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Imaginación y Esperanza

En nuestra sección literaria y de la mano de Gilmar, navegamos siempre a paraísos de los que es difícil salir. Hoy, con imaginación y esperanza nos lleva a encontrarnos con Newman, ¿Se animan al viaje?

Imaginación y Esperanza. Un artículo de Gilmar Siqueira

«Quizá fue un castigo a la soberbia, a la duda, al amor a la fuerza, al desprecio, al olvido de la debilidad, a la burla de todo lo enfermo». Rafael García Serrano. La Fiel Infantería.

Cuenta Don Willibrord Verkade en su autobiografía que, aun después de muchos años siendo monje, cuando iba a visitar su familia, en Amsterdam, sentía que Dios no existía allí. No es que dudara de su vocación o de Dios mismo, sino que el materialismo (en su propia expresión) vivenciado a lo largo de tantos años en aquél lugar todavía tenía bastante fuerza sobre su imaginación.

Somos criaturas imaginativas. Tanto para nuestro bien como para nuestro mal. El Padre Castellani dijo que la imaginación es el soporte de la esperanza; pero, con no menos razón, oí una vez el Padre Rutler decir que el diablo también nos acosa por la imaginación. A partir de lo que vemos, imaginamos lo que no vemos. Y, si lo que vemos nos parece algo como una novela de Zola, ya sabréis qué conclusiones sacaremos de ello.

Tomaré un fragmento de la Apologia Pro Vita Sua – en la traducción de Manuel Graña – en que Newman presenta la contradicción entre lo que sabe y lo que ve.

Comencemos por el ser de Dios, del cual, como he dicho, tengo tanta certidumbre como de mi propia existencia, aunque cuando intento examinar los fundamentos de esta certidumbre y darle forma lógica, encuentro gran dificultad, tanto en el modo como en la forma. Tiendo mi vista por el mundo de los hombres, y veo una perspectiva que me llena de indecible tristeza. Parece que el mundo ha negado sencillamente esta gran verdad, de la cual todo mi ser se siente tan lleno. Y el efecto que me produce, en consecuencia, necesariamente me conturba de tal manera como si se negase mi propia existencia. Si me mirase a un espejo y no viese en él mi rostro, me produciría una sensación parecida a la que siento cuando contemplo este mundo vivo y atareado que no quiere saber nada de su Creador. Esta es para mí una de las grandes dificultades de esta absoluta y primaria verdad a la cual me estoy refiriendo. Si no fuera por esa voz que me habla tan clara en mi conciencia y en mi corazón, yo sería un ateo, un panteísta o un politeísta cuando contemplo el mundo. Hablo de mí mismo solamente. Estoy lejos de negar la fuerza real de los argumentos que prueban la existencia de Dios, formados de los hechos generales de la sociedad humana y el curso de la historia; pero esos argumentos, ni me calientan ni me iluminan; no suprimen el invierno de mi desolación, ni hacen brotar los botones, ni crecer las hojas dentro de mí, ni regocijan mi ser moral. La vista del mundo no es más que el pergamino del profeta «lleno de lamentaciones, de llanto y de terror».

De ahí sigue Newman su raciocinio y, en vez de dudar de Dios (de cuya existencia no puede dudar como no dude de la propia), llega a la conclusión de la caída. Pero yo no seguiré exactamente su camino, sino que tomaré sus palabras para lo que pretendo en este artículo. Newman dijo que, si no fuera por la claridad de la voz que habla en su conciencia, sería quizás ateo; creo que ese ateísmo consistiría primero en la negación de sí mismo, como lo entiendo si tomo las líneas que subrayé en la cita. Además, recordad lo que dijo Unamuno: «Observad a los más de nuestros ateos, y veréis que lo son por rabia, por rabia de no poder creer que haya Dios. Son enemigos personales de Dios».

Rabia de no poder creer que haya Dios. ¿Cómo es esto? No poder creer que haya Dios. Podríamos pensar que la idea (metafísica) de Dios es absurda, que no puede ser, que no hay pruebas para ello. Pero no. No es esto a lo que se refieren Newman y Unamuno cuando hablan de ateísmo. Sostengo que el ateísmo de que hablan está en la imaginación. Es la negación de Dios ante el desorden, la miseria, la fealdad y la maldad; tanto la que uno ve delante como la que uno también practica (no hay que olvidarlo). Es la negación imaginativa de Dios. Negación a que acompaña la rabia.

Ahora sí viene a cuento lo que puse en el epígrafe de este artículo: viajando a “mi Amsterdam”, más de una vez he visto y oído cosas que me hicieron dejar la esperanza y pensar en Dios como un recuerdo lejano. Yo, como el Ramón de Rafael García Serrano, también dudé, fui soberbio, creí en mi propia fuerza, desprecié y me burlé de lo enfermo. Al olvidarme de Dios por lo que me entraba por los ojos, también me olvidé de mí – me negué. El resultado fue que terminé más encenagado de que quienes había criticado. Y vino la rabia.

Empezando por negar a Dios, uno acaba por negarse a sí mismo. Pero, como para esta negación hace falta ser y estar al mismo tiempo, entonces hay que actuar para negarse. ¿Cómo hacerlo? Destruyéndose. Es así como el diablo entra por la imaginación.

Si me quedara en esto y concluyera el artículo aquí, ya habría dicho bastante. Sin embargo, quedaría un mal sabor de boca tanto para mí como para los amigos que me leen. Así que daré un paso más; un paso hacia el camino señalado por Castellani: la imaginación es el soporte de la esperanza. Con todo lo que dije, ¿queda espacio para la esperanza? Creo que sí; antes que nada porque es una virtud teologal. Pero no me meteré en esto y hablaré de su soporte imaginativo.

Recurriré a Newman de nuevo. De esta vez pongo un fragmento que ya he citado en un artículo que le dediqué hace dos años. La traducción es de Beatrice Atherton:

Solía desear que los Cuentos Árabes fueran verdad. Mi imaginación corría hacia influencias desconocidas, hacia poderes mágicos, y talismanes…Pensaba que la vida podía ser un sueño, o que yo era un Ángel, y que todo este mundo era un desengaño, que mis compañeros ángeles con un ingenio lúdico se ocultaban de mí, engañándome con la apariencia de un mundo material.

Eso lo dijo también en la Apologia Pro Vita Sua, cuando hablaba de su niñez. Pero la idea de que la vida podía ser un sueño lo acompañó hasta el fin. Dios es la realidad entera, a Quien nos encontraremos después de la muerte – o del despertar de ese sueño, si se quiere. ¿Cómo la misma imaginación puede tomar cauces opuestos?

Me diréis que porque es la loca de la casa. No lo contesto. Y sin embargo hay algo más. Dios mismo había irrumpido en la vida de Newman de tal manera – y con tal fuerza – que, aunque no Lo viera, sabía que era. No le quedaba más que imaginar cómo todo lo que tenía delante eran signos – de ahí llegó al principio sacramental – de ese Dios que no podía ver. Newman había empezado a amar; a amar a una Persona. Para ilustrar lo que quiero decir, citaré a Léon Bloy:

Pero el sentimiento religioso es una pasión de amor; he ahí lo que jamás comprenderán esos pedagogos de nuestra última infancia, aunque llovieran llaves de luz para abrirles el entendimiento. Pues sería necesario, si se quiere ser justo y razonable, tener en cuenta, en el fin de los fines, esa tea incendiaria que de repente – a través de una choza desfondada – es lanzada sobre la mísera argamasa humana, desde la más inaccesible de las cumbres…

La religión y el amor no son sentimientos (cosa que bien sabían Bloy y Newman), pero pueden ocasionar muchos (e incluso, a veces, la falta de sentimientos, la aridez). Newman estaba seguro de la existencia de Dios porque lo estaba de la propia; y el amor – que partía de su voluntad – al Amado invisible era lo que alimentaba y sostenía su imaginación cuando lo que veía era demasiado doloroso.

Una vez lanzada la tea sobre su – como la nuestra – mísera argamasa humana, se abrió la posibilidad del amor que fecundó su imaginación por toda la vida. De mi parte, escribo este artículo para terminar como Newman y no como Ramón.

Gilmar Siqueira

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