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Juicio final

¿Estamos preparados para lo que inevitablemente acaecerá? El juicio final llegará para todos

MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO. Rev. D. Vicente Ramón Escandell

JUICIO FINAL

1. RELATO EVANGELICO (Mt 25, 31-46)

“Y cuando viniere el Hijo del hombre en su majestad, y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su majestad: Y serán ayuntadas ante él todas las gentes y apartará los unos de los otros, como el pastor aparta las ovejas de los cabritos: Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a la izquierda. Entonces dirá el Rey a los que estarán a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo: Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era huésped, y me hospedasteis; desnudo, y me cubristeis; era enfermo, y me visitasteis; estaba en la cárcel, y me vinisteis a ver. Entonces le responderán los justos, y dirán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos huésped y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te fuimos a ver? Y respondiendo el Rey les dirá: En verdad os digo, que cuando lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los que estarán a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, que está aparejado para el diablo y para sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber. Era huésped y no me hospedasteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces ellos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o huésped, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: En verdad os digo, que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos pequeñitos, ni a mí lo hicisteis. E irán éstos al suplicio eterno y los justos a la vida eterna”.

2. COMENTARIO AL EVANGELIO

Y serán ayuntadas ante él todas las gentes y apartará los unos de los otros, como el pastor aparta las ovejas de los cabritos: Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a la izquierda.

Los buenos representados por las ovejas, dóciles a la ley y fecundos en buenas obras, de los malos, representados por los cabritos, infecundos, lascivos y montaraces. Sera el día de la gran clasificación de la humanidad, en solo dos bandos, los del bien y los del mal, los bienaventurados y los precitos. Grano y paja; cizaña y trigo: y nada más.

Se habrá acabado la historia, y las luchas y los afanes de la vida. Se terminó lo pasajero para dar lugar a lo eterno. No habrá ya bien ni mal en el sentido moral; porque no habrá ya juego de la libertad que quedará fija para siempre, en la posesión del Supremo Bien o en la desesperación del sumo mal.

Digamos a Jesús, con la Iglesia, en la Secuencia de Difuntos: Sepárame de los machos cabríos; sitúame a tu diestra.1

3. REFLEXION

Nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir al final del mundo, ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno según sus obras, tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitaran con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir según sus obras, ora fueren buenas, ora fueren malas; aquellos, con el diablo castigo eterno; y estos, con Cristo, gloria sempiterna2.

Estas palabras del IV Concilio de Letrán (1215), que recogen la última de las grandes verdades sobre la postrimería del ser humano, son un eco del Evangelio de esta Solemnidad, que nos recuerda la realeza de Cristo.

El camino hacia el Juicio Final lo realiza el hombre en el mismo momento de su nacimiento, y que tiene, en el misterio de la muerte, su primera parada obligatoria. En el mismo instante en que el alma humana se separa de su cuerpo, comparece ante el tribunal de Dios, delante del cual deberá dar cuenta de todo cuanto hizo mientras vivió unida a su cuerpo.

En esa comparecencia, llamada Juicio particular, el alma recibirá la retribución divina por sus acciones: si hizo el bien y murió en gracia de Dios, ira a gozar de la eterna bienaventuranza; si, aun estando en este estado de unión con Dios, todavía tuviera algo que purificar, será destinada, de forma temporal, al Purgatorio; pero si el alma se halla sumida en el pecado mortal y en franca y voluntaria enemistad con Dios, será destinada al Infierno, donde será el llanto y el rechinar de dientes3.

En esta situación se encontrará el alma del bienaventurado, de la del Purgatorio y la del condenado hasta que, según la divina disposición, se produzca el fin del mundo, con el que se abrirá el último capítulo de la Historia de la Salvación. Y como antesala del Juicio Final, se producirá en aquel terrible y maravilloso instante, la resurrección de la carne, el momento anunciado con tan vivas palabras por el profeta Ezequiel: Yo abriré vuestros sepulcros y os sacare de ellos (…) Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis4. En aquel instante, ante el asombro de quienes lo contemplen, los cuerpos de los que murieron surgirán del lugar de su reposo, y se unirán de nuevo a sus almas para recibir a su Señor y Juez Jesucristo en el Tribunal del Altísimo.

En él, presidido por Cristo glorioso, ante la presencia de los ángeles y los apóstoles, serán juzgados todos los hombres, sin distinción alguna. Y no sólo lo serán aquellos que hayan resucitado, sino también aquellos que, como dice el Apóstol, estarán vivos en aquel instante supremo y que verán a Cristo en todo su esplendor y gloria.

En aquel instante todos veremos con prístina claridad en nuestras conciencias todas nuestras obras, tanto las buenas como las malas. Y más aún: también veremos las de todos aquellos que nos rodeen en aquel instante. Ello pondrá fin a toda la hipocresía y doblez de este mundo, porque nos veremos y veremos a los hombres tal y como son en realidad y no como nosotros y el mundo nos ven.

Y entonces, el divino Juez dictara la sentencia definitiva y completa a todos y cada uno de los hombres: los bienaventurados, en cuerpo y alma, gozarán eternamente de la visión beatifica; y los condenados, en cuerpo y alma, sufrirán por toda la eternidad por sus pecados.

4. TESTIMONIO DE LOS SANTOS PADRES

SAN AGUSTIN DE HIPONA (354-430)

<< Pues lo que dijo el Señor a su siervo Moisés: “Yo soy el que soy” (Ex 3,14), lo veremos cuando vivamos para siempre: y así lo dice el Señor: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti Dios verdadero” (Jn 17,3). Porque esta visión nos promete el fin de todas las acciones, y la perfección eterna de todos los goces, de la cual dice San Juan: “Le veremos, así como Él es” (Jn 3,2). >>

De Trinitate, 1,8

5. CONCLUSION

Queridos hermanos: que, al meditar hoy este misterio, tan unido a la realeza de Cristo, pidamos a tan divino soberano y juez, poder estar entre los elegidos, entre aquellos que gozaran por toda la eternidad de su divina compañía. Al cual sea dada la gloria, el honor y el poder, por los siglos de los siglos. Amen.

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

1 ISIDRO GOMÁ, Cardenal: El Evangelio explicado, vol. II

2 DzH 801

3 Mt 25, 30

4 Ez 37, 13-14

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