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Católica, Apostólica y Romana

El otro Vaticano II. Por qué no se puede continuar con el método de la cuadratura del círculo

El otro Vaticano II. Por qué no se puede continuar con el método de la cuadratura del círculo

Queridos amigos de Duc in altum, estoy encantado de anunciaros la publicación del libro El otro Vaticano II. Voces desde un Concilio que no quiere terminar (Chorabooks 2021), en el cual se propone un modo alternativo y a contracorriente de contemplar el Concilio Vaticano II, tema imprescindible para afrontar la cuestión de la crisis de la Iglesia y de la misma fe.

Editado por mí, el libro incluye intervenciones de Enrico Maria Radaelli, el padre Serafino Maria Lanzetta, el padre Giovanni Cavalcoli, Fabio Scaffardi, Alessandro Martinetti, Roberto de Mattei, el cardenal Joseph Zen Ze-kiun, Eric Sammons, monseñor Carlo Maria Viganò, monseñor Guido Pozzo, Giovanni Formicola, don Alberto Strumia y monseñor Athanasius Schneider.

El otro Vaticano II. Por qué no se puede continuar con el método de la cuadratura del círculo.  Un artículo del blog de Aldo María Valli

Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2021/01/30/laltro-vaticano-ii-perche-non-si-puo-continuare-con-il-metodo-della-quadratura-del-cerchio/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión


El asunto del Concilio Vaticano II se parece a un río subterráneo. Incluso si durante un largo trayecto no sale a la superficie, sabemos que está ahí e influye profundamente en nuestra pertenencia a la Iglesia. Después, cuando vuelve a manifestarse en un cierto momento, apasiona y divide. Porque es ineludible.

En este libro, el Vaticano II se contempla desde la perspectiva de aquéllos que, aun queriendo evitar fracturas ya demasiado dolorosas, no pueden esconder en conciencia las consecuencias negativas a las cuales muchos de los contenidos del Concilio han conducido en diversos planos, desde la liturgia a la vida de la fe.

El Vaticano II tomó los pasos de una Iglesia que deseó gustar al mundo, como madre cariñosa y dulce, accesible y acogedora. Deseo comprensible, pero que abrió las puertas a la apostasía. Jesús nunca quiso gustar al mundo, ni hizo concesiones de ningún tipo con tal de parecer simpático y dialogante.

Pero, además, el drama del Concilio fue otro. La Iglesia comenzó una operación de restyling y de renovación retardada con respecto al mundo. Sucede siempre lo mismo: cuando la Iglesia intenta actuar como el mundo, su acción llega tarde. Porque el mundo, por el camino del pecado, o si acaso de la pretensión de poner al hombre en el lugar de Dios, marcha rápido y siempre se le ocurren cosas nuevas, mientras que la Iglesia, por más que se empeñe, lo único que puede hacer es seguir detrás. De esta manera, el Concilio se puso a correr detrás del mundo cuando el mundo ya percibía, aun de forma confusa, que el deseo de autonomía del hombre respecto a Dios no podía conducir sino a enormes desastres desde todo punto de vista: desde la cuestión social y política a la cultural y moral.

Entretanto, surgió la dogmatización del Concilio. Curioso: un Concilio que pretendía ser no dogmático se convirtió él mismo en dogma. Si, por el contrario, lográsemos contemplarlo como acontecimiento provisto de diversas facetas, con las esperanzas que suscitó, pero también con todas sus limitaciones intrínsecas y errores de perspectiva que lo afectaron, haríamos un buen servicio a la Iglesia y a la calidad de nuestra fe.

Con frecuencia, contemplar cara a cara el origen de la enfermedad provoca un sentimiento de tristeza y puede abrir paso también a una peligrosa impresión de fracaso. No obstante, debe hacerse si se quiere encontrar el camino de la curación.

En el libro hay espacio para modulaciones de diverso tipo. Si el padre Giovanni Cavalcoli, por ejemplo, escribe que los éxitos pastorales del Concilio pueden ser discutibles pero su doctrina es aceptable, y monseñor Guido Pozzo propone una vía entre la renovación y la continuidad, hay quien, como Eric Sammons, reconoce que antes defendía el Concilio pero ahora lo discute abiertamente. Y si don Alberto Strumia, aun admitiendo que el Concilio tiene muchas culpas, sostiene que no debemos hacer de él un chivo expiatorio, monseñor Carlo Maria Viganò y monseñor Athanasius Schneider explican por qué la enfermedad modernista debe ser diagnosticada en profundidad, precisamente para poder proporcionar la medicina adecuada.

A medio siglo de la terminación del Concilio se hace necesario excavar por fin en el fondo de la sustancia ante las cuestiones planteadas por el arzobispo Lefebvre y por muchos otros observadores y representantes de la Iglesia, hasta las más recientes tomas de posición, precisamente, de Viganò y Schneider. La hermenéutica de la continuidad no consigue probar los hechos. Por ejemplo, por lo que se refiere a la realeza social de Cristo y a la falsedad objetiva de las religiones no cristianas, el Vaticano II representa una ruptura respecto a la enseñanza de los papas precedentes y conduce a los resultados objetivamente inaceptables de la Declaración de Abu Dabi sancionada por Francisco. Al acusar a los críticos de quedar anclados en un pasado que hay que superar, implícitamente se afirma la necesidad de superar la enseñanza de todos los papas hasta Pío XII. Pero “tal posición teológica – observa el obispo Schneider – es, en definitiva, protestante y herética, puesto que la fe católica implica una tradición ininterrumpida, una continuidad ininterrumpida, sin apreciable ruptura doctrinal ni litúrgica”.

Además de la Declaración de Abu Dabi, Amoris laetitia, Laudato si’ y Fratelli tutti son documentos que deberían llevarnos a considerar la entidad de la ruptura. Basta señalar que en la encíclica sobre la hermandad se echa en falta un horizonte claramente sobrenatural, así como la proclamación de la verdad de que Cristo es la fuente indispensable de la verdadera fraternidad.

La destrucción de la fe católica y de la Santa Misa, no sólo tolerada sino a menudo promovida desde las más altas autoridades de la Santa Sede, no puede dejar inertes a los bautizados. Se impone reconocer las raíces de la enfermedad. Es necesaria la resistencia. Que debe ser tanto más explícita y coherente cuanto más se oponga, contra ella, la dogmatización del Concilio.

Cuando los problemas pasaron al primer plano hubo quien no se escondió. Lo demuestra el encuentro dramático, que tuvo lugar en Castel Gandolfo el 11 de septiembre de 1976, entre Pablo VI y monseñor Marcel Lefebvre. “¡Usted se encuentra en una posición terrible! ¡Usted es un antipapa!” exclamó Montini. “No es cierto. Yo trato sólo de formar sacerdotes conforme a la fe y en la fe” replicó el fundador de la Hermandad sacerdotal de San Pío X. Releer el contenido de dicho encuentro tan duro (gracias a las notas redactadas por monseñor Benelli, en aquella época sustituto de la Secretaría de Estado) permite comprender los temas que están sobre la mesa desde hace ya mucho tiempo.

En un determinado momento Pablo VI exclamó: “Usted ha dicho al mundo entero que el Papa no tiene fe, que no cree, que es modernista, y así sucesivamente. Debo, sí, ser humilde, pero usted se encuentra en una posición terrible. Está realizando actos, ante el mundo, de una extrema gravedad”. A lo que monseñor Lefebvre respondió: “No he sido yo quien quería crear un movimiento; fueron personas fieles desgarradas por el dolor y que no aceptan determinadas situaciones. Yo no soy el jefe de los tradicionalistas. Soy un obispo que, desgarrado por el dolor de lo que sucede, ha tratado de formar sacerdotes como se hacía antes del Concilio. Me comporto exactamente como antes del Concilio. Por eso, no alcanzo a comprender cómo es posible que se me condene directamente por el hecho de formar sacerdotes en la obediencia a la sana tradición de la Santa Iglesia”.

Actualmente, en el año del Señor de 2021, es hora de apartar el desdichado método de la “cuadratura del círculo”, o sea, la tentativa de justificar lo injustificable. La expresión “hermenéutica de la continuidad” no puede ser utilizada como fórmula mágica para esconder la realidad; y la realidad es que el Concilio lleva dentro el germen del desastre que hoy tenemos ante nuestros propios ojos.

Es paradójico que la petición de muchos laicos, esto es, que por fin se aclaren las cuestiones, que se corrijan los errores y que la doctrina se restablezca en línea con la tradición, sea despreciada por lo que monseñor Athanasius Schneider llama “la nomenclatura eclesiástica”. Precisamente los clérigos que durante décadas predicaban y solicitaban, en nombre del Concilio, el protagonismo de los laicos, ahora caen en un rancio clericalismo y ordenan a los laicos que se plieguen y se callen. “Pero los fieles laicos – dice Schneider – deben responder a estos clérigos arrogantes”.

Por otra parte, si observamos los hechos objetivamente, apartándonos del mito, el Vaticano II aparece claramente como “una gigantesca ostentación de triunfalismo clerical” (siguen siendo palabras de Schneider); y ahí se encuentra la raíz de la actual deriva en sentido sinodal, o sea, ese “eclesiocentrismo” y “magisteriocentrismo” que obstinadamente ignora lo que, entre otras cosas, dice el Concilio mismo: “El magisterio no es superior a la palabra de Dios, sino que la sirve” (Dei verbum, n. 10).

Con el Concilio y después del Concilio la Iglesia ha actuado en sentido contrario a lo que se lee en Dei verbum. El magisterio ya no sirve a la palabra y a la tradición. La perspectiva se ha dado la vuelta. El mismo Cristo ya no está en el centro y cada vez con más frecuencia ni siquiera resulta nombrado.

La verdad, como sostiene Schneider, es que en el curso del Concilio Vaticano II “la Iglesia empezó a entregarse al mundo, a flirtear con el mundo, a manifestar un complejo de inferioridad en la consideración del mundo”. Si antes del Concilio los clérigos mostraban a Cristo, no a sí mismos, ante el mundo, del Concilio en adelante la Iglesia católica comenzó “a implorar la simpatía del mundo”; y así sucede hoy más que nunca, pero “esto no es digno de ella y no le otorgará el respeto de cuantos verdaderamente buscan a Dios”.

Aldo Maria Valli

Varios autores, El otro Vaticano II. Voces en torno a un Concilio que no quiere terminar (editado por Aldo Maria Valli), Chorabooks 2021.

Con textos de Enrico Maria Radaelli, el padre Serafino Maria Lanzetta, el padre Giovanni Cavalcoli, Fabio Scaffardi, Alessandro Martinetti, Roberto de Mattei, el cardenal Joseph Zen Ze-kiun, Eric Sammons, monseñor Carlo Maria Viganò, monseñor Guido Pozzo, Giovanni Formicola, don Alberto Strumia, monseñor Athanasius Schneider, Aldo Maria Valli.


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