Ellos aceptaron la pena de muerte y se convirtieron en santos.

El obispo Athanasius Schneider nos presenta a algunos de los santos que merecieron su salvación a través de la humilde aceptación de la pena de muerte

Estos criminales sentenciados aceptaron la “inadmisible” pena de muerte y se convirtieron en santos, un artículo de Peter Kwasnniewski para LifeSiteNews

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

En la exitosa entrevista del obispo Athanasius Schneider conducida por Diane Montagna, Christus Vincit: Christ’s Triumph over the Darkness of the Age (Angelico Press, 2019) ( Christus Vincit: El triunfo de Cristo sobre las tinieblas de la era), Su Excelencia dice lo siguiente sobre descartar absolutamente la pena de muerte:

“Aquellos que niegan la pena de la muerte en principio implícita o explícitamente absolutizan la vida corporal y temporal de un hombre. También niegan hasta cierto punto las consecuencias del pecado original. Aquellos que niegan la legitimidad de la pena de muerte también implícita o explícitamente niegan la necesidad y el valor de la expiación y penitencia por los pecados y, especialmente, por los monstruosos crímenes aun en esta vida terrenal. El “buen ladrón” que fue crucificado junto a Nuestro Señor es uno de los más elocuentes testimonios del valor expiatorio de la pena de muerte, ya que a través de la aceptación de su propia sentencia de muerte él ganó la vida eterna y llegó a ser en cierto sentido el primer canonizado santo de la Iglesia. De hecho , Nuestro Señor le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23, 43).

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El obispo Schneider dirige nuestra atención hacia el aspecto más importante de la discusión, un aspecto, nótese bien, que los oponentes progresistas o liberales del castigo capital ignoran consistentemente: su valor expiatorio para hacer reparación por el pecado. La omisión de esta verdad es perfectamente consistente con la omisión de muchas otras divinamente reveladas y constantemente enseñadas verdades del catolicismo, tal como el hecho de que todos nuestros sufrimientos terrenales son el resultado del pecado, original y personal, y que Dios, como Dios providente, permite los males físicos por nuestro justo castigo y especialmente por nuestra conversión y purificación.

Su Excelencia nos recuerda esta crucial dimensión cuando continúa:

“Hay un montón de conmovedores ejemplos de malhechores y criminales que, a través de la aceptación de la pena de muerte, salvaron la vida de su alma para toda la eternidad. San José Cafasso es el patrón de los hombres condenados a muerte. Su biografía nos provee de sorprendentes ejemplos de conversiones de estos hombres. Todos estos ejemplos atestiguan la verdad de que esta corta vida temporal del cuerpo es desproporcionada a la vida eterna en el cielo.” (Ibid.)

La Sra. Montagna pregunta si el obispo cree que más criminales se convertirían si les fuera permitido vivir largas condenas en prisión en vez de ser condenados a muerte. Su respuesta es sorprendente:

“Tenemos el ejemplo de un “buen ladrón” del siglo veinte en el caso de Claude Newman, un asesino que en 1943 fue condenado al corredor de la muerte en Vicksburg, Mississippi. Inicialmente un no creyente y no católico, experimentó una conversión a la fe católica mediante el poder de la Medalla Milagrosa. Tuvo una muerte santa como un devoto católico. Atestiguó el valor legítimo y expiatorio de la pena de muerte. También se puede mencionar el caso del Siervo de Dios Jacques Fesch (1930-1957), un asesino que pasó más de tres años en confinamiento solitario. Experimentó una profunda conversión antes de su ejecución por guillotina en París. Dejó edificantes notas espirituales y cartas. Dos meses antes de su ejecución escribió: “Es aquí donde hacen su aparición la Cruz y su misterio de sufrimiento. La totalidad de la vida tiene esta pieza de madera en su centro […] ¿No crees que, sea lo que sea que te propongas hacer en este poco tiempo que es tuyo en la tierra, todo lo que vale la pena, está marcado con este sello del sufrimiento? No hay más ilusiones: sabes con certeza que todo lo que este mundo tiene que ofrecer es tan falso y engañoso como los sueños más fantásticos de una niña de seis años. Entonces te invade la desesperanza y tratas de evitar el sufrimiento que te persigue y te lame con sus llamas, pero todos los medios de hacerlo son solo un rechazo de la Cruz. ¡No podemos tener genuina esperanza de paz y salvación sin Cristo crucificado! Feliz el hombre que entiende esto.” En 1 de octubre de 1957, a las 5:30 am, él subió al cadalso. “Pueda mi sangre que va a ser derramada ser aceptada por Dios como un sacrificio total, que cada gota,” – escribió- “sirva para borrar un pecado mortal.” En la última entrada de su diario escribió, “En cinco horas, ¡estaré mirando a Jesús!”

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Es verdad que no todo criminal admitirá sus pecados y buscará el arrepentimiento y el perdón de Dios, pero no es menos cierto que, como la famosa broma del Dr. Samuel Johnson, “Señor, confíe usted en ello, que, cuando un hombre sabe que va a ser colgado en una quincena, concentra su mente maravillosamente.” No hay nada más humano que confrontar a un asesino con la gravedad de sus crímenes: “Has tomado estas vidas injustamente y ahora tu vida es requerida de ti con justicia. Tienes dos semanas en las cuales arrepentirte y prepararte para encontrarte con el divino Juez, del cual la justicia terrena es solo un débil eco.” Con diez, veinte o treinta años de sentencia en prisión muchas tentaciones y males se esparcen en un aparentemente interminable periodo frente a los prisioneros que pueden terminar moralmente peores o, en cualquier caso, no moralmente mejores que cuando entraron. ¿Es esto más humano? Solo si el peor mal es la muerte física, lo cual ciertamente no es.

En Christus Vincit, el obispo Schneider procede a recordarnos un episodio en la vida de La Florecilla:

“Sabemos también de la vida de Santa Teresa del Niño Jesús que, siendo una chica joven, adoptó a su “primer pecador,” el asesino Pranzini, quien en 1887 fue sentenciado a muerte. La santa escribe en su autobiografía, La Historia de un Alma: “Al día siguiente de su ejecución, cayó en mis manos el periódico “La Croix”. Lo abrí apresuradamente, ¿y qué fue lo que vi…? Las lágrimas traicionaron mi emoción y tuve que esconderme… Pranzini no se había confesado, había subido al cadalso, y se disponía a meter la cabeza en el lúgubre agujero, cuando de repente, tocado por una súbita inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas…!  (…) Había obtenido “la señal” pedida, y esta señal era la fiel reproducción de las gracias que Jesús me había concedido para inclinarme a rezar por los pecadores. ¿No se había despertado en mi corazón la sed de almas precisamente ante las llagas de Jesús, al ver gotear su sangre divina?”

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Pranzini fue un empecinado criminal que no tuvo interés en las “consolaciones de la religión”, pero gracias a las oraciones de una monja y al ministerio de un fiel sacerdote que no se fue de su lado, él acogió la gracia de Dios en el último momento y murió habiéndose arrepentido de su mal. Hasta puede ser una falsa misericordia querer mantener a alguien vivo que pecó contra los mismos cimientos de la vida social, y puede ser una verdadera misericordia dar a un criminal una radical oportunidad entre arrepentirse y empinarse para que antes de su muerte sea evidente la seriedad de lo que ha hecho y la necesidad de poner su conciencia en una buena condición.

Los ejemplos narrados por el obispo Athanasius Schneider también nos muestran de la más vívida manera cuan importante es el ministerio carcelario, que ofrece a los convictos una y otra vez la oportunidad de ser reconciliados con Dios, contra quien todo pecado se dirige (Salmo 50, 6). Nos muestra que la oración de un hombre justo vale mucho. (Santiago 5, 16).

Peter Kwasniewski

*Nota de edición: La fotografía pertenece al artículo original publicado por LifeSiteNews. MarchandoReligion declina toda responsabilidad

Puedes leer este artículo sobre la pena de muerte en su sitio original en inglés aquí: https://www.lifesitenews.com/blogs/these-condemned-criminals-accepted-inadmissible-death-penalty-and-became-saints

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Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski: (Chicago, 1971) Teólogo y filósofo católico, compositor de música sacra, escritor, bloguero, editor y conferencista. Escribe regularmente para New LiturgicalMovement, OnePeterFive, LifeSiteNews, yRorateCaeli. Desde el año 2018 dejó el Wyoming CatholicCollegeen Lander, Wyoming, donde hacía clases y ocupaba un cargo directivo para seguir su carrera como autor freelance, orador, compositor y editor, y dedicar su vida a la defensa y articulación de la Tradición Católica en todas sus dimensiones. En su página personal podrán encontrar parte de su obra escrita y musical: https://www.peterkwasniewski.com/