La virtud de la irrelevancia

La virtud de la irrelevancia en la educación apunta a entender que lo que pareciera ser irrelevante para la mente es justamente aquello que hoy se tiene por relevante. Si nosotros sabemos lo que la música es, tenemos el deber de ayudar a los jóvenes a entenderla, independiente de su “relevancia”.

La virtud de la irrelevancia, un artículo de Sir Roger Scruton para The Imaginative Conservative

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

¿Cuántos escritores, educadores y formadores de opinión que desean urgentemente transmitir los pensamientos y sentimientos que los inspiraron se han encontrado confrontados con la consigna de que “eso es irrelevante”? Hoy en el mundo de la comunicación de masas, cuando las personas son conducidas como rebaño por los medios de comunicación social, las intrusiones de lo inusual, lo desautorizado y lo meramente significativo se resienten cada vez más si provienen desde fuera el grupo. Y este grupo ha invadido mentalmente el mundo de la educación de tal manera que amenaza a la juventud.

Esto comenzó mucho antes de Facebook o Twitter. De hecho, comenzó con John Dewey y su llamado a la “educación centrada en el niño.” La influencia de John Dewey en el pensamiento americano en general y en la educación en particular no ha dejado de sorprenderme. Si existe algún escritor que se haya propuesto ilustrar lo que Schopenhauer entiende por el “optimismo inescrupuloso” ese es Dewey, que disfrazó su mediocre complacencia detrás de una máscara de sabiduría, como una tía agonizante se disfraza para una anticuada revista femenina. ¿Puede ser más evidente un travestismo para la naturaleza y para los deberes de un profesor que la idea de que son los niños y sus intereses lo que establezcan la agenda para la sala de clases? Y, sin embargo, ¿qué idea tiene más probabilidad de reclutar a corazones enternecidos, ignorantes y perezosos? ¡Qué regalo para el maestro que es ocioso y qué ataque contra el niño!

De la filosofía de la educación de Dewey sale la “revolución de lo relevante” en la escuela.

El viejo curriculum, con su énfasis en las matemáticas duras, en las lenguas muertas, en la historia de la antigüedad, en los libros demasiado largos para leer, es presentado como una ofensa a los niños modernos, como una manera de denigrar su mundo y sus esperanzas para el futuro. Enseñarles a deletrear correctamente, a hablar gramaticalmente, a adoptar los modales y los valores de sus padres y abuelos es aislarlos de su única esfera de acción disponible. Y en vez de todo ese supuesto conocimiento, que no es nada en sí mismo salvo un residuo de los intereses de los muertos, se nos dice que a ellos se les debe entregar un  propio curriculum propio, dirigido a la vida que es suya.

El efecto inmediato de la revolución de lo relevante fue introducir en la sala de clases tópicos relevantes a los intereses de sus profesores, tópicos como la justicia social, la igualdad de género, el desarme nuclear, la pobreza del tercer mundo, los derechos de los gays. Todas materias que fueron inventadas para reemplazar el viejo curriculum en historia, geografía e inglés: “estudios sobre la paz”, “estudios mundiales”, “estudios de género”, y así suma y sigue. La enseñanza de las lenguas muertas virtualmente cesó, y hoy en Gran Bretaña, sin duda que en América también, es raro que un colegio ofrezca lecciones en alemán y de hecho en cualquier otra lengua moderna que no sea otra que el francés o español. Desde luego, esto puede ser porque hay cada vez menos profesores que son compatibles con los conocimientos requeridos por el antiguo curriculum. Sin embargo, es un día triste para la educación cuando la pérdida de conocimiento se describe, por el contrario, como una ganancia; cuando el antiguo, basado en materias que han mostrado su valor durante muchas décadas, es reemplazado por un curriculum basado puramente en causas y efectos del día. Pensar que esta relevancia, así entendida, muestra un respeto por los niños, porque estaba ausente en el antiguo curriculum de conocimiento, es sufrir de una singular deficiencia de simpatía.

Respeto por los niños significa respeto por los adultos en los que se convertirán un día;

significa ayudarlos en el conocimiento, habilidades y gracias sociales que ellos necesitarán si quieren ser respetados en un mundo más amplio donde estarán solos y ya no estarán protegidos. Para el profesor respeto por los niños significa darles lo que sea que se tenga por medio del conocimiento; significa enseñarles a distinguir el conocimiento real de la mera opinión e introducirlos en las materias que hacen que la mente se adapte a lo imprevisto. Desestimar el latín y el griego, por ejemplo, porque no son “relevantes” es imaginar que uno aprende otras lenguas con el fin de, como lo pone Matthew Arnold, “pelear batallas vitales con los mayordomos en hoteles extranjeros.”  Es subestimar la literatura y la historia que están abiertas a la mente inquisitiva por estas lenguas que cambiaron el mundo; es subestimar la disciplina impartida por su gramática profunda y resuelta. Las lenguas antiguas nos muestran vívidamente que algunas materias son intrínsecamente interesantes, y no son meramente interesantes por su uso inmediato. Entendiéndolas el niño podría llegar a ver justamente cuan irrelevante a la vida de la mente es el propósito de lo “relevante.”

Además, el propósito del conocimiento irrelevante es, por este mismo motivo, una disciplina mental que puede ser adaptada a lo nuevo y a lo impredecible. Es precisamente lo irrelevante de todo lo que sabían lo que permitió a un grupo de unos mil funcionarios británicos, versados en latín, griego e historia antigua, gobernar el subcontinente Indio entero no perfectamente, pero mucho mejor de lo que ha sido gobernado en la reciente memoria. Es la disciplina de estar prestando atención en profundidad a materias que no eran de uso inmediato para ellos lo que hizo posible a estos funcionarios civiles dirigir situaciones que ellos nunca habían imaginado hasta antes de enfrentarse con ellas: lenguajes, alfabetos, religiones, costumbres y leyes extrañas. No es accidental que fuera un erudito clásico, el juez Sir William Jones fundador de la Asiatic Society of Bengal en 1788, quien hizo el mayor rescate del olvido de la literatura sanscrita y quien introdujo al mundo, incluido el mundo Indio, a los Vedas, y quien inició a sus contemporáneos en la búsqueda de los principios y repertorio de la música clásica India.

Todo esto es de una gran importancia al profesor que desea introducir a los niños a la tradición de la música Occidental, y a cultura auditiva de una sala de conciertos. Mano a mano con la revolución de la relevancia viene la idea de la sala de clases “inclusiva”, la sala de clases en la cual “ningún niño es dejado atrás”, ya sea que se adapte o no a la materia en cuestión. La música ha sufrido enormemente de esto, ya que es una materia que solo puede ser enseñada apropiadamente al que tiene oído musical, el cual, por tanto, comienza con un acto de selección. Además, por otra parte, hasta el dotado para la música está sometido afuera de la escuela a un constante bombardeo de música de frases banales, ensamblada sobre tres acordes estándar y la implacable métrica de cuatro cuartos, que tiene lleno al oído con clichés adictivos. En tales circunstancias, ¿cómo comienza una educación musical?

No hace falta decir que el repertorio clásico es “irrelevante” al entrenado oído pop.

Es la creación de otro mundo anterior, uno en el cual las personas se encontraban con la música solo si ellos, u otros en su vecindario, estaban involucrados en hacerla. Era una actuación artística, la cual unía a las personas de una manera coordinada única y que era inseparable, en su origen, al hábito de improvisar alrededor de una melodía. La música era tocada, pero también era escuchada, danzada, cantada y estudiada en su significado intrínseco. Fue fundamental al curriculum desde que Platón fundó la Academia. Desde el surgimiento de la musicología en la Ilustración a los Conservatorios y Escuelas de Música de hoy, la música ha sido enseñada como una rama del conocimiento acumulado, cuyo significado rara vez puede ser captado por un oído inexperto y ciertamente no por el oído de un niño promedio. La música como una disciplina académica es tan “relevante” como el griego o el sanscrito. Y no importa cuánto enfaticemos los académicos el uso de lo inútil, nosotros seremos despedidos en nombre de la relevancia y se nos dirá que nuestro curriculum no significa nada para el joven músico de hoy.

Para contrarrestar este argumento no es suficiente señalar todos los modos en que un curriculum relevante degrada el aprendizaje haciendo de la ignorancia la medida de lo que debe ser enseñado. Porque lo que nosotros descartamos como ignorancia a menudo es la suavizada y adaptada forma externa del conocimiento acumulado,  así como parecen torpes los simples modales de la gente común en compañía de gente sofisticada, solo porque algunas formas de sofisticación dependen del ocultamiento de esta reserva de conocimiento social. De esta misma manera, la música folklórica y las tradiciones de la improvisación de la que surge son formas de conocimiento colectivo, y lo mismo puede decirse en gran parte para la música pop, incluida alguna parte de la que ha labrado surcos de adicción en el joven oído musical.

La real objeción a la relevancia es que constituye un obstáculo para el autodescubrimiento.

Unos sesenta años atrás fui iniciado en la música clásica por profesores que no perdían el tiempo criticando mi gusto adolescente y no hicieron concesiones a mi edad o temperamento. Ellos solo sabían que habían recibido un legado y con este, el deber de transmitirlo. Si ellos no lo hacían, el legado moriría. Descubrieron en mí que podía hacer de este legado algo propio. Esto fue suficiente para ellos. No se preguntaron si el repertorio clásico era relevante a los intereses que en ese entonces solía tener, no más de lo que un matemático pregunta si los teoremas que enseña ayudarán a sus estudiantes con sus problemas de contabilidad.

La hipótesis era: ya que el conocimiento musical que deseaban impartir era incuestionablemente valioso, este al recibirlo solo podía beneficiarme. Sin embargo, yo podía no entender el beneficio antes de recibirlo. Consultar mis deseos en esta materia habría sido precisamente ignorar el hecho crucial, que era que, hasta que me iniciara en la música clásica yo no sabría si iba a ser parte de mi vida.

Una vez que hemos observamos la lógica de la posición de mis profesores, entonces debemos reconocer que si sabemos lo que es la música, tenemos el deber de ayudar a los jóvenes a entenderla, independiente de su “relevancia”. Debemos hacerlo como siempre se ha hecho, animando a nuestros estudiantes a hacer música juntos. En un pasado no distante, cada escuela tenía un coro a cuyos miembros se les enseñaba a cantar en partes y a leer música para hacerlo. Al mismo tiempo esta práctica abría los oídos de los coristas a la experiencia de la armonía dirigida por la voz. Era desde ahí un pequeño paso para las lecciones de armonía y contrapunto, y luego a clases de apreciación musical.

Si la musicología como disciplina universitaria tiene sentido, seguramente radica aquí. El inmenso conocimiento contenido en el repertorio clásico no puede ser impartido en un día, e incluso cuando el oído joven ha comenzado a apreciarlo y los jóvenes dedos a interpretar las piezas maestras del repertorio. Entender a cabalidad todo lo que contienen a través del conocimiento emocional y dramático es un estudio de muchos años. Este conocimiento justifica plenamente dedicar a un cuerpo docente de la universidad a recopilar, aumentar y transmitir. Sin embargo, digamos lo que digamos al respeto, este conocimiento ni ahora ni nunca fue o será relevante.

Sir Roger Scruton para The Imaginative Conservative

Puedes leer este artículo sobre la virtud de la irrelevancia en su sitio original en inglés aquí: https://theimaginativeconservative.org/2020/10/virtue-of-irrelevance-timeless-roger-scruton.html

Republicado con el gentil permiso de The Future Symphony Institute (febrero 2017). Este artículo apareció originalmente en febrero de 2017.

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