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He aquí el motivo por el que no nos encontramos ante una ventana, sino una vidriera de Overton. ¿Y qué hace la Iglesia-MarchandoReligion.es

He aquí el motivo por el que no nos encontramos ante una ventana, sino una vidriera de Overton. ¿Y qué hace la Iglesia?

Queridos amigos de Duc in altum, he recibido y comparto con vosotros esta aportación del lector Mario Grifone. Desde un punto de vista teórico, se trata de una cabalgada a través de los siglos que puede parecer quizás un poco expeditiva, pero el lector explica que la ha concebido intencionadamente así, para ofrecer un cuadro de síntesis. Y creo que, a la luz de cuanto estamos viviendo en la sociedad y en la Iglesia, merece una reflexión.

A.M.V.

He aquí el motivo por el que no nos encontramos ante una ventana, sino una vidriera de Overton. ¿Y qué hace la Iglesia? Un artículo del blog de Aldo María Valli


Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2020/11/30/ecco-perche-ci-troviamo-non-in-una-finestra-ma-in-una-vetrata-di-overton-e-la-chiesa-che-fa/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

Querido Sr. Valli, como sabe, la expresión “ventana de Overton” se ha convertido en un término de uso común. Sustancialmente se trata de un modelo sociológico, elaborado por un sociólogo americano del cual toma su nombre, en virtud del cual un comportamiento, que en un determinado momento de la historia se considera imposible por parte de la mayoría de los ciudadanos o los pueblos, puede transformarse en un comportamiento legal y normalizado, transformando al mismo tiempo dicha mayoría contraria en una minoría primero ridiculizada, después acallada, seguidamente censurada y finalmente perseguida.

Dicho resultado se logra pasando por varios estadios: imposible, posible, aceptable, razonable, popular y finalmente legal.

Este juego salió perfectamente bien con el divorcio, el aborto y las uniones homosexuales. Y con la teoría de género casi se ha conseguido ya: nos encontramos actualmente en la fase popular, a la espera de ser legalizado.

Normalmente, para llegar al resultado son precisos unos diez años, pero si las ventanas se concatenan, como es el caso de los ejemplos anteriores, el tiempo tiende a reducirse.

No se nos escapa que, en nuestro caso, la finalidad de la concatenación de las ventanas es transformar, si no eliminar, el concepto mismo de familia.

Pues bien, reflexionando sobre todo ello, he llegado espontáneamente a la conclusión de que los casos citados no son, en realidad, más que “ventanillas”. En efecto, me temo que nos encontramos, en conjunto, en medio de una clara y verdadera “vidriera de Overton”, la cual, para ser ejecutada, no requiere años, sino siglos. Y en este caso el artífice es el Enemigo por excelencia, a quien conocemos ya pocos como el diablo.

La “vidriera” a la que nos referimos no trata de invertir un comportamiento, sino toda una fe, la fe cristiana, y por tanto una civilización entera.

Veamos los hechos. El punto de partida podría situarse en los siglos XI y XII, en los que el modo de vida occidental estaba completamente permeado por la fe y los hombres de aquel tiempo ponían a Dios en el primer lugar de todas sus actividades y estaban dispuestos a cualquier sacrificio con tal de mantener intacta dicha actitud. Y, de hecho, llenaron Europa e Italia de tantas y tan grandes bellezas que hicieron de nuestro continente, y en particular de nuestra Nación, un cofre de tesoros.

Pasaron un par de siglos y con el Renacimiento pasó el centro desde Dios a los hombres; y, si aparentemente parece que nada cambiaba respecto a los siglos precedentes, resulta que en los dos siguientes se encadenaron furibundas guerras de religión que dividieron de forma irremediable tanto Europa como la fe cristiana.

Si el resultado deseado por el enemigo no se logró ya en aquel momento fue gracias a la denodada lucha de la Iglesia, que, con el Concilio de Trento y, sobre todo, por medio de santos que lo llevaron a la práctica, contrapuso una contraventana de Overton que al menos durante varios siglos tuvo un discreto éxito. En ese momento, el diablo cambió de estrategia y en el siglo dieciocho se logró desplazar la atención del hombre a la razón, que se convirtió nada menos que en dios, desembocando así en el positivismo. También en este caso, sin embargo, el juego llevó a un éxito sólo parcial, porque los papas, los hombres de la iglesia y los santos, como por ejemplo Pío IX y san Juan Bosco, por citar sólo a dos entre muchos, se opusieron con fiereza.

Por consiguiente, el Enemigo cambió nuevamente de táctica y en el siglo veinte aparece una nueva traslación del centro de atención: por una parte, hacia la envidia (la llamada lucha de clases) y, por otra, hacia el odio racial, con la consecuencia de dos conflictos mundiales que diezmaron a los cristianos (sobre todo, el primero). Y, no obstante, tampoco en este caso se llegó al resultado deseado, porque la mayoría de cristianos del siglo veinte, entre ellos no pocos santos, no se dejaron abatir.

Por tanto, otra vez fue necesaria una nueva táctica: basta de guerras, basta de envidias; ahora todo se ventila en el plano moral y, sobre todo, sexual. De ahí la revolución sexual de los años sesenta del pasado siglo, que parece ser el arma definitiva en manos del Enemigo.

El sexo, desvinculado de toda responsabilidad, gusta a todo el mundo, atrae, no comporta guerras. De la utilización de la envidia se pasa al egoísmo y así al subjetivismo: todos somos Dios para nosotros mismos y los imperativos morales son los que cada uno prefiera seguir. Y, de hecho, el divorcio, el aborto, las uniones homosexuales y la teoría de género tienen todos, como denominador común, esta idea de la sexualidad que puede sintetizarse con la fórmula “hago lo que quiero y nadie debe interferir”.

También frente a esta situación intentó la Iglesia oponerse y Juan Pablo II, con su predicación y su ejemplo, indudablemente logró retardar la deriva subjetivista y relativista, cuya peligrosidad comprendió bien, como por otra parte también su sucesor.

¿Y en la actualidad? Pues ya no existe esta barrera. El actual pontificado, en lugar de dar señales claras, es extremadamente desorientador. Si alguien como yo, un quidam de populo, una persona cualquiera, se da cuenta de lo que está sucediendo, me pregunto cómo es posible que tanto mi Pastor como sus más directos colaboradores hagan como si nada sucediese.

Peor todavía. Ahora tenemos, por ejemplo, la reforma del misal, en el que el Espíritu Santo pasa a ser “rocío” y el Padre no nos deja caer en la tentación, y en el que se nos obliga a decir que los demás no son sólo hermanos sino también hermanas. ¿Y pronto quizás también híbridos?

Se dice que este papa tiene un índice de aceptación muy alto, pero me gustaría que alguien me explicase si dicha popularidad no es inversamente proporcional al número de personas que van a Misa o que reciben los sacramentos.

Al comienzo escribía que la mayoría, convertida en minoría, primero resulta ridiculizada, después silenciada, más tarde censurada y finalmente perseguida, y exactamente eso es lo que está sucediendo. Por el momento, estamos todavía en la fase de la censura, pero rápidamente avanzamos hacia la persecución.

Sin embargo, tengo confianza en que, como en los pasados siglos, Dios intervendrá a través de uno a más santos con las dotes de un Francisco de Asís, Domingo o Ignacio. Santos que estarán en condiciones de dar un fuerte golpe de timón. Entretanto, como profetizó el todavía papa Benedicto XVI, los verdaderos cristianos se reunirán en comunidades locales, pequeñas, pero fieles. Querido Sr. Valli, antes o después supongo que nos encontraremos en alguna catacumba.

Non praevalebunt!

Mario Grifone


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