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Riesgos y derivas de la vida religiosa

Miguel nos trae un libro muy interesante sobre las derivas de la vida religiosa, en concreto una obra de fray Dimas de Lassus que puede sorprendernos

Riesgos y derivas de la vida religiosa. Un artículo de Miguel Toledano

Hay libros que cuesta reseñar. En algunos casos, debido a su longitud. En otros, porque son muchísimos los puntos dignos de resaltar. A veces, se siente uno obligado a incluir tantas citas que resultaría preferible, directamente, recomendar su lectura íntegra. Puede ocurrir, en fin, que el contenido resulte muy familiar al crítico, haciéndole difícil trasladar a terceros esa misma identificación.

Todo eso me ha ocurrido a mí con la publicación que lleva por nombre el mismo de este artículo. Es obra de fray Dimas de Lassus, superior de los cartujos y padre prior de Grenoble; está editada en francés, sin que a mi juicio exista traducción a la lengua española, bien que sería de gran interés.

Antes de cumplir el año de vida, se ha convertido ya en texto de referencia para la Iglesia en la gestión de los abusos perpetrados por religiosos; hasta el punto de haber sido prologada por Monseñor José Rodríguez Carballo, Secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

El prólogo de Monseñor Rodríguez Carballo merece mención expresa, pues en sus breves cuatro páginas acomete la cuestión de forma certera y ponderada. En concreto, el prelado señala que la conducta predatoria puede derivarse del desequilibrio psicológico personal del abusador.

En su defensa, el abusador y sus cómplices preguntarán si es necesario exponer en la plaza pública sus comportamientos patológicos y derivas más irracionales. Por dos motivos responde positivamente el prelado, al unísono con fray Dimas. En primer lugar, porque es necesario “dar prioridad a la palabra de las víctimas, escuchar hasta el final lo que tienen que decir”. En palabras del cartujo, “un riesgo claramente identificado presenta muchos menos peligros que un riesgo ocultado”.

Además, porque nadie puede quedar indiferente “si jóvenes que habían confiado en la Iglesia y en la vida religiosa ven traicionada su confianza y violentamente saqueada su vida”. Está en juego, afirma fray Dimas, “la credibilidad de la vida religiosa”. Aunque, naturalmente, los agresores tratarán de defenderse argumentando que la víctima “exagera” (pág. 103).

En definitiva, el Secretario de la Congregación concluye que las detalladas reflexiones del autor constituyen un punto de apoyo precioso en las visitas canónicas o apostólicas que las autoridades de la Iglesia practiquen a las distintas congregaciones religiosas.

Entrando propiamente en el contenido de la obra, debe señalarse que el desarrollo argumental tiene como leitmotiv el hecho de que los abusos de tipo sexual son una subespecie de los abusos de orden espiritual en general, también llamados abusos de poder. En ambos ámbitos, sexual o de poder, “la vida psíquica y espiritual de las personas está en juego”. Ambos destruyen la estima del agredido, contaminan su relación con Dios y pueden llegar a provocar el suicidio (pág. 233).

El mismo papa Francisco ha tratado las distintas subespecies de abuso conjuntamente, en su carta de 20 de agosto de 2018: abusos sexuales, abusos de poder o abusos de conciencia. “Todos los abusos se asemejan en que, desviándose de su misión, el poder espiritual se redirige hacia un beneficio personal” (pág. 338). Hay también similitud en cuanto a los síntomas postraumáticos de la víctima.

En el origen de este tipo de conductas se encuentra el vicio del clericalismo, definido por el arzobispo de Estrasburgo como “una desviación del poder existente para la grey hacia un poder sobre la grey” (ibid.). Fray Dimas afirma que el clericalismo es condición necesaria para la existencia de abusos; eliminada dicha ideología, se suprimen igualmente los excesos del predador. El clérigo abusador se cree superior a los laicos sobre los que ejerce su ministerio, procediendo así a la extralimitación de su jurisdicción.

La acción sobre la mujer es más grave que la ejecutada contra el hombre, por la especial sensibilidad a la culpabilidad característica del género femenino. “Por tanto, se puede culpabilizar con mayor facilidad a una mujer en el plano afectivo, de tal modo que su feminidad (es decir, su ser más profundo) sea directamente afectado” (pág. 280). Así es; los abusos de poder religioso que yo he podido contemplar se han ejercitado primordial aunque no únicamente sobre mujeres y, en general, jóvenes; como si existiese una fijación extraña contra las mismas; o como si ideológicamente se concibiese que en la Creación la mujer ocupa un puesto de menor dignidad.

Fray Dimas explica que, a diferencia del bien, que es más creativo, “la experiencia muestra que el mal se repite mucho”, por lo que es posible realizar un análisis tipológico y pormenorizado del problema, como hace el libro. No hay, sin embargo, un desarrollo psicológico de la cuestión, para la que el autor se confiesa falto de preparación.

No obstante, a lo largo de los distintos capítulos sí se produce un retrato de la personalidad del abusador: “un gran explotador con una psicología fuertemente egocéntrica”, de tal manera que las “dimensiones de la vida religiosa pueden ser desviadas de su misión y puestas al servicio de una enfermedad”; un perverso “con una conciencia que no le reprocha nada porque la ha deformado o asfixiado” (pág. 291).

El término técnico del perfil habitual del abusador es utilizado por el superior de los cartujos: Narcisismo. Si el narcisista no es neutralizado frente a su comunidad, su actuación ante quienes le rodean “se desboca en una multiplicación desordenada que termina por hacerse tóxica”. Brillan por su ausencia “la paciencia, la humildad, el perdón, la escucha y la delicadeza”. Por el contrario, Narciso empleará estratégicamente un método tan antiguo como eficaz para sus desmanes, cual es el de divide y vencerás (pág. 104). Y, en su delirio y energía psicopática, se agarrará a habilidades de interpretación literal, afirmando por ejemplo lo siguiente cuando sea llevado al banquillo: “¡Pero si yo nunca he dicho eso!” (Pág. 205).

Este egocentrismo constituye el segundo elemento esencial del abuso, siendo el primero la desviación referida del clericalismo. Pero, en el sacerdote abusador, la ascendencia moral que él cree máxima no se corresponde con su propio valor moral, descendido al grado mínimo por su misma degradación. Le gustaría que la sacralidad de su estado comportase poder escapar a la ley civil para seguir actuando pro domo sua.

El tratado cuenta con todo un capítulo dedicado a la cultura de la mentira, “omnipresente en las comunidades de deriva sectaria”. El abusador es un gran mentiroso, con el fin de “manipular y utilizar la mentira en su beneficio”; mentira que llega a justificar, en contra de la tradición de la Iglesia (v.gr. san Agustín y santo Tomás de Aquino). Yo conozco personalmente un caso en el que el prior de un instituto religioso le dijo literalmente a una empleada que, si se daba una inspección administrativa, ella debería “mentir” para desempeñar debidamente su trabajo. Lo que, naturalmente, provocó gran escándalo en la empleada, que denunció a su superior al organismo gubernativo (y fue a continuación despedida).

No en vano, el tirano espera de su subordinado “una lealtad total” (pág. 295). A mi juicio, las autoridades de la Iglesia no son aún conscientes ni de la denuncia ni del despido del que hablo; pero pronto habrán de serlo, por el bien común, para que se cumpla la recomendación del experto, toda vez que “a menudo, la curación no puede venir sino del exterior” (pág. 378).

En ese comportamiento no sólo “se sobrepasan francamente los límites de la vida religiosa exigiendo un sometimiento incondicional y sin reflexión, basculando en lo que se conoce como deriva sectaria”; sino que incluso se incita a la violación de la ley divina y de la ley natural impresa en el corazón de la víctima, como en el supuesto citado. Uno se pregunta si la formación en los años del seminario ha conducido a semejante práctica anticatólica, que deviene “arte consumado de la simulación”. Máxime cuando al mentiroso principal se unen otros mentirosos que hacen de adláteres del primero.

La mentira se combina frecuentemente con la indiscreción y la violación del secreto (pág. 279). “Yo tengo el derecho a saberlo todo y también el derecho a hacer cuanto quiera con lo que sé”, sostiene Narciso de palabra y obra. Hasta el secreto de la confesión puede quedar en solfa. En todo caso, se produce una falta de respeto a la frontera de la intimidad del agredido. Por el contrario, el delincuente desea obtener el mutismo de la víctima; también sobre esto he asistido a no menos de tres ejemplos. El control ha sustituido completamente a la confianza, en palabras de fray Dimas.

Una vía de defensa rayana con la mentira es la insistencia acerca de que el instituto abusador ha sido aprobado oficialmente por la Iglesia (pág. 192). Esto se considera tanto un triunfo como también un escudo protector frente a la denuncia de los comportamientos que aquí se describen. Esta argucia presenta una cierta coherencia, ya que el reconocimiento de las constituciones de tal instituto supone un prestigio que le viene de la propia jerarquía católica, por la teórica adscripción a un modo de vida realmente evangélico.

Y esa vía de defensa ad extra se combina con una táctica ad intra: la cultura de la excepción. O sea, a mí no me obliga la norma, procedente de una Iglesia “decadente y en crisis, a la que nosotros vamos a salvar; desobedecemos por amor a la Iglesia y por su bien” (pág. 194). Cuando Roma no mira, cumplo lo que me parece bien y cuando me parece bien. En último término, no doy cuentas ni hacia arriba (autoridad superior) ni hacia abajo (laicos sobre los que abuso).

Otro comportamiento que yo he presenciado es el de conseguir hacer de la víctima culpable, el “colmo de la perversión” según fray Dimas:

“Yo te atropello pero eres tú quien debe pedirme perdón, porque en realidad te has puesto bajo mis botas. Se produce una inversión de la culpabilidad”.

El depredador, en efecto, juega el papel de víctima. Análoga paradoja se produce cuando el agresor y/o sus secuaces achacan todos los problemas por ellos causados a la actuación del demonio (pág. 259). Al contrario, es su propia actitud la que se asemeja a las asechanzas luciferinas; pero ya hemos visto la inversión de la realidad a la que recurre el narcisista.

Asimismo, quien escribe estas líneas ha sido testigo -e incluso sujeto pasivo- de una tipología adicional del agresor señalada por fray Dimas: “el prior demostraba una típica alternancia de calidez y glacialidad, de rabietas o cólera, mostrándose tan temible interiormente como encantador hacia el exterior”. El bien y el mal dejan de ser la referencia, constituida aquí por las emociones del tirano. Sobre todo, ¡lo importante es no contrariarle! Los caprichos del agresor se han convertido en ley.

El dinero como móvil de la ocultación de los abusos aparece desde la página 19 en adelante. Los abusadores, a veces, disfrutan de “costumbres lujosas, tales como estancias en hoteles de cinco estrellas, empleo de cuberterías de plata y degustación de los platos más refinados, seducidos por el placer”, al que yo añadiría la molicie. Fray Dimas se pregunta retóricamente si ello acredita una devoción cristiana.

Hay un comportamiento, que en una ocasión yo también he intuido y respecto al que todavía hoy día trato de recabar material probatorio, que viene a aunar el móvil del dinero con el de la mentira; se trata del fraude fiscal (pág. 181), que el abusador se empeña en camuflar con la ascendencia sobre sus colaboradores. El “contable que conserva un sentido moral sabe que no tiene derecho a obedecer estas órdenes”. Lamentablemente he asistido a sendos ejemplos de contables, ambos en torno al mundo que podemos llamar tridentino, en donde, respectivamente, ese sentido moral ya se había perdido o quedaba suficientemente adormecido en aras de seguir colaborando con el cliente.

El estudio del fundador y/o superior de la orden ocupa también un lugar en el ensayo (“el pescado está podrido desde la cabeza”). Es decir, hasta qué punto el hecho de que un religioso abuse espiritualmente de sus víctimas implica que su superior también “sea un perverso y un verdadero manipulador”. La autoridad justa “sabe escuchar, comprender, solidarizarse, consolar, animar, impulsar”; la autoridad podrida, por utilizar los mismos términos de fray Dimas, ignora, justifica, desprecia, agrede, humilla, desmoraliza – a saber, todo lo contrario, en acto, de la virtud de justicia.

Por lo demás, aceptar el abuso dentro de un instituto, recuerda fray Dimas, es perpetuarlo; puesto que, con gran probabilidad, el abusado que lo tolera se convertirá un día en abusador, reproduciendo la “espiral infernal de la perversidad” (pág. 439).

Ni que decir tiene que el libro no está redactado contra los institutos de carisma preconciliar. Pero sí incluye a aquéllos en los que la tradición de la Iglesia es una fachada. De hecho, “cuanto más problemática es la situación, más cuidada está la fachada, presentando un trampantojo que puede ilusionar durante mucho tiempo”. He comprobado que esto es especialmente cierto en determinados miembros adeptos a la orden religiosa, que les sigue ilusionando con el cuidado de su fachada, como en otra ocasión ocurrió con sus propias víctimas. Mas fray Dimas advierte del riesgo cierto de que dicha ilusión “no lleve a la sabiduría, sino a la locura”, ya que el rostro de Dios ha sido transformado en una “máscara de teatro” (pág. 423).

En descargo de la sospecha, el instituto religioso corrupto esgrimirá el número de vocaciones u otros argumentos de tipo cuantitativo: No es posible que tenga razón la víctima y se equivoquen cuantos defienden a tal instituto. Pero fray Dimas recuerda que tales signos pueden ser engañosos (pág. 202) y que conviene atender más bien a los frutos del Espíritu (Ga 5, 22-23), para saber si estamos o no ante un depredador: “amor, alegría, paz, paciencia, bondad, benevolencia, fidelidad, dulzura y control de sí mismo”.

En el fondo, lo que hay es una caricatura de la tradición y de la fe de la Iglesia. “Quien no ama a su hermano, a quien ve, es incapaz de amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn, 4, 20). En mi propia familia he sufrido este problema. Por eso creo que, si se analizan las cosas con ecuanimidad y valentía, la denuncia de aquél contribuye a que otros no pasen por los mismos “caminos de tinieblas” y a que la “Iglesia reencuentre su belleza perdida” (pág. 424).

Como he dicho al comienzo, muchos más son los puntos que pudieran destacarse, sin que la necesaria brevedad de estas líneas los acomode. Por consiguiente, lo que procede por parte de nuestro querido público de Marchando Religión es que lean el texto de fray Dimas; o, de no conocer el idioma francés, animamos a algún traductor a que haga esta valiosa obra accesible al católico universo hispanohablante.

Miguel Toledano Lanza

Domingo de Ramos, 2021

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