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El hombre casado

Nuestro articulista nos habla desde su propia experiencia y nos trae un tema muy interesante, el hombre casado, ¿Quieren saber lo que sucede después de la boda?

El hombre casado. Un artículo del Dr. Mario Guzmán Sescosse

He estado casado por más de 15 años. Aún recuerdo mi celebración matrimonial, no exagero al decir que fue un momento épico, duró 3 días. Contrajimos nupcias en Zacatecas, una hermosa ciudad colonial en el centro de México. El primer día fue la ceremonia civil. Todo comenzó con una callejoneada en la que un burro lleva consigo dos barriles de tequila en el lomo a los que los asistentes tienen acceso para beber a libre demanda mientras que una banda garantiza un entretenimiento constante tocando música en un trayecto entre callejones, edificios históricos y transeúntes que miran a los participantes de la callejoneada bailar, reír, cantar y hasta pasarse de copas. La travesía empezó en una antigua vecindad restaurada y convertida en hotel por mi abuelo materno, se llama Mesón de Jobito y terminó en los jardines del majestuoso museo Rafael Coronel que también fue restaurado por él y que lo rescató del terrible daño que padeció durante la Revolución Mexicana.

No exagero al decir que la mayoría de los invitados arribó al museo con 2 o 3 copas de más, la atmosfera de la ciudad, la música de la banda, la actitud de fiesta de los invitados y la alegría de mi ahora esposa y mía invitó a todos a olvidarse un poco del decoro, a relajar los límites que contienen la conducta y sacar provecho del burro y sus dos barriles. Fue una noche espectacular.

Pero aún más entrañable fue la experiencia del día siguiente, pues después de la resaca los comensales, la familia y los novios nos dirigimos al hermoso templo de Santo Domingo, donde mi novia y yo nos casaríamos después de 5 años de noviazgo (2 a la distancia y 3 en la cercanía). Este lugar tiene un enorme significado para mí y mi familia ya que también fue restaurado por mi abuelo, además de que en él se casaron mis abuelos y mis padres. Pero lo más relevante de ese día fue el momento en donde mi novia y yo nos convertimos en esposos, donde nos prometimos fidelidad, amor y respeto, donde contrajimos un vínculo indisoluble, donde dejamos de ser dos y nos convertimos en una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió, ningún hombre ha de separarlo (Mateo 19,6).

La ceremonia religiosa dio paso a una larga, ambientada y hasta un tanto desenfrenada celebración. Empezó con una comida a las 2 p.m. y terminó poco antes del amanecer, los invitados, la familia y nuestros padres no dejaron de bailar, comer y beber. Mi esposa y yo irradiábamos felicidad, y nos llenamos de gozo de ver a nuestros seres querido celebrar y disfrutar a nuestro lado. Hoy sé que ese hermoso inicio fue solo la preparación para una experiencia matrimonial que no me esperaba, era la mano de Dios dándonos tanta bondad y alegría como preparación para lo que vendría después; un camino rocoso, con dificultades y retos, pero también lleno de bendiciones y alegrías.

Nuestros 15 años de matrimonio han estado marcados por eventos dolorosos; la muerte de seres queridos, varias experiencias de violencia e inseguridad que vivimos en nuestro país de origen que poco a poco se vio envuelto en una absurda espiral descendente de criminalidad, además de desacuerdos, malentendidos y conflictos que se han presentado como una amenaza a nuestro amor y sobre todo, la decisión de dejarlo todo y migrar a otro país para darle la oportunidad de vivir al menor de nuestros hijos. Sin embargo, las bendiciones y las alegrías han sobrepasado con creces las dificultades y los desafíos que el matrimonio nos ha traído. Tres maravillosos hijos han iluminado nuestros días. Solidaridad y generosidad fue desbordada por familiares, amigos e incluso desconocidos en los momentos de dificultad. Hemos salido victoriosos de cada una de las luchas que se nos han presentado, tanto de las internas como las externas, se nos han dado oportunidades laborales que nunca imaginamos. En realidad, Dios nos ha recompensado y después de dejarlo todo nos dio cien veces más (Marcos 10, 30).

Después de quince años puedo decir que lo más importante no ha sido ni la épica celebración matrimonial que tuvimos, ni los desafíos y las bendiciones que hemos vivido, sino que este ha sido un camino de fe, un camino que nos ha conducido al Padre.

A lo largo de mi vida yo no he tenido una experiencia de fe estable y segura como pareciera que otros han tenido. La mía ha ido desde el deseo de dedicarme a la vida religiosa hasta la ausencia de fe. Desde la búsqueda de Dios hasta la falsa autosuficiencia que se encuentra en la vida académica y científica. Pero Él ha sabido cuándo darme y cuándo quitarme, como un padre amoroso me ha corregido hasta las lagrimas y me ha consentido con más de lo que he necesitado. Y todo ha sido para que mi esposa, mis hijos y yo recordemos que sin Él nada se puede y que con Él todo es posible.

En estos 15 años de matrimonio también he aprendido que hay un elemento fundamental en la vida de todo hombre casado y que sin ello el matrimonio y la familia se ven comprometidos, las tempestades y dificultades de la vida matrimonial se vuelven abrumadoras, las tentaciones de paraísos perdidos crecen y la amenaza de la ruptura y el divorcio se hacen más y más presentes. Me refiero a la responsabilidad central del hombre en su vida y frente a su familia.

Jesús nos explicó esa responsabilidad cuando el fariseo le cuestionó sobre “¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” A lo que él le contestó: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22, 36-39). Para un hombre casado ese prójimo es, principalmente, su esposa e hijos. Sin dicha convicción el matrimonio está en peligro.

Un hombre casado no está llamado a ser exitoso, a lograr fortuna, ni a ser competente en el mundo de los negocios o de su vida profesional. Un hombre casado está llamado a amar a su esposa y a sus hijos, esa es su vocación, esa es su misión en la tierra. Pues al amar a su esposa y a sus hijos ama a Dios. El éxito, los logros profesionales y materiales se vuelven irrelevantes sin la prioridad del amor, incluso pueden convertirse no en un bien para la familia, sino en un mal.

Por eso me permito hacer una invitación a todo hombre casado; pon a Dios, a tu esposa y a tus hijos (en ese orden) como tu prioridad número uno en la vida. Dedica todos los días al menos 30 minutos a la oración y lectura de la Biblia, acércate a los sacramentos y busca crecer el amor entre tú y tu esposa e hijos. Pues es ese amor lo que distingue al hombre del niño. O como bien dijo Chesterton: “El matrimonio es un duelo a muerte que ningún hombre de honor debería rechazar”.

Te invito pues a ser un hombre de honor.

Por Mario Guzmán Sescosse

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