La Liturgia Eucarística en la Iglesia primitiva (II)

Estamos con el segundo artículo referido a la liturgia Eucarística en la Iglesia primitiva. En el anterior artículo, D Vicente, nos adentraba, entre otros aspectos, en distintos testimonios de la celebración Eucarística. Continuamos…

La Liturgia Eucarística en la Iglesia primitiva (II). Rev. D. Vicente Ramón Escandell

1. UNA CELEBRACION VIVA

Si por algo se distingue la celebración de la Santa Misa es por ser una realidad viva, que a lo largo de los siglos ha ido enriqueciéndose de muy distintos elementos, tomados de la cultura en la cual el Cristianismo se iba insertando. Desde su forma más primitiva, aquella en la que se combinaban elementos de la tradición judía en torno a las palabras del Señor, hasta las formas más complejas que dieron lugar al rito romano latino, el Sacrificio de la Misa ha ido evolucionando en sus formas y ritos, que siempre han manifestado la fe de la Iglesia en tan alto y santo misterio.

Muchas son las obras que surgieron para explicar el origen y sentido de los ritos de la Misa, desde las medievales, que ponían el acento el simbolismo de los elementos y partes de la mismas, hasta aquellas más modernas que, sin dejar de aspirar a suscitar un amor profundo por la Misa, han buscado los orígenes de esos ritos. Autores como Amalario de Metz, San Vicente Ferrer, Righetti o Jungmann y tantos otros antiguos y contemporáneos, has profundizado en este misterio, a fin de dar una mayor inteligencia espiritual, histórica y cultural del mismo.

Lo que aquí voy a ofrecer es una síntesis de las aportaciones de estos y otros autores, con la finalidad de ofrecer al público en general una visión sintética de la historia y evolución de la Santa Misa. Dejo al criterio del lector el ampliar lo aquí expuesto, tarea a la que le invito, sobre la máxima de que nadie puede amar aquello que no conoce, y si para el católico la misa es la cumbre y cima de la vida cristiana, conocerla para vivirla mejor, ha de ser una de sus más acuciantes obligaciones.

2. ESTRUCTURA DE LA CELEBRACION

La celebración eucarística1 ha sido desde los primeros tiempos del Cristianismo el centro de la vida de la Iglesia, tal es así que no podían participar en él aquellos que no habían sido bautizado (catecúmenos), hecho que dio lugar a la división de la celebración eucarística en dos partes2:

  • Misa de los catecúmenos: a esta parte de la celebración podían asistir nos solo los fieles propiamente dichos, aquellos que ya habían recibido el bautismo, sino que podían participar de ella los catecúmenos, candidatos al bautismo, e incluso los paganos. Se trataba de un conjunto de ritos independiente del rito sacrificial reservado a los fieles bautizados, en la que se impartía la formación doctrinal a los allí presentes, por lo general los catecúmenos, al cargo de la cual se encontraba el Obispo y sus asistentes3.
  • Misa de los fieles: finalizada la parte doctrinal de la celebración, los no iniciados eran obligados a salir del templo para la celebración del misterio, el Sacrificio propiamente dicho, y en el que tenían lugar los principales ritos eucarísticos, la consagración de las especies y la comunión.4

Pero antes de continuar, sería interesante abordar dos cuestiones que por su naturaleza me han parecido interesantes incluir antes de la descripción de la celebración litúrgica, son las relativas al significado de la expresión <<fracción del pan>> para referirse a la Eucaristía, y la cuestión del <<ágape>> cristiano.

  • La cuestión de la <<fracción del pan>>: en el texto de San Lucas que describe a la comunidad cristiana de Jerusalén, se nos habla de la <<fracción del pan>> (Hch. 2, 42-47) sin más, lo que ha planteado la posibilidad de que el autor se estuviese refiriendo a la comida judía tradicional, que estaba precedida por una oración del presidente de la asamblea, o bien, se estuviese refiriendo a la eucaristía propiamente dicha, pues parece ser que el uso del término griego eucaristía (“acción de gracias”) se hizo más generalizado a partir de siglo II, sustituyendo al termino de <<fracción del pan>> más en consonancia con la idea de convite5. En este sentido es interesante citar la Didaché o Doctrina de los Doce Apóstoles del siglo II en donde aparece todavía el termino <<fracción del pan>> para hablar de la eucaristía:

<<Acerca de la Eucaristía, haréis las gracias de esta manera: Primero, sobre el cáliz:

Gracias te hacemos, Padre nuestro, por la santa viña de tu hijo David, que nos ha revelado por Jesús, tu Hijo. Gracias a Ti por los siglos.

Sobre la fracción del pan;

Gracias te hacemos, Padre nuestro, por la vida y la ciencia que nos revelaste por tu Hijo Jesús. A ti la honra por los siglos. >>6

Sin embargo, son dos los argumentos que podemos esgrimir para entender que cuando San Lucas habla de la <<fracción del pan>> se refiere a la Eucaristía cristiana y no a una mera comida ordinaria:

  1. El hecho de que San Lucas fuera discípulo de Pablo y el sentido eucarístico que da el Apóstol de los Gentiles a sus referencias a la <<fracción del pan>> (1 Cor. 10, 16-21; 11, 23-29) permiten entender correctamente el sentido lucano del texto de Hch. 2, 42-47.7
  1. Si no se tratase de una celebración especial, nueva, instituida por el Maestro, resultaría innecesaria su inclusión en el relato, pues carecería de interés para el propio autor. Pero en él San Lucas une a la <<fracción del pan>> la enseñanza de los apóstoles, la unión y la oración de la comunidad, que constituyen el esquema básico de la celebración eucarística.8
  • La cuestión del <<ágape>>: sobre la cuestión del <<ágape>> o comida comunitaria, existe un agrio debate aun no resuelto entre aquellos que defienden que se trataba de una celebración unida a la eucaristía como signo de fraternidad, con los que afirman que se trata de una celebración sin ninguna vinculación con la celebración eucarística, pues no poseemos prueba de ello ni en los autores anteriores al siglo II ni en ningún otro documento, ni parece tener vinculación con las practicas comunitarias de la comunidad de Jerusalén descritas en Hch. 2, 42; 20,7.9

San Pablo en su primera carta a los corintios, al hablar de la celebración eucarística menciona la existencia de abusos en la celebración litúrgica, abusos que se circunscriben al hecho de unir una comida ordinaria a la celebración eucarística, a imitación de las que celebraban los paganos tras el sacrificio ritual, y que podía tener su origen en la infiltración de elementos paganos en la comunidad corintia10. En este sentido se manifiestan los detractores de quienes sostienen que el ágape era una comida de fraternidad, pues el propio San Pablo indica como aquellas reuniones habían desembocado en la formación de bandos (<<pues primeramente oigo que, al reuniros, hay entre vosotros cismas, y en parte lo creo>> 1 Cor. 11, 28) y en una falta de caridad con el menos favorecido contraria al espíritu de la celebración litúrgica (<<Y cuando os reunís, no es para comer la cena del Señor, porque cada uno se adelanta a tomar su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro está ebrio>> 1 Cor. 11, 20)

Otro dato en contra de la tesis del ágape vinculado a la celebración eucarística, es que la celebración eucarística tenía lugar en la madrugada, antes de la salida del sol, como lo atestigua Tertuliano (<<El sacramento de la eucaristía, confiado por el Señor en el tiempo de la cena, y a todos, lo tomamos también en las reuniones de antes del amanecer.>>), con lo que se podría desprender que ya en la época del escritor africano el ágape, si alguna vez estuvo ligado a la celebración eucarística, se ha convertido en una comida independiente y separada de la misma11.

2.1. La Misa de los Catecúmenos

La Misa de los Catecúmenos, también llamada Ante-Misa, constituía la primera parte de la celebración eucarística tradicional, y tenía como referente las asambleas judías que tenían lugar los sábados en las sinagogas, donde se reunían los judíos con el fin de orar e instruirse de la mano de los rabinos, y de la que no eran ajenas los primeros cristianos, procedentes en su inmensa mayoría del judaísmo, así, los Apóstoles acudían al Templo a rezar y a enseñar como el resto de los judíos, aunque después se reunían con los convertidos en un lugar distintos donde tenía lugar la synáxis o rito eucarístico12, tal y como nos relata Lucas en diversos pasajes de los Hechos de los Apóstoles.

Como ya se ha dicho más arriba, en esta primera parte de la Misa podían participar todas aquellas personas que lo deseasen estuvieran o no bautizadas, paganos incluidos, y en ellas encontramos una ordenación jerárquica de los asistentes, tal y como lo constata la Didascalia de los Apóstoles, constitución eclesiástica anónima de la primera mitad del siglo III, que tenía como destinatarios a los cristianos convertidos del paganismo13, y donde se nos informa como debía organizarse la celebración y que lugar debían ocupar los distintos participantes de la misma:

<<En vuestras asambleas, en las iglesias santas, haced vuestras reuniones de modo digno y preparad solícitamente sitios decentes para los hermanos. Resérvese para los presbíteros un lugar en la parte de la casa que mira al oriente. Y en medio de ellos esté colocado el solio del obispo, y siéntense con él los presbíteros; de igual modo en la otra parte que mira al oriente, siéntense los varones no clérigos. Pues dice bien que los presbíteros se sienten con el obispo, en la parte de la casa que mira al oriente, y detrás de ellos, los clérigos, después las mujeres, para que cuando os levantes a orar se levanten primero los que presiden, después los hombres no clérigos, y después, a su vez, las mujeres. Porque es preciso que vosotros oréis hacia el oriente, como sabéis que está escrito: Alabad a Dios, que asciende sobre el cielo del cielo hacia oriente [Ps 67,34]. Y uno de los diáconos asista continuamente a las oblaciones de la Eucaristía, y otro esté de pie fuera, junto a la puerta, mirando a los que entran, y después, cuando vosotros hagáis la oblación, sirvan juntamente en la iglesia.

Y si alguno se le encontrase sentado fuera de su lugar, que le reprenda el diacono que está dentro, y le haga levantar y sentar en el lugar a él designado […]; del mismo modo en la iglesia también, los jóvenes siéntense aparte, si hay sitio; si no, estén de pie; los avanzados en edad, siéntense separadamente; los niños, aparte de pie, o que los cojan los padres y las madres consigo, y estén de pie; las jóvenes que también se sienten aparte, y si no hay sitio, que estén tras las mujeres; las casadas jóvenes y con hijos, estén aparte de pie; las ancianas y viudas se sienten aparte. Y provea el diacono para que cada uno de los que entran vaya a su sitio y que ninguno de ellos se siente fuera del sitio a él señalado.>>14

Sin embargo, a pesar de las disposiciones que el autor de la Didascálica establece para la organización de los fieles en el interior del templo, tiene presente la posibilidad de desórdenes en él y establece que el diacono vigile el comportamiento de los fieles, que parece ser dejaba en ocasiones mucho que desear, y por ello advierte en el mismo párrafo la necesidad de vigilar continuamente la asamblea a fin de mantener el orden y la disciplina a fin de escuchar la palabra de Dios:

<<Igualmente provea el diacono que nadie susurre, o dormite, o ría, o haga señas. Pues es necesario estar así alerta en la iglesia, con disciplina y sobriedad, y tener atento el oído a la palabra del Señor.>>15

Reunida la asamblea se daba paso a la recitación de una serie de cantos e himnos, de entre los que destacaban la doxología o elogio al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y que también recibía el nombre de “Gloria” o “Himno Angélico”, pues se iniciaba con las primeras palabras pronunciadas por los Ángeles en la noche de Navidad (Lc. 2, 14), y que suponía una acción de alabanza, acción de gracias, petición de perdón y de súplica. La versión más antigua del mismo data del siglo II, pero no fue hasta el siglo VI cuando se incluyó en la liturgia oficial pero no en la celebración eucarística, y aunque finalmente se incluyó hasta el siglo XI estuvo reservado solamente a los obispos el poder rezarla, mientras que el común de los sacerdotes solo lo podía hacer el día de Pascua16.

Finalizados los himnos y cánticos se procedía a la lectura de lo que San Justino llama <<Recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los profetas>>, que por lo general podían ser extractos de textos de libros del Nuevo y del Antiguo Testamento, aunque el predominio de la lectura de textos paulinos ha dado lugar a que se conozca comúnmente esta lectura como Epístola; a la lectura de la Epístola seguía la recitación de un salmo, pues <<es una tradición litúrgica universal que a esta primera lectura le siga una Salmodia, para mezclar la lección con la oración>>17; y finalmente, se leía un extracto de los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas o Juan.

Una interesante descripción de esta parte de la celebración nos la proporciona la Constitución de los Apóstoles, documento escrito a principios del siglo IV, según Quasten, es de autor desconocido, probablemente fue compuesta en Egipto o en Siria, y tiene como destinatarios a <<los Hijos y a las Hijas>>, y su autor pretende señalar como autores del mismo a los doce apóstoles. En la parte que trata de la celebración litúrgica, que es una traspolacion de la Didaché (1-4) adaptada al siglo IV18, nos dice lo siguiente acerca de las lecturas que se realizaban en la celebración litúrgica:

<<Y estando de pie el lector en el medio, en un sitio elevado, lea los libros de Moisés y de Jesús hijo de Nave (Josué), el de los Jueces y de los Reyes, el de los Paralipómenos y los de la vuelta [del cautiverio]; además, el de Job y el de Salomón y de los dieciséis profetas. Acabadas las lecturas entre dos, otro cante los himnos de David y el pueblo alterne los finales de los versos. Luego léanse nuestros hechos y las Cartas de Pablo, nuestro colaborador, las cuales envió a las Iglesias por indicación del Espíritu Santo; y después de esto, el diacono o presbítero lea los evangelios que yo Mateo y Juan os entregamos, y os dejamos, después de haberlos recibido, los colaboradores de Pablo, Lucas y Marcos. Y cuando se haya leído el evangelio, todos los presbíteros, los diáconos y todo el pueblo quede de pie en gran silencio, pues está escrito: Calla y oye, Israel [Deut. 27,9], y en otro lugar: Permanece tú en pie y oirás [Deut. 5, 31] >>19

La función de la lectura en las asambleas estaba reservada a los miembros del clero, ya perteneciesen a las Ordenes menores o a las mayores. Como hemos visto por el texto anterior, la función de leer los textos sagrados estaba reservada como mínimo a dos personas, el lector y el presbítero, aunque también podía darse el caso de que el diacono pudiese realizar la lectura del Evangelio, pues se hallaba a un paso de convertirse en sacerdote, pudiendo por ello participar más activamente en la celebración liturgia auxiliando a los sacerdotes y los obispos20. Sin embargo, por norma general el encargado de las lecturas de la Epístola y del Salmo era el lector, este ejercía funciones catequéticas, pues no olvidemos que esta parte de la Misa está destinada fundamentalmente a la enseñanza de la doctrina a los reunidos en la asamblea, y ejercía este ministerio en nombre de la Jerarquía21.

Finalizada la lectura del evangelio se procedía a una breve platica sobre el contenido del mismo, que en griego recibía el nombre de homilía, y la misión de realizarla recaía sobre el obispo, aunque este podía delegarla en uno o más sacerdotes22. Si tuviéramos que destacar alguna figura señera dentro del campo homilético en la Iglesia primitiva, esta es sin duda la de San Juan Crisóstomo o <<boca de oro>> por su elocuencia (S.IV), y que ejerció como Patriarca de Constantinopla del 397-407; la producción hemolítica de este Padre de la Iglesia oriental es amplísima, abarcando desde comentarios de los libros sagrados hasta catequesis dirigidas a los catecúmenos, y en las que se perfila una exegesis moral propia de la Escuela de Antioquia23. Algunos fragmentos de sus homilías nos pueden dar una idea de su estilo moralizante:

  • Sobre el incomprensible, contra los anomeos: <<… No he logrado ver nunca, aunque lo he intentado muchas veces, en los momentos tremendos [de la celebración de los misterios], esta enorme concurrencia de fieles ahora aquí reunida y que me escucha con tanta atención; y me duele en gran manera que cuando os habla un consiervo vuestro prestéis tanta atención, tengáis tan gran afán, estéis tan apretujados y permanezcáis hasta el fin del sermón, y en cambio, cuando se va a mostrar el mismo Cristo en los sagrados misterios, quede la iglesia vacía y desierta.>>24
  • Homilía que no se ha de predicar para congraciarse:<< ¿Y por qué he dicho todo esto? Para que no digáis: Tú que estas libre de pecados y del desgarro que produce la represión, nos abres con gran fuerza una herida más profunda. Pues yo soy el primero en sentir el disgusto, por estar yo mismo sometido también a los pecados […] Por lo tanto, os he reprendido no para filosofar en los males ajenos, ni por crueldad, sino llevado del sumo cuidado. Porque al curar las almas no sucede, si no me engaño al juzgar a otros por mis cosas, como en las enfermedades de los cuerpos; en estas, el que hace la herida no la siente, sino el herido; en las del alma el primero en sentir dolor es el orador, cuando reprende a los demás.

No me quejo de esto sin razón, sino porque muchos, no soportando el peso de lo dicho, al retirarse y marchar se indignaban y lo llevaban mal. Nos alejas, decían, de la mesa sagrada, y nos apartas de la comunión. Por esto me he obligado a deciros estas cosas, para que entendáis que no os aparto; antes bien, os llamo.>>25

El ultimo rito de la ceremonia de los catecúmenos es la recitación del Credo o “Símbolo de la Fe”, del que existen dos versiones: uno llamado “Símbolo de los Apóstoles” más breve, y el llamado “Credo niceno-constantinopolitano” más amplio, y que recibe el nombre por haber sido compuesto en los Concilios de Nicea (325) y de Constantinopla (381) celebrados con motivo de la condena del arrianismo y otras herejías cristológicas del siglo IV. La presencia del Credo en la celebración litúrgica parece ser que tuvo lugar primero en Oriente (S. V), y más tarde en Occidente y de manera escalonada: en el siglo VI se introdujo la costumbre en España, aunque este se cantaba en el momento de la elevación de la Hostia y no después de la homilía; en Francia se introdujo en el siglo VII y en Alemania en el IX, y finalmente en la Iglesia de Roma se introdujo en el siglo XI bajo el pontificado de Benedicto VIII a instancias del emperador san Enrique26.

Tradicionalmente, el Credo era recitado dos veces en la ceremonia del bautismo, la primera cuando se dirigía al Baptisterio, acompañada por el Padre Nuestro, y la segunda una vez antes de proceder al bautismo se le exigía al neófito una profesión de fe solemne27. Sin embargo, con la aparición de las herejías se procedió a introducirlo dentro de la celebración eucarística, con el fin de que los fieles y el celebrante confirmasen su fe frente a las desviaciones doctrinales.

<<La liturgia de las lecturas y oraciones solía terminar con el beso de la paz>>28 y con el diacono despidiendo cortésmente a los no iniciados presentes en la ceremonia (catecúmenos, penitentes, gentiles, etc.), que no tenían derecho a asistir a la eucaristía propiamente dicha. Las fórmulas de despedida era varias:

  • Catechumeni recedant (“retírense los Catecúmenos”)
  • Omnes catechumeni exeant foras (“salgan afuera todos los catecúmenos”)
  • Si quis judaeus procedat (“el que sea judío que salga”)
  • Si quis paganus procedat (“el que sea pagano que salga”)29

Sin embargo, la fórmula de despedida más conocida y que da nombra al conjunto de toda la celebración es la latina Ite, dimissio est (“idos, que ha llegado la despedida”) y que era pronunciada en dos ocasiones: la primera en la despedida de los catecúmenos y los no cristianos, y después al finalizar el sacrificio eucarístico al despedir a los fieles asistentes; con el tiempo la formula Ite, dimissio est se transformó y dio origen a otra fórmula Ite, Missa est, dando nombre a lo que hoy se conoce como <<Misa>>30.

El siguiente texto nos ilustra cómo se finalizaba una de estas ceremonias:

<<Y el obispo siga orando diciendo: Oh, Tú que ataste al fuerte y robaste todos sus bienes [cf. Mt. 12,29], que nos diste potestad de hollar las serpientes y los escorpiones y sobre todo poder del enemigo [cf. Lc. 10,19]; que nos entregaste atada la serpiente homicida como un pájaro a unos niños [Iob 40,24], a quien temen y ante cuya fuerza [de ti] tiemblan todas las cosas, que le arrojaste como un rayo desde el cielo [Lc 10,18] a la tierra, no con una caída local; sino desde el honor de la ignominia por su malicia voluntaria; cuya mirada seca los abismos, cuya amenaza derrite las montañas, y cuya verdad permanece para siempre [Ps 96, 5; 105, 9; 116, 2]; a quien alaban los infantes y bendicen los niños de pecho, a quien cantan y adoran los ángeles; que echas una mirada sobre la tierra y la haces estremecer, tocas los montes y echan humo; que increpas al mar y lo secas, y vuelves desiertos sus ríos, cuyas nubes son el polvo de tus pies; que andas sobre el mar como sobre un pavimento [Ps 8,3; 103,1; Iob 14,11; Neh 1,3s; Iob 9,8]. Dios Unigénito del gran Padre, reprime a los malos espíritus y libra a las obras de tus manos [Ps 8,7] de la vejación del espíritu enemigo, porque a Ti sea la gloria, el honor, la veneración, y por Ti a tu Padre en el Espíritu Santo por los siglos. Amen. Entonces el diacono diga: Salid, los energúmenos.>>31

2.2. La Misa de los fieles

Parte central del ceremonial eucarístico, la Misa de los Fieles constituye la aportación propiamente cristiana a la liturgia judía de la oración, de la lectura de las Escrituras, y de la enseñanza de la doctrina, que cristaliza en la Misa de los Catecúmenos.

Tradicionalmente, la asistencia a esta parte de la celebración estaba reservada a los bautizados, aquellos que habían sido iniciados en la fe por medio del bautismo y que conocían los principales fundamentos de la misma. El hecho de que solo los iniciados pudieran participar en la celebración eucarística propiamente dicha, dio lugar a la aparición de lo que se conoce como la <<disciplina del arcano>>, que consistía en el ocultamiento a los no iniciados de <<las acciones y textos más importantes del culto litúrgico, sobre todo los sacramentos del bautismo y la eucaristía, el padrenuestro y el símbolo de la fe>>, y si se daban a conocer se hacía median un lenguaje velado; la práctica de la <<disciplina del arcano>> parece ser que tuvo más vigencia en el oriente cristiano que en el occidente, aunque en autores occidentales como San Hipólito (S. III) encontramos referencias a la necesidad de ocultar los misterios del bautismo y la eucaristía a los no iniciados. Del misterio que rodeaba a todo lo relacionado con la celebración eucarística, nos da prueba San Juan Crisóstomo en una carta dirigida al papa Inocencio I (401-417) en donde comunicaba al obispo de Roma el sacrilegio cometido por una turba de soldados contrarios al Patriarca de Constantinopla, entre los cuales comunica al pontífice la presencia de no iniciados, posiblemente catecúmenos o gentiles:

<<… Ni fue esto lo peor; sino que habiendo entrado los soldados donde estaban reservadas las cosas santas (algunos de los cuales, como pudimos comprobarlo, no estaban iniciados [en los misterios], vieron todas las cosas que había dentro, y como sucede en estos tumultos, derramaron la sangre santísima de Cristo hasta salpicar los mantos de los dichos soldados…>>

A pesar de que la <<doctrina del arcano>> tuvo vigencia entre los siglos IV y V, el carácter mistérico que adquirió el ceremonial litúrgico por el que se procedía a la consagración de las especies y su transformación en el cuerpo y la sangre de Cristo, pervivió más allá de ese marco cronológico y es posible constatar su pervivencia a través de formas arquitectónicas vinculadas a la celebración litúrgica. En las iglesias cristianas se estableció una división arquitectónica entre la nave y el altar que adquiere en Oriente la forma de un muro decorado profusamente con iconos, y que recibe el nombre de iconostasio, que se cerraba durante la consagración y velaba al común de los fieles los ritos allí celebrados; por su parte en Occidente, parece ser que no existió costumbre de usar un iconostasio, sino más bien la división entre los fieles y los celebrantes se reducía a una mera baranda que separaba el presbiterio de la nave central, que en la Edad Media se ampliaría con la construcción de artísticos coros dentro de los cuales se celebraba la parte sacrificial de la Misa32.

Finalizada la lectura del Evangelio y la recitación del Credo, se procedía al inicio de la celebración del Sacrificio propiamente dicho que contemplaba tres partes:

  1. La bendición o separación de la materia, que se realizaba en el Ofertorio.
  2. La oblación de la víctima que tenía lugar en la Consagración.
  3. La participación del Sacrificio que tenía lugar en Comunión.33

Según san Hipólito (S. III) la ceremonia de los fieles se iniciaba con una procesión de los diáconos34, en la que también podían participar los fieles, hacia el presbiterio para la realización de la ofrenda (ofertorio) del pan y el vino que iban a ser consagrados, aunque también solían realizarse en este acto la entrega de otros presentes destinados para la manutención de los pobres, las viudas, el clero, el culto u otras necesidades de la Iglesia; los participantes en la procesión de la ofrenda se acercaban al presbiterio siguiendo un orden: primero los hombres, después las mujeres, y al final se acercaba el clero (ministros inferiores, sacerdotes, obispos y hasta el Papa)35, y todo ello acompañado por la recitación por un solista de un salmo o de unos versículos del mismo, al tiempo que se recitaba una antífona que era repetida por el resto de los fieles, práctica que fue introducida a partir del siglo V, pues con anterioridad la procesión se realizaba en el más absoluto silencio36. Esta práctica pervivió en el seno de la Iglesia hasta el siglo XVI, cuando quedó reducida a la participación del clero, pues para entonces los fieles que comulgaban eran cada vez menos, y las iglesias contaban ya con sus propias rentas y por lo tanto no necesitaban ya del auxilio de los fieles para la adquisición de las ofrendas37; sin embargo, con la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II se reintroducido esta práctica, que es visible en las ceremonias más importantes del calendario cristiano, como son la misa del Jueves Santo o alguna otra celebración importante.

La celebración del Ofertorio se cerraba con la recitación por parte del sacerdote de la denominada <<oración secreta>>, por la que el sacerdote <<pide a Dios que reciba esas ofrendas y el sacrificio de nuestras oraciones y buenos deseos, y que, en cambio, nos conceda una gracia o una bendición especial sugerida por el espíritu de la fiesta o misterio que se celebra>>38, y esta tenía lugar en el más profundo misterio, pues llegado el momento se corrían las cortinas que rodeaban al altar situado en el ciborio, que lo ocultaban durante la recitación de la plegaria eucarística o Canon, que comprendía la consagración de las especies y su transformación en el cuerpo y sangre de Cristo, y que en cierta medida representaba la intimidad con que Moisés converso con Dios en el Sinaí a través de una nube; esta práctica, desaparecida en la Iglesia Occidental, pervive todavía como ya hemos señalado en la Iglesia Oriental por medio del iconostasio, el cual es clausurado en el momento en el que el sacerdote realiza la plegaria eucarística.

Estando ya el celebrante oculto en el altar procedía a la consagración de las especies, acto que venía precedido por una serie de oraciones que incluían una serie de recomendaciones por los vivos (“memento” de los vivos), la invocación de los mártires (Communicantes) y el recuerdo de los fieles fallecidos (“memento” de los difuntos”):

  • “Memento” de los vivos: era costumbre la lectura en voz alta del nombre de los personajes más ilustres y bienhechores de la Iglesia, que estaban inscritos en los llamados dyptycos, dos tablillas plegadizas en las que eran leídos sus nombres. Esta práctica parece ser que desapareció en el siglo XI, siendo sustituida su lectura por la colocación encima del altar de los dípticos con los nombres escritos en ellos39.

En las Constituciones de los Apóstoles (S. IV) encontramos como entre otras peticiones dirigidas a favor de la Iglesia y de los fieles, se pide por los diferentes obispos y sus feligresías:

<<Roguemos por el universal episcopado bajo los cielos de los que esparcen rectamente la palabra de tu verdad [2 Tim 2,15]. Roguemos por nuestro obispo Jacobo y sus feligresías; roguemos por nuestro obispo Clemente y sus feligresías; roguemos por nuestro obispo Evodio y sus feligresías; roguemos por nuestro obispo Amiano y sus feligresías que el Dios misericordioso les conceda la gracia de conservarlos incólumes, honrados y llenos de días para sus santas iglesias, y les conceda una vejez honrosa [Sap 4,8] en piedad y justicia.>>40

  • Communicantes: después de la lectura de los dípticos de los vivos, se procedía a la de la lista de los mártires, que eran situados, así como intercesores del celebrante y la comunidad, mencionándose especialmente en ellas el nombre de la Virgen, los Apóstoles, de los doce mártires más destacados de la Iglesia romana en los siglos III y IV, terminando la recomendación con una conmemoración global de Todos los Santos41:

<<Te hacemos la ofrenda también por todos los santos que en todos los siglos te agradaron, por los patriarcas, profetas, justos, apóstoles, mártires, confesores, obispos, lectores, presbíteros, diáconos, subdiáconos, lectores, cantores, vírgenes, viudas y laicos y por todos cuyos nombres Tú sólo conoces>>42

  • “Memento” de los difuntos: al igual que en el momento del recuerdo de los vivos, se procedía a la lectura de los nombres de aquellos fieles que más habían destacado en el servicio de la comunidad, estos nombres estaban inscritos en los dípticos e incluso podían encontrarse en las gradillas del altar. Con el tiempo se optó por una fórmula más discreta para conmemorar el recuerdo de los difuntos, suprimiéndose la lectura de cada nombre, optando por una mención general, practica introducida por la liturgia romana.

Con este triple recuerdo se ponía de manifiesto la participación en el mismo de toda la Iglesia, en su triple dimensión: Iglesia militante (vivos), purgante (difuntos) y triunfante (Virgen María, apóstoles, mártires y santos).

El momento culminante de la celebración llega cuando se produce la consagración del pan y del vino presentado por los fieles en el Ofertorio. Este momento reviste gran solemnidad para los asistentes, que no pueden ver como el sacerdote realiza la transformación de las ofrendas en el cuerpo y sangre de Cristo, pues este se halla protegido por un velo que cubre todo el cenobio, aunque era costumbre durante las mismas solemnes que el diacono dijera en voz alta las palabras del canon Misterium fidei (“Misterio de la fe”)43 en el mismo momento en que el sacerdote consagraba el vino y lo convertía en la sangre de Cristo al pronunciar las mismas palabras que Cristo en la última cena, y cuya formulación podemos encontrar en diversos textos litúrgicos primitivos:

  • San Hipólito (S. III): <<El cual, habiéndose entregado voluntariamente a la pasión para destruir la muerte, romper las cadenas del demonio, humillar al infierno, iluminar a los justos, cumplirlo todo y manifestar la resurrección, tomando el pan y dan tote gracias dijo: Tomad, comed: Este es mi cuerpo, que por vosotros será destrozado. Del mismo modo tomo el cáliz, diciendo: Esta es mi sangre, que por vosotros es derramada; cuando hacéis esto, renováis el recuerdo de mí. >>44
  • Constituciones de los Apóstoles (S. IV): <<Acordándonos, pues, de lo que tolero por nosotros, te damos gracias, Dios todopoderoso, no cuanto debemos, sino cuanto podemos, y con esto cumplimos su mandato. Porque la noche en que era entregado, habiendo tomado pan en sus santas y venerables manos y habiendo levantado los ojos a ti, su Dios y su Padre, y habiéndolo partido lo dio a los discípulos, diciendo: Este es el misterio del Nuevo Testamento; tomad de él, comed; este es mi cuerpo, que se divide a favor de muchos para perdón de los pecados. Igualmente, habiendo mezclado el cáliz de vino y agua y habiéndolo santificado, se lo dio a ellos diciendo: Bebed todos de él; esta es mi sangre, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados; haced esto en memoria mía, porque todas las veces que comiereis y bebiereis este cáliz, anunciareis mi muerte hasta que yo venga [Mt 26, 27s; cf. 1 Cor 11, 25s.]>>45

Del misterio que encerraba para el común de los fieles todo lo relacionado con la consagración y la transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, nos da testimonio la piedad popular a través de la introducción de nuevas prácticas dentro del ritual de la consagración que no estaban contempladas en la Iglesia primitiva, así, por ejemplo a partir del siglo XI se introdujo por influjo de los místicos occidentales la práctica de la elevación de la Hostia a la altura de los fieles, respondiendo ello al deseo de estos de poder ver a Dios presente en la Hostia consagrada, aunque algunos autores han querido ver en las disputas contra Berengario el origen de esta práctica, que negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía; esta práctica fue introducida de forma oficial por primera vez por un decreto del obispo de Paris Eudes de Sully (1196-1208), que mando al celebrante que en el momento de la consagración elevase la Hostia para que el pueblo pudiese ver realmente a Cristo presente en ella. El desarrollo de esta práctica, impulsada por mística como santa Gertrudis, que tendrá un papel importante en los primeros pasos de la devoción al Sagrado Corazón, llevo a la puesta en marcha de toda una escenificación en el altar que condujo a la colocación de una vela, llamada “suplementaria”, que iluminase mejor la Hostia consagrada, a situar detrás del altar un paño negro que permitía una mejor visión de la misma, a evitar el excesivo uso del incienso a fin de que el humo no entorpeciese la contemplación de la oblea, etc.46, cuidados que no se perciben en lo relativo al Cáliz, pues el ataque de los principales detractores de la presencia real iba dirigido con la Hostia y no contra el Cáliz, aunque por otro lado la práctica de la elevación del Cáliz podía suponer algún peligro de derramar el vino, dado que los cálices primitivos eran copas anchas y poco profundas, por lo demás la práctica de la elevación del Cáliz solo parece tener vigencia en algunos lugares de la Cristiandad en el siglo XIV, teniendo que esperar al siglo XVI para que se generalizase su práctica en todo el orbe católico47.

En torno al tema de si los cristianos primitivos creían o no en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, aunque no sea el objeto de este trabajo, podemos constatar que la mayoría de los testimonios existentes apuntan a la creencia de la misma, podemos aducir a Tertuliano, que en su obra Contra Marcion afirma que con las palabras hoc est corpus meum, <<Cristo convierte el pan en su cuerpo>>48 , por su parte, San Ignacio de Antioquia en el mismo siglo (S. II) defendía el mismo principio de presencia real frente a las herejías gnósticas, en particular, la de los docetas49, utilizando para ello la expresión de que la Eucaristía es “la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la cual ha padecido por nuestros pecados, y a la cual ha resucitado el Padre por su benignidad>>50. Esta misma idea esta refrenda en la Tradición Apostólica de San Hipólito en la que se realiza una serie de advertencia en torno a la comunión de los fieles y a la santidad con que deben ser tratadas las ofrendas consagradas:

<< Todo eviten con diligencia que el infiel como de la Eucaristía o que [lo hagan] los ratones u otro animal, [y eviten que] ninguna otra cosa en absoluto caiga en la Eucaristía y [que] (algo) perezca. Es el cuerpo de Cristo, del cual todos los fieles se alimentan, y no debe ser despreciado.>>51

Finalizada la consagración y la comunión del celebrante se procedía a la comunión de los fieles, que se realizaba bajo las dos especies, práctica que desapareció en el siglo XII, aunque siguió perviviendo a nivel local hasta las disposiciones en materia de celebración eucarística introdujo el Concilio de Trento (1547) a fin de contrarrestar determinados abusos y poner coto a la práctica de comulgar al final de la Misa. La administración de la Eucaristía se realizaba siguiendo un orden bien establecido: en primer lugar, se acercaban los sacerdotes asistentes y los concelebrantes; después los diáconos, que reciben las especies de manos del Celebrante y de los sacerdotes; los subdiáconos y el clero inferior, que recibían el pan del Celebrante y el vino de los diáconos; y finalmente el pueblo, que lo reciba de manos de los ministros ordenados. Cuando los fieles se acercaban se les administraban el pan y el vino precedido por las formulas: Panis caelestis in Christo Iesus – In Deo Patri omnipotenti et Domino Iesu Christo et spiritu sancto et sancta eclesia, a lo que los fieles respondían “Amen”. San Hipólito nos describe en sus Tradición Apostólica la forma en que se organizaba la comunión de los fieles en una asamblea típica:

<< Que los presbíteros – pero, si no los hay en número suficiente, también los diáconos – tomen los cálices. Que se pongan en orden y con modestia: el primero con el agua, el segundo con la leche, el tercero con el vino. Que los que reciben gusten de cada cáliz, mientras que el que lo da a beber dice:

En Dios Padre Todopoderoso. El que lo recibe diga: Amen. Y en el Señor Jesucristo; que él diga: Amen. Y en el Espíritu Santo y en la Santa Iglesia; que él diga: Amen. Así debe procederse con cada uno. >>

La comunión de vino se realizaba por medio de los llamado cálices “ministeriales”, en los cuales los fieles bebían por medio de un canutillo de metal o “sifoncito” Por lo que hace a la administración del pan, era costumbre recibirla en la mano, así los hombres lo hacían con la mano desnuda, mientras que las mujeres cubrían sus manos para recibir la eucaristía con el llamado velo “dominical” o con la punta del velo de la cabeza52, aunque parece ser que también era costumbre el recibirla directamente del sacerdote, como lo manifiesta Tertuliano en un pasaje de su obra Sobre la Corona, donde afirma que <<el sacramento de la eucaristía, confiado por el Señor en el tiempo de la cena, y a todos, lo tomamos también en las reuniones de antes del amanecer, y no de la mano de otros sino de las de los que presiden>>53.

En este campo de la celebración, también encontramos el desarrollo de prácticas piadosas que surgían de la devoción que los fieles manifestaban por el sacrificio eucarístico, así, por ejemplo, era común en muchas ocasiones la administración del vino por medio del “sanguis”, que consistía en mojar pan en él y administrarlo para su comunión, y las migajas sobrantes eran repartidas a los niños inocentes; también era costumbre que cuando los labios de los comulgantes estaban todavía humedecidos por el vino consumido, estos procediesen a mojar sus dedos en ellos y tocarse diferentes partes del cuerpo a fin de santificarlo con el contacto de la sangre de Cristo54. Una práctica curiosa nos la transmite San Basilio (S. IV) en su carta la patricia Cesárea, en la que nos dice que es costumbre en Alejandría y Egipto que los fieles tuviesen en sus casas pan consagrado para poder recibir la comunión de ellos mismos, siendo esta una práctica común en los momentos de persecución y habitual entre los monjes del desierto que ante la escasez de sacerdotes para la administración de los sacramentos pueden darse la comunión a sí mismos:

<< Y el que alguno se vea forzado en tiempo de persecución a recibir la comunión con su propia mano, no estando presente el sacerdote o el ministro, es superfluo el mostrar que de ninguna manera es grave, pues lo confirma con su práctica una larga costumbre. Porque todos los monjes que viven en los desiertos donde no hay sacerdote, conservando la comunión en casa, la reciben por sí mismos. En Alejandría y Egipto cada uno, aun los seglares, por lo común tiene comunión en su casa y comulga por sí mismo cuando quiere. Porque, después que el sacerdote ha realizado una vez el sacrificio y lo ha repartido, el que lo recibe todo de una vez, debe creer con razón al participar de él después cada día que participa y lo recibe del que se lo ha dado.>>55

Sin embargo, parece ser que en muchas ocasiones el momento destinado a la recepción de la eucaristía era motivo más bien de algaradas que de contemplación espiritual, y ello queda muy bien reflejado en una de las homilías de San Juan Crisóstomo que aprovecha la ocasión para amonestar a sus fieles por el poco cuidado que muestran a la hora de acercarse a la recepción del cuerpo y la sangre de Cristo:

<<No digo estas cosas a la ligera, sino porque veo esta tarde a muchos en desorden y vocerío, empujándose unos a otros, saltando, profiriendo injurias, y que más consiguen pena que salvación; por eso hago esta advertencia. Hombre ¿qué haces? Cuando el sacerdote está ante la sagrada mesa con las manos levantas al cielo llamando al Espíritu Santo para que venga, para que nos conceda los dones que pedimos, hay gran tranquilidad y silencio; y cuando el Espíritu nos entrega su gracia, cuando baja, cuando toca las ofrendas, cuando ves al Cordero inmolado y consumado, ¿entonces el tumulto, entonces alborotas, excitas a la pelea y dices groserías? ¿Cómo no podrás gozar de este sacrificio si te acercas a esta mesa con tanto alboroto?>>56

La ceremonia finaliza con una despedida y una bendición final, clausurando el oficio el diacono mediante la pronunciación de las mismas palabras que ponían fin a la primera parte de la celebración (Inte missa est), y que hasta el siglo IX marco el punto final de la Misa57.

CONCLUSION

La historia de la Santa Misa es una historia viva y apasionante edificada sobre las palabras del Señor en la Ultima Cena. Las partes y ritos de la misma, sirven, a modo de relicario, para guardar y custodiar esas palabras que hacen presente a Aquel que las pronuncio y que convierten, por un instante, lo temporal en eterno.

Ello explica el cuidado y amor con que, desde los inicios de la Iglesia, se llevaron a cabo las celebraciones del Santo Sacrificio de la Misa. La conciencia de ser el acto más sublime del culto cristiano y la fuente misma del ser y obrar de la Iglesia, hicieron que esta acción se prolongase a través del desarrollo de toda una piedad eucarística que, centrada en la Presencia Real, alimentó y alimenta la vida espiritual de la Iglesia.

Valorar este misterio, conocer su historia y desarrollo, superar estereotipos y prejuicios litúrgicos, es tarea que compete a todos los fieles de la Iglesia, y, muy especialmente a sus Pastores. Ellos son los que, por su oficio y su llamada, más cerca están de este sublime acto, y a quien la Iglesia, de forma más encarecida, invita a conocer y amar. Un conocimiento que no puede limitarse el simple rubricismo o liturgismo, sino que, exigiendo evidentemente un conocimiento de sus normas, también pide el amor hacia aquello que se hace y celebra. Cada gesto, cada palabra, cada acción en la Santa Misa esta imbuido de una profunda espiritualidad que abre las puertas del Santuario celestial a quien las realiza y pronuncia, y que le exigen apropiárselas, hacerlas vivas e empaparse de los sentimientos de adoración e impetración que contienen.

Pero, también los fieles están llamados a una vivencia y conocimiento profundo de los signos, símbolos y ritos de la Misa. No son meros espectadores pasivos u oyentes complacientes, sino que también, como el celebrante, están llamados a introducirse en el misterio que encierran, elevando conscientemente sus voces en los momentos en los que se les pide hacer, pero también escuchar con devoción las palabras del sacerdote, que son las palabras con que la Iglesia, Esposa de Cristo, eleva su plegaria al Padre celestial. De esta manera, como nunca se ha cansado de pedir la Iglesia, los fieles participaran de modo consciente, activo y fructuoso en tal alto sacrificio, no sólo en el desempeño de determinados ministerios o funciones, sino en la oblación personal que cada uno de ellos, y recogida por el sacerdote en su celebración, debe realizar en cada celebración a la que asisten.

Ojalá que la lectura y meditación de este trabajo ayude a los sacerdotes y fieles a comprender, amar y profundizar, con la mente y el corazón, el santo sacrificio de la Misa, en donde, como lo divino y lo humano se unen de la mano de Cristo sacerdote, víctima y altar.

Vicente Ramón Escandell Abad, Pbro.

1 Una de las mejores descripciones de la celebración eucarística en la Iglesia primitiva, nos la proporciona el documento titulado Constituciones de los Apóstoles (c. 380) que Jesús Solano reproduce en su libro ya citado en las paginas 665-692 (N. del A.)

2 Esta división se mantuvo hasta el Concilio Vaticano II en que la Misa quedó dividida en tres partes: Ritos iniciales, Liturgia de la Palabra y Liturgia Eucarística. (N. del A.)

3 AZCARATE, P. Andrés (OSB) La Flor de la Liturgia p. 158

4 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 158

5 PROFESORES DE SALAMANCA Biblia Comentada 42

6 SOLANO, Jesús S. I. Textos Eucarísticos primitivos p.53

7 PROFESORES DE SALAMANCA Op. cit. p. 42

8 PROFESORES DE SALAMANCA Op. cit. 42

9 PROFESORES DE SALAMANCA Op. cit. pp. 428-429

10 PROFESORES DE SALAMANCA Op. cit. p. 428

11 JEDIN, Herbert: Manual de la Historia de la Iglesia, Herder, Barcelona 1966 p. 416

12 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 158

13 QUASTEN, J. Patrología p. 453

14 Didascálica de los Apóstoles c. 19 en SOLANO, Jesús S. I. p. 124-125

15 Didascálica de los Apóstoles c. 19 en SOLANO, Jesús S. I. p. 125

16 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p.170

17 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 174-175

18 QUASTEN, J. Op. cit. p. 427

19 Constituciones de los Apóstoles L. 2, c. 27, n10 en SOLANO, Jesús S. I. p. 665-666

20 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 318

21 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 316

22 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 179

23 INTERNET: San Juan Crisóstomo en www.mercaba.org (consulta: 28-4-2005)

24 JUAN CRISOSTOMO, San: Sobre el incomprensible, contra los anomeos, Homilía 3, n. 6s en SOLANO, Jesús S. I. p.448

25 JUAN CRISOSTOMO, San: Homilía que no se ha de predicar para congraciarse, n. 1s en SOLANO, Jesús S. I. p. 506-507

26 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 181

27 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 266

28 JEDIN, Herbert Op. cit. p. 413

29 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 182

30 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 153

31 Constituciones de los Apóstoles L. 2, c. 5, n7 en SOLANO, Jesús S. I. pp. 671

32INTERNET: Iconostasio en www.enciclopediacatolica.com (CONSULTA: 28-4-2005)

33 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 183

34 JEDIN, Herbert Op. cit. p. 414

35 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 186

36 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 185

37 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 186

38 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 192

39 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 199

40 Constituciones de los Apóstoles L. 2, c. 10, n6 en SOLANO, Jesús S. I. pp. 676-677

41 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 199

42 Constituciones de los Apóstoles L. 2, c. 12, n42 en SOLANO, Jesús S. I. p.684

43 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 202

44 HIPOLITO, San: Tradición Apostólica en SOLANO, Jesús S. I.p. 118

45 Constituciones de los Apóstoles L. 2, c. 12, n35 en SOLANO, Jesús S. I. p. 683

46 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 203-204

47 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 204

48 JEDIN, Herbert Op. cit. p. 416

49 Secta herética de inspiración gnóstica cuyo principal postulado era la negación de la humanidad verdadera de Jesucristo, reduciéndola a una mera apariencia, ya que consideraban todo lo vinculado con la carne. Parece ser que el Evangelista San Juan tuvo conocimiento de su existencia, y contra ellos escribió el prólogo de su Evangelio que reafirmaba la encarnación del Hijo de Dios negada por los docetas: <<Y el Verbo se hizo carne, y habito entre nosotros>> (Jn. 1, 13-14) (N. del A.)

50 IGNACIO DE ANTIOQUIA, San: Carta a los Esmirneos, C.7, n.1 en SOLANO, Jesús S. I. p. 51

51 HIPOLITO, san Op. cit. en SOLANO, Jesús S. I. p. 121

52 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p.216

53 TERTULIANO Op. cit. en SOLANO, Jesús S. I. p. 101

54 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 216-217

55 BASILIO, San Op. cit. en SOLANO, Jesús S. I. p. 405

56 JUAN CRISOSTOMO, San: Homilía sobre el cementerio y la cruz en SOLANO, Jesús S. I. p. 492

57 AZCARATE, P. Andrés (OSB) Op. cit. p. 219

Para leer la primera parte de este artículo pueden hacerlo en el siguiente enlace: La Liturgia Eucarística en la Iglesia primitiva (I)

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna