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En medio del Tiempo de Navidad

El anterior artículo de Miguel sobre la suma teológica fue un auténtico éxito, hoy continuamos avanzando y profundizando en el tiempo de Navidad

En medio del Tiempo de Navidad. Un artículo de Miguel Toledano

Algunos de nuestros lectores han apreciado la referencia a la Suma Teológica que hice la semana pasada.

Quedó un punto abierto, cual es la demostración de que, a través de la primera venida, Dios salvó al hombre de la manera más perfecta y conveniente posible y, por consiguiente, en ese sentido, la Encarnación que celebramos en este tiempo de Navidad fue “necesaria”.

Son exactamente once las razones que, para apoyar dicha conclusión, ofrece santo Tomas de Aquino en su magna obra.

Las encontramos, en concreto, en la tercera parte de la Suma, cuestión primera, artículo segundo. A su vez, pueden dividirse en dos grupos, cinco relativas a la promoción del hombre en el bien y cinco a la utilidad para alejar del mal, con una primera, introductoria a todas ellas, que constituye un argumento de autoridad que luego se explicitará, como veremos, en las restantes.

El argumento de autoridad introductorio es la referencia magisterial al santo obispo de Hipona. Como en tantísimas ocasiones, el aquinate sigue a san Agustín, quien en su tratado sobre la Trinidad (libro XIII) afirma que “no existía otro medio más oportuno para sanar nuestra miseria” que la Encarnación. Luego, si Dios es perfecto, como así ha de ser Dios, el envío de Su Hijo bienamado fue necesario para redimirnos del pecado, pues de otra manera hubiese empleado un medio menos oportuno, menos perfecto. La autoridad del africano constituye el pórtico de entrada a la respuesta escolástica del problema.

Entrando ya -más propiamente- en materia, el Doctor Común acomete una primera línea argumental típicamente tomista que, en un cierto sentido, ya surgió puntualmente en nuestro primer texto sobre la Navidad: la naturaleza difusiva del bien.

En este caso, se trata con la Encarnación divina de promover al hombre en el bien, denominador común de este primer elenco de cinco fundamentos.

El primero de los cinco consiste en la promoción del hombre en el bien en lo referente a su fe. Ésta se hará más segura si es el mismo Dios quien nos habla, según sucede en el Nuevo Testamento. Como a lo largo de toda la discusión sobre el particular, nuestro autor perfecciona la enseñanza que el Doctor de la Gracia había recogido, ochocientos años antes, en su Ciudad de Dios (libro XI), cuando profesaba que el Hijo de Dios “constituyó y cimentó” la fe haciéndose como nosotros, para que el hombre caminase con más confianza hacia la Verdad.

Esa misma idea agustiniana la expone santo Tomas con otras palabras, quizás menos densas y más claras a nuestro entendimiento discursivo y analítico: Haciéndose hombre, es Dios mismo el que habló directamente a sus discípulos, constituyendo su fe y cimentando la de ellos y así, indirectamente, la nuestra. Al hacer más segura la fe de los hombres, éstos caminan con más confianza hacia la verdad, o sea, el bien, que resulta promovido, siendo el Hijo de Dios la Verdad con mayúsculas.

Lo cierto es que el misterio de la Encarnación queda expresado así de forma tan racional que parece casi alcanzable al entendimiento, sin más apoyo de la fe que el que resulta del testimonio recogido en la Sagrada Escritura.

Tras la cimentación de la fe como promoción del hombre en el bien a través de la primera venida de Cristo, pasa el Doctor Angélico a tratar de la consolidación de la esperanza, segunda virtud que queda confirmada con la Encarnación.

Nuevamente se apoya el teólogo de Aquino en la estela magnífica de san Agustín, sin mayor recurso que traer a colación la cita, otra vez, de su tratado acerca de la Trinidad (libro XIII): “nada hubo tan necesario para fortalecer nuestra esperanza como el demostrarnos Dios cuánto nos amaba. Y, ¿qué prueba más palpable de este amor que el hermanamiento del Hijo de Dios con nuestra naturaleza?”

Aquí, ambos doctores de la Iglesia relacionan esperanza y amor: El amor fortalece la esperanza. Es más, el amor es lo más necesario para fortalecer la esperanza. Si nos hallamos ante el amor divino, el infinito amor que Dios tiene por el hombre, la esperanza queda fortalecida en grado máximo. Y no cabe mayor prueba de amor hacia el hombre que el mismo Hijo de Dios asumiera la naturaleza humana.

Por segunda ocasión, el razonamiento deductivo relaciona Encarnación y necesidad, ahora a través de la virtud de la esperanza, para aportar un acceso lógico a la comprehensión del misterio de la Navidad.

Puesto que han aparecido fe y esperanza como concretización del bien promovido por el portal de Belén, ya se imagina el lector que el tercer argumento de necesidad de la Encarnación se refiere a la caridad.

En efecto, santo Tomas declara que, con el nacimiento del Divino Infante, la caridad “se inflama sobre toda ponderación”. Y, para la explicación de este desarrollo óptimo de nuestra virtud, basta de nuevo revisar la obra agustiniana, ahora la Catequesis de los ignorantes, en la que el Padre de la Iglesia correlaciona de forma natural el amor del Señor, como causa principal de su venida, con nuestra debida correspondencia a ese mismo amor.

El cuarto de los motivos es una suerte de compendio de los tres anteriores, toda vez que se refiere al recto comportamiento del hombre, suma del ejercicio de sus virtudes.

Dios se nos ofrece como ejemplo de comportamiento a seguir. Siempre hermanándose con san Agustín, santo Tomás cita el sermón de aquél acerca de la Natividad del Señor: El recto comportamiento no consiste en seguir al hombre, sino a Dios. Ahora bien, Dios no podía ser visto antes de su Encarnación. Luego, para poder ser visto y que el hombre Le siguiera, Dios se mostró a nosotros haciéndose hombre también.

Hay en esta penúltima consideración profundos ecos de orden sociológico y psicológico, mucho antes de que la sociología y la psicología fueran configuradas como ciencias específicas.

Dios es el ejemplo a seguir, no el hombre. Si el hombre fuera el ejemplo a seguir, no hubiera sido necesaria la Encarnación. Y, sin embargo, en nuestra época es el hombre el ejemplo a seguir: la publicidad; los mensajes políticos dominantes; la envidia que se disfraza de igualdad para que tratemos de imitar a los demás, al menos por lo que se refiere a nuestra intención y pensamiento…

Por eso, hay una cierta coherencia entre la celebración pagana de la Navidad y la secularización de las sociedades. El hombre celebra al hombre como ejemplo a seguir. No hay referencia alguna a Dios en el mensaje de Navidad del jefe del Estado (sí, se ve un Nacimiento desenfocado en la imagen, pero ello junto a un gran ejemplar de la Constitución atea de 1978); la felicitación de Nochevieja consiste en la aparición sonriente de suripantas con vestido rojo; y la cabalgata de los Reyes Magos da cabida a la imaginería delirante de los cuentos de hadas.

Decía también que hay interesantes rasgos psicológicos en los silogismos de nuestros dos teólogos. El dios de los mahometanos es tan grande que no se le puede imitar; por ello hace semejantes tropelías la morisma, tanto en su vida diaria como en el ámbito de la comunidad internacional. El dios de los judíos niega igualmente la primera venida, anclado como está el sionismo en la defensa de un conjunto de reglas más o menos estrictas, en función de la observancia de sus miembros. Sin embargo, la personalidad del hombre cristiano se encuentra profundamente llamada a seguir a un Dios que se le mostró haciéndose como él.

Finalmente, san Agustín y santo Tomás analizan la causa final de la Encarnación: “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios”, declara el santo obispo bereber en su sermón ya mencionado relativo a la Natividad del Señor.

Hay quien aducirá que la finalidad de la Encarnación no es la divinización del hombre, sino su Redención. Cierto es que la Redención es el objetivo de la Encarnación, pero ello no es óbice para que Dios quiera que, al decir de la expresión agustiniana, “el hombre se haga Dios” y para ello, paradójicamente, se hiciera Él hombre.

Santo Tomás desarrolla de forma insuperable e insuperada la máxima de su predecesor. El fin de la vida humana está constituido por su bienaventuranza y ésta se alcanza a través de la plena participación de Dios. La participación de Dios, naturalmente, puede lograrse a través de otros medios; pero la “plena” participación de Dios le fue otorgada al hombre por la humanidad de Cristo, sin la cual tal participación no hubiera sido plena. Luego, la Encarnación era necesaria q.e.d.

Dejamos para otro momento, querido lector de Marchando Religión, los cinco fundamentos análogos de alejamiento del mal. ¡Feliz año nuevo!

Miguel Toledano Lanza

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