Imaginación y memoria

Hoy, Gilmar, nos habla de dos conceptos que pueden ir entrelazados, la imaginación y memoria de lo vivido, ¿recordamos aquella fragancia que inundaba aquella casa que solíamos visitar?

Imaginación y Memoria. Un artículo de Gilmar Siqueira

«[…}

la palabra que se resiente un poco de cojera,

la palabra insistente e ineludible,

[…]». Luis Rosales. La Casa Encendida.

Vuelvo a dar la tabarra con eso de la imaginación. Es probable que dedique todos mis artículos de 2021 al tema porque me interesa sobremanera – y porque lo vivo. Hoy intentaré relacionar la imaginación a la memoria, idea que fue tomando forma más clara a medida que avanzaba en la lectura de Proust. Todavía estoy en la segunda novela de En Busca del Tiempo Perdido y quizá tome este artículo como un consuelo para la impresión que tengo ante todas las novelas: la de haber dejado escapar lo más importante.

Y, hablando de memoria, se me ocurre una frase que no sé si la escuché o leí en alguna parte: nos pasamos la primera mitad de la vida viviendo y la otra mitad recordando lo vivido. Claro que es una simplificación de la vida, pero podemos tomarla desde el punto de mira de la reminiscencia para darnos cuenta de que la simplificación no es mentirosa; antes descubre algo de la realidad: lo vivido y lo rememorado caminan juntos.

Lo primero que me llamó la atención en la novela de Proust fue el intercambio de impresiones entre el narrador del presente y sus recuerdos anteriores; es decir, en la primera novela, cuando habla de su niñez en Combray, podemos percibir que los comentarios del hombre adulto están mezclados a los recuerdos infantiles de tal manera que el lector sólo puede separarlos abstractamente. Por ejemplo: en el episodio de las torres de Martinville, en que el muchacho no es capaz de liberarse de su imagen mientras no pone en palabras las impresiones, encontramos al hombre adulto recordando cómo era para él – muchacho – la necesidad de escribir. La estructura de ese recuerdo está formada por pensamientos maduros e infantiles. Me di cuenta de ello cuando el narrador, al contar su inmenso alivio después de escribir, dijo que se había sentido como una gallina que acabase de poner un huevo; una chiquillada, en resumidas cuentas. Pero una chiquillada que lanzó nueva luz a los párrafos anteriores.

Nuestros recuerdos están estructurados de manera semejante a los del narrador proustiano: la reminiscencia no viene por sí sola, entera, sino que se nos ocurre mezclada a nuestras impresiones e ideas presentes. La imaginación le presta nuevos matices y la añoranza intenta recrearla en las cosas.

Los lugares que hemos conocido no pertenecen sólo al mundo del espacio en el que los situamos para mayor comodidad. No eran sino una fina capa en medio de impresiones contiguas que formaban nuestra vida de entonces; el recuerdo de cierta imagen es una simple añoranza de cierto instante y las casas, las carreteras, las avenidas son —¡ay!— fugitivas como los años.

Las personas y las cosas, igual que el tiempo, no son fijas. Creo que todos conocemos aquél cliché que se nos escapa cuando revisitamos un lugar después de algunos años: este lugar está lleno de recuerdos. El espacio – una casa, unas plantas, una calle, una ciudad – es a modo de mecha que prendemos con la mirada; la imaginación enciende y volvemos a buscar, en las cosas, las mismas sensaciones de antaño. Pero, como dijo Proust, el recuerdo de la imagen es añoranza. Figurativamente, una parte de nuestra memoria parece estar fuera de nosotros:

Por eso, la mejor parte de nuestra memoria está fuera de nosotros, en una ráfaga lluviosa, en el olor a cerrado de una habitación o en el de una primera llamarada, donde quiera que recuperemos de nosotros mismos lo que nuestra inteligencia —por resultarle inútil— había desdeñado, la última reserva del pasado, la mejor, la que, cuando todas nuestras lágrimas parecen agotadas, sabe aún hacernos llorar. ¿Fuera de nosotros? En nosotros, mejor dicho, pero oculta a nuestras miradas, en un olvido más o menos prolongado. Gracias exclusivamente a ese olvido, podemos recuperar de vez en cuando la persona que fuimos, colocarnos ante las cosas como estaba aquella persona, sufrir de nuevo, porque ya no somos nosotros, sino ella, que amaba lo que ahora nos resulta indiferente. Con la claridad de la memoria habitual, las imágenes del pasado palidecen poco a poco, se borran, ya no queda nada de ellas, no las recuperaremos nunca más o, mejor dicho, no las recuperaríamos nunca más, si algunas palabras —como «director del ministerio de Correos»— no hubieran quedado cuidadosamente encerradas en el olvido, así como se deposita en la Biblioteca Nacional un ejemplar de un libro que, de lo contrario, podría llegar a ser inencontrable.

También las palabras suelen prender nuestra imaginación y guiarla hasta la reminiscencia. La palabra insistente e ineludible, que dijo Luis Rosales; la palabra que cojea porque, en un momento, está relacionada a un objeto concreto sin que el trasfondo de la relación parezca claro. Hasta que la reminiscencia devuelve a nuestra imaginación la escena que parecía perdida. No, no podemos revivirla; y sin embargo la queremos retener de alguna manera para que no se pierda. Vuelvo a Luis Rosales:

LA PALABRA DEL ALMA ES LA MEMORIA;

la memoria del alma es la esperanza

y ambas están unidas como el haz y el envés de una moneda,

están unidas en el paso igual que el pie que avanza se poya en el de atrás

la esperanza, que quizá es tan sólo la memoria filial que aún tenemos de [Dios,

y la memoria que es como un bosque que se mueve,

como un bosque donde vuelve a ser árbol cada huella.

Esa estrofa de Luis Rosales podría servir como epígrafe a la novela de Proust. La ineludible palabra – aunque no llegue a ser escrita – da forma a la reminiscencia y la retiene, la convierte en recuerdo algo más claro y circunstanciado de la vida. ¿Para qué? Para que no se la pierda otra vez; para que, al fijarla con el apoyo de la imaginación, tengamos la esperanza de que el tiempo no se haya perdido.

Me parece que así lo hizo Proust. La estructura de su novela imita a la memoria y la recompone; pero es novela al fin y los recuerdos allí nacieron de la necesidad de escribir. El autor escribió para recordar y recordó para escribir – simultáneamente. A través de la forma literaria intentó dar perennidad a todo lo que corroe el tiempo; quería que lo vivido resistiese al cambio porque la permanencia, a nuestros ojos, es lo que da sentido y justificación a las cosas. La añoranza de permanencia es señal de esperanza.

Gilmar Siqueira

En el siguiente enlace tienen el libro de Gilmar Siqueira disponible para su descarga, por gentileza del escritor: Diario de un dandy

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Feo, católico y sentimental