El ser organista, camino de rosas…marchitas

En su segundo artículo en nuestra página, Paula, nos cuenta como fue ese camino de ser organista litúrgico, ¿rosas, espinas? Un poco de todo pero ella sigue firme a su vocación

El ser organista, camino de rosas… marchitas. Un artículo de Paula Garita

Atención: este artículo puede herir sensibilidades. No hago mención de nadie más que el señor que me inspiró a tocar y a nuestra querida Sonia, y con otros cambié nombres, sin embargo puede que alguien se identifique. “Al que le cae el guante, que se lo plante”.

Mi camino como organista no ha sido fácil, y creo que varios estamos así. De un tiempo para acá, me han reaparecido de la nada organistas en mis redes, contándome sus historias como simpatizando conmigo y apoyando en cierto sentido la causa, haciéndome ver que a ellos también les costó.

¿Pero a ellos los han tratado hasta con palabras que aquí no vale la pena repetir? Lo dudo. A algunos les molestó que yo diga que soy la única mujer joven que toca en Costa Rica. Lo digo porque no conozco otra loca. Si me la presentan, tal vez cambio éste pensamiento. No sé qué pretenden, inclusive uno que me tuvo bloqueada de redes casi un lustro, viene ahora con no-sé-qué razón. Así que he decidido preparar este artículo, antes ya lo hice y lo vuelvo a hacer, advierto que es un poco más espinoso que el anterior. Aquí decimos que “al que le caiga el guante, que se lo plante”. Vale la pena decir, que a muchos les cayó el guante con el anterior artículo, y otros no tenían vela en el entierro, y aún así se molestaron. Pues sigamos Marchando

Quizás les haya hecho gracia el título. No los culpo. Todo organista vive su camino de rosas, pero hay algunos que utilizan las espinas de esas rosas para clavarlas a los otros que van atrás, o a alguno que quiere aprender, o a otros que están arriba, para hacerlos caer y hacerse ellos con el puesto del antecesor. En lo personal, mencionaré nada más tres espinas (organistas) en particular, que me han demostrado sin error alguno, que si tu profesor no tiene buena plaza no ingresarás a tocar nunca, o si simplemente soñarás con un futuro tocando, ellos se encargarán de destruirlo. O simplemente si no eres como ellos esperan que seas.

No sé decir con claridad, cuando fue la primer vez que me enamoré del órgano tubular. Tendría yo unos seis años, cuando fui consciente del órgano como tal, que antes yo creía era un decorado de la iglesia, del organista, que era una voz sin alma ni cuerpo, alguien invisible que cantaba y animaba al pueblo. Pero siempre me preguntaba de donde salía la música. Y fue por las manos benditas de don Víctor Arce, organista de aquél tiempo, el que hizo dar mi sí a tan hermoso instrumento.

Tuvieron que pasar diez años (dulces dieciséis) para que -¡al fin!- lograra yo expresar mi gusto por tan fantástico instrumento. Y también, dicho sea, de paso, de externar mi deseo de aprender a tocar. Y aquí siento yo mi primera espina de la organería.

Por aquél tiempo conocí yo a un jovencito con el mismo deseo, y pues fuimos amigos inseparables durante el proceso. Él se consiguió un profesor, también joven (no tenía ni veinticinco años, y me pareció muy estimulante el hecho que fuera joven como nosotros, ingenua yo) uno de los contados organistas de mi Diócesis, y él aceptó gustoso darnos clases a ambos. Sin embargo, yo estaba en la preparatoria, había exámenes, trabajos y proyectos, y era difícil encontrar un espacio donde recibir las clases. Pospuse por casi un año, hasta que me pude organizar. Pero Dios sabía lo que venía, y en cierto sentido quiso que creciera en algunos aspectos, lo cual le agradezco mucho.

El dichoso profesor me ignoró en cuanto volví a buscarlo. Y yo, insistente desde siempre, lo traté de contactar por tierra y aire, hasta que se me ocurrió mandar a un monaguillo con mi mensaje. ¡Ah, no vale la pena traducir aquí su respuesta! Sólo queda decir, que quedé a sus ojos como una niñita intensa, caprichosa, que quería las cosas a su modo. ¡Y de qué modo, hablando de modos, me puso él a padecer!

Sin embargo, la sombra de este muchacho y su mensaje, fue para mí, en aquél entonces, una señal clara a no seguir insistiendo en los órganos.

Desde amenazarme con Dios libre subir al coro, de susurrarme que mi amigo valía la pena, yo no. Cosas así. Y comencé a caer en la costumbre (aún arraigada) de admirarlos desde abajo. Desde las naves, como todos los mortales, porque en las tribunas no hay sitio para niñitas. Durante más de cinco años, su sombra y sus tratos para conmigo hicieron mucha mella en mi alma. Cada encuentro era una mirada llena de desprecio. Un punto negro en cada celebración, cuando iba yo a la parroquia donde tocaba el espino. (¡Ay de vos, Paula, si te vuelvo a ver viendo para arriba!. Aunque sea soñando con él, te irá feo.) Verlo me daba una sensación entre ganas de subir al coro y disculparme (no sé bien por qué, pero sentía que yo hice algo mal) y una incomodidad que no disminuía hasta que salía de la iglesia y me aseguraba que no me seguía, mezcladas con la sensación infantil de maravillarme ante su forma de tocar, tan ornamentada y hermosa. Este joven, hoy ya no tan joven, fue y es hasta el momento la única espina que aún no he podido sacar del todo.

La segunda espina, es el amigo que tuve mientras buscábamos profesor. Cuando ya yo al fin había conseguido profesor, hicimos una promesa tonta, como de película adolescente, que si uno de nosotros era invitado a conocer algún órgano tubular de Costa Rica, íbamos a llevar al otro. Así, conocimos tres órganos: el de la Basílica de los Ángeles, el de la Catedral Metropolitana y el de la Catedral de Cartago. Pero él conoció otra gente, otros amigos, un proceso natural en todos nosotros, que no me hubiera dolido tanto si no hubiera compartido tanto con él, que en su momento se atrevió a defenderme cuando su propio profesor hablaba mal de mí. Ahora, somos dos perfectos desconocidos. Y a mi siguiente órgano, el de la parroquia del Carmen, mientras yo lo desempolvaba emocionada para saber cómo se oía (tenía meses de no usarse) y su estado, él tocaba con sus amiguitos otro órgano no muy lejos. Repito: no debía dolerme, pero así fue. PD: Aún rezo por vos, muchacho. Y si fui yo la que metió la pata, me disculpo.

La tercer espina, fue la más dolorosa, pero que ya va cicatrizando y me resigno.

Fue en la Arquidiócesis. Íbamos dos amigos y yo. El encargado del órgano nos recibió amable. Nos dejó tocarlo antes y durante misa. Pero a mí los nervios me traicionaron. El encargado asumió que yo tenía la misma experiencia de mi amigo en actos litúrgicos, y no era cierto. Esa fue mi primera experiencia en una misa, y los nervios no me hicieron la mejor interpretación. A mis amigos les halagó su técnica, voz e incluso él les ayudó cantando. A mí, no me ayudó en nada. Veía dichosa cómo se hundía mi Titanic, y el iceberg era el órgano de la Catedral. No me agradeció ni me dijo absolutamente nada. Y después, de una manera que él creyó muy discreta, atacó contra las mujeres que tocamos, diciendo que las mujeres latinoamericanas no teníamos el cerebro ni la capacidad intelectual para tocar un órgano tubular. Que eso era mucho para nosotras, que nosotras debíamos estar máximo de cantoras. Nada más. Que las europeas y estadounidenses sí podían, nosotras no. Dios libre, así como se nos quema el agua, se nos quema el órgano bajo nuestra tutela…

A pesar de estas espinas, que aún cicatrizan, sigo optimista, aunque a veces acepto que me dan ganas de hacer una fogata en el patio con mis cantorales, y echar el órgano de paso. Ahorita, me he dedicado especialmente a actos de piedad popular, actos no litúrgicos, pero aún en ellos uso cantos para la liturgia: adoraciones eucarísticas, trisagios, novenas a difuntos y devocionales, rosarios, etc. Todo, mientras espero a algún día llegar a tocar de manera regular algunas misas, de la mano a la optometría, pasión que cultivo y riego con la esperanza de trabajar en ambas dignamente.

Dixit.

Paula Garita

Pues ya ven, el ser organista no es fácil. Nuestro artículo recomendado: Queremos cantar Gregoriano

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