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Creado en santidad y justicia

MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO. Creado en santidad y justicia. Rev. D. Vicente Ramón Escandell

Creado en Santidad y Justicia

1. Relato evangélico (Jn 1, 6-8.19-28)

Fue un hombre enviado de Dios, que tenía por nombre Juan. Este vino en testimonio, para dar testimonio de la luz, para que creyesen todos por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. 

Y éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron a él de Jerusalén sacerdotes y Levitas a preguntarle: “¿Tú quién eres?” Y confesó y no negó: y confesó: “Que yo no soy Cristo”. Y le preguntaron: “¿Pues qué cosa? ¿Eres tú Elías?” Y dijo: “No soy”. “¿Eres tú el Profeta?” Y respondió: “No”. Y le dijeron: “¿Pues quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?” Él dijo: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta”. 

Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. Y le preguntaron y le dijeron: “¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?” Juan les respondió, y dijo: “Yo bautizo en agua; más en medio de vosotros estuvo a quien vosotros no conocéis. Este es el que ha de venir en pos de mí, que ha sido engendrado antes de mí: del cual yo no soy digno de desatar la correa del zapato”. Esto aconteció en Betania, de la otra parte del Jordán, en donde estaba Juan bautizando.

2. Comentario litúrgico

Pero esta visita anual del Esposo no colma los deseos de la Iglesia: suspira todavía por el tercer Advenimiento que será la consumación de todo y la abrirá las puertas de la eternidad. Conserva en su memoria la última frase del Esposo: He aquí que vengo a su tiempo; y dice con fervor: ¡Ven, Señor Jesús!

Tiene prisa por verse libre de la sujeción del tiempo; suspira por ver completo el número de los elegidos y por ver aparecer la señal de su Libertador y Esposo sobre las nubes del cielo. Hasta allí, pues, se extiende el sentido de los deseos que expresa en su Liturgia de Adviento; esa es la explicación de la frase del discípulo amado en su profecía: He aquí las bodas del Cordero, y la Esposa está preparada.1

3. Reflexión

Dios hizo al hombre inocente, recto, virtuoso, sin dolor ni preocupación, espléndidamente revestido de toda virtud, ordenado con todos los bienes, <<como un segundo cosmos>>. Era pequeño en grande, otro ángel adorador, compuesto, vigilante de la creación visible, iniciado de la inteligible (…) de naturaleza impecable y de voluntad libre.2

Estas hermosas palabras de san Juan Damasceno, en las que describe al hombre creado por Dios, nos sitúan ante el misterio de cómo eran Adán y Eva antes del drama de la Caída.

El hombre, según nos los ha revelado Dios y nos lo enseña la Iglesia, fue creado a imagen u semejanza del Creador y distinto al resto de seres creados. Esta distinción viene dada, no sólo por su racionalidad, sino por el hecho de ser corporal y espiritual, dotado de un cuerpo y un alma. Este ser, que aúna en sí, lo temporal y lo eterno, fue elevado por Dios, en el mismo instante de su creación, al orden sobrenatural, es decir, al de la gracia.

Instalado en el Paraíso como señor y administrador de la Creación, el hombre fue adornado por Dios en su cuerpo y en su alma, con una serie de dones sobrenaturales y preternaturales. Ambos no sólo adornaron el cuerpo y el alma de Adán, sino que también fueron dados a Eva, manifestando así la igual dignidad, sobrenatural y natural, del hombre y la mujer en el designio creador de Dios y en el estado de justicia original.

¿Cuáles eran los dones sobrenaturales que adornaban las almas de nuestros primeros padres? El principal de ellos fue la gracia santificante, por la cual, Adán y Eva contemplaban de modo inmediato y cara a cara a Dios. Ello nos explica esa familiaridad con que Dios y el hombre convivían en el Paraíso terrenal, y que tan vivamente nos describe el autor del Génesis, cuando afirma que Dios se paseaba por el Jardín del Edén y se gozaba con la compañía de los hombres3. A ello se unía el hecho de que el alma del hombre era verdadero templo de la Santísima Trinidad, en el que habitaban las tres divinas personas, con una familiaridad que, a nosotros, hoy por hoy, nos cuesta alcanzar y conservar sino es a través de la vida sacramental, la conversión y la penitencia.

Si la gracia santificante, junto a las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo, adornaban el alma de nuestros primeros padres, no menos hermosos eran los dones que adornaban su naturaleza humana, fruto de la santificación de su alma inmortal. Así, el hombre poseía una total inmunidad con respecto a toda inclinación hacia el pecado o concupiscencia4; también, estaba libre de todo dolor o sufrimiento, gozando de una perpetua felicidad de alma y cuerpo; y, finalmente, como culmen de estos dones, nuestros primeros padres no habrían conocido la muerte y sus consecuencias, sino que, tras un tiempo en el Paraíso terrenal, habrían sido llevados al Cielo, es decir, habrían gozado de la visión beatifica.

Así era, queridos hermanos, el hombre que salió de las manos de Dios. Así era nuestro padre Adán y nuestra madre Eva, y así hubiéramos podido ser nosotros, de no haber mediado la Caída. Pues, salvo el don de Ciencia, dado por Dios a Adán de modo personal e intransferible, nuestros primeros padres habrían transmitido a su descendencia, a nosotros, todos estos dones y gracias con que Dios adorno su alma y su cuerpo, que los hacían tan familiares a Dios y a los ángeles.

Que distinto hubiera sido, queridos hermanos, el mundo y la vida de los hombres, nuestra propia vida, de haber perseverado Adán y Eva en este estado de justicia y santidad. Habitaríamos un mundo donde no habría ni tristeza ni muerte, donde todo sería vida y alegría sin fin y contemplaríamos el rostro5 de Dios, de un modo constante y diáfano.

Sin embargo, y por muy contradictorio que pueda parecernos, feliz culpa que nos ganó tan grande, tan glorioso Redentor6; porque cuando se encarnó y se hizo hombre recapituló en sí toda la larga historia de los hombres y nos proporcionó la salvación con brevedad, para que lo que habíamos perdido en Adán, es decir el ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperáramos en Él7.

4. Testimonio de los Santos Padres

SAN GREGORIO MAGNO, papa y doctor (590-604)

<<El camino del Señor es enderezado hacia el corazón cuando se oye con humildad la palabra de la verdad. El camino del Señor es enderezado al corazón cuando se prepara la vida al cumplimiento de su ley.>>

In Evang. hom. 7

5. Oración

Escucha, Señor, las suplicas de tu Pueblo que, añorando el estado de justicia original del primer hombre; no deja, por ello, de anhelar expectante su próxima restauración en Cristo, el hombre nuevo. Que vive y reina. Amén.

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

1 PROSPERO GUERANGER, Dom: El año Litúrgico, vol. I (Adviento y Navidad)

2 Exposición de la fe II, 12

3 Gen 3, 8; Prov 8, 31

4 Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica 77

5 Ritual de Exequias

6 Himno de la Vigilia Pascual.

7 IRINEO DE LYON, San: Contra los herejes, III, 18, 1

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