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Los prerreformadores

¿Qué sucedió antes de la llegada de Lutero? Entre los antecedentes están los que llamamos los prerreformadores

Los prerreformadores. Un artículo del Rev. D. Vicente Ramón Escandell

Antecedentes de la reforma de Lutero

Contrariamente a lo que suele pensarse, la denominada “reforma” luterana, no fue fruto de la causalidad ni de un arrebato momentáneo, sino que hunde sus raíces en la profunda crisis que sufre la Iglesia durante el siglo XV, fruto de una serie condicionantes que favorecieron la aparición de Martin Lutero.

Entre estos antecedentes se encuentran las figuras de John Wyclef y Juan Hus, ambos considerados precursores de la reforma protestante y que sentaron las bases del movimiento luterano tanto en Inglaterra como en Centroeuropa. Ambos movimientos, aparentemente sofocados en el Concilio de Constanza (1414-1417), dieron la primera señal de alarma de que algo se fraguaba en el seno de la Cristiandad, pero que no fue detectado por las autoridades eclesiásticas inmersas, en aquel momento, en la superación de un cisma que duraba casi cuarenta años y más preocupadas en lo temporal que en lo espiritual. La grieta en la unidad de fe y doctrina que se inicia con los movimientos de Wyclef y Hus, terminara en franca ruptura a partir de 1517 con Martin Lutero.

Una Iglesia inmersa en una profunda crisis

La Iglesia, tras los esplendores del siglo XIII, se ve inmersa a lo largo del siglo XIV y XV en una profunda crisis que afecto a todos los niveles de la misma, con especial incidencia en la jerarquía eclesiástica que, tras el Cisma de Occidente, quedo desprestigiada a ojos de un sector importante del pueblo cristiano, tanto entre las elites intelectuales como entre los simples fieles.

Uno de los factores determinantes de la crisis que sufre la Iglesia en la Baja Edad Media es el progresivo desprestigio del Pontificado. Después de una serie de Papas ejemplares y autoritarios, como lo fueron Inocencio III, que llevaron a su culminación la política de las Dictatus Papae de san Gregorio VII, que establecían la preeminencia del poder pontificio sobre el temporal; el trono de san Pedro es ocupado por una serie de papas mediocres que, no supieron o no pudieron, mantener el prestigio espiritual y temporal que habían consolidado sus predecesores. Esta situación se agravo tras Bonifacio VIII con la marcha de los Papas y la Curia Romana a Aviñón, donde, si bien aparentemente actuaban de forma libre e independiente del poder temporal, en la práctica estuvieron al servicio de los intereses del rey de Francia. Ello perjudico la imagen del Papado de cara al exterior, muy especialmente, en los territorios germanos, sentando las bases de una serie de auténticos o falsos gravámenes contra la nación germánica que, muy hábilmente, sabría utilizar Lutero para soliviantar a los electores y nobleza alemana contra el Papado.

A esta situación de decadencia institucional, vino a unirse la, a veces poco discreta, corrupción y abusos que desde la Curia Romana venía ejerciéndose durante la estancia del Papado en Aviñón. La necesidad recaudatoria del Papado, fomentada por el traslado de la Corte a Aviñón, unida a la centralización de la dispensa de beneficios eclesiásticos en torno a la Santa Sede, ya iniciada en tiempos de san Gregorio VII, hicieron onerosa y escandalosa la acción de la burocracia pontificia para muchos cristianos. En no pocas ocasiones fue motivo de escándalo el hecho de la compra de beneficios eclesiásticos, cuyos beneficiarios, en no pocas ocasiones, eran indignos de ocupar los cargos a los que habían accedido. Esto se tradujo en un descuido de las obligaciones pastorales de no pocos prelados que, delegando sus funciones en representantes, jamás pisaban las diócesis a las que eran promovidos, pero sí que percibían las rentas que de ellas procedían.

Esta situación dio lugar, como consecuencia lógica, a un descenso en la calidad moral y espiritual de los candidatos a las sagradas ordenes, muchos de los cuales accedían sin vocación y más interesados en los beneficios temporales adjuntos a su cargo pastoral. La vida religiosa, tanto secular como regular, se convirtió para muchos en un refugio o modo de vida, al que iban destinados los segundones de la nobleza o los hijos naturales de nobles o clérigos, lo que en nada beneficio el cuidado de las almas. A ello se unía una deficiente formación de los candidatos al sacerdocio, especialmente entre el bajo clero, que accedían a las sagradas ordenes con una formación muy limitada, en todos los órdenes, que se traducía, por ejemplo, en sacerdotes que ni siquiera conocían el latín para celebrar la Eucaristía, o que presentaban serias dudas a la hora de cumplir con la ley del celibato eclesial. La misma actitud de obispos y cardenales en nada beneficiaba la reforma moral del clero: no pocos vivían ausentes de sus diócesis, llevando una vida mundana en las cortes regias o papal, y manifestando los mismos o peores vicios que muchos de sus ministros.

En este ambiente de relajación moral entre el clero, vino a unirse también una decadencia de los fundamentos mismos de la enseñanza eclesiástica. Después de la época dorada de la teológica católica medieval, en la que brillaron figuras de santo Tomás de Aquino o san Buenaventura, la escolástica entra en un proceso de decadencia del que tardaría mucho en salir. La progresiva complicación de las cuestiones teológicas, los debates estériles sobre asuntos sin importancia y la falta de originalidad entre los autores del momento, son algunos de los motivos de esta decadencia. A ello habría que unir la progresiva separación y oposición entre la Teología y la Mística, que entra dentro de la ya clásica confrontación dentro del Cristianismo medieval entre quienes rechazaban lo intelectual y que aceptaban la necesidad de un dialogo entre la fe y la razón. Se produce así una ruptura que desembocaría en una espiritualidad sentimentalista, ajena a toda formulación racional y objetiva, que sería la nota dominante en el periodo de la Reforma.

Se percibe, pues, en el seno de la Iglesia una situación crítica, que, a pesar de las voces de alarma de clérigos, intelectuales y fieles, no fueron escuchadas por los principales representantes del gobierno de la Iglesia. Esta, inmersa en no pocos conflictos externos con el poder temporal, parecía hacer oídos sordos a los llamamientos de reforma que se le hacían, hasta el punto, que no pocos autores empezaron a reclamar una intervención directa del poder temporal para poner fin a tal situación. En este sentido se situaba Marsilio de Padua quien, en su obra Defensor Pacis, hablaba ya del hecho de que fuera el poder temporal quien diera a los ministros de la Iglesia la jurisdicción para poder ejercer su ministerio. Se perfilaba así la idea de la tutela del poder civil sobre el eclesiástico, algo que no era nuevo para la Iglesia, pero que parecía perfilarse como única solución ante el desastre que se estaba viviendo.

La situación vino a agravarse con el estallido del Cisma de Occidente, motivado por la elección de Urbano VI quien, perfilándose como un Papa reformador, termino por ganarse la oposición de parte del Colegio cardenalicio, especialmente de los cardenales franceses, por su extremismo a la hora de poner en marcha la tan necesaria reforma de la Iglesia. De 1378 a 1417 el espectáculo de una Cristiandad dividida en dos y en tres obediencias fue demoledor, especialmente, en un momento en que Francia era asolada por la Guerra de los Cien Años, el Islam amenazaba con hacer desaparecer al Imperio Romano de Oriente y la Peste Negra hacia estragos entre la población de Occidente. No pocos cristianos vieron en esta coyuntura de desgracias una señal de la cercanía del final de los tiempos, agravándose así la crisis eclesial e internacional, con una profunda crisis espiritual a la que habría de dar una respuesta las doctrinas de Lutero.

Wyclef y Hus: una respuesta heterodoxa a la crisis de la Iglesia

Era cuestión de que tarde o temprano surgiesen en el seno de la Iglesia tendencias heréticas que pretendieran restaurar el orden espiritual dentro de la Iglesia.

Antes de la aparición de Wyclef y Hus, y como consecuencia de la progresiva decadencia del Papado, ya habían aparecido en la Iglesia movimientos de índole espiritual, que propugnaban un fuerte rechazo contra la realidad visible de la Iglesia y apelaban a una reforma espiritual de la misma. Ya en tiempo de Juan XXII (1316-1334), a quien se debió la reforma de la estructura fiscal de la Santa Sede, surgió en el seno de la orden franciscana la secta de los Fraticelli, quienes se rebelaron contra las disposiciones del Papa acerca de la pobreza; llevando al extremo las disposiciones de San Francisco sobre este punto en la Regla, estos, influenciados por las doctrinas neomaniqueas de los cataros y valdenses, afirmaban la existencia de dos Iglesias: una espiritual o verdadera, y otra carnal o falsa, que identificaban con la Iglesia católica y jerárquica. De esta última rechazaban los sacramentos, por lo material que comportaban, y porque eran administrados por el clero de la <<Iglesia carnal>>.

Los Fraticelli, como otros movimientos parecidos, surgidos del seno del franciscanismo, fueron especialmente virulentos contra el Papado, tomando partido, en no pocas ocasiones, del poder civil en sus luchas contra este. De sus círculos se forjo la leyenda del advenimiento del Pastor Angelico, un Papa providencial que vendría a restaurar la pobreza de la Iglesia, y que muchos identificaron con Pedro Morrone, el Papa Celestino V (1294).

Sin embargo, hay que buscar fuera del continente el primer gran movimiento organizado que presenta un cuerpo doctrinal firme y cohesionado. Este lo encontramos en las 45 tesis de John Wyclef (1320-1384), teólogo inglés, que había de ejercer una notable influencia en el movimiento herético continental de los husitas. He aquí un resumen de las mismas:

  1. La Sagrada Escritura es la única fuente de la fe: como más tarde Lutero, Wyclef rechaza la Tradición y, por ende, el Magisterio de la Iglesia, como norma para la fe. No en vano, Wyclef es el primer traductor al inglés de las Sagradas Escrituras.
  1. Rechazo de la Iglesia sacramental y jerarquía: como los Fraticelli, Wyclef rechaza la realidad temporal de la Iglesia y los sacramentos, basándose en la realidad que tiene ante sí, es decir, la existencia de ministros pecadores e indignos; como ya hicieran en tiempos de san Agustín los donatistas, y posteriormente los cataros, albigenses y valdenses, la eficacia de los sacramentos depende de la santidad del ministro y no, como dice la doctrina católica, de los méritos de Cristo.
  1. Considera la Iglesia como una realidad invisible, una <<comunidad de predestinados>>: el rechazo de la Iglesia visible y jerarquía, lleva inevitablemente a Wyclef a afirmar que la auténtica Iglesia es la que está constituida por los “predestinados”, es decir, por aquellos que Dios desde la eternidad ha destinado a la salvación; y dado que, como en esta vida no sabemos quiénes lo están o no, es imposible saber si el Papa, los obispos o los sacerdotes se encuentran entre ellos, de ahí, la ineficacia de los sacramentos que son administras, en su mayoría, por ministros indignos y réprobos. Esta idea de predestinación Wyclef la extrae de su lectura que hace de la doctrina de la gracia de san Pablo y san Agustín la obra La causa de Dios contra los pelagianos de  Thomas Bradwardinearzobispo de Canterbury, que asume el augustinismo, es decir, la doctrina más extrema de la gracia de San Agustín.
  1. Sacerdocio común de los fieles: como se deduce de sus ideas predestinacionistas y bíblicas, Wycelf rechaza el sacerdocio ministerial y exalta el sacerdocio común de los fieles, otra de las ideas que haría suya Lutero. Wyclef sostenía que era la “devoción” lo que convertía a un sacerdote en verdadero sacerdote y en validos los actos que realizaba; sin embargo, un simple fiel laico que la poseyera podía realizar los mismos actos ministeriales, pues la validez de estos no dependía de la voluntad de la jerarquía sino de la devoción del ministro.
  1. Subordinación de la Iglesia a la Corona: Wyclef defiende la supeditación del poder espiritual al poder temporal, como ya sostuviera Marsilio de Padua, y que se convertirá en uno de los elementos más atractivos de los diversos movimientos reformadores del XV y el XVI. En último término, esta subordinación supone el derecho de la Corona de percibir las rentas eclesiásticas y proceder a la venta de los bienes de la Iglesia, especialmente, de las Ordenes monásticas, a fin de percibir sus rentas o proceder a su venta pública. Esta medida será una de las primeras que tomen la mayoría de los señores seculares que se adscriban a la reforma luterana y será llevada a la práctica por Enrique VIII tras su ruptura y separación con Roma.
  1. Violenta critica al Papado: la institución del Papado no escapa de las críticas de Wyclef, que se revela como su más firme opositor, si bien, esta era ya una tendencia presente en el continente, donde el doctrinarismo antipapal había encontrado el campo abonado por los propios abusos y corruptelas realizados o amparados por la Santa Sede.
  1. Negación de la Presencia Real y de la Transubstanciación: en este punto, Wyclef se rebela como uno de los verdaderos precursores del movimiento reformado del siglo XVI, cuyas variantes coinciden en la negación de la Presencia Real y de la Transubstanciación como explicación teológica de la primera. Como doctrina que explicara el misterio eucarístico, Wyclef formuló la consustanciación, según la cual tras la consagración la sustancia del pan y del vino se hallaban presente junto al Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esta doctrina sería más tarde asumida por Lutero que, al igual que Wyclef, rechazaba férreamente la doctrina escolástica de la Transubstanciación.

Como vemos, Wyclef ofrece un corpus doctrinal sistemático y que, en muchos aspectos, recoge elementos precedentes, pero también añade algunos nuevos, como el tema eucarístico, que habrían de ser asumidos por Lutero en el siglo XVI. Sin embargo, el primero que hace suyas estas doctrinas sería el predicador bohemio Juan Hus (1370-1415), provocando el primer gran conflicto religioso en el Continente.

Como si fuera una premonición, Hus inicia su lucha contra Roma en una predicación contra las indulgencias promulgadas por el antipapa Juan XXIII para financiar la guerra que sostenía Segismundo, rey de Bohemia, contra Ladislao, rey usurpador de Hungría. Hus aprovecho la ocasión para denuncias que el interés de los predicadores papales de las indulgencias estaba más en recaudar que en explicar el sentido de las mismas a los fieles. Ya, por entonces profesaba abiertamente las doctrinas de Wyclef, pero fue su invectiva contra los predicadores papales lo que precipito los acontecimientos, que le condujeron a ser excomulgado. A fin de lograr ser rehabilitado, Hus se presentó en Constanza, donde se había reunido un concilio para poner término al cisma de Occidente, a fin de exponer sus doctrinas y lograr que se le levantase la excomunión. Sin embargo, por desafiar la excomunión celebrando misa y predicando, Hus fue encarcelado y sus doctrinas condenadas por el concilio, junto con las de Wyclef, el 6 de julio de 1415. Relajado al brazo secular, fue ejecutado en la hoguera el mismo día, lanzando entre las llamas que lo consumían una profecía: «Vas a asar un ganso, pero dentro de un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás asar.». Un siglo más tarde, estas palabras fueron interpretadas como el anuncio del advenimiento de Lutero, que pronto se apropió de ellas y se vio a sí mismo, al igual que sus seguidores, como el continuador imparable de la obra “renovadora” de Hus.

La muerte de Hus no puso fin a su movimiento, al contrario, los bohemios vieron en ella una ofensa de los alemanes a su pueblo, lo que avivo las ya antiguas rencillas entre ambos, dando lugar a un levantamiento armado, apoyado tanto por la nobleza como por el pueblo. De un levantamiento religioso se pasó a un levantamiento armado, que fue imposible de sofocar para las autoridades imperiales, que se vieron en la necesidad de llegar a un acuerdo con los husitas, especialmente, con su sector más moderado, los <<utraquistas>>, integrados por la baja nobleza y la burguesía, que contaba con el apoyo de la Universidad de Praga; fueron estos quienes llegaron a un principio de acuerdo con las autoridades católicas a través de los Cuatro artículos de Praga, los cuales comprendían:

  1. Libertad de predicación.
  2. Comunión bajo las dos especies.
  3. Secularización de los bienes eclesiásticos.
  4. Sanción publica de los pecadores.

Con este acuerdo, quedaba sancionada en Bohemia la división religiosa del reino, un peligroso precedente de lo que habría de ser el resultado de la Reforma protestante en los territorios alemanes un siglo después en virtud de la Paz de Augsburgo.

Sin embargo, no todos los seguidores de Hus estuvieron igual de conformes con el acuerdo sancionado por los <<utraquistas>>. Los elementos más radicales del mismo, los llamados <<taboritas>>, que tenían su centro en la fortaleza Tábor, y que estaban compuestos por elementos milenaristas, antinobiliarios y antigermanicos, se resistieron a aceptar la paz y continuaron la lucha contra el Imperio. Hubo de producirse un enfrentamiento militar entre ambas facciones, donde el emperador Segismundo apoyo a los <<utraquistas>>, para que estos elementos radicales fueran anulados, y así garantizar una paz religiosa en Bohemia, más aparente que real.

Una lección para aprender

La situación de la Iglesia en los siglos XIV y XV fue de una profunda crisis que posibilito la aparición de movimientos heréticos y disgregadores que pusieron en serio peligro la unidad de la Iglesia y que, finalmente, favorecieron el gran movimiento rupturista de la Reforma protestante.

Sin embargo, no puede achacarse a estos movimientos todo el mérito del desastre que produjo la Reforma luterana un siglo antes. La misma Iglesia, en especial, en sus capas más altas, hizo una dejación de funciones terrible, consciente o inconscientemente, que favoreció su aparición y desarrollo. El desprestigio del Papado y de gran parte de la jerarquía y del clero jugaron un papel importante en la aparición de estos movimientos, sin dejar de lado el interés del poder temporal en el debilitamiento de la autoridad eclesiástica, que favorecía su sumisión a él, justificada por los predicadores de la “reforma”. El escándalo de una Iglesia demasiado mundana, en un contexto marcado por las guerras, pestes y amenazas exteriores, agudizo aún más la sensación de terror y temor de muchos cristianos que, pedían a gritos, auxilio en medio de la calamidad.

Si bien no puede negarse la necesidad de reforma y de lo acertado de algunas de los postulados de Wyclef y Hus, también es cierto que su radicalismo, exigido tal vez por las circunstancias, no ayudo a sanar las heridas de una Iglesia lacerada por el Cisma y la inmoralidad. Al contrario, sus doctrinas sirvieron para poner en dudas importantes puntos de la doctrina católica y sirvieron, por lo que respecta a las relaciones entre la Iglesia y el Estado, para que este encontrara una justificación para su intervencionismo en la vida de la Iglesia y la limitación de la autoridad del Romano Pontífice. El sueño de una “Iglesia nacional” o “Iglesia estatal” aparece por primera vez justificado en las tesis de Wyclef, Hus y Marsilio de Padua, que ven en su intervención la única solución para que la Iglesia volviera a una hipotética situación de pobreza, que, en la práctica, la condenaba a la sumisión al poder civil.

D. Vicente Ramón Escandell Abad, Pbro.

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