Por qué la crítica del Concilio goza de muy buena salud

Queridos amigos de Duc in altum, quiero compartir con vosotros el artículo que el padre Claude Barthe ha publicado en resnovae.fr sobre el tema del Concilio Vaticano II, en particular por lo que se refiere al libro El otro Vaticano II, editado por mí y con la participación de diversos autores.

Por qué la crítica del Concilio goza de muy buena salud. Un artículo del blog de Aldo María Valli

Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2021/03/21/ecco-perche-la-critica-al-concilio-gode-di-ottima-salute/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

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Por Claude Barthe

«El Concilio es Magisterio de la Iglesia. O bien se está con la Iglesia y por tanto se sigue el Concilio, o si no se sigue el Concilio o se interpreta según el propio parecer y deseo, no se está con la Iglesia». Esta declaración del papa Francisco fue realizada durante la audiencia del 30 de enero de 2021 ante los miembros de la Oficina de catequesis de la Conferencia episcopal italiana, que celebraba su sexagésimo aniversario.

Las referencias del papa Bergoglio al Vaticano II son infrecuentes [1]: se dice en broma que él no necesita demostrar ser conciliar porque es la encarnación viva del Concilio y de su espíritu. Personifica el resultado del Concilio. Aunque, en realidad, la sumisión al Vaticano II no la inventó él. Conviene, en efecto, recordar la declaración exigida a (y firmada por) monseñor Lefebvre y a continuación por los fundadores de los institutos tradicionales «oficiales»: «Declaramos aceptar las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia en materia de fe y moral, incluidas las del Concilio Vaticano II». Cierto es que a tal declaración se añadía lo siguiente: «otorgando a cada afirmación doctrinal su grado de adhesión exigido», lo que permitía toda restricción de conciencia que se desease.

¿Pero quiénes son estos malvados, que hablan mal del Vaticano II?

En la entrevista que concedió, a comienzos de su pontificado, a varias revistas de los jesuitas, el papa Francisco hizo la siguiente afirmación fuerte en agosto de 2013: «El Vaticano II fue una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación, que resulta simple y llanamente del mismo Evangelio. Los frutos son considerables. Basta considerar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica fue un servicio al pueblo como relectura del Evangelio a partir de una situación histórica concreta. Ciertamente existen líneas hermenéuticas de continuidad o de discontinuidad, pero una cosa está clara: la forma en la que se lee el Evangelio actualizándolo, que fue la propia del Concilio, es absolutamente irreversible». La alusión a «líneas hermenéuticas de continuidad o de discontinuidad» estaba dirigida a cuantos trataran de refugiarse, con Benedicto XVI, tras la frágil barrera de la «hermenéutica de renovación en la continuidad» (discurso a la Curia romana de 22 de diciembre de 2005).

¿Pero quién está en el punto de mira de la declaración del pasado 30 de enero, que hemos citado al comienzo? Aquel día, el papa se dirigía a un organismo de la Conferencia episcopal italiana. A saber, un poderoso lobby progresista de prelados italianos y tanto más activo en la actualidad, cuanto que el pontificado se acerca a su fin y dicho grupo trata de cimentar las posiciones alcanzadas. El acceso de sus miembros a puestos clave de la Curia se demuestra con los últimos nombramientos. Tanto en materia de liturgia conciliar como de doctrina conciliar, el entorno de Francisco le recuerda continuamente, y con razón, que permanezca en guardia: «¡Atención! ¡Los partidarios de la Misa antigua y de la crítica contra el Concilio están al acecho!».

¿Acaso es paranoia por parte de los progresistas, que entran en pánico aun cuando el peligro para ellos resulta ahora bastante escaso? En efecto, hacen bien en temer todavía al virus de la crítica contra el Concilio, más contagioso que nunca. Ya que, por seguir con la metáfora epidemiológica, el virus en cuestión ha mutado y es más virulento que nunca antes. Bajo el pontificado de Benedicto XVI, muchos se aferraban a su «hermenéutica de la renovación en la continuidad», que a su vez terminaba sujeta a la hermenéutica que más convenía a cada cual. De ello resultó un consorcio del tipo «unión de las derechas», que incluía tanto a las clásicas como a las tradicionales, consorcio que las había acercado considerablemente, sobre todo en Italia. Observadores como Sandro Magister evidenciaron en la época (y él lo percibió además en carne propia) cómo el motu proprio Summorum pontificum les llevaba a emprender un camino juntos. El famoso «beneficio recíproco», que de facto jugó en favor de la forma «extraordinaria», haciéndola habitual, se concretizó también desde el punto de vista teórico: la crítica del Concilio, en sí misma, adquirió derecho de ciudadanía.

En 2013 llegó el shock de la dimisión de Benedicto y la elección de Francisco, que contribuyó a profundizar en la reflexión partiendo de los efectos (el bergoglismo), para remontarse a sus causas (el Vaticano II). En otras palabras, un importante número de ratzingerianos pasó de la crítica contra el papa Francisco a la crítica contra el Vaticano II: la evolución de monseñor Carlo Maria Viganò lo demuestra de modo particular. Además, la conmoción de 2013 contribuyó a subrayar la continuidad entre todos los Papas del Vaticano II: la declaración de Abu Dabi, firmada por el papa Francesco, muestra una evidente afinidad con las sucesivas jornadas de Asís, presididas por Juan Pablo II y Benedicto XVI; y fundamentalmente, tanto lo sucedido en Asís como lo sucedido en Abu Dabi no hubiera podido tener lugar sin el «respeto» que Nostra ætate concede a las religiones no cristianas.

Por tanto, ¿cómo vamos a sorprendernos si el blog ratzingeriano del vaticanista Sandro Magister, originariamente cercano al cardenal Ruini, ha dedicado una amplia atención al debate sobre el Concilio Vaticano II, al igual que los de Marco Tosatti y Aldo Maria Valli?

Un libro-acontecimiento: El otro Vaticano II, por Aldo Maria Valli

Se da la circunstancia de que este último acababa de publicar, apenas una quincena antes de la declaración del Papa arriba citada, un libro dedicado a la crítica del Concilio [2]. ¿Cabe decir que la consideración hecha por el pontífice durante su discurso estuviese dirigida a dicho texto, que molestaba al entorno de Bergoglio? Porque Valli no es una figura marginal. Como periodista especializado en cuestiones religiosas, trabajó y/o trabaja para revistas como Studi cattolici [Estudios católicos], Il Regno [El Reino], así como la televisión (telediarios nacionales Tg3 y Tg1 de la principal cadena televisiva pública italiana RAI).

Su texto reúne a autores relativamente diferentes entre sí, pero que coinciden en la formulación de reservas importantes frente al último concilio: Enrico Radaelli, en síntesis, el continuador del pensamiento de Romano Amerio; Éric Sammons; el padre Serafino Lanzetta, que da clase en la facultad católica de Lugano; monseñor Guido Pozzo, ex-presidente de la Comisión Ecclesia Dei; el cardenal Zen; el padre Alberto Strumia; monseñor Schneider; Giovanni Formicola, que escribe, sobre todo, en Cultura & Identità [Cultura e Identidad]; monseñor Viganò; Roberto de Mattei, de Corrispondenza Romana [Correspondencia Romana]; y el padre Giovanni Cavalcoli, dominico.

El padre Cavalcoli, por ejemplo, explica que los resultados pastorales del Concilio pueden ser discutidos, aunque sus doctrinas deban ser aceptadas. Al contrario, Éric Sammons replica que ahora se ve obligado a discutir con fuerza este Concilio en cuanto tal, después de haberlo defendido durante algún tiempo. El padre Strumia reconoce que el Vaticano II tiene numerosos defectos, aunque no debe utilizarse como chivo expiatorio. Monseñor Pozzo se concentra sobre la hermenéutica de la renovación en la continuidad, en la que no cree el padre Lanzetta, que resalta el principio in claris non fit interpretatio. «Recurrir – escribe – a la hermenéutica para resolver el problema de la continuidad es un problema en sí» (pág. 17). Y monseñor Viganò insiste diciendo que el recurso a la hermenéutica, «algo que no ha sido jamás necesario en ningún otro concilio», plantea la heterogeneidad del Vaticano II en relación con los concilios precedentes.

Un punto fuerte en las respectivas intervenciones se refiere lógicamente al carácter «pastoral» del Vaticano II. «La pastoralidad suponía la ausencia de condenación y la no-definición de la fe, según una forma de enseñar nueva en nuestra época. Esta nueva forma influenció la doctrina y viceversa. Hoy percibimos el problema en su integridad, en una época en la que se prefiere dejar de lado la doctrina por motivos eminentemente pastorales, sin poder no obstante dejar de enseñar una doctrina diferente» (Serafino Lanzetta, pág. 19).

¿Pero cóme salir de esta situación? El cardinal Brandmüller sugirió «historizar» el Vaticano II y superarlo de forma incruenta, evitando una corrección magisterial directa: por ejemplo, la declaración Nostra ætate queda reducida a una toma de posición histórica a partir de la publicación de la Instrucción Dominus Jesus. Esto no resuelve verdaderamente la dificultad, toda vez que Nostra ætate se mantiene como referencia en cuanto tal. Por lo que se refiere a monseñor Viganò, propone rechazar magisterialmente todo el corpus conciliar, en la medida en que las partes defectuosas contaminan el todo. Entre ambas se sitúa monseñor Schneider, que cree posible la corrección magisterial de expresiones y doctrinas ambiguas, lo que permitiría conservar las enseñanzas que se funden sobre lo que sea indiscutiblemente tradicional.

Este debate podría ser tachado de insignificante bajo el pretexto de tener lugar entre personas consideradas marginales. Pero es necesario resistirse a tal juicio, puesto que, en un contexto ideológico, como es el de la Iglesia después del Vaticano II, toda voz discordante es inmediatamente tildada de marginal. Juicio que la misma Iglesia puede agravar con torpezas de comunicación o de expresión (pensemos en la fundada crítica de monseñor Lefebvre contra la nueva misa, considerada sin embargo de forma despreciativa con el pretexto de que aquél definió el novus ordo como «misa de Lutero»).

Además, conviene recordar que toda crítica relativa a los puntos discutibles o erróneos del Vaticano II no puede más que desembocar necesariamente en reflexiones relativas a la «salida» de esta situación. Por ello, en lugar de considerar insignificantes tales discusiones sobre la «salida» del Concilio por haberse planteado a cargo de prelados que no disponen de poder alguno para transformarlas en procesos operativos, es preferible valorarlas en la medida que contribuyen a incrementar la crítica del Concilio en el interior de un catolicismo que seguirá alimentando la exasperación de tensiones al final del pontificado. De forma tal que, si la crítica del Vaticano II, en la época de la aparente renovación wojtyliana, podía parecer insignificante (se basaba tímidamente en el reformismo mitigado del Informe sobre la fe), ahora forma parte integrante del paisaje, durante la época del «disparate» bergogliano.

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[1] «Entre Francisco y el Vaticano II hay más bien una relación simbólica, casi nunca textual» (Serafino Lanzetta en El otro Vaticano II. Voces acerca de un Concilio que no se quiere terminar, Chorabooks, enero de 2021, pág. 21).

[2] Op. cit.

Fuente: resnovae.fr

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Aldo Maria Valli

Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/