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El seminario de Burdeos

Este artículo no versa sobre la formación de los sacerdotes en la región girondina, sino que, sencillamente, es el título de una novela del monárquico Jean Dutourd, académico contemporáneo que fue de la lengua francesa.

El seminario de Burdeos. Un artículo de Miguel Toledano

Como a seguido podrá comprobar el lector, el desarrollo argumental ofrece múltiples e inteligentes elementos de engarce con la religión, bajo un embrollo típicamente característico del libertinaje de la nación vecina. Dutourd juega con el ridículo para mostrar, por oposición, la grandeza católica; incluida la crisis y abandono de la doctrina y práctica tradicional de la fe por una nueva espiritualidad grotesca.

A lo largo del texto encontramos interesantes referencias de la época, como por ejemplo el hecho de que a los pederastas, a la altura de 1970, se les empezaba a llamar “homosexuales” para tratar de justificar su vicio. También hace alusión Dutourd a la ideología evolucionista de los que creen, según su propia expresión, “que el hombre desciende del pescado”.

Yo me pregunto si en el mundo hispánico actual este tipo de manifestaciones no le cerrarían a un escritor el acceso a la Academia. Al menos hasta fecha reciente, el Instituto de Francia no resulta ser excesivamente sectario y ha sabido reconocer la maestría de mente y pluma de quien realiza un discurso anticíclico.

La trama se sitúa inicialmente en el barrio latino de Paris en mayo de 1968, donde acaba de estallar la revolución, de orden principalmente sexual; aunque a lo largo de la obra el autor recurre a frecuentes flashbacks en torno a ese contexto.

Brigitte Simonot, comunista convencida, da a luz a su primer bebé y percibe instintos maternales ajenos a su frialdad feminista y marxista. En realidad, es la tercera vez que detecta una contradicción con su propia ideología, después de que su compañero sentimental Jean-Claude, sociólogo del CNRS (equivalente en España al CSIC), le propusiera matrimonio algunos meses antes del parto – y ella aceptase, tratándose de una institución tan típicamente “burguesa”.

La segunda ocasión se produjo al descubrir que, tanto con anterioridad como después de su relación con Jean-Claude, éste frecuentaba la cama de su joven compañera de trabajo Adeline Jolivet. La reacción natural del amor y de los celos se imponía sobre la tolerancia mutua de la promiscuidad como elemento superador de la estructura clásica de la monogamia.

Por su parte, tras ser abandonada por Jean-Claude, Adeline comienza a tener amoríos carnales con Laurent Schwob, sionista procedente de una familia más bien moderada en la línea neoconservadora y filo arábiga del general De Gaulle.

Laurent no sólo estudió en la facultad con Jean-Claude, sino que además fue su padrino de boda; lo que desconoce el judío es que, antes que de él Adeline ha sido amante de Jean-Claude. Por eso, surge pronto una situación comprometida: Laurent decide presentar a sus padres a su nueva amiga; pero no se espera que la Sra. Schwob invite también para la cena al matrimonio Simonot, provocando el enredo.

Adeline se pone en ridículo con su intelectualismo impostado, sus neologismos de moda y su semitismo de anteayer. Ella únicamente pretende agradar a sus futuros suegros, pensando que son tan judaizantes como su amado Laurent. La cosa pasa a mayores cuando la joven socióloga comienza a atacar la figura del general De Gaulle, gran ídolo del medio burgués Sr. Schwob.

Dos años y medio más tarde, Jean-Claude y Brigitte se disponen a partir de vacaciones al País Vasco francés con su pequeño François. Brigitte echa la vista atrás: ¿Y si fuera un acto de la Providencia no haber podido asistir a la revolución del 68 parisino por haberse encontrado de parto? ¿Y si el Dios de los católicos le impidió participar de la absurda algarada para así comenzar a salvar su alma?

En el trayecto en coche desde París hacen una primera parada en Chartres, donde visitan la famosa catedral gótica. En la capilla de Nuestra Señora, frente a la gloria de la Cristiandad medieval hecha piedra perenne, la joven madre se llena del Espíritu Santo y ya no volverá a ser la misma.

Antes de comenzar las vacaciones, Jean-Claude debe asistir en Burdeos a un seminario de sociología en el que también participan Adeline y Laurent. En la habitación del hotel, Brigitte continúa con su experiencia mística: tumbada en la cama durante dos días, una luz la visita colmándola de una extraña felicidad, hasta el punto de perder todo interés por lo que le rodea.

Cuando le cuenta a su marido el fenómeno del descubrimiento religioso, éste, en parte, se alegra: a diferencia de ella, Jean-Claude recibió una cierta educación católica de niño, que ahora le trae felices recuerdos. Sorprendentemente, en unos pocos días Brigitte parece dominar conceptos teológicos que no se explican sino infundidos por el Espíritu Santo durante su encuentro en Chartres y luego en Burdeos; pues de otro modo sería imposible que una atea no bautizada los hubiese aprehendido de la nada.

En el seminario, Adeline diserta sobre la fase psicoanalítica anal de Mozart, sin darse cuenta de que Laurent se está encaprichando por momentos de otra socióloga con apellido hebreo como él, la rubia Rita Cerf. Todos observan el flirteo, menos la propia Adeline que, con su torpeza habitual, está entusiasmada ante la perspectiva de irse tres semanas de vacaciones con su novio al estado de Israel.

Una vez en tierra judía, Laurent no ve la forma de desembarazarse de ella y, a las dos semanas, se inventa una excusa para volver solo a París y poder así reencontrarse con Rita.

Por su parte, los Simonot han llegado a su destino vacacional en la localidad de Ciburu. Los acompaña Emma, estudiante alemana de Tubinga, para hacer las veces de au pair de François. En la costa vasca, los bañistas se interesan por la joven germánica, pero ésta, de costumbres católicas, no les hace demasiado caso.

Los aires rurales incrementan el entusiasmo de Brigitte por la religión, quien comprueba las virtudes con que se comportan los lugareños entre sí. El primer domingo de su estancia estival, Emma le propone que vayan juntas a Misa. La Sra. Simonot asiente, pensando, después de Chartres y de su inhabitación pon el Espíritu Santo, que se va a encontrar con todo el esplendor y solemnidad propios de la liturgia romana, el órgano, el latín, los imponentes silencios…

Cuál es su sorpresa al ver que el sacerdote no celebra en el viejo altar, sino alrededor de una mesa instalada en el centro del presbiterio; que no para de hablar y además acerca de vulgaridades que le hacen recordar la palabrería de Adeline; que el púlpito no se usa para transmitir a los fieles la palabra de Dios, sino que el insoportable sermón está lleno de tópicos coyunturales como el “espíritu de acogida”, la necesidad de los sacerdotes de incardinarse en su “medio vital”, la conveniencia de que el pueblo “sintiese su relación con los demás”, el “credo ecuménico”, la “concienciación”.

El clérigo no pronuncia el nombre del Señor ni una sola vez, pero sí la “lucha de clases”. El término “sagrado” tampoco parece agradar al ministro de Dios. Tras la consagración, Brigitte se ve obligada a estrechar la mano de su vecino de al lado, que le da más asco que vergüenza.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, agradece salir de allí como una colegiala al final de clase. El nuevo rito reformado está a punto de hacerle perder la fe que directamente le había regalado el Espíritu Santo. No obstante, piensa que una Misa tan disparatada es probablemente una prueba que le viene del cielo para probar la solidez de su propósito. Meditando sobre el deber de corresponder en amor a la intervención de la Trinidad sobre su alma, retoma su firmeza cristiana. Mas aún, admirando la naturalidad con la que Emma asiste a Misa cada domingo (ataviada todavía en aquella época con un sombrero para cubrir su cabeza) y con la que, luego, celebra el día del Señor mediante una visita semanal a la pastelería, Brigitte comprende la belleza de su nueva vida y no recae en el ateísmo, a pesar del espectáculo patético de la liturgia de 1970.

Unos días después, los Simonot visitan al Sr. y la Sra. Schwob en la cercana Biarritz, donde los padres de Laurent estaban también pasando unos días de asueto. Al despedirse, la Sra. Schwob nota en Brigitte algo especial, una suerte de aura que antes no tenía, señal invisible de la íntima conexión con el Bien que la joven ha establecido.

Hastiados por la vulgaridad vacacional de los turistas de playa, Brigitte y Jean-Claude disfrutan de largas conversaciones juntos. A él le agrada que su esposa, increíblemente interesada en la fe católica, le pregunte por todas las nociones que a Jean-Claude le enseñaron en su niñez: la Misa, el Credo, la Inmaculada Concepción, el pecado original o las parábolas del Evangelio.

Sin embargo, en el matrimonio se entabla una fuerte discusión cuando Brigitte insiste en que François sea urgentemente bautizado, a lo que Jean-Claude accede. Para la ceremonia eligen como padrinos del niño a Emma y al Sr. Etchegoyen, su vecino vasco. Tanto la au pair como Brigitte acuden con la cabeza cubierta, la joven madre con un elegante velo.

Pero, una vez más, su devoción contrasta con la mutación de la Iglesia, sin latín, sin altares y casi sin María Santísima. El sacerdote, que calza zapatillas de deporte, en lugar de animarlos al sacramento interroga minuciosamente a los padres si de verdad han de bautizar a su hijo; o si, más bien, no deben reflexionar sobre ello durante un tiempo adicional, prefiriendo esperar a que François adquiera uso de razón para que entonces pueda él, por sí mismo, elegir si quiere ser cristiano o no.

La empatía del eclesiástico mejora cuando Brigitte le dice que ella nunca recibió el bautismo; el hecho de que pudiese ser israelita o librepensadora agrada enormemente al sacerdote conciliar. La madre se siente tentada de compartir con el ministro su acercamiento místico de Chartres, pero una voz interior le aconseja que quizás sea más prudente no hacerlo.

Jean-Claude informa igualmente al cura que había dejado de practicar la religión hacia bastantes años, sin comulgar siquiera en Pascua florida. El páter consiente sin mayores problemas y despacha el nuevo rito de forma funcionarial; salvo por lo que se refiere a su homilía, en la que expresa su deseo ferviente de que el joven François no se muestre “jamás insensible a las legítimas aspiraciones de las clases menos desfavorecidas”.

Hasta el propio Jean-Claude, que no se toma demasiado en serio todavía la religión, está escandalizado y se plantea qué le ha podido ocurrir a la Iglesia en apenas quince años para semejante mutación.

La acción retorna, por última vez, a los hechos de mayo de 1968. Adeline toma parte en los disturbios y, a resultas de ello, la prensa saluda favorablemente su obra escrita, publicada con pompa mediática pero constituyendo un fracaso total de lectura debido a su mediocridad.

Tras la ruptura con Laurence, aprendemos que Brigitte consuela a Adeline. Un postrer desengaño amoroso lleva a ésta al borde del suicidio, del que la salvan Brigitte y la Sra. Schwob. Brigitte se bautiza exactamente a los cien años de la Comuna de París, festejándose su entrada en la Iglesia en casa de los Sres. Schwob, quienes a pesar de su ascendencia judía no tienen problema alguno con el catolicismo.

Con ese doble guiño al comunismo histórico francés y al semitismo en vías de conversión a la verdadera religión se cierra esta curiosísima novela, de la que no me consta traducción al idioma castellano.

Miguel Toledano Lanza

Domingo de Quincuagésima, 2021

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