Los organistas y las pulgas

Nuestra joven organista nos sigue contando los innumerables problemas y obstáculos que se encuentra en su trabajo, hoy el tema va, ni más ni menos que de los organistas y las pulgas, ¿se referirá a esos insectos tan molestos?

Los organistas y las pulgas. Un artículo de Paula Garita

Nota nada breve: puede que este artículo hiera más sensibilidades de lo que hirieron los dos anteriores. El último de mi autoría casi provoca el fin de la revista (por favor insertar la risa de nuestra querida Sonia 🤣 ), porque mis colegas consideran que mis artículos son un irrespeto a mí, a ellos y a tan hermoso oficio en general. Sin embargo, si a ellos les duelen tanto, y hacen que caigan “en llanto y rechinar de dientes”, por algo será, ¿no? Si mintiera en mis artículos, no los publicaría. Además, en el pasado fui un alma sensible y algo rebelde, y ellos nunca se detuvieron (ni se detienen) a pensar si sus actos hirieron a alguien o no, porque a mí sí me hirieron profundamente en su momento… Pero sigamos marchando en nombre de Dios, que la única persona que nos detenga sea Dios mismo…

En mi primer artículo, hablé de la pobreza que los organistas durante la cuarentena. Pobreza que, si bien es cierto, existía muchísimo antes de la pandemia, se ve sumamente empeorada por nuestras condiciones actuales. Y en el segundo artículo, fue notable la pobreza de mente de algunos colegas…

Y viendo el título, ¿qué son las pulgas? Criaturas pequeñas, molestas para los animales, y un dolor de cabeza para los humanos que las encontramos en nuestras mascotas. Un buen jabón o ampolla antipulgas, así como un buen baño, y listo. También hemos escuchado los circos de pulgas: pulguitas amaestradas que hacen trucos y actos, guiadas por un domador. Y los pulgueros, lugares de mala muerte, de dudosos protocolos higiénicos…

Pero a nivel organístico, he escuchado tres términos que, gracias a Dios y por lo que he preguntado, son inexistentes en Europa, y están relacionados con estos bichitos. Términos que he escuchado de boca de organistas bien posicionados, con salario y buena relación, con respecto a los mortales a quiénes no fue nuestra actitud la que nos cerró la puerta grande, que a ellos se les abrió más fácil que a otros, sino que fue nuestro Señor mismo el que quiso que tomemos primero la puerta estrecha.

El primer término: el órgano para pulgas. Lo que no viene a ser más que un órgano (electrónico y marca Yamaha, principalmente) pequeño y feo que ha de tener un lustro o más de estar en un rincón llevando polvo, un órgano que, en teoría, un organista de formación media (no profesional), no tocaría, por que “no es digno de ellos” (¡palabras reales!). Un órgano que, por falta de uso y daño interno, el sonido no pasa del barandal del coro, o de las gradas del presbiterio, dependiendo la ubicación, que los bajos tiene 13 y suenan 4 … Son órganos que a juzgar de ellos no debieron nunca estar en un templo, lo más el órgano de estudio de algún “almilla” sin dinero (Soto, querido, no te ofusqués…). El organito de pulgas de la parroquia donde sirvo, parroquia donde un tubular se está cayendo, o un buen electrónico, pero es lo que hay. Donado por un político de aquí, para que sus hermanas tocaran misa, y después llegué yo a sacarlo de las telarañas del coro… A términos de colegas, “sólo Paula, para variar, es la única que se atrevería de esta diócesis a tocar esos cacharros”.

Sin embargo, nuestro bienamado Santuario Nacional, a pesar de tener un órgano para pulgas, no es una capilla de pulgas (segundo término). Se define como capilla de pulgas a aquellas ermitas pequeñas, donde con dificultad caben 100 personas, cuya sacristía tiene que salir el sacristán para que entre el sacerdote y cuyas flores duran hasta un mes por falta de recursos económicos. Capilla de pobres, donde no hay sistema de sonido porque todo se oye perfectamente, de tan pequeña. Como anécdota, tengo un amigo encargado justamente de una capilla de pulgas, y lo he visto y he vivido con él, como organista de la capillita (¡Tenía que ser Paula, organista de capilla de pulgas!) las diversas penurias. Desde pedir dinero de casa en casa en el barrio para que Nuestra Señora tenga flores naturales y frescas en su fiesta patronal, hasta para pagarle al coro invitado en día tan importante. En una de estas solemnidades, decidimos invitar a un espinoso organista (¡!) para la patronal, y se negó, diciendo que él era organista de órgano tubular, en parroquia importante y con salario fijo, que él no se iba a rebajar de su consola de no-sé-qué-tantos manuales y no-sé-cuántos registros para tocar en nuestro pulguero, del cuál ni órgano teníamos, ni sonido, ni nada. En respuesta, hace pocas semanas adquirimos un órgano electrónico, un Yamaha antiguo y pequeño con diferentes registros y en perfecto estado. Un órgano digno para nuestros petulantes iguales y para aquéllos que tocan con amor y gusto. No puedo esperar la hora de que nos permitan las misas en la capilla y tocar allá, “estrenando”. Lo bueno de mis pulgueros, es que nadie se interesa en ellos. Dios es bueno…

Y el tercer término, derivado de los otros dos y que acabo de mencionar, el organista de pulgas, y para pulgas, que no es más que un organista que no usa partituras, que toca medio raro, que no le pagan y que no suele cantar, sino que lleva cantores (En Costa Rica, ser organista y tener cantores es tu propia condena. No puedes llamarte organista si no cantas. En mi caso, prefiero un cantor afinado y ayudarle sin micrófono, que cantar yo y hacer trizas la liturgia). Un triángulo sin inicio ni final existe en éstos tres términos. En teoría, yo soy de las tres, organista de pulgas en un órgano de pulgas y una capilla de pulgas: mi actitud de “vístima” me ha servido bastante, y no para entrar en los pulgueros, como la mayoría cree que hice, sino porque nadie me molesta, sea porque caigo mal o porque sí doy lástima después de todo…

Pero nadie me molesta, tranquila y feliz estoy sirviendo al Señor en mis pulgueros. Un poco de jabón, y listo.

¡Todo sea por la gloria de Dios, y viva Cristo Rey!

En el siguiente artículo: segunda parte de mi primer artículo “Organistas, los nuevos mendigos de la cuarentena”. Realzando la dignidad de la liturgia, y cayendo en picada como abejones…

Mis agradecimientos a Dennis, por aguantarme en los pulgueros. Y a Alejandro, Andrés y Pedro, mis queridos sacristanes, por prepararme los brebajes antipulgas para mejorar siempre.

Paula Garita

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