Domingo XXIV Pentecostés (VI de Epifanía)

Evangelio del día. Domingo XXIV Pentecostés (VI de Epifanía).Santa Misa Tradicional

Evangelio de San Mateo, XIII, 31

 Les propuso esta otra parábola:

“El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo. Es el más pequeño de todos los granos, pero cuando ha crecido es más grande que las legumbres, y viene a ser un árbol, de modo que los pájaros del cielo llegan a anidar en sus ramas”.

Otra parábola les dijo:

“El reino de los cielos es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó”.

Todo esto, lo decía Jesús a las multitudes en parábolas, y nada les hablaba sin parábola, para que se cumpliese lo que había sido dicho por medio del profeta: “Abriré mis labios en parábolas; narraré cosas escondidas desde la fundación del mundo

Domingo XXIV Pentecostés (VI de Epifanía). Meditación

La fe y el grano de mostaza.

En una noche muy oscura, estando ya mi casa sosegada; salió mi alma, sin ser notada.” San Juan de la Cruz+

En estas breves palabras podríamos resumir el misterio del grano de mostaza que simboliza la fe. Ella es tan pequeña ante los ojos del mundo y del mundano, que se la mira con desprecio. “Somos considerados como los desechos de este mundo.” San Pablo 1, Corintios, IV, 13.

La fe para el que no cree en la existencia de la vida espiritual, es un desecho, un simple poema, una ilusión melancólica. Tiene sentido entonces que los “iluminados” enemigos de Dios llaman a la época medieval, cuando más reinó la fe públicamente, la época ‘oscurantista’. Para ellos la fe es sinónimo de desprecio y ludibrio, porque lo juzgan todo según una visión puramente materialista y carnal.

Es por ello que San Juan de la Cruz habla de “una noche muy oscura” porque este mundo es verdadera oscuridad para el que quiera vivir de la fe.

Sin embargo, a pesar de esa oscuridad, la fe nos da luz, nos da vida y sentido a nuestra existencia. Porque justifica cuando va acompañada de buenas obras, especialmente las de caridad, esperanza y penitencia. En ese sentido la casa propia, que simboliza el alma, ya está limpia, preparada, para recibir la eternidad: “estando ya mi casa sosegada.” Preparada significa que ha sido ya purificada y llena de virtudes para poder subir a la eternidad de los bienaventurados.

Eso es la definición que se enuncia cuando se canoniza un santo: Grado Heroico de Virtudes. Cuando un alma está ya llena de virtudes, ya no tiene sentido seguir en este mundo y es llamada a la vida eterna para empezar la vida verdadera “salió mi alma…” Pero el Santo agrega “… sin ser notada.” Porque el que vive de fe, el que vive las virtudes y creé en la vida espiritual; es despreciado o por lo menos ignorado. Eso no le interesa al mundo, eso es anacrónico, obsoleto y hasta ridículo, afirma el hombre carnal.

Es por ello que muchos santos y profetas no fueron apreciados, sino más bien perseguidos, es decir no fueron notados ni notables, porque el santo auténtico es siempre incómodo y políticamente incorrecto. Si quiero ser verdadero seguidor de Jesucristo, seré incómodo, ni notado ni notable.
Salió mi alma de este mundo, sin ser notada.”

Aquel que quiera vivir piadosamente en Jesucristo, padecerá persecución.” San Pablo. 2, Timoteo, III, 12.

Tenemos unos apóstoles que fueron despreciados y martirizados, no eran notables; pero fueron los que comenzaron la Iglesia.

Un San Atanasio en el siglo IV, excomulgado por todos los obispos, es decir, más que ignorado; pero ahora es Santo y Padre de la Iglesia.

Una Santa Juana de Arco quemada viva y sus cenizas tiradas al río para que fuese totalmente olvidada, ignorada, no notada; pero ganó una guerra y conquistó así muchas almas y el mismo cielo. Pero a los que la quemaron en nombre de la “obediencia y de la autoridad”; ya nadie les recuerda y no sabemos dónde se encuentran en estos momentos…

Tenemos una Santa Teresa de Lisieux, mozuela callada, tímida, muy sensible y con apariencia frágil, al punto que era ignorada por las propias compañeras del convento porque “nunca había hecho algo llamativo o extraordinario”. No era notoria, ni fue notada. Y posteriormente fue declarada Patrona de las Misiones y es invocada por todo el mundo.

Tan grande llegó a ser la fe de los santos que las almas venían a pedirles ayuda, consuelo, intercesión y hasta milagros.

Se cumplieron literalmente las palabras del Evangelio: “la semilla de mostaza, tan pequeña pero que crece como un árbol tan grande que las aves del cielo vienen a posarse en sus ramas.”
¿Cuántas almas se posan, descansan, se alivian y encuentran respuestas en la vida, doctrina y ejemplo de los santos?

Finalmente termina el evangelio afirmando que se les predicaba solo en parábolas. El Evangelio está escrito en parábolas para que los que no son de Dios no lo entiendan, para que los que se burlan de él no lo profanen.

El Evangelio tiene como en la actualidad, los sistemas de seguridad en informática, una clave sin la cual no se puede acceder. En las parabolas, esa clave es inaccesible para el profano, para el malvado y sobre todo para el soberbio.

Sin embargo es una clave muy conocida, pero como es tan sencilla y simple pasa desapercibida, porque es ‘pequeña y despreciable’ como el grano de mostaza: se llama humildad y caridad.

El Evangelio está hecho, pensado y concebido para que solo los humildes y los de buena fe puedan comprenderlo. Y si no lo creéis, preguntadlo a San Agustín quien ya confesó arrepentido: “Y yo escudriñaba la Biblia y no entendía nada porque la leía con soberbia…”

La humildad y la buena fe, que son para los soberbios nonadas despreciables y la fe es una vergüenza; hacen que el mundo para los santos sea una noche oscura, donde nadie apreciará su sacrificio de ordenar y sosegar su casa por medio de las virtudes y por ello serán siempre ignorados y no notados: “En una noche muy oscura, estando ya mi casa sosegada; salió mi alma, sin ser notada.”

Pero la gran mayoría de los seres humanos tenemos miedo a ser pequeños, como el grano de mostaza y sobre todo miedo a ser despreciados.

Es un gran impedimento para poder entrar en el Reino de los cielos, el desear ser grande e importante:

“¡Qué pocas almas existen que quieran ser pequeñas!” Santa Teresa del Niño Jesús.

La mayoría quiere ser grande y famoso en este mundo. Incluso algunos católicos superficiales y orgullosos, que sueñan con ser canonizados, porque tienen un falso concepto de la santidad, creen que en el cielo serán aplaudidos y alabados… Cuando en el cielo solo Dios brilla y a Él solo se le da gloria: “Soli Deo honor et gloria.”

Porque por desgracia existen algunos obispos, superiores de órdenes, fundadores o superioras de convento, que piensan que la santidad consiste en hacerse adorar ellos mismos, les gusta que se practique el culto al jefe y en lugar de enseñar sabiamente a sus subordinados a adorar a Dios mismo, le quitan protagonismo. ¡Ay de aquellos que le roben su gloria a Dios..!

Para poder entrar en el Reino de los cielos, es necesario hacerse pequeño, o al menos desear serlo, como el grano de mostaza.

¿Y si estoy enfermo de orgullo y me siento grande e importante? Pues existen medicinas para curar esa enfermedad. Los santos nos suguieren como antídoto, el pensar que solo somos pequeñas creaturas de Dios, que recordemos nuestros pecados para mantenernos pequeños y humildes, pero ante todo, mantener un contacto habitual con Dios por medio de la oración, eso nos protegerá de los dementes deseos de la grandeza del ego.

El grano de mostaza, tan pequeño y en apariencia despreciable, para poder germinar, muere en cierta medida, pero gracias a ese acto de humildad llega a ser un árbol tan grande que las mismas aves del cielo, es decir las almas, vienen a posarse en sus ramas para protegerse y sentirse seguras.

José de Egipto, sufrió el gran desprecio y destierro por la envidia de sus propios hermanos. Padeció cárceles y hambre en Egipto, pero ese sufrimiento tan humillante le hizo tan pequeño, como el grano de mostaza; tanto, que Dios lo exaltó y llevó a ser el primer ministro del Faraón.

Entonces sus hermanos cuando pasaban hambre, fueron a buscarlo, le rindieron pleitesía, se arrodillaron ante él, le pidieron perdón y se protegieron bajo sus grandes ramas, como ante el gran árbol, al cual antes ellos torturaron y despreciaron porque era tan insignificante que parecía un pequeño grano de mostaza.

Santa Teresa del Niño Jesús, ayúdanos en la oración para pedir con sinceridad ser pequeños y humildes; no desear ser grandes ni soberbios.

Ave María+

P. Ricardo Ruiz V.

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Esperamos que la meditación del Domingo XXIV Pentecostés (VI de Epifanía) les ayude a crecer en su vida espiritual

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Padre Ricardo Ruiz

Padre Ricardo Ruiz

Padre Ricardo Ruíz: 1980 Filosofía y latín en el Seminario Ntra. Señora Corredentora de Buenos Aires; 1986 Teología, Francés en Suiza; 1988 Ordenación sacerdotal, Seminario San Pío X, Suiza; 1988 Primer apostolado de parroquia en San Nicolás du Chardonnet, París, Francia; 1988-1990 Misión Parroquial en Mexico; 1991 - 2000 Madrid. España; 1996-2000 Exorcista "Ad Actum" en Valencia; 2000 - 2001 Parroquia en Wausau, Wisconsin, EEUU; 2000-2001 Capellán Hermanas del Corazón Real de Jesús. María Alm, Austria; 2002 - 2006 Capellán de convento Hermanas De La Presentación, Iowa, EEUU; 2006 - 2018 Casa De Retiros San José. Madrid, España.