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Sacrificio, muerte y vida

MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO. Sacrificio, muerte y vida. Rev. D. Vicente Ramón Escandell

Sacrificio, muerte y vida

1. Relato Evangélico (Jn 12, 20-33)

. Y Jesús les respondió diciendo: “Viene la hora en que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo, que, si el grano de trigo, que cae en la tierra, no muriese, él solo queda; más si muriese, mucho fruto lleva. Quien ama su alma, la perderá; y quien aborrece su alma en este mundo, para vida eterna la guarda. Si alguno me sirve, sígame; y en donde yo estoy, allí también estará mi ministro. Y si alguno me sirviese, le honrará mi Padre”.

“Ahora mi alma está turbada. ¿Y qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Mas por eso he venido a esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. Entonces vino una voz del cielo que dijo: “Yo lo he glorificado, y otra vez lo glorificaré”. Las gentes que estaban allí, cuando oyeron la voz, decían que había sido un trueno. Otros decían: “Un ángel le ha hablado”. Respondió Jesús, y dijo: “No ha venido esta voz por mi causa, sino por causa de vosotros. Ahora es el juicio del mundo; ahora será lanzado fuera el príncipe de este mundo. Y si yo fuere alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo”. (Y decía esto para mostrar de qué muerte había de morir).

2. Comentario exegético

La entrada de Jerusalén y la estancia de Jesús en la Ciudad Santa marcan el principio del fin de su ministerio público. Allí, en la Ciudad de David, Jesús consumara su misión entregando su vida en la cruz, abandonado por todos, menos por el Padre. Para Jesús su muerte no es un sinsentido, esta tiene un significado glorioso, triunfante y salvífico.

Este último aspecto se destaca en el Evangelio de hoy, en el cual Jesús afirma: si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Es a través de su muerte como Jesús dará la vida eterna a los que creen en Él; por ello afronta su hora, su momento, con tranquilidad y confianza: Él sabe que ha cumplido la voluntad del Padre, y que la cumplirá hasta el extremo, entregando su vida en sacrificio expiatorio por los pecados de los hombres. Su muerte será vida, su pasión juicio contra el Mundo y su crucifixión exaltación sobre todo lo creado y derrota del príncipe de este mundo.

3. Reflexión

Cada Misa que se celebra se ofrece no sólo por la salvación de algunos, sino también por la salvación de todo el mundo nos recuerda San Pablo VI.

El Santo Sacrificio del Altar renueva constantemente el misterio de nuestra salvación, porque en él se sigue ofreciendo, de modo incruento, Jesucristo Nuestro Señor. Cada vez que se celebra la Santa Misa se renueva el acontecimiento del Calvario, donde Cristo se ofreció al Padre como víctima por nuestros pecados, culminando así una ofrenda que se inició en la Encarnación y que culminó en la Cruz. Y ese ofrecimiento, esa entrega expiatoria, no sólo nos afecta a nosotros, bautizados, sino a todos los hombres, sean o no cristianos; el sacrificio de Cristo no beneficia en exclusiva a los miembros de la Iglesia, sino que está destinado a alcanzar la salvación de toda la Humanidad.

Seria empequeñecer el misterio salvífico de Cristo si pensásemos que este sólo nos afecta a nosotros, y no a todos los hombres; sería negar el carácter universal de la salvación por Él traída, y caer en un “particularismo salvífico”, como el que padecía el pueblo judío en tiempos de Jesús. Sin embargo, es necesario acoger esa salvación que Dios nos ofrece en Cristo, con las debidas disposiciones, sin falsas seguridades, respondiendo cada día a la llamada a la conversión que Él nos hace. Sólo así podremos participar de la salvación que nos ha alcanzado en su sacrificio en la Cruz, y que sigue ofreciéndonos en cada celebración eucarística.

4. Testimonio de los Santos Padres

SAN JUAN CRISOSTOMO (345-407)

<<Como el Señor había exhortado a sus discípulos a la muerte, a fin de que no se diga que, viendo de lejos los sufrimientos, como hombre le es fácil filosofar sobre este punto y darnos consejos, quedándose El seguro de todo peligro, se nos manifiesta en su agonía, y no temiendo la muerte por los bienes inmensos que de ella había de reportar. Por eso dice: “Ahora mi alma está turbada”.>>

In Ioannem hom., 66.

5. Oración

Señor Jesucristo, que nos ofreces diariamente tu salvación en el Sacrificio del Altar, ayúdanos a acogerla con una vida santa y digna; que la participación diaria en tus santos misterios nos prepare para acoger tal regalo, y poder así gozar eternamente de tu compañía. Que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amen.

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

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