San José, primero de todos los santos y patrono de la Iglesia

Queridos amigos de Duc in altum, con la tercera parte de hoy, después de las publicadas los días 17 (aquí) y 18 de marzo (aquí), concluye la serie de Federico Catani dedicada a san José. ¡Muchas felicidades a quienes se llaman así!

San José, primero de todos los santos y patrono de la Iglesia. Un artículo del blog de Aldo María Valli

Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2021/03/19/san-giuseppe-primo-di-tutti-i-santi-e-patrono-della-chiesa/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

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Por Federico Catani

En estos tiempos tan dramáticos a causa de la pandemia del Covid-19, todavía más terrible si cabe debido al cierre de las iglesias, a las muertes en soledad y sin acompañamiento religioso y a la suspensión de funerales, es el momento de rezar con más fuerza a san José, considerado desde siempre patrono de los agonizantes, invocándole en pro de una buena muerte, o sea una muerte en gracia de Dios. Para obtener esta gracia, que es la más importante y decisiva de toda la vida, conviene rezar no en el último momento de nuestra existencia, cuando probablemente nos faltarán fuerzas y lucidez para hacerlo, sino durante nuestra vida, cuando todavía gozamos de salud. Además, es nuestro deber no sólo por nosotros, sino también por todos los que en este momento mueren sin poder hacerlo, a fin salvar su alma.

En el motu proprio Bonum sane, de 1920, con ocasión de la celebración del quinto centenario de su proclamación como Patrono de la Iglesia, el papa Benedicto XV recordaba que san José «es considerado merecidamente como el más eficaz protector de los moribundos, habiendo expirado con la asistencia de Jesús y María». Por ello mismo, recién terminada la Primera Guerra Mundial, el Papa aconsejaba a los obispos que favoreciesen a todos «aquellos sodalicios píos instituidos para suplicar a san José en favor de los moribundos, como los “de la buena muerte”, los del “tránsito de san José” y los “dedicados a los agonizantes”».

El mismo Catecismo de la Iglesia católica (núm. 1014) recuerda lo siguiente: «La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte (“De la muerte súbita e imprevista, libéranos, Señor”, dicen las antiguas Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte” (Ave María) y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte».

«La enseñanza de José lleva a todos a considerar las cosas presentes y pasajeras a la luz de las futuras, que duran eternamente; y consolando los inevitables sinsabores de la condición humana con la esperanza de los bienes celestes, a obedecer la voluntad divina viviendo con sobriedad y según los dictámenes de la piedad y la justicia» (Benedicto XV, Bonum sane).

¿Asunción de san José?

Es interesante señalar en este momento que muchos santos, incluyendo a Bernardino da Siena, Francisco de Sales y Alfonso María de Ligorio, creyeron piadosamente en la asunción al Cielo en cuerpo y alma de san José, efectuada inmediatamente después de la resurrección de Jesús, en el marco de los acontecimientos relatados por el Evangelio de Mateo (Mt 27, 52-53). También el papa Juan XXIII compartía esta opinión. La teología ha proporcionado muchas razones para sostener lo que sin embargo sigue siendo una hipótesis, no obstante fascinante y ciertamente razonable. Sintetizando mucho la cuestión pueden indicarse, en particular, tres.

Primera: San José, en su vida en la tierra, tuvo contacto físico muy estrecho con la santa Humanidad de Cristo y con Nuestra Señora. Mas si se encontrase en el Paraíso únicamente en alma, tendría menor intimidad con Cristo y María Santísima y, por consiguiente, menos felicidad en el Cielo de la que gozaba en la tierra, lo que constituiría un hecho un tanto singular e ilógico.

Segunda: El premio de la resurrección corpórea conviene a la pureza virginal del cuerpo de san José y a la ausencia del más mínimo pecado venial cometido por él voluntariamente.

Tercera: La Virgen María, con excepción de su Hijo, no amó a nadie como a san José, su esposo. Del mismo modo, tampoco Jesús, después de su madre, amó a ninguna otra criatura como a san José. Por tanto, es bastante lógico que Jesús (y en consecuencia también María) quisiera premiar a su padre putativo con el regalo de la asunción al Cielo, reconstituyendo así la Sagrada Familia en el Paraíso.

Primero entre todos los santos

San José merece culto como protodulìa, es decir, se trata del primero y más santo de todos los santos y, por tanto, tiene derecho a un culto privilegiado. De ello se deduce que su intercesión, conforme enseñaba santa Teresa de Ávila entre otros, es inmensa, segunda sólo a la de Nuestra Señora. En efecto, rezar a san José no es como rezar a cualquier otro santo. Por lo demás, sus privilegios son excepcionales, dado el papel especial que jugó en la historia de la salvación. Su santidad, insistimos, es segunda sólo a la de la Virgen María.

«La Iglesia católica con justicia honra con culto cada vez más extendido y venera con sentimiento de profundo afecto al ilustre y bendito patriarca José, coronado ya de gloria y honor en el Cielo. En la tierra, con preferencia a todos Sus Santos, Dios Omnipotente lo destinó a ser casto y verdadero esposo de la Inmaculada Virgen María, así como padre putativo de su Hijo Unigénito. Sin duda lo enriqueció y colmó de gracias únicas y sobreabundantes, facultándolo para cumplir con gran fidelidad los deberes de tan sublime estado. Por ello, Nuestros Predecesores los Romanos Pontífices, con el fin de incrementar y estimular ardientemente cada vez más el afecto y devoción al santo patriarca en el corazón de los fieles cristianos y de exhortarles a implorar su intercesión ante Dios con la máxima confianza, no han dejado de decretar nuevas y cada vez mayores expresiones de veneración pública hacia él en toda ocasión propicia» (papa Pío IX, Carta Apostólica Inclytum Patriarcham, 1871).

El papa Pío XI enseñaba que la misión de san José era única, la más alta, en cuanto Cooperador a la Encarnación y Redención. De hecho, cuando fue elegido como esposo de María y padre virginal de Jesús, san José fue asociado a la Redención del género humano de un modo singular, aunque inferior respecto al de María. San José participó realmente en la Corredención en cuanto verdadero padre nutricio de Jesús y esposo auténtico de María. José, como María, aunque en grado menos elevado, recibió de Dios todas las gracias para ser digno esposo virginal de María; fue encargado con María y después de María a la Encarnación del Verbo. Ofreció todo su esfuerzo y pesares espirituales por la Redención de la humanidad, conociendo los sufrimientos que le esperaban a Jesús. El cardenal Alexis María Lépicier afirmaba que san José fue “Corredentor perfectísimo después de María”. Según santo Tomás de Aquino, José “participó más que ningún otro, después de Nuestra Señora, en la Pasión de Cristo”. Para León XIII, “no hay duda de que José se acercó más que ningún otro a la altísima dignidad de la Madre de Dios”. Y Pío XI reafirmaba: “Entre Dios y José no podía haber ninguna otra persona más que María, verdadera Madre de Dios”.

Según la sana teología, cabe afirmar que san José no cometió jamás pecado voluntario alguno, ni siquiera venial. José no fue preservado de la concupiscencia, pero la misma no se dio en él en acto. Por ello, según los teólogos, José fue confirmado en la gracia o mantenido sin pecado mediante un don gratuito de Dios. Además, estuvo exento de error de la razón y también de movimiento de las pasiones inferiores, que aun existiendo en él, eran sin embargo frenadas o retenidas por Dios.

El papa Pío X mandó componer letanías en su honor y acordarles indulgencia. El papa Benedicto XV introdujo un prefacio propio para su Misa e insertó su invocación en las Alabanzas al Santísimo Sacramento. En 1962, el papa Juan XXIII (que confió al santo los trabajos del Concilio Vaticano II con la carta apostólica Le Voci, de 1961) incluyó el nombre de san José en el Canon de la Misa y en 2013 el papa Francisco hizo lo mismo en otras plegarias eucarísticas.

A san José se le dedica tradicionalmente el mes de marzo y el miércoles, durante la semana. Su festividad es el 19 de marzo, día festivo en Italia hasta 1977 (¡qué bonito y saludable sería restaurarlo!) y que así sigue siendo conforme al Código de derecho canónico. Pío XII, come he dicho ya, introdujo además la fiesta del 1 de mayo, anulando sin embargo la del Patrocinio de san José, querida por Pío IX (miércoles siguiente al segundo domingo después de Pascua), en la actualidad unida a la fiesta del 19 de marzo.

San José, patrono de la Iglesia católica

Cuando, mediante el decreto Quemadmodum Deus, el papa Pío IX declaró a san José patrono de la Iglesia católica (el 8 de diciembre de 1870), Roma había sido ocupada poco antes por las tropas piamontesas y el Estado pontificio anulado en los mapas geográficos y sustituido por un gobierno de corte laico y anticlerical. La Iglesia se encontraba en un momento muy difícil de su historia. Hoy, no obstante, la situación ha empeorado todavía más. La Iglesia navega por aguas tempestuosas, porque los peligros no vienen sólo del exterior, sino también – y posiblemente en mayor medida – de su interior. La confusión reina soberana, los escándalos aumentan y a menudo no se predica ya la doctrina católica, sino un pensamiento que nada tiene que ver con Jesucristo ni con el magisterio milenario. Por eso, ahora resulta tan necesaria la intercesión de san José, hoy más aún que hace ciento cincuenta años.

¿Pero por qué es san José patrono de la Iglesia? Además de Pío IX, que desde su juventud alimentó siempre gran devoción a este santo, lo explicó bien el papa León XIII.

«Las razones por las cuales el bienaventurado José debe ser patrono particular de la Iglesia, y por las cuales la Iglesia debe fiarse tanto a la tutela y patrocinio de aquél, nacen principalmente del hecho de ser esposo de María y padre putativo de Jesucristo. De aquí se derivan toda su grandeza, gracia, santidad y gloria. Ciertamente la dignidad de Madre de Dios es tan elevada que nada puede haber más sublime. Mas puesto que entre José y la Santísima Virgen existió un nudo conyugal, no hay duda de que a tan alta dignidad, que eleva a la Madre de Dios muy por encima de todas las criaturas, aquél se acercó más que ningún otro nunca. […] Por tanto, con justicia y suma dignidad el bienaventurado José, al igual que entonces solía tutelar santamente a la familia de Nazaret en todo momento, hoy también con su patrocinio celestial protege y defiende a la Iglesia de Cristo». (León XIII, Quamquam pluries).

Aparición en Fátima

En la última de las apariciones de Fátima, el 13 de octubre de 1917, junto a la Virgen y al Niño Jesús apareció también san José. Como relata sor Lucía, “san José y el Niño parecían bendecir al mundo, con algunos gestos en forma de cruz trazados con la mano”. Por tanto, el esposo castísimo de Nuestra Señora y padre putativo de Jesús distribuía gracias junto a ellos e intercedía en nuestro favor.

El jesuita Francisco Suárez observaba que, dada su unión matrimonial, ninguna otra criatura fue amada por Nuestra Señora como José: «Es verosímil – argumentaba – que la Bienaventurada Virgen desease eximios dones de gracia y auxilio para su esposo, a quien amaba de forma especial, y los obtuviera con sus oraciones. De hecho, si es verdad, como lo es, que uno de los medios más eficaces para obtener de Dios los dones de la gracia es la devoción a la Virgen y su intercesión, ¿quién puede pretender que el santísimo José, dilectísimo a la Virgen y devotísimo, no obtuviese a través de ella la eximia perfección de la santidad?».

San José, presente únicamente al final de las apariciones de Fátima, parece por tanto querer presentarse o bien como gran devoto de Nuestra Señora o como protector en el último momento, acompañando a la humanidad en una época tan terrible como la que estamos viviendo. Así, al igual que durante su vida en la tierra fue sostén y custodio del pequeño Jesús y de la Virgen en su difícil paso por este mundo, tanto más hoy continúa ayudándonos en medio de los sufrimientos de nuestra existencia.

En conclusión, el Año de san José, que vivimos, como recuerda el decreto de la Penitenciaría Apostólica, ofrece a todos los fieles «la posibilidad de esforzarse, a través de la oración y las buenas obras, por obtener con la ayuda de san José, cabeza de la celestial Familia de Nazaret, el consuelo y alivio en las grandes tribulaciones humanas y sociales que atenazan actualmente al mundo contemporáneo».

Fin. Las partes precedentes fueron publicadas los días 17 y 18 de marzo

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Aldo Maria Valli

Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/