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En la fiesta de la anunciación

Hace exactamente cuatro siglos, el día 25 de marzo de 1621, pronunció san Francisco de Sales un sermón en la fiesta de la Anunciación. El texto consta de una introducción y tres partes, de las cuales la segunda se ha conservado incompleta.

En la fiesta de la anunciación. Un artículo de Miguel Toledano

La introducción ya adelanta el leit motiv de todo el documento, que es la analogía entre el Cantar de los Cantares y la Santísima Virgen.

Cuando la divina Esposa del Antiguo Testamento implora al Esposo “béseme con un beso de su boca”, los Padres de la Iglesia interpretan que la Amante Sagrada es Nuestra Señora y, tras ella, todas las almas cristianas.

Más en concreto, la analogía se refiere a la encarnación; ese beso es la palabra del Padre, el Verbo, que se une a María por medio del Espíritu Santo, que es el suspiro mutuo del Padre y del Hijo. El deseo de María por ese beso es su consentimiento expresado hace 2021 anos.

La primera de las partes del sermón explora más en detalle los seis versos que dan inicio al Cantar de los Cantares. Las cosas de la tierra son vanidades necias, que no reportan placer ni siquiera a los más poderosos hombres, como Alejandro Magno. Mayor elevación comporta amar a los hombres, e incluso a los ángeles; pero el corazón del hombre está hecho para amar a Dios.

Sin embargo, nuestro corazón es inestable y pronto prefiere satisfacerse a sí mismo. Entronca esta lamentación del doctor de Sales con el gran san Agustín, que oponía la ciudad del hombre, caracterizada por el amor a sí mismo, a la ciudad de Dios, presidida por el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo.

San Francisco opone el ejemplo de María, que se hizo “esclava” divina el día de la Anunciación. Es el desprecio de sí mismo agustiniano, expresado con otras palabras. El obispo de Ginebra advierte de que nadie puede llegar a esa perfección en la renuncia mariana; sin embargo, Nuestra Señora nos sirve de modelo.

Sirve de modelo, en primer lugar, a las doncellas que se consagran como monjas a Dios. Son las doncellas del quinto verso del Cantar de los Cantares. Cuanto el texto veterotestamentario exclama “correremos”, en primera persona del plural, san Francisco se hace eco de una interpretación en virtud de la cual dicha expresión se refiere tanto a María como a las almas que la imiten. San Bernardo, por el contrario, defiende que el mayestático se explica por la necesidad de los auxilios de la gracia del Bienamado que el alma de la Amante reconoce, sin la cual no es posible la consumación del amor divino.

Hacia el final de la primera parte hace el doctor de la Visitacion una afirmación impresionante: María Santísima empezó a amar a Dios “desde el primer momento de su concepción gloriosa en las entrañas de santa Ana”. Esto distinguiría a Nuestra Señora de todos los restantes sujetos de la creación, sin excepción alguna.

La segunda parte del sermón apenas ha llegado hasta nosotros. Da la impresión de que su autor se dirige a María como abadesa modélica y gran Doctora, pero poco más podemos intuir.

Nos centramos, pues, en la tercera sección. La Virgen Santísima vuelve a ser presentada como ideal de religiosa. En el momento de la Anunciación, ella se encontraba sola, como solas están las monjas en sus celdas para cooperar al amor de Dios.

A continuación, la Anunciación exalta dos grandes virtudes de Nuestra Señora: la virginidad y la humildad.

La virginidad hace a María semejante a los ángeles, pero superándolos, por tres motivos. Primero, porque su pureza no es fecunda, mientras que la de María sí, tanto por concebir a Nuestro Señor como por crear, a imitación suya, otras vírgenes – hasta María Magdalena restableció su castidad después de haber sido “olla ennegrecida con mil inmundicias y receptáculo de la inmundicia misma”.

Además, la virginidad de María fue escogida y, el día de la Anunciación, confirmada; a diferencia de los ángeles, en que la pureza lo es por naturaleza y no producto de su afán.

Y, en tercer lugar, porque la castidad de María, como la de todas las almas humanas, fue combatida y puesta a prueba. El doctor de la vida devota establece la evidente diferencia con nosotros en el modo en que esto sucedió a la Inmaculada, pero no hasta el punto de no darse tal prueba y tal combate. En efecto, en el mismo momento de la Anunciación, la virgen se turbó al ver a san Gabriel en forma de joven. Su pudor virginal se sobresaltó un instante hasta que el enviado del cielo le dijo “no temas”, explicándole su embajada. Por analogía, ese mismo pudor está al acecho en todas las almas para impedir los atentados contra la castidad.

Por lo que se refiere a la humildad, supera a la de todos los hombres e incluso a la de todos los ángeles, de los que es Reina, como ya hemos escrito en un artículo anterior.

El día de la Anunciación se produjo “el mayor acto de humildad que jamás se haya realizado ni podrá realizarse por una simple criatura”. San Francisco llega a escribir otra afirmación conmovedora: Si Dios crease un nuevo universo, ya no se podría igualar el mismo despliegue de humildad de la Madre de Misericordia.

El ángel la llamó “llena de gracia” y, sin embargo, la pobre Virgen de Nazaret no sólo no se vanaglorió, sino que encima se conmovió y temió; soberano acto de humildad, consecuente hasta el extremo al añadir que en ella se hiciera como le pluguiera a la Divina Majestad.

Antes de concluir su sermón, san Francisco añade una tercera virtud, practicada en grado excelso por Nuestra Señora, que necesariamente debe ir pareja a la humildad para que ésta no sea fingida. Se trata de la caridad, que a su vez es finta si no va aparejada a la humildad.

El humilde sin caridad es un falso modesto. El caritativo sin humildad “se subleva contra el cielo”, proclama nuestro autor. A los cuatrocientos años de estas palabras, muchos han sido los que, faltos de humildad, se sublevan contra el cielo. Son los opuestos al espíritu salesiano y al modelo de María, aunque se llamen católicos puros e incluso presuman de ello. Nuestra lengua, la más rica en refranes según certificaba un autor inglés, nos lo recuerda: Dime de qué presumes…

Miguel Toledano Lanza

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