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Cómo los reformadores de la década de los ’60 trataron la liturgia.-MarchandoReligion.es

Cómo los reformadores de la década de los ’60 trataron la liturgia.

Durante la década de los ´60 se reemplazaron, modificaron o simplemente eliminado de la liturgia días como los de las Témporas, siguiendo la manía por el “método racional”.

 Cómo los reformadores de la década de los ’60 trataron la liturgia como mecánicos ensamblando partes de coches, un artículo de Peter Kwasniewski para LifeSiteNews

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

Los días de Témporas están entre las más antiguas liturgias que poseemos, anteriores incluso a ¡los Domingos de Adviento!, y tan queridos como estos. El Papa León Magno en el siglo quinto ya hablaba de ellos como una firme y fija tradición cuidadosamente mantenida. Tal como lo acota Michael Foley en su excelente artículo sobre este tema:

“Los días de Témporas, que caen los miércoles, viernes y sábados de la misma semana, ocurren en unión con las cuatro estaciones naturales del año. El otoño entrega las Témporas de septiembre, también llamadas las Témporas de San Miguel por su proximidad a la Fiesta de San Miguel el 29 de septiembre. El invierno, por otra parte, entrega las Témporas de diciembre durante la tercera semana de Adviento, y la primavera otorga las Témpora de Cuaresma, después del primer domingo de Cuaresma. Finalmente, el verano anuncia las Témporas de Pentecostés, que toma lugar en la Octava de Pentecostés.

En el Misal de 1962 los días de Témporas son clasificados como ferias de segunda clase, días de la semana de importancia especial que hasta reemplazan ciertas fiestas de santos. Cada día tiene su propia Misa, las cuales son todas bastante antiguas. Una prueba de su antigüedad es que son uno de los pocos días…en las que hay hasta cinco lecturas del Antiguo Testamento, además de la lectura de la Epístola, de verdad una antigua combinación.

El ayuno y la abstinencia parcial durante los días de Témporas son también ordenados a los fieles desde tiempos inmemoriales hasta los años de ’60.”

Con eventualidad los sábados se convirtieron en días de ordenaciones, lo cual explica (por ejemplo) la tradicional Epístola del Cuarto Domingo de Adviento (1 Corintios 4, 1-5) la cual habla de cómo los “dispensadores de los misterios de Dios” debieran ser fieles.

La antigua tradición de los días de Témporas, como muchas otras tradiciones, fue simplemente borrada en los años de 1960, como parte de la ”extrema transformación” a la que se enfocó un comité vaticano que suprimió o inventó lo que ellos pensaban que el mundo necesitaba ahora, lo cual es completamente contrario al modo en que la liturgia había sido siempre tratada: como una herencia a ser orgullosamente mantenida y celosamente protegida. ¿Cómo pudo haber ocurrido tal cosa?

Una purga de esta magnitud surgió de la creencia de que el hombre moderno es esencialmente diferente de sus predecesores,  y se extiende hasta tal punto que ya no se puede suponer que sea provechoso para la gente moderna lo que las pasadas generaciones poseían y usaban. Esta creencia, tan falsa como largo es el día, encaja con la manía por un sistema y un método característico de los tiempos modernos: con el suficiente dinero de los impuestos y con los suficientes comités podemos construir un mundo mejor, o, en este caso, un culto mejor.

Existen muchas razones para las manías, pero todas convergen en una cosa: el triunfo del método racional y su (intento) de aplicación a todos los ámbitos de la vida humana. Por “método racional” entiendo la  clase de cosas que se encuentran en los pensadores racionalistas como Descartes, Spinoza, Kant o Comte: el intento de dominar la realidad mediante un autónomo y lógico sistema de axiomas, teoremas y corolarios.

En la sociedad civil, esto se convierte en el intento de crear una racional “ciencia de la política” y un sistema de derechos humanos, de modo que así la felicidad humana se pueda conseguir en la tierra y los males, de los que la carne es heredera, puedan ser desterrados.

El Romanticismo es una fallida respuesta a la manía racionalista, y su fracaso fue más considerable porque  compró la premisa de la manía, es decir, que el sistema y el método con las únicas formas de ser racional. Al reaccionar contra el método racional, el romanticismo pensó que tenía que reaccionar contra la racionalidad en sí.

El innovador ensayo “Bishops Unbound” (Obispos desatados) de Bronwen Catherine McShea ejemplifica cómo esta manía invadió la Iglesia hace mucho tiempo. Para responder al surgimiento de estados racionalmente organizados, la Iglesia adoptó ella misma el mismo tipo de organización racional, anulando y reescribiendo siglos de tradiciones locales y orgánicas. Para ser justos, el Protestantismo había jugado con esas tradiciones en favor suyo: obtener que todos los canónicos fueran herejes y ellos elegirían un obispo hereje. Fue necesaria entonces una respuesta, sin embargo, adoptando las tácticas de la modernidad, la Iglesia comenzó a considerar que el sistema y el método son las respuestas a cada problema. Vemos a esa mentalidad extenderse a las estructuras de gobierno, seminarios, consejos para la confesión, manuales espirituales, obras de arte producidas en masa, lo que sea.

La Iglesia imitó al estado secular en su absolutismo, en sus códigos legales, en su procedimiento y reglamentación.

El análisis de John Lamont sobre la corrupción del concepto de obediencia ((“Tyranny and Sexual Abuse in the Catholic Church: A Jesuit Tragedy”; Tiranía y abuso sexual en la Iglesia Católica: una tragedia jesuita”) encaja también en este cuadro.

Así que cuando la Iglesia enfrenta la crisis en el siglo veinte – y no cabe duda de que una crisis se había estado gestando desde la Primera Guerra Mundial y que la misma se intensificó en la Segunda Guerra Mundial – la solución natural parecía ser esta: convocar a una gran reunión con todos los ejecutivos, escribir un nuevo set de documentos y planes, y poner las cosas en orden desde arriba. Lo que suele denominarse como el momento del Espíritu, el momento de liberarse de los grilletes de la neoescolástica, fue, en su concepción, un enorme ejercicio de manía por el sistema y el método. La consiguiente racionalización, sistematización y estandarización litúrgica en manos de un super comité impulsado por un memorándum para la “reforma” de arriba hacia abajo estuvo de acuerdo con eso.

Los católicos que están inmersos en la moderna concepción de racionalidad no pueden imaginar otra alternativa que un nostálgico Romanticismo. Algunas personas piensan a su modo, mientras que otras lo sienten. Podemos ver esta falsa alternativa en obra cuando la gente acusa a los educados tradicionalistas de “nostalgia”, lo cual es considerado como una especie de debilidad cerebral, mientras que el sistema y el método son la única versión de racionalidad – simplemente no existe otra manera de ser racional – ya que se deduce que estar apegado al lugar, a la tradición local, a la herencia del pasado, etc, es ser irracional.

Dos gigantes de la filosofía moderna temprana, Bacon y Descartes, rechazaron la causa formal y  la final – el principio que responde a la pregunta de qué es algo y al principio que responde al porqué hace lo que hace – la sustancia de lo que algo está hecho y qué es lo que lo unifica. De modo similar, la causa formal de la liturgia (la tradición) y la causa final (el culto de Dios tres veces santo) fue descuidada, y la “sustancia” de la liturgia fue sujeta a la manipulación de eruditos arquitectos  e ingenieros, para quienes era vista como una materia prima lista para ser dotada para un nuevo propósito, para el mejoramiento de la condición humana. En otras palabras, el mismo mecanismo y cosmovisión que operó en la reforma litúrgica como en la revolución Baconiana y Cartesiana.

Según mi experiencia, relativamente pocos católicos están conscientes de cómo fue “reformada” la liturgia.

(Para un tratamiento conciso recomiendo la amena lectura de Yves Chiron) El paisaje completo de la liturgia, desde la Misa hasta los otros sacramentos, desde el Oficio Divino hasta las ceremonias papales, fue dividido en 45 segmentos  confiados a otros tantos subcomités (coetus, “grupo” en latín), todos bajo la experta administración de Annibale Bugnini, quien reportaba directamente  Pablo VI y servía como conducto de información entre los subcomités que “redactaban” los ritos e informes, y el Papa que debía aprobar su trabajo. Dentro de este monstruo burocrático había nueve grupos para el Oficio Divino y siete grupos para el Ordo Missae.

Los diferentes grupos desarmaron los ritos existentes en sus partes atómicas y luego produjeron nuevos planos de construcción a partir de los ingredientes tradicionales, arcaicos, imaginarios y novedosos. Estas fueron reensambladas en encuentros plenarios, tal como una fábrica de automóviles tiene un área de ensamblaje para las partes fabricadas en departamentos separados. Este fue el plan de Bugnini desde el primer momento: “divide y conquistarás”. Todo lo que él tuvo que hacer fue asegurarse de que la gente “correcta” fuera colocada en cada subcomité, y luego recostarse y orquestar las agendas y las comunicaciones. La visión limitada de tantas vías simultaneas aseguraría que se persiguieran las ideas más vanguardistas y que se les diera una audiencia favorable, al mismo tiempo que solo Bugnini y unos otros pocos tenían en mente el objetivo general que estaban buscando. Sabía que los monumentales cambios que él y los otros reformadores radicales tenían en mente nunca serían aprobados todos a la vez de frente en una vista completa; más bien era el modelo de una fábrica de automóviles el que aseguraría el éxito.

Ahora debería quedar en claro porqué he dicho que abordar la liturgia de un modo mecánico, industrializado y compartimentado revela una concepción de la realidad fundamentalmente Baconiana-Cartesiana. El Novum Organum de Bacon fue el modelo metodológico del Novus Ordo. Los talleres de trabajo del Consilium fueron como un laboratorio de química o de física, más que el mundo exterior de los seres orgánicos reales estudiados por los botánicos o los zoólogos. La liturgia fue considerada y tratada no como un misterio que crece con su propio principio de vida interior, como un niño en el útero de la Santa Madre Iglesia, sino más bien como una serie de partes sin vida que tienen que ser arregladas de cierta manera para conseguir que “funcionen adecuadamente.” La visión holístico metafísica de Platón y Aristóteles, de Agustín y del Aquinate está ausente de este reduccionismo atomístico y utilitarismo tecnológico. La liturgia fue tratada como un lujoso set de bloques de LEGO o como un proyecto de bricolaje, en vez de una maravillosa semilla impartida por el Señor, sembrada por los Apóstoles, atendida por los Padres de la Iglesia y mantenida por siglos de jardineros.

Aunque la liturgia fue afectada por el suelo, el agua y el clima en el cual vivió, aquellos que la recibieron y la cuidaron por esto siempre han respetado su entrega, su “alteridad” con respecto a nosotros y de cualquier época que atravesó. Tal debe ser todavía nuestra actitud hacia la gran tradición. Por una especie de milagro, esta tradición sobrevivió junto al moderno intento de reemplazarla y mientras pasen los años podemos verla prosperar una vez más.

Peter Kwasniewski

*Nota de edición: La fotografía pertenece al artículo original publicado por LifeSiteNews. MarchandoReligion declina toda responsabilidad

Puedes leer este artículo en su sitio original en inglés aquí: https://www.lifesitenews.com/blogs/how-the-1960s-reformers-treated-the-liturgy-like-mechanics-putting-car-parts-together

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