Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

vocación religiosa

Existe una diferencia esencial entre el llamado al laicado y el llamado a la vocación religiosa

La vocación religiosa es la más perfecta vivencia posible de la vocación bautismal.

Existe una diferencia esencial entre el llamado al laicado y el llamado a la vocación religiosa, un artículo de Peter Kwasniewski para LifeSiteNews.

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

La Fiesta de la Purificación de la Bienaventurada Virgen María, también conocida como la Presentación del Señor en el Templo o más familiarmente como la Fiesta de la Candelaria, es, además, desde 1997, el Día Mundial de la Vida Consagrada.  Cada año esto ofrece un momento oportuno para reflexionar sobre la naturaleza específica de la vida consagrada, uno de los más grandes dones que Nuestro Señor ha dado a Su Iglesia y uno que está en gran peligro de ser olvidado o diluido.

Es bastante común hoy en día para las personas hablar de la “vocación para el matrimonio” y la “vocación para la vida religiosa” como si ellas fueran equivalentes, como si nosotros estuviéramos usando el término “vocación” unívocamente (en el mismo sentido). Simplemente esto no es verdad y va directamente en contra la enseñanza católica.

Una vocación, y solo mirando la etimología de la palabra en el verbo vocare (llamar, convocar), hace referencia al llamado de Dios dirigido a un individuo. Dios está llamando a esa persona fuera del natural modo de vida a un estado o condición sobrenatural.

En consecuencia, hablamos con razón de una “vocación bautismal”, porque el bautismo instaura a una persona en el estado cristiano, en una condición sobrenatural que es puro don gratuito de Dios y no algo eminente a nuestra naturaleza o merecida por nuestra humanidad. De nuevo, hablamos de una “vocación a la vida religiosa”, esto es, a la vida constituida por los consejos evangélicos de pobreza por el Reino de Dios; castidad en el sentido de una perfecta continencia; y obediencia como un sacrificio a la auto-determinación en el mundo, porque este estado va más allá de lo que es natural a hombres y mujeres como animales sociales viviendo en este mundo: es un don gratuito de Dios estar llamado a un modo de vida divino, a imitación del Dios-Hombre, Jesucristo, que vivió Su vida en la tierra entera y exclusivamente para la gloria del Padre y para la salvación de la humanidad.

En contraste, el matrimonio, entendido en su esencia como un vínculo para toda la vida entre un hombre y una mujer para la procreación y educación de los hijos y para la mutua ayuda y confort de los esposos, es la condición natural de los seres humanos. Estamos hechos para esto, y está bien adaptada a las condiciones de nuestra existencia mortal.

El matrimonio, por esta razón, no es una vocación en el sentido estricto, un don gratuito que lo eleva a uno más allá de lo que es normal en la vida social y terrenal.

Desde luego que es verdad que Nuestro Señor elevó el estado natural del matrimonio a la dignidad de un sacramento.

Pero la Iglesia tradicionalmente entiende que el sacramento hace de la unión conyugal de una pareja bautizada una realidad portadora y dadora de la gracia para ellos. En otras palabras, un modo de santificar temporalmente lo que permanece, en sí mismo, en un estado ligado a este mundo y a este orden pasajero que los laicos están encargados de “conquistar” para el Reino de Dios. Así el matrimonio apunta a la unión de Cristo y la Iglesia, pero no realiza esta unión de modo personal y escatológico como lo hace la vida religiosa. Dicho de otra manera, el religioso está casi comenzando a vivir en la tierra la vida del mundo que está por venir, donde nadie “se casará ni se darán en casamiento” (Mateo 22, 30)

Esta es la razón de porqué podemos decir que la vida religiosa es la perfecta vivencia posible de la vocación bautismal, porque el bautismo consagra a un hombre o a una mujer a Dios, y la vida religiosa completa esto consagrando la totalidad de la vida él o ella a Dios, sin una “consideración” ,por así decirlo, con el orden temporal que pasa. Él o ella no viven más como correspondería a la época presente, adquiriendo y poseyendo propiedad privada, trayendo hijos al mundo por la unión marital, y conservando la libre disposición personal (donde viviré, cuál será el trabajo que tendré, etc).

Tal como lo establece el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Los preceptos están destinados a apartar lo que es incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar lo que, incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo de la caridad (cf Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 184, a. 3).”

“En la economía de la Redención los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia constituyen los medios más radicales para transformar en el corazón del hombre tal relación con “el mundo” (Juan Pablo II, Redemptionis Donum, IV.9; Summa theologiae, II-II, 186, 7)

En lo que respecta a la doctrina de la vocación universal de todos los fieles a la santidad de vida, sin importar su posición o situación social, se ha avanzado mucho en los tiempos modernos y así es como debería ser. Sin embargo, Pablo VI hizo una nota de cautela y ofreció una importante clarificación:

“Sin embargo, hay que procurar que por esta causa no quede oscurecido el genuino sentido de la vida religiosa, tal y como siempre ha estado vigente en la Iglesia, y que los jóvenes, al hacer su elección de vida, sean instruidos en algún modo, pues no pueden percibir con claridad y distinción la misión peculiar y la importancia inmutable del estado religioso en la Iglesia.

Hemos creído necesario recordar el inestimable peso de la vida religiosa y de su misión; este estado, caracterizado esencialmente por la profesión de los votos evangélicos, es, según el ejemplo y la doctrina de Cristo, un estado de perfección, pues tiene como objetivo el progreso en la caridad y la purificación; el objetivo de otros géneros de vida, aunque legítimo, es una meta, utilidad y oficios de carácter temporal.”

(DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI A LOS CAPÍTULOS GENERALES DE LAS ÓRDENES Y CONGREGACIONES RELIGIOSAS, 23 de mayo 1964)

Lo anterior nos ayuda a observar el preciso error hecho por aquellos que hablan del matrimonio y de la vida religiosa como si ellos fueran simplemente diferentes vocaciones: “El matrimonio es mejor para algunas personas y la vida religiosa para otros, siempre y cuando tú hagas aquello para lo cual fuiste “llamado” a hacer. Los dos modos son igualmente buenos caminos de crecimiento en la virtud y en el amor a Dios.” Tal punto de vista marca un recrudecimiento del Jovianismo contra el cual San Jerónimo combatió en su día.

 El “llamado” al matrimonio se inscribe en la naturaleza humana y es por eso por lo que es algo bueno. Es nuestra naturaleza, formada por Dios Creador, que nos empuja a comenzar una familia. Es por la Providencia universal de Dios que conocemos a un cónyuge, nos casamos y tenemos una familia con Su bendición. El deseo de hacer todo esto está enraizado en nuestra necesidad de realización y en nuestro poder de fecundidad, como lo vemos presentado en el relato de la creación en el Génesis. En este sentido, hablar de una “vocación” al matrimonio de parte de Dios sería muy similar a hablar de una “vocación” para comer y beber; o para trabajar y descansar; o para pensar y amar. Esta necesidad y este poder tiene el propósito de enseñarnos, bajo la guía de la fe divina, sobre una necesidad que es más definitiva y que lo abarca todo: el hambre de Dios, la sed de unión con Él, el anhelo de verlo cara a cara en el cielo.

Sabemos que todos son llamados a la santidad como fin por el bautismo y que, para algunos individuos, el matrimonio les ayudará a alcanzar la santidad mejor que con la vida religiosa. Pero habiendo dicho esto la vida religiosa, a pesar de todo, ofrece un mejor medio para lograr el fin de la santidad. En sí mismo , el estado de la virginidad cristiana o celibato es preferible al del matrimonio, ya que este estado “libera de modo especial el corazón del hombre (cf 1 Corintios 7, 32-35) para que se inflame más en el amor a Dios y a todos los hombres ( Vaticano II Perfectae Caritatis, n.12) Con el fin de lograr esta función y servir a este fin es que debe abrasarse con la motivación apropiada, de decir, “por amor al reino de los cielos” (Mateo 19, 12) y como una forma de darse uno mismo por entero a Dios. El don total de uno en la vida religiosa depende del amor, la base sobre la cual cada uno de nosotros será juzgado por el Señor.

Dedicarse de todo corazón a la vida virginal o celibato requiere de un carisma especial, de una gracia de iluminación y del movimiento del corazón que no se dada a todos; requiere de un “modo” especial de amor divino que lo dispone a uno a dedicarse exclusivamente a Cristo y a Su Iglesia, y le permite a uno hacer una firme elección de esta forma de vida. Este carisma no debe entenderse como un grado superior de amor, como pensar que todos quienes abrazan el estado virginal o celibato aman a Dios más que aquellos que no.

Este carisma tampoco debe ser entendido como un modo de sustracción, como si aquellos llamados a pertenecer completamente a Cristo fueran o incapaces de hacer un don de sí mismo a otro ser humano en el matrimonio o no estuvieran inclinados a hacerlo. La carencia de la inclinación natural hacia el matrimonio impediría donación virginal o el celibato a Cristo y a Su Iglesia. Este carisma debe ser más bien entendido como una adición al amor, un exceso, el cual es capaz de especificar el amor, dándole un modo completamente más esponsal.

En nuestra era, cuando el mundo y la realidad del matrimonio han sido pervertidas de incontables maneras, la intención de un hombre o de una mujer de casarse con un miembro del sexo opuesto, en la Iglesia, con el fin de tener hijos y criarlos en el temor y amor a Dios, será mirada como algo anormal, de hecho, como algo heroico. Pienso en cual extraño, hasta ofensivo, parecerá a muchos cuando él o ella comunican ¡la intención de dar su vida entera solo a Jesucristo!

Esto ya era un escollo en el mundo antiguo y así ha vuelto a pasar de nuevo en el Occidente post-cristiano. Juan Pablo II reconoció esto cuando dijo:

“Jesús atrae la atención hacia el don de luz divina que es necesario incluso para entender el camino del celibato voluntario. No todos lo pueden entender, en el sentido de que no todos son capaces de captar su significado, de aceptarlo y de ponerlo en práctica. Este don de luz y de decisión sólo se concede a algunos. Es un privilegio que se les concede con vistas a un amor mayor. No hay que asombrarse, por tanto, de que muchos, al no entender el valor del celibato consagrado, no se sientan atraídos hacia él, y con frecuencia ni siquiera sepan apreciarlo”. (Catequesis sobre la Vida Consagrada, 16 de noviembre 1984)

http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1994/documents/hf_jp-ii_aud_19941116.html

Creemos en el glorioso ejemplo de Cristo y en Sus inmutables verdaderas promesas, que son más fuertes que la cultura, más fuertes que la moda, más fuertes que la falsa filosofía. Su voz continua llamando a los no creyentes a la conversión y al bautismo; a los creyentes a un compromiso más pleno; a los cristianos individualmente a un don más radical del yo, en imitación de Él.

Peter Kwasniewski

*Nota de edición: La fotografía pertenece al artículo original publicado por LifeSiteNews. MarchandoReligion declina toda responsabilidad

Puedes leer este artículo sobre la vocación religiosa en su sitio original en inglés aquí: https://www.lifesitenews.com/blogs/theres-an-essential-difference-between-the-calling-of-the-laity-and-a-religious-vocation

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