La visión de Cleto

Hoy, Gilmar nos lleva una vez más a una novela de Pereda, ¿Conocen a Cleto? De él vamos a hablar hoy

La visión de Cleto. Un artículo de Gilmar Siqueira

«D’allora innanzi dico che Amore segnoreggiò la mia anima». Dante. Vita Nuova.

En este artículo me propongo hablar de Cleto, personaje de la novela Sotileza, de José María de Pereda. Creo que en más de una oportunidad – incluso en esta misma página – hablé de él; pero la novela y el personaje son tan fascinantes que el tema volvió a imponérseme. Deseo hablar acerca de cómo Cleto vislumbró una nueva vida posible y luchó por ella.

Para los que todavía no conocen la novela de Pereda, presentaré rápidamente los personajes de quienes hablaré en este artículo. Sotileza, para empezar, era una muchacha huérfana; recogida, primero, en la casa de tío Mocejón (padre de Cleto) y luego, huyendo de los malos tratos que sufría, en la casa de tío Mechelín y tía Sidora. Tanto tío Mocejón como tío Mechelín eran pescadores santanderinos: sin embargo, en la casa de tío Mocejón había suciedad, tristeza y mucha rabia; mientras que en la casa de tío Mechelín reinaba la tranquilidad. Cleto, pocos años mayor que Sotileza, no la había pegado nunca mientras que ella vivía en su casa. Pero algo de la brutalidad vivida en aquél ambiente se coló en él, que era “sobrio y económico de palabras hasta la avaricia”. Estando un día Sotileza en la escalera que había entre las casas de tío Mechelín y tío Mocejón, no vio que llegaba Cleto de la faena; el callado mozo, sin pedir permiso de pasar, le propinó una patada para que se quitara del camino. El narrador cuenta que ese golpe le dolió más que todos los otros a Sotileza porque “Cleto no era malo”. Fue este el primer encuentro relatado en la novela entre Cleto y Sotileza.

El segundo ocurrió cuando, estando Sotileza otra vez en la entrada de la casa de tío Mechelín, se le acercó Cleto más manso que la vez anterior: sostenía su pantalón con una de las manos y le pidió a Sotileza que le prestara su aguja de labor para que él pudiera pegar un botón a su pantalón. La muchacha se ofreció para hacerlo ella misma y Cleto, contento, lo aceptó. Este episodio es muy importante. Después de él Cleto empezó a frecuentar la bodega de tío Mechelín:

Porque Cleto frecuentaba mucho la bodega. El pobre muchacho, que era de natural candoroso y bonachón, desde que nació no había cultivado otro trato que el de las gentes de su casa, gentes puercas y feroces, sin arte ni gobierno, reñidoras, borrachas y desalmadas; y no sabía que un mozo como él, que no sentía la necesidad de ser malo ni hallaba placer en vivir como se vivía en el quinto piso, podía encontrar en otra parte algo que echaba de menos, cierto aquél, a modo de entraña, que le escarbaba allá adentro, muy adentro de sí mismo, como lloroso y desconsolado.

La casa de Cleto era triste: sus padres se despreciaban a sí mismos y también a los hijos. No había la menor señal de gusto por la vida; por eso expresaban su rabia más en golpes mutuos que en palabras. Poco a poco Cleto se fue volviendo semejante a sus padres y a su hermana, pero no tenía la necesidad de ser así: de alguna manera lo intuía y su rabia sorda, a modo de entraña, era un anhelo por algo distinto:

Y este algo pareció en la bodega, en la jovialidad de tío Mechelín, en la bondadosa sencillez de tía Sidora, y hasta en la limpieza y el buen orden de toda la habitación. Allí se hablaba mucho sin maldecir de nadie; se comían cosas sazonadas a horas regulares; se rezaban oportunamente oraciones que él jamás había oído; y si se quejaba de algún dolor, se le recomendaba con cariño algún remedio, y hasta se le preparaba la misma tía Sidora… En fin, daba gusto estar allí, donde se hallaban tantas cosas de que él no tenía la menor idea; muchas cosas que le alegraban aquella entraña de allá adentro, que antes siempre estaba engurruñada y triste; y le hacían coger apego a la vida, y distinguir los días nublados de los días de sol, y los ruidos dispersos de los sonidos dulces; y hablar, hablar mucho sobre todo lo que le hablaran, y recordar lo que había sido antes para recrearse un poco en lo que iba siendo.

No me canso de leer esta página de Pereda ni mucho menos de citarla. Ojalá que así llegue a memorizarla. Pero regresemos a Cleto: en la bodega, Cleto se enamoró del bien. Dicho así, a bocajarro, la cosa suena abstracta y hasta pomposa: lo que ocurre es que la imagen presentada por Pereda es tan fuerte que creo no poder añadir nada mejor. Cleto tenía necesidad de un bien que no había conocido hasta entonces, pero que le gritaba desde dentro. Cuando vio orden, limpieza, risas, buena comida, cariño y tranquilidad en una casa de gente que no era nada diferente de él, tuvo por primera vez un atisbo acerca de qué tendría que hacer para calmar aquella su entraña de allá adentro. Cleto tomó gusto a la vida tal y como era vivida en la bodega de tío Mechelín. Y, desde el momento en que tomó gusto a la vida, aprendió a narrarla a su manera: hablando – pues, feliz, ya no era avaro de palabras – empezó también por hacerse unas ideas del cambio que iba poco a poco sucediendo en su vida. La visión de aquella felicidad tan cercana fue la primera semilla de esperanza para Cleto. Desde entonces, la imagen de una nueva vida posible le conquistó.

Los años transcurrieron. Al ver el bien, Cleto pasó a aborrecer el mal vivido en su casa. Como se hacía mayor, la necesidad de realizar el sueño también crecía. Pero todavía le faltaba algo – o alguien – en ese sueño. Era un poco vago, impreciso aun. Entonces se dio cuenta de que un hogar tal y como él deseaba era, en realidad, la consecuencia de quienes vivían allí. La vaguedad del sueño ocurría entonces porque Cleto aún no lo había mirado a la cara: la cara del sueño era Sotileza. Aceptada la relevación, Cleto se dio cuenta de que la vida tan anhelada no le sería posible sin Sotileza:

(…) – Pos güeno: de estos sentires, no sabía nada endenantes, Sotileza: aprendilos aquí, sin preguntar por ellos y sin agravio de nadie… Ya ves tú, no jué culpa mía… Me gustaban, ¡paño!, me gustaban mucho, me sabían a las puras mieles; ¡como que nunca me había visto en otra, Sotileza!… Y me hartaba, me hartaba de ellos… hasta que no me cogieron en el arca… Y dimpués, tumba de acá, tumba de allá, a modo de maretazos por aentro; poco dormir y un ñudo en el pasapán… Mira, Sotileza: pensaba yo que no había como las pesadumbres de mi casa… Pus mejor dormía con ellas que con estos sentires de acá abajo… ¡Pa que lo veas, paño! Me paece que tampoco en esto ofendía a naide, ¿verdad, Sotileza?… Porque al mesmo tiempo me pasaba, mejor y mejor vos iba quisiendo ca día, y con más respeto te miraba a ti, y más deseos me entraban de verte la voluntá en los ojos, pa servírtela sin que me lo mandaras con la lengua.

El deseo de su propio bien se convirtió, para Cleto, en un entrañable querer a Sotileza. Se convirtió porque sería imposible discernir entre ese sueño de vivir una vida mejor que la de antes y la necesidad que tenía de hacerla feliz: Sotileza era el signo y corona de todo el bien primero entrevisto, luego soñado y por fin profundamente amado por Cleto. Por eso le confesó a ella – parte de esa bellísima declaración la he citado arriba – que “quiero buscarme otra vida que la que traigo, con esta luz que tú mesma me has encendío acá adrento”. Sotileza le había dado la esperanza porque, para Cleto, ella misma era la esperanza.

Es hermoso como Cleto, al inicio tan embrutecido, se va ennobleciendo a lo largo de la novela. La belleza del personaje es más grande a medida que se da cuenta de su amor: cuando por fin decide declararse a Sotileza ya es otro hombre, transfigurado por su querer y por la esperanza verdadera, que es apacible e hinca sus raíces en la realidad. Alguna vez he dicho que esta novela le hubiera encantado a Santo Tomás: creo que en ella vería bien dibujados sus escritos sobre el amor.

Con su personaje Cleto el maestro Pereda alcanzó lo que Menéndez Pelayo llamó “la médula de las cosas y lo más esencial y recóndito de ellas”. Cleto es un personaje estupendo porque podemos reconocernos en él; es un hombre como todos. Es muy probable que lo que voy a decir sea dictado por mi admiración más que por conocimiento literario, pero creo que en Sotileza Pereda nos ha dejado un carácter permanente de la literatura.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

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Feo, católico y sentimental