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Cur Deus homo?

¿Por qué Dios se hizo hombre? La respuesta a esta pregunta, “Cur Deus homo”, nos la trae D. Vicente en este artículo en el cual podemos reflexionar en estos días del ciclo Navideño

MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO. Cur Deus homo?. Rev. D. Vicente Ramón Escandell

1. Relato Evangélico (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.


La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.


Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

2. Comentario litúrgico

Todo es misterioso en los días que nos ocupan. El Verbo divino, cuya generación es anterior a la aurora, nace en el tiempo; un Niño es Dios; una Virgen es Madre quedando Virgen; se entremezcla lo divino con lo humano y los sublime e inefable antítesis expresada por el discípulo amado en aquella frase de su Evangelio: EL VERBO SE HIZO CARNE, se repite en todas las formas y tonos en las oraciones de la Iglesia; resumiendo admirablemente el gran prodigio que acaba de verificarse en la unión de la naturaleza divina con la humana.

Misterio desconcertador para la inteligencia, pero dulce al corazón de los fieles; es la consumación de los designios divinos en el tiempo, motivo de admiración y pasmo para los Ángeles y Santos en la eternidad, y al mismo tiempo principio y motivo de su felicidad.1

3. Reflexión

Concede, te rogamos, Dios omnipotente, que la nueva Natividad de tu Unigénito, según la carne, nos libre a los que la vieja servidumbre nos tiene bajo el yugo del pecado.2

Con esta antigua oración colecta de la III Misa de Navidad, sintetizaba la Liturgia de la Iglesia, la esencia del misterio celebrado el día de la Natividad del Señor. Con estas breves palabras la lex orandi proclamaba la lex credendi.

¿Por qué Dios se hizo hombre?, se preguntaba san Anselmo al inicio de su obra sobre el misterio de la Redención, y que dirige, no sólo a sus lectores del siglo XI, sino también a nosotros, cristianos del siglo XXI, que celebramos el misterio de la Navidad.

No pocos han intentado, a lo largo de los siglos, dar una respuesta satisfactoria a esta cuestión. Algunos, olvidando la dimensión sobrenatural del misterio de la Encarnación, han ofrecido respuestas simples y mundanas: Dios se hizo hombre, dicen, para implantar un orden social o moral más justo. Quienes así opinan, olvidan que la raíz de todo pecado social y moral se encuentra en el Pecado Original, que hirió la capacidad del hombre de ordenar, de un modo justo y moral, sus relaciones con los demás. De esta respuesta termina derivándose, desgraciadamente, una visión demasiado humana de la persona de Cristo, que queda reducido a un simple revolucionario o maestro de la moral.

Sin embargo, una comprensión más profunda de este misterio, siempre bajo la acción iluminadora de la gracia, nos permite descubrir, hasta donde la razón humana puede, la esencia de este misterio. Esta no es otra que el hecho de que el Hijo de Dios, el Verbo eterno del Padre, se hizo hombre para redimirnos del Pecado Original y de los pecados personales, que se hayan en la raíz de todo mal moral que oprime al género humano.

Ahora bien, ¿por qué Dios escogió este camino para realizar la Redención? Siendo cierto que Dios pudo haber llevado a cabo la Redención de cualquier modo, pues era libre para hacerlo, quiso, en un acto de liberalidad, hacerlo del modo en que lo hizo. Pues, como señala san Agustín no pretendamos que Dios, a cuya potencia todas las cosas están igualmente sometidas, no tenía otro medio de salvarnos, sino sólo que no había modo más a propósito para sacarnos de nuestra miseria3. De tal manera, que pudiendo haber dispuesto que la reconciliación entre Él y el género humano pudiera haberse alcanzado sin necesidad de la encarnación o sin exigir reparación alguna; dispuso que esta tuviese lugar por medio de ambas en la persona de su Hijo encarnado.

Pues, al haber ofendido a Dios nuestros primeros padres con una ofensa en cierto modo infinita; y no pudiendo hombre alguno, por muy justo y santo que fuese, realizar una reparación adecuada, dada la dignidad del ofendido, dispuso este el modo de realizar adecuadamente dicha satisfacción. Esta debería ser hecha por una persona divina y humana: divina, en cuanto que sus acciones tendrían un valor infinito; y humana, porque al poseer la naturaleza humana podría representar a la Humanidad en el acto reparador, como Adán la represento al cometer la ofensa. Así, Dios Padre dispuso que fuese su Verbo Eterno quien, encarnándose en el seno virginal de María y ofreciéndose como ofrenda reparadora, alcanzase para el género humano la Redención. Tal como lo expreso el mismo Verbo al Padre al encarnarse en el seno de María: Tu no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni victimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo (…) para hacer, ¡oh Dios! tu voluntad4.

De esta manera, por la Encarnación se alcanzó, de un modo más perfecto y conveniente la redención del género humano, nuestra redención. Pues, como proclama el Apóstol en su Carta a los Hebreos: lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos5.

Así, pues, queridos hermanos, cuanto hemos de agradecer a Nuestro Señor, por su liberalidad para con nosotros; cuantas alabanzas debemos elevar en este día santo, al contemplar a tan gran Dios en tan pequeña forma; y cuanto debemos pedirle para que, nuestros pecados no retarden su indulgente clemencia6.

Y, a pesar, de la pandemia, de las divisiones, tristezas y penas que golpean hoy al mundo no es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la vida para acabar con el temor de la muerte y llenarnos de gozo con la eternidad prometida7; porque, nos ha nacido un niño (…) que se llamara maravilloso Consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno y Príncipe de la Paz8, al cual, sea dada la gloria, el honor y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.

4. Testimonio de los Santos Padres

TEOFILACTO DE CONSTANTINOPLA (c. 765-845)

<<Aprendamos, pues, en estas palabras: “Que el Verbo se ha hecho carne”, que el mismo Verbo es hombre, y existiendo Hijo de Dios se ha hecho hijo de una mujer, la que especialmente se llama Madre de Dios porque engendró a Dios en su carne.>>

Catena aurea

5. Oración

Señor Nuestro Jesucristo, que, en obediencia al Padre, y para alcanzar la redención al género humano, te encarnaste en las entrañas purísimas de la Santísima Virgen María y padeciste por nosotros hasta morir en la Cruz; haz, que, al celebrar el misterio de tu Natividad, crezcamos en gracia y santidad para poder participar de la gloria que tienes junto al Padre. Que vives y reinas. Amén.

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

1 PROSPERO GUERANGER, Dom: El año litúrgico (Adviento-Navidad), vol. 1

2 Colecta de la III Misa de Navidad {Estación de Santa María la Mayor} [Misal Romano, 1960]

3 AGUSTIN DE HIPONA, San: De Trinitate, XII

4 Heb 10, 5-7

5 Heb 2, 14-15

6 Oración colecta del IV Domingo de Adviento (Misal Romano, 1960)

7 LEON MAGNO, San: Homilía sobre la Natividad.

8 Is 9, 6

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