística es el acto definitivo del hombre nuevo, el paradigma de lo que es ser divinamente humano. Esta metamorfosis no destruye a la persona, sino que la re-crea como una distintivamente radiante reflexión de la Imagen única del Padre. “Lejos de borrar a la criatura, la deificación por si sola hace posible que ella exista en su verdad integral” (Jean Borella).

En sus símbolos la liturgia proclama los cielos y las tierras nuevas, y en la naciente santidad de los cristianos alimentados en el altar, comienza ya a anticipar el reino de Dios; un reino completamente establecido solo después de la fiera destrucción de los antiguos cielos y tierra. El “resucitado cuerpo del Señor es el núcleo de un mundo nuevo” (Pierre Bonoit); y así como la Cabeza tuvo que beber la copa del sufrimiento antes de entrar en Su gloria, así también deben Sus miembros.

Pueda este Santo Triduo acercarnos más al Crucificado y Glorioso Salvador del Mundo.

Peter Kwasniewski

*Nota de edición: La fotografía pertenece al artículo original publicado por LifeSiteNews. MarchandoReligion declina toda responsabilidad

Puedes leer este artículo en su sitio original en inglés aquí: https://www.lifesitenews.com/blogs/how-holy-week-brings-to-life-the-paradox-of-truly-finding-oneself-by-losing-oneself

Te invitamos a leer este artículo para meditar en esta Semana Santa


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Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski: (Chicago, 1971) Teólogo y filósofo católico, compositor de música sacra, escritor, bloguero, editor y conferencista. Escribe regularmente para New LiturgicalMovement, OnePeterFive, LifeSiteNews, yRorateCaeli. Desde el año 2018 dejó el Wyoming CatholicCollegeen Lander, Wyoming, donde hacía clases y ocupaba un cargo directivo para seguir su carrera como autor freelance, orador, compositor y editor, y dedicar su vida a la defensa y articulación de la Tradición Católica en todas sus dimensiones. En su página personal podrán encontrar parte de su obra escrita y musical: https://www.peterkwasniewski.com/