Honor a quien honor merece. ¿Quiénes pueden ser llamados organistas?

Un artículo de nuestra joven organista de Costa Rica en el que nos habla, como es habitual en ella, de sus andanzas por el mundo de los órganos y esas historias sobre como son tratados algunos organistas, lo que nos muestra la falta de caridad y compañerismo que impera en una profesión en la que los dones deberían están al servicio de las almas.

Honor a quien honor merece. ¿Quiénes pueden ser llamados organistas? Un artículo de Paula Garita

Antes de iniciar este artículo, me disculpo con ustedes, queridos lectores, por mi abrupta desaparición de esta revista. Quise aprovechar el tiempo santo de Navidad para darme un respiro y dedicarme a los estudios, sin embargo, también me ha servido para darle un nuevo enfoque en el mundo de la organería, desde la comodidad de mis pulgueros. Como un torero que mira la corrida desde la seguridad de la barrera, así he estado yo, con galletitas y algún dulce proporcionado por los sacristanes. Y así hubiese pasado la Cuaresma, sino fuese por este artículo, cuyo detonante se dio a mediados de febrero, y me hace aplazar el artículo que tenía preparado para estos días (y que, por cierto, no he acabado). Creo que, siendo este artículo de mi firma, no hace falta hacer la nota aclaratoria usual, pero no queda de más recordar el refrán tan usado en mi querida Costa Rica: “al que le cae el guante, que se lo plante”.

Quien me conoce un poco, sabe que no soy de buscar halagos y glorias (ya si la gente quiere felicitarlo a uno, pues bueno, es otro tema). Soy como una pequeña ratoncita, que mira desde la seguridad de su cueva, los órganos con ojillos chispeantes; sin embargo, sé que este mundo de teclas y fuelles también está infestado de gatos agresivos. Siempre me ha gustado hacer las cosas bien, aunque cueste, y me he criado en un entorno (entre familia, Iglesia y profesores del oficio) donde me han inculcado que es mejor hacer las cosas en silencio. Aún sigue sorprendiendo a sacerdotes y colegas mi extraña decisión de tocar en una capilla olvidada (literalmente), o en un órgano que en la de menos lo encontraré en el suelo, comido por las cucarachas.

Como decía en otro artículo, lo bueno de mis extraños sitios, es que, debido a su estado, nadie viene a tocar en ellos. Solo un colega, organista metropolitano, ha querido llegar a mi cueva-sacristía a acompañarme, y aunque le agradezco profundamente este gesto, he sentido cierta vergüenza; él, toca a diario un órgano electrónico que no tiene que envidiarle nada a un órgano tubular, y aún así, quiere venir a ver y tocar al pulguerito. ¿Cómo no voy a sentir pena?

Por el otro lado, hay otras criaturas del Señor, que sólo Él sabe que les pasa por la cabeza, pero nosotros no. Son alrededor de cinco, amigos entre ellos, y dan testimonio vivo de que la estupidez humana puede expandirse más que el Universo. Órgano que tocan, órgano que dañan; ni siquiera yo, que “torpeza” es mi segundo nombre, he logrado semejante “hazaña”. Agarran cualquier instrumento con tubos (los electrónicos son para gusanillos), esté como esté, y empiezan a tocar unas sonatas de Bach, que parecen de Puccini, pero fueron de Mozart. En cada acorde, el órgano grita pidiendo auxilio, pero nadie los ayuda. A cada cambio de registro, suena parecido a un pavo real. Algunos sacerdotes han salido corriendo, asustados, de la casa cural a la iglesia, pensando que están asaltando a un feligrés, pero no: son ellos, afinando sus gargantas en escalas que el oído humano no es capaz de percibir (ni apreciar, ni definir). Van religiosamente, creyendo que hacen un gran servicio a la comunidad, y aunque la intención de rescatar y reavivar al instrumento sea buena, la forma de ejecutarla es lo que hace que otros organistas decidan reforzar las cerraduras de los coros. Porque tampoco importa si el instrumento tiene encargado titular o no, ellos, usando el poder de la palabra (o la arrogancia), se plantan frente al sacerdote o persona que haya y exigen, con alta petulancia, el instrumento, o bien ponen cara de perrito con hambre de fuelles. Pocos sacerdotes son capaces de frenarlos. Y la peor parte, es que hay organistas “mayores” que les están dando apoyo a estas criaturitas, cediéndoles el instrumento, y dejándolos hacer lo que les venga en gana, para luego decirle al párroco que el instrumento lo quemó el arcángel San Miguel con su espada de fuego, pero que ellos no fueron.

Y esto hace que los pocos organistas que tenemos dignidad y vergüenza, sintamos la vergüenza que ellos no sienten. Ahora entiendo a uno de aquellos organistas que cuando empecé terminó enviándome a comer caracoles, y me sonrojo por partida doble. Ayer, justamente, este rubor de pena ajena se transformó en rabia, al escuchar, de boca de uno de estos jovencitos, decir que (cito textualmente): “No puede llamarse organista aquél que nunca ha tocado un órgano tubular; es decir, nosotros sí”.

No cabe en estas líneas lo que sentí en mi interior. Me dio una crisis vocacional terrible, ¡imaginen ustedes, creerme organista por tocar puro órgano electrónico y aprovechar dos tardías del organista catedralicio para tocar yo el instrumento! ¿Cuántos más estarán igual que yo, al borde de un bajón existencial? Si los mismos órganos electrónicos se venden bajo ese nombre, ¿Cómo les dirán a quiénes los tocan? ¿Electronistas? Mi padrino y yo, luego de quedarnos temporalmente ciegos luego de leer algunos estados de estos hijitos de la Creación, hemos llegado a la conclusión de que yo soy “tocadora de pianos electrónicos de doble teclado con pedalera de una octava”. Él sí es organista, hecho y derecho. Los demás, junto a quienes no pensamos como ellos, basura hemos de ser, y eso explica por qué siempre que llego a la parroquia, encuentro mi órgano rodeado de afiches y cajas con papeles viejos. Gracias a estos adorables niños, estamos encerrados en semejante lumbre de pensamiento.

Estas explosiones de intelecto sideral suceden más frecuentemente de lo que ustedes se imaginan, en la primera red social que encuentran salen con una publicación que rompe toda misticismo, métrica y lógica con respecto a nosotros, pobres músicos litúrgicos y devotos. Si Einstein viviese, confirmaría como ley de la vida aquella frase suya que decía “Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Del Universo, tengo mis dudas”.

Y cierro este artículo, con una frase de una amiga publicista, luego de pedirme ayuda para la promoción cuaresmal de su parroquia en la parte musical: “Aquí, tengo tres organistas, y bien pude pedir ayuda a alguno de ellos. Pero no lo hice, porque ellos solo buscan el lucirse y brillar, y brillan ya tanto, que opacan a quienes tocan con verdadera devoción y amor a Jesús y María, pero aún no brillan porque ellos no los han dejado. Y yo opino que, en este mundo del catolicismo, honor a quien honor merece”.

Paula Garita

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Paula Garita

Paula Garita

Organista. Costa Rica