La Iglesia del futuro. Los cadáveres dejados por Bergoglio, el cisma ya en acto, la pequeña grey subterránea. Escenarios para el post-Francisco

Queridos amigos de Duc in altum, después de casi ocho años de pontificado de Francisco, ha llegado el momento de echar una mirada al futuro de la Iglesia católica y al próximo cónclave. Los análisis sobre Bergoglio, incluidos los de este blog, son ya numerosos y proporcionan abundante materia de estudio. Menos frecuentes son aquéllos que persiguen aventurar futuros escenarios. ¿Cómo será la Iglesia del post-Bergoglio? Para acometer esta cuestión, me he dirigido a un profundo conocedor del actual pontífice. El autor (que prefiere no desvelar su nombre, pero sí indica el sitio web de procedencia) es argentino, pues pienso que para entrever algo sobre el futuro es necesario volver a las raíces de las que procede el actual pontificado. Por tanto, he aquí (gracias a la traducción de Valentina Lazzari) su análisis, rico en puntos de reflexión. Que disfrutéis de la lectura.

La Iglesia del futuro. Los cadáveres dejados por Bergoglio, el cisma ya en acto, la pequeña grey subterránea. Escenarios para el post-Francisco. Un artículo del blog de Aldo María Valli

A.M.V. 

Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2020/11/05/la-chiesa-del-futuro-le-macerie-lasciate-da-bergoglio-lo-scisma-gia-in-atto-il-piccolo-gregge-sotterraneo-scenari-per-il-dopo-francesco/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión


La Iglesia subterránea

Exactamente hace dos años nos encontramos con un grupo de buenos amigos y nos preguntamos cómo veíamos el futuro de la Iglesia. Mi opinión en aquel momento era que el estado de descomposición de la fe promovido por el Papa Francisco, y secundado por la inmensa mayoría de los obispos, causaría la exoneración de muchos sacerdotes respecto a su trabajo parroquial y pastoral, así como la suspensión de sus prerrogativas, toda vez que se opondrían a la presuntamente nueva doctrina católica. Esto podría favorecer la aparición de una suerte de “parroquias” o “comunidades” organizadas por laicos católicos en torno a estos sacerdotes fieles, separadas del obispo, las cuales habrían mantenido la fe. La Iglesia oficial se mantendría propietaria de los inmuebles, la pompa y la circunstancia, mientras una iglesia de las catacumbas, semi escondida y clandestina, sostendría la fe de los apóstoles.

Alguno del grupo ha objetado con acierto que la Iglesia estuvo siempre constituida en torno a una jerarquía, por lo que no sería correcto basar la Iglesia católica exclusivamente sobre sacerdotes y fieles. Me pareció que tenía razón.

Sin embargo, transcurridos solo dos años desde aquella conversación, creo por el contrario que yo estaba en lo cierto. Y lo creo por las circunstancias en las que vivimos; quien ha acertado a expresar la misma idea mucho mejor que yo es el arzobispo Viganò en su video de hace algunos días. Una jerarquía traicionera y cismática se superpone a una Iglesia subterránea, que constituye ese residuo de fieles o pusillus grex.

En esa Iglesia pequeña y casi invisible, dolorida y hasta perseguida, que yo imaginaba, es donde se conserva la verdadera fe y constituye la Esposa Inmaculada del Cordero. La otra, la iglesia de los obispos, de los templos y del Tutti frutti (nota de la traductora: apelativo irónico para referirse a la encíclica Fratelli tutti, suerte de macedonia, en la que hay un poco de todo) es la que Meinvielle llamaba la iglesia de la publicidad y que, según Viganò, se ha superpuesto a la iglesia verdadera. Al menos, pienso que ése es el sentido hacia el que nos encaminamos en la Argentina.

Es posible que en otros países la situación sea distinta. Los Estados Unidos, por ejemplo, tienen un laicado tradicionalista y conservador mucho más fuerte, más organizado y potente que el de los países hispánicos. También en Europa el movimiento tradicionalista es relativamente fuerte y numeroso. Los que lo pasan peor son los hispánicos y, entre ellos, los argentinos.

La Iglesia de nuestro país esta perdida, al menos por las próximas décadas. Bergoglio se ha dedicado a su destrucción, a través de un plan sistemático. Y lo ha logrado. Durante su pontificado, ha colonizado el episcopado argentino con nuevos obispos, en número insólito e injustificado – nombrando, por ejemplo, obispos auxiliares en diócesis pequeñas – y todos con las mismas características: sin formación (en general sólo la formación de base del seminario o, en el peor de los casos, con una licenciatura en “teología pastoral” obtenida en la UCA (nota de la traductora: Universidad Católica Argentina)), poblada de progresistas de escasa calidad, marcadamente pastoralistas, obsequiosos y subordinados a Bergoglio, absolutamente ignorantes de la tradición litúrgica y teológica de la Iglesia y, en general, vulgares y groseros. El paradigma es Monseñor Chino Mañarro, del cual ya hemos hablado. Al mismo tiempo, se dedicó a neutralizar de la peor manera posible y sin ahorrar humillaciones a los obispos que tenía en el punto de mira por un motivo u otro, en general conservadores: Zecca, Sarlinga y Martínez. Esperaba con ansia la jubilación de otros como Aguer o Marino, y aprovechaba el espíritu vil y arribista de los demás, como es el caso del obispo Taussig, que será uno de los pocos obispos argentinos que gozarán de la damnatio memoriae de toda su diócesis.

Precisamente, lo que ha sucedido en los últimos meses con el nombramiento del Obispo Barba en San Luis y la previsible liquidación del pequeño seminario conservador de dicha diócesis, junto con el exterminio del seminario de San Rafael por parte de mons. Taussig, por orden del Vaticano, indica claramente que Bergoglio quiere emplear la táctica de tierra quemada en su país. La situación de la Iglesia argentina es irrecuperable, y lo será durante las próximas tres décadas, con independencia de la bondad del Papa sucesor de Francisco.

Sin embargo, en Argentina hay muy buenos sacerdotes, píos y católicos, con verdadero celo por la salvación de las almas. Ya están siendo perseguidos por sus obispos; conozco a varios, aunque no frecuente ambientes clericales, y su número aumentará con el paso del tiempo.

Las medidas draconianas impuestas por el gobierno argentino a causa de la famosa pandemia, y aceptadas dócilmente por los obispos, han sacado a la luz a muchos de esos buenos sacerdotes que se resisten, por ejemplo, a dar la comunión en la mano o a suspender la celebración de la Misa con sus fieles. Y como el Señor nos dice en el Evangelio, “la grey conoce la voz de su pastor”, y dicha grey ofrece refugio a sus pastores, golpeados por los báculos episcopales.

Los datos de la mayor parte de las diócesis argentinas son escalofriantes: incluso aunque los servicios religiosos hayan sido ya autorizados con capacidad limitada, lo cierto es que nadie va a misa. La cuota de treinta personas rara vez se alcanza y los sacerdotes ya no saben qué inventarse para transmitir a sus fieles el número de su cuenta bancaria, implorando una limosna. Y el motivo por el que la gente ha dejado de ir a misa no es el miedo a la epidemia. Lo que ocurre es que se han tomado en serio lo que los obispos les han dicho insistentemente: no hay obligación de respetar el precepto, celebrad la Semana Santa en casa, tomad la comunión espiritualmente pues es lo mismo que la comunión sacramental y, si queréis recibir la comunión, tiene que ser en la mano. La gente se ha habituado a “ir a misa” por televisión, a la hora que más les conviene, cómodamente sentados en el sofá.

Y aquéllos que no se contentan con el abandono en el que han sido sumidos, buscan sacerdotes que celebren en secreto en casas privadas, den la comunión en la boca o continúen administrando los sacramentos. Otros, por su parte, llenan las capillas de la FSSPX (nota de la traductora: Fraternidad sacerdotal de san Pío X).

Creo que esto es sólo el inicio de un movimiento que experimentará una aceleración en los próximos meses: crecimiento de comunidades tradicionalistas, mayor presión y persecución por parte de los obispos a los sacerdotes considerados críticos con la nueva iglesia francisquista y, en consecuencia, emergencia de comunidades de fieles en torno a estos sacerdotes perseguidos que, fuera de la jurisdicción episcopal, se preocupan de administrar los sacramentos y de mantener viva la llama de la fe.

Haciendo un ejercicio de imaginación, se podría pensar que el apoyo episcopal que le falta a esta Iglesia subterránea pueda serle otorgado por parte de un muy restringido grupo de obispos que se atrevan a dar tal paso. El obispo Viganò ya lo ha hecho y posiblemente el obispo Schneider lo podría hacer dentro de poco. Quién sabe: ¿quizás muchos otros obispos humillados y depuestos por Bergoglio podrían unirse?

Es justo decirlo: estoy describiendo un recorrido paralelo al de monseñor Marcel Lefebvre en los primeros años setenta. Y es necesario reconocer, como hace monseñor Viganò, que tenía razón. Lefebvre vio, con décadas de anticipación, lo que sucedería y tuvo el coraje de decirlo y de actuar en consecuencia. Él, los sacerdotes y los fieles que le siguieron, fueron expuestos sistemáticamente a escarnio público una y otra vez, de todas las formas posibles, y fueron objeto incluso de excomunión. Ahora podemos ver que tenían razón.

Cisma difuso y polimórfico

Mucho se ha dicho a lo largo de estos años sobre la posibilidad de un cisma, considerando la firme vocación del papa Francisco por dividir a la Iglesia. Y se le ha definido como un cisma de “baja intensidad”, lo que me parece correcto. No creo que, si se vuelve a producir un cisma, veamos otra vez las tesis de los cismáticos clavadas en la puerta de una catedral cualquiera, ni a príncipes cristianos que se rebelan contra sus vecinos por adherirse a la herejía. Eso es propio de tiempos pasados, cuando se vivía seriamente la fe, por parte de unos y otros.

Una primera distinción que conviene hacer es entre cisma y herejía. Se puede ser cismático sin ser herético, como es el caso de los Orientales; su separación fue exclusivamente de comunión con la sede romana. Y subrayo otra distinción, cual es la de que la comunión con el Sucesor de Pedro tiene una dimensión “legal” y otra dimensión más profunda y “ontológica”, que es la comunión con el Depósito de la fe apostólica que el sucesor de Pedro puede ocasionalmente falsificar; y esta última es la comunión verdaderamente importante, cuya ruptura significaría un verdadero cisma en sentido estricto. Así, por ejemplo, la consagración de los cuatro obispos por parte del obispo Lefebvre significó un cisma “legal” (se realizó sin mandato pontificio) pero no hubo cisma en cuanto que el espíritu tanto del consagrante como de los consagrados era ser fieles a la fe católica y mantenerse en comunión con ella. Quien domine la teología y el derecho podrá corregirme.

En la situación actual veo difícil, además de inútil, la proclamación de cismas legales, a menos que la situación se haga extrema. Veo más bien la existencia, desde hace mucho tiempo, de un cisma difuso y polimórfico. Es difuso porque está esparcido por todo el cuerpo de la iglesia y porque sus contornos son difíciles o imposibles de determinar. Y es polimórfico porque asume formas y modalidades diversas, acompañadas en algunos casos de herejía.

Una buena parte de las iglesias nórdicas – Alemania, Austria, Holanda y Bélgica – son, de hecho, cismáticas y heréticas, aunque no exista ninguna declaración en ese sentido. Lo son en la práctica. El hecho de que muchos párrocos “bendigan” las uniones homosexuales que imitan el matrimonio, que lo hagan públicamente, y que sus obispos lo permitan, implica un comportamiento cismático, puesto que existe una separación, no legal sino ontológica, respecto de la fe católica.

Y, por otra parte, existe una especie de cisma jurídico, aunque no ontológico. Me refiero a los católicos que permanecen en comunión con Roma pero que no están en comunión con su actual obispo, ya que el mismo se aleja de la fe apostólica. Sabemos que la Iglesia no es propiedad del Papa ni de los obispos, y por eso permanecemos en comunión con la Iglesia de los Padres y de los santos. En este sentido, está plenamente justificada la acción seguida por los fieles de San Rafael, que han protestado públicamente y en masa contra las decisiones de monseñor Taussig. La Iglesia no es suya ni tampoco es del papa Francisco. Como explicó bien el cardenal Newman, los fieles poseen un sensus fidei, que en diversas circunstancias de la historia ha salvado a la Iglesia, porque sus pastores la habían extraviado.

Y en medio se halla la gran masa de pastores y borregos que piensan que no es necesario hacerse muchas preguntas ni formularlas, que se afanan por conservar sus posiciones, que repiten que hay que tragarse Tutti frutti y regocijarse con los Amores de Letizia (nota de la traductora: en el español original, referencia irónica a Amoris laetitia). Son ellos los que no aportan pruebas y obran de mala fe. Parece, por tanto, ocioso preguntarse sobre la posibilidad de un cisma: el cisma ya está en acto, borroso, a lo largo de toda la Iglesia, escurridizo y confuso, como serán confusos los últimos tiempos.

El próximo cónclave

Son pocos los que tienen la valentía de negar que Bergoglio dejará la Iglesia, al final de su pontificado, en un estado de postración posiblemente único en toda su historia. Literalmente, y aprovechando el impulso recibido del Vaticano II, se ha cargado dos mil años de teología y de espiritualidad cristiana. Y, o no se da cuenta o, acaso, no le importa hacerlo.

¿Cómo será, por tanto, la Iglesia post-Francisco? Es una consideración en la que hay que detenerse para reflexionar, sabiendo que estamos entrando en el área de la especulación y que podemos equivocarnos fácilmente.

Para empezar, hay que tener en cuenta una premisa. El Espíritu Santo opera en la Iglesia y, por tanto, nuestras acciones y previsiones tienen siempre un valor muy relativo. Por ejemplo, el Papa ha sido elegido por cardenales asistidos por el Espíritu Santo; sin embargo, son libres a la hora de aceptar o rechazar dicha asistencia. Todo análisis que busque ofrecer una perspectiva del futuro, por consiguiente, debe siempre afrontar las incertidumbres derivadas de la acción del Paráclito y de la libertad de los hombres.

La muerte de Francisco se acerca inexorablemente, come ocurre con todos nosotros. Y se acerca la llegada de su sucesor después de un cónclave temido por todos.

Nadie sabe lo que saldrá de dicha congregación escarlata y no podemos hacer más que conjeturas. Pero podemos analizar algunos datos que poseemos, incluidos los nuevos cardenales anunciados el último domingo de octubre de 2020. Son 128 los cardinales electores, 8 más de los previstos por el derecho canónico. De éstos, 16 fueron nombrados por Juan Pablo II, 39 por Benedicto XVI y 73 por Francisco. Estos datos dicen algo, pero no todo. Podemos tener la tentación de dar por hecho que los cardenales que deben la púrpura a Bergoglio votarán en masa por el candidato que sea ungido, con toda la sutileza necesaria, por el Papa reinante, antes de morir. Pero no será necesariamente así y la prueba de ello es lo que sucedió en el cónclave precedente: no todos los cardenales ratzingerianos votaron a Scola, el candidato de Ratzinger. Y esto indica la incertidumbre que entraña el resultado, puesto que por mor del secreto del cónclave no sabemos cómo se mueven las fuerzas.

Sin embargo, podemos encontrar algunos indicios, observando reuniones del tipo de los Concilios. Y lo que vemos es que la masa de obispos se mueve al ritmo establecido por un puñado de líderes. Esto es, las reuniones episcopales se caracterizan por estar compuestas por un número muy reducido de peces gordos y un rebaño de borregos. Se puede observar lo que sucedió durante el Concilio Vaticano I, muy bien explicado por O’Malley, o lo que sucedió en el Vaticano II, contado todavía mejor por de Mattei: los obispos comprendían pocas de las cuestiones que se barajaban, aplaudían a la mayoría y votaban por aquello que recibía más aplausos. Y podemos convenir que éste es habitualmente el comportamiento de todos los órganos colegiados, desde los consejos académicos de las universidades a las cámaras de diputados de las naciones, pasando por las reuniones de copropietarios de cualquier casa de pisos.

No he hecho, ni lo creo necesario, un análisis detallado de los cardenales nombrados por Bergoglio, pero aventuro algunas hipótesis. Como viejo zorro político y experto en la mecánica de los órganos colegiales, es previsible que se haya cuidado de llenar de borregos el sagrado colegio, añadiendo de cuando en cuando un jefe que, llegado el momento, pueda ser él mismo elegido o, si acaso, ser un king maker. Y pienso que esta maniobra es plausible por dos hechos fácilmente verificables.

El primero, y mejor conocido universalmente, es que Francisco se ha distinguido por haber instituido un colegio cardenalicio con dos características principales: su mediocridad y su color. Los cardenales nombrados por Bergoglio son apéndices de si mismo. Con la fácil y discutible excusa de que toda la Iglesia debería estar representada a través del color púrpura, Bergoglio se ha afanado en hacer cardenal al obispo de Tonga, una isla remota y perdida en el Pacífico, o, últimamente, al vicario apostólico de Brunei. No conozco a estos prelados y nada puedo decir sobre ellos, pero el sentido común indica que son personas cuya vida ha transcurrido en ocupaciones y preocupaciones relativas a una grey pequeña y cándida, sin apenas capacidad de hacer frente a los peligrosos lobos vaticanos, en medio de los cuales serán lanzados. Conjeturo que con este tipo de cardenales, que son la mayoría, sucederá lo que sucedió en los Concilios: resultaran fácilmente intimidados, o comprados, por los king maker y votarán por quien se les indique.

Bergoglio, por el contrario, se ha aprestado a no nombrar cardenales a los titulares de las sedes tradicionalmente revestidas de púrpura. Uno de los casos más llamativos es el de París. Su arzobispo, mons. Michel Aupetit, cuyo nombramiento fue aplaudido incluso por la FSSPX, no es cardenal todavía, aun cuanto desde su elección ya han transcurrido dos consistorios. Y Aupetit, obviamente, no se dejaría calentar la cabeza por ningún bergogliano en los pasillos del cónclave.

¿Qué se puede esperar? Las posibilidades de que un cardenal cercano a la tradición sea elegido son nulas. Nadie elegiría, por ejemplo, al cardenal Burke o al cardenal Sarah.  ¿Debemos prepararnos para lo peor? Parece que será el caso. Sin embargo, hay dos factores que deben ser tenidos en cuenta. Primero, aunque Francisco elija cardenales que le sean vergonzosamente fieles, lo cierto es que la fidelidad acaba cuando desaparece el objeto de la misma. Como se ha dicho, Bergoglio no participará en el próximo conclave. La muerte disolverá la lealtad mafiosa respecto al porteño (nota de la traductora: en el español original, nativo de Buenos Aires).

Y en este punto, nada está decidido. El segundo es que las instituciones, como los seres vivos, tienen una indestructible tendencia a la supervivencia, y todo el mundo sabe que la Iglesia, desde un punto de vista puramente humano, no aguantaría otro pontificado como el de Francisco. Mas bien, al contrario. No sería extraño que la elección se adaptase al movimiento del péndulo y, para compensar la devastación de los últimos años, se eligiese, por una pura cuestión instintiva, a un moderado o conservador, bien versado en teología y con algún residuo de fe católica.

La emoción no faltará.

Publicado por Wanderer

caminante-wanderer.blogspot.com


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Aldo Maria Valli

Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/