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La primera de las tres Pascuas

¿Amamos la Liturgia Tradicional? Por supuesto y por ello sabemos que seguimos en el Tiempo de Navidad y la propuesta de Miguel para su artículo es hablarnos de esa primera de las tres Pascuas

La primera de las tres Pascuas. Un artículo de Miguel Toledano

Seguimos, queridos lectores, en el ciclo de Navidad. Dios ha nacido entre nosotros y no se va a ir tan fácilmente. Si ha nacido para prepararse a su Pasión y Resurrección, es preciso que la liturgia muestre, a lo largo del año civil, esas dos grandes etapas de nacer y prepararse, primero, para lo que, luego, lejanamente ya se empezará a avistar en el domingo de Septuagésima: la puesta en práctica suprema de la Redención. Encarnación y Redención, como dos grandes misterios que distinguen nuestra religión en la figura de Nuestro Señor, quedan perfectamente reflejados por la Iglesia en todas y cada una de las épocas que desde aquel día del principado de César Augusto vienen sucediéndose. Reformar u olvidar esto resulta absurdo, por atentar contra dicho doble ciclo.

Para la Navidad de 1622, prácticamente cuatro siglos ha, preparó san Francisco de Sales el que con toda probabilidad es su último sermón, su culmen literario, su despedida teológica antes del paso a la vida eterna.

Moriría sólo cuatro días más tarde. La autopsia, en esa Navidad del siglo diecisiete, reveló un numero impresionante de piedras en la vesícula, de las que las dos mayores fueron enviadas, como reliquias, a María de Médici y a Ana de Austria. Luego, este último sermón navideño es, para nosotros, también una especie de reliquia del obispo exiliado de Ginebra.

Ya hemos tratado en otras ocasiones de este doctor de la Iglesia, que sigue a menudo las enseñanzas de los que lo precedieron en la defensa de la religión. Como, además, su fiesta litúrgica es dentro de sólo cinco días, cumple por doble motivo este modesto homenaje para aprovechamiento, una vez más, de la sana doctrina.

Su predicación de aquella noche santa en el monasterio de la Visitacion de Lyon giró en torno a las “tres Pascuas”: la Navidad, la Resurrección y Pentecostés, tríada que nuevamente marca la diferencia entre la fe verdadera y el mercado de productos que nos oferta, sin que nosotros los demandemos, la “Libertad Religiosa” del liberalismo y del Concilio Vaticano II.

“Felices Pascuas”, decimos en Navidad e igualmente tras la culminación gozosa de la Semana Santa; podemos, por tanto, saludarnos también así en la gran fiesta de Pentecostés de este año que ahora comienza, para dar la correspondiente importancia a la venida del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico, como maravillosamente define todavía nuestro diccionario de la Real Academia.

Pascua significa “tránsito”, explica el santo fundador de las visitandinas de París. Tránsito, primero, del ayuno a la celebración, toda vez que etimológicamente el término procede, en parte, del latín “pastos”. Pero mucho antes de los romanos y los griegos, ya los judíos festejaban su “Pésaj” como el más solemne de todos sus acontecimientos espirituales -que ya es decir-, en honor de la libertad del cautiverio de Egipto, cuya historicidad nos ha sido transmitida a través de la Sagrada Escritura.

Por tanto, la importancia extraordinaria de la Navidad, primera Pascua, viene de muy lejos; y no procede, en consecuencia, despacharla por la simple vuelta al trabajo, en el caso de los adultos, o al colegio, después de que los niños hayan recibido sus regalos con ocasión de la conmemoración de los Reyes Magos.

Ya hemos avanzado que el doctor de Sales aprovecha con frecuencia las enseñanzas previas de otros eruditos y maestros de la Iglesia. En este caso, se sirve de la homilía de san Gregorio Magno en la noche de Navidad un milenio anterior a él, para resaltar la importancia del acontecimiento salvífico conforme lo entendían los primeros cristianos.

Éstos cantaban tres nocturnos de maitines por separado, levantándose en tres ocasiones durante la noche. E Iban siete veces durante el día a recitar el oficio. Yo me pregunto por qué los reformadores de los años sesenta y setenta (y también ochenta), tan amigos de justificar las mutaciones a través del primitivismo o supuesta vuelta a la práctica de los primeros cristianos, no nos han contado esto. Quizás es porque no les apetecía mucho tener que salir de la cama por triplicado durante la noche de Navidad…

La tradición inveterada de las tres Misas del día de Navidad sí ha llegado hasta nosotros. San Francisco de Sales se apoya para ello en la autoridad de san Agustín, el doctor de la Gracia (Sermones 127 y 194), pero en Marchando Religión ya se ha tratado de este asunto a través de un video y, por consiguiente, no procede que nos extendamos más sobre el particular.

Sin embargo, cabe preguntarse ¿dónde reside la originalidad del doctor de la vida devota en su tratamiento de la Navidad? ¿Por qué recordarlo hoy, además de por acercarse esta semana su festividad? ¿Qué es lo que nos enseña, particularmente, a los cristianos del siglo XXI?

Pues bien, la estructura de su sermón se anuncia como trinitaria: el saboyano parece que dividirá su exposición en tres partes, dedicadas respectivamente a lo que debemos creer, lo que debemos esperar y lo que debemos practicar en materia de Navidad. Sin embargo, como veremos, sólo la primera desarrolló el anciano fundador (conste que en la actualidad no le consideraríamos tan anciano, acaso apenas algunos años mayor que el autor de estas líneas).

Por lo que se refiere, pues, a lo que debemos creer, lo primero y principal es que Cristo es “igual en todo al Padre”. No quiere esto decir que exista una igualdad absoluta entre ambos, una identidad absoluta sin distinción ni de personas ni de naturalezas a la manera de los mahometanos o de Spinoza, infieles radicales en su concepción filosófica de la divinidad. Sino que hay que interpretar al santo francés en el sentido de que ambas personas de la Trinidad Santísima son consustanciales, poseen la misma sustancia real que existe por sí misma y es soporte de sus cualidades, como rezamos en el Credo niceno-constantinopolitano.

Como es habitual en él, el señor de Sales nos ofrece una metáfora, que si bien no capta plenamente el concepto metafísico de la identidad de sustancia, al menos aporta una imagen que, recordando el refrán, vale más que mil palabras: el Hijo y el Padre se parecen a los rayos solares que nacen del sol, pues sol y rayos “son la misma cosa”.

A continuación, resalta nuestro autor una paradoja. En el cielo nació el Hijo sin madre, engendrado sólo del Padre; en la tierra, por el contrario, nació sin padre, encarnado a través de una Madre, Nuestra Señora, de la semilla de Abraham, a la que pertenecía la Sacratísima Virgen. San Francisco no destaca aquí la obra del Espíritu Santo, pero procede reconocer la vistosidad en la contraposición de los dos nacimientos.

Hay un tercer punto relativo a la fe sobre la Navidad que interesa subrayar: De todos los acontecimientos salvíficos que rodean a la primera venida del Salvador “tenemos pruebas ciertas”. Esto pasa continuamente con las Sagradas Escrituras y, no obstante, la incredulidad moderna se entretiene antes con la Sra. Claus y con el reno Rodolfo de Finlandia que con los hechos ciertos de los dos Testamentos.

Las tenemos de la bajada de los ángeles del cielo para anunciar el nacimiento del Divino Infante; las tenemos de la llegada de los pastores al portal de Belén, representantes legítimos del pueblo escogido; las tenemos de la adoración por los Reyes Magos, monarcas gentiles soberanos que inauguraron el reconocimiento del Reinado Social de Cristo como Cristo Rey.

Hasta aquí los elementos básicos y fundamentales de la fe en la Encarnación. Según comentábamos más arriba, queda en puntos suspensivos lo que debemos esperar y lo que debemos practicar, para san Francisco de Sales, en materia navideña. Aunque, naturalmente, la virtud de la fe refuerza la de la esperanza y una fe sin obras es una fe muerta; por lo que, a través de los párrafos que anteceden, esperamos haber contribuido modestamente a que el fiel y paciente lector tenga algunas claves salesianas sobre qué esperar y cómo practicar en este ciclo tradicional de la Navidad.

Miguel Toledano Lanza

Domingo tercero después de la Epifanía, 2021

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