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Curioso título el que nos propone nuestro adorable Gilmar para su artículo, ¿por qué lo habrá elegido?

Este es artículo. Un artículo de Gilmar Siqueira

«Tienes razón, Sancho – dijo Don Quijote –; porque este pintor es como Orbaneja, un pintor que estaba en Ubeda, que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: ‘Lo que saliere’. Y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: ‘Este es gallo’, porque no pensasen que era zorra». Cap. LXXI de la segunda parte.

Yo también ando como Orbaneja, pero con las palabras, y puse en el título que es artículo lo que empiezo a escribir. Ojalá que nadie se equivoque – ni tampoco yo. Porque en eso de hinchar perros soy bastante menos ducho que Cervantes y Unamuno.

Anoche me deparé con estas palabras escritas por Azorín al principio de su libro Al Margen de los Clásicos:

Cuando nos acercamos al ocaso de la vida y vamos – dolorosamente – viendo las cosas en sí, y no en sus representaciones, estas lecturas de los clásicos parece que son a manera de un oasis grato a nuestro vivir. Durante un momento nos detenemos a reposar. El espíritu se explaya como libre de los diarios y apremiantes afanes. Allá, hacia la lejanía ideal, camina nuestro pensamiento.

Desde las sombras e imágenes hacia la verdad, como dice el epitafio de Newman. Por lo menos que yo sepa no me encuentro en el ocaso de mi vida todavía; sin embargo tengo la preocupación por ver las cosas en sí, que dijo Azorín. A lo mejor no las veo yo tal y como son porque me falta el ocaso y me sobra la miopía que convierte en sueños de sombra todo lo que se encuentra a mediana distancia de los ojos.

¿Qué hacer con esas sombras? Son demasiadas. Uno no puede acercarse a todas a la vez; mientras se fija la mirada en una, pasan las otras para no volver. Si la elección es acertada, la sombra verdaderamente representa algo; si no, es un espejismo – un caballo muerto, como los del personaje aquél de Doña Emilia de Pardo Bazán. Los caballos muertos son tristes porque, acercándose a ellos, uno se da cuenta de que podía haber obrado de otra manera – tenía razón Julián Marías al decir que la libertad también se manifiesta mirando al pasado.

En medio a tantas ensoñaciones, vuelvo a Azorín: a su escrito Al Margen de La Vida es Sueño:

Sólo hay una cosa cierta en la realidad mundanal: obrar bien. No sabemos si la vida es un sueño; los días discurren vertiginosamente; todo se lo lleva el tiempo en su corriente inexorable; aun los sentimientos más delicados, finos y nobles de nuestro corazón, se amortiguan con los años; cuando al cabo de los años volvemos a encontrar a un amigo a quien hemos querido, a un antiguo condiscípulo, nos quedamos absortos, silenciosos, sin acertar a decir nada. ¿Dónde está nuestra personalidad? ¿Cómo retener la porción más exquisita de nuestro yo que se nos escapa y se nos disgrega con las cosas que en el tiempo, a lo largo de los años, se van escapando y disgregando? Seamos sinceros y buenos siempre.

Parece que no se puede retener esa porción más exquisita de nuestro yo en la disgregación que se opera con el tiempo. Atrás no se quedan más que sombras: sombras de un hogar, de una familia, de una amistad o de un amor; sombras, estas sí, que un día fueron tan reales como lo que se tiene aquí y ahora; sombras cuya auténtica imagen no existe hoy más que en la memoria.

He tomado un cauce que tiene toda la apariencia de fatalista, ya lo sé. Mi obsesión con las sombras es capaz de desalentar a muchos: parece, por lo que dije, que la elección del ojo es casual y hay que contar con el azar; además, si no retenemos ni aquello que durante algún tiempo creemos más auténtico, ¿qué queda, entonces? Esto es desesperación. No, no tanto como eso.

Recurriré al mismo fragmento de Azorín. Él lo empieza y concluye diciendo que hay que obrar bien; y que esta es la única cosa cierta en la realidad mundanal. ¿Por qué? Aquí me veo obligado a salir de la meditación literaria y asomar una patita a la filosófica: todo lo que existe es bueno y el reconocimiento y persecución del bien – la aprobación de lo que es bueno – se llama amor. El obrar bien es el amor; el amor supone el conocimiento de lo que existe: de lo que es sombra y tiene realidad al mismo tiempo.

Basta de filosofía. Cuando Azorín dijo – en el primer fragmento aquí citado – que en el ocaso de la vida dolorosamente veía las cosas en sí y no sus representaciones, creo que la idea tiene más de esperanza que de melancolía. Ver las cosas en sí es quitarse del medio las sombras vacías; es mirar directamente hacia lo que parece y es a la vez. ¿Pero qué puede tener de doloroso el ver mejor?

Lo doloroso está en darse cuenta que unas sombras tan anheladas y perseguidas antaño eran espejismos, que bastaba con apretar un poco más los ojos y concentrarse para que se desvaneciesen y se las pudiese olvidar. Mientras tanto, las sombras que representaban algo pasaban sin que se las hiciera caso. Esto es doloroso y pienso que es lo que veía el escritor llegando al ocaso de la vida.

En el ocaso lo único que interesa es lo que lleva a las cosas en sí; el ocaso es el pórtico hacia la realidad; el ocaso limpia los ojos para la esperanza. Pero basta ya. Luego me tacharán de platónico – intelectualmente más cercano al Platón de Galdós que al griego, por supuesto – y este es artículo. Este no es más que artículo.

Gilmar Siqueira

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