Para vencer la apostasía. El deber del testimonio

¿Qué significa separarse de la Iglesia? ¿Obligación de aceptar el Concilio? ¿Cómo vencer la apostasía? Todo esto tiene respuesta en este artículo

Para vencer la apostasía. El deber del testimonio. Un artículo del blog de Aldo María Valli

Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2020/09/08/per-sconfiggere-lapostasia-il-dovere-della-testimonianza/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

Queridos amigos de Duc in altum, os propongo mi más reciente intervención en la sección La viga y la pajita en Radio Roma Libre.


La respuesta que monseñor Carlo Maria Viganò ha dado recientemente al periodista Stephen Kokx ha sido leída con gran atención y meditación.

Kokx, en el artículo titulado Preguntas a Viganò: su excelencia tiene razón sobre el Vaticano II, pero ¿qué piensa que deberían hacer ahora los católicos?, publicado en Catholic Family News el 22 de agosto, plantea una cuestión decisiva. Y el arzobispo Viganò responde de modo igualmente decisivo.

A Kokx, que preguntaba “¿Qué significa ‘separarse’ de la Iglesia conciliar según el arzobispo Viganò?”, el monseñor responde a su vez con otra pregunta: “¿Qué significa separarse de la Iglesia católica según los partidarios del Concilio?”.

Esta, según Viganò, es la perspectiva correcta. “Aun siendo evidente que no es posible mezcla alguna con los que proponen doctrinas adulteradas propias del manifiesto ideológico conciliar, cabe precisar que el mero hecho de ser bautizado y miembro vivo de la Iglesia de Cristo no implica la adhesión al bando conciliar; esto es de aplicación ante todo a los simples fieles y a los clérigos seculares y regulares que, por diversas razones, se consideran sinceramente católicos y reconocen a la Jerarquía”.

Lo que “debería por el contrario esclarecerse”, observa monseñor Viganò, es “la posición de cuantos, declarándose católicos, abrazan las doctrinas heterodoxas que han sido difundidas en estos decenios, sabiendo que representan una ruptura con el magisterio precedente. En este caso es lícito poner en duda su pertenencia real a la Iglesia católica, en la que no obstante desempeñan puestos oficiales que les confieren autoridad. Una autoridad ejercida ilícitamente, si el fin que se persigue es obligar a los fieles a aceptar la revolución impuesta después del Concilio”.

La cuestión tiene una importancia fundamental. Y sobre esta base el arzobispo apunta su siguiente reflexión. “No son los fieles tradicionalistas – o sea los verdaderos católicos, según las palabras de san Pío X – quienes deben abandonar la Iglesia, en la que tienen todo el derecho a permanecer y de la que sería deplorable separarse; sino los modernistas, que usurpan el nombre de católico precisamente porque se trata del único elemento burocrático que permite no considerarles equivalentes a cualquier secta herética. Esta pretensión suya sirve de hecho para evitar que terminen junto a los cientos de movimientos heréticos que en el curso de los siglos han creído poder reformar la Iglesia conforme a su gusto, anteponiendo el orgullo propio a la humilde custodia de las enseñanzas de Nuestro Señor. Pero al igual que no es posible reivindicar la nacionalidad de una patria en la que no se comparte lengua, derecho, fe ni tradición, tampoco es posible que quien no comparte la fe, moral, liturgia y disciplina de la Iglesia católica pueda arrogarse el derecho a permanecer en su interior e incluso a ascender en los grados de la Jerarquía”.

De ello surge la invitación que el arzobispo dirige a todos, clérigos y laicos: “No cedamos, por tanto, a la tentación de abandonar – aunque sea con justificada indignación – la Iglesia católica, con el pretexto de que la misma está invadida por herejes y fornicadores: son ellos los que han de ser expulsados del sagrado recinto, en una obra de purificación y de penitencia que debe surgir de cada uno de nosotros”.

Poniéndose en el lugar de los simples fieles, monseñor Viganò sigue observando: “También es evidente que son muy abundantes los casos en los que el fiel encuentra graves problemas para frecuentar su parroquia, además de que todavía son poco numerosas las iglesias en las que se celebra la Santa Misa en el rito católico. Los horrores que proliferan en muchas de nuestras parroquias y santuarios hacen ya imposible incluso asistir a una ‘eucaristía’ sin resultar escandalizados y poner en riesgo la propia fe. Igual que resulta muy difícil asegurar para sí mismo y para los hijos una educación católica, sacramentos dignamente celebrados y una dirección espiritual sólida. En estos casos los fieles laicos tienen el derecho y el deber de buscar sacerdotes, comunidades e institutos que sean fieles al magisterio de siempre. Y que sepan acompañar a la laudable celebración de la liturgia en el rito antiguo la fiel adhesión a la doctrina y a la moral, sin cesión alguna frente al Concilio”.

Diferente y más complejo es el caso de los clérigos, que dependen del obispo o del superior religioso. También ellos, sin embargo, tienen el sacrosanto derecho a seguir siendo católicos y a poder celebrar de acuerdo con el rito católico. “El motu proprio Summorum Pontificum ha repetido que los fieles y los sacerdotes tienen el derecho inalienable – que no se les puede negar – de celebrar la liturgia que más perfectamente expresa nuestra fe. Pero este derecho se usa hoy no sólo y en mayor medida para conservar la forma extraordinaria del rito, sino para testimoniar la adhesión a dicho depositum fidei que sólo en el rito antiguo encuentra una correspondencia perfecta”.

La Iglesia ha afrontado antes sacudidas parecidas. En el siglo cuarto después de Cristo, el arrianismo “estaba difundido de tal modo entre los obispos, que casi parecía que la ortodoxia católica hubiese desaparecido completamente”. Y, sin embargo, “gracias a la fidelidad y al testimonio heroico de los pocos obispos que permanecieron fieles, la Iglesia supo recuperarse”. Del mismo modo, “sin vuestro testimonio hoy, no serán derrotados el modernismo y la apostasía globalista de este pontificado”.

“No es cuestión – prosigue Viganò – de trabajar desde dentro o desde fuera: los viñadores están llamados a trabajar en la viña del Señor y allí deben permanecer, aunque les cueste la vida; los pastores están llamados a apacentar la grey del Señor, a mantener alejados a los lobos rapaces y a expulsar a los mercenarios que no se afanan por la salvación de las ovejas y de los corderos”.

A juicio de monseñor Viganò cumple reconocer a la Hermandad de San Pío X “el mérito de no haber dejado apagarse la llama de la Tradición, en un momento en el que celebrar la Misa antigua era considerado algo subversivo y motivo de excomunión”. Se dice que los lefebvrianos han desobedecido al papa. Pues bien, responde Viganò, “si la fidelidad ha hecho inevitable la desobediencia al papa con las consagraciones episcopales, gracias a las mismas la Hermandad ha podido protegerse del ataque furioso de los innovadores y ha permitido, con su misma existencia, hacer posible la liberalización del rito antiguo, hasta ahora prohibido. Al igual que ha permitido hacer emerger las contradicciones y errores de la secta conciliar, siempre amistosa en sus relaciones con herejes e idólatras, pero implacablemente rígida e intolerante frente a la Verdad católica”.

Son explícitas a este respecto las palabras del arzobispo: “Considero a monseñor Lefebvre un ejemplar confesor de la fe y pienso que es ya evidente lo fundada que fue, y lo actual que es, su denuncia del Concilio y de la apostasía modernista. No se olvide que la persecución a la que fue objeto monseñor Lefebvre por parte de la Santa Sede y del episcopado mundial sirvió sobre todo como elemento disuasorio para que los católicos no resistiesen a la revolución conciliar”.

En la línea de monseñor Bernard Tissier de Mallerais (obispo de la Hermandad de San Pío X), Viganò observa que “la Iglesia de Cristo está ocupada y eclipsada por el bando modernista conciliar, el cual se ha impuesto en la misma jerarquía y usa la autoridad de sus ministros para prevalecer sobre la Esposa de Cristo y Madre nuestra”.

La Iglesia de Cristo, según la visión de la beata Anna Katharina Emmerick, está oscurecida por una iglesia “extravagante” que se ha instalado en Roma, y las dos iglesias conviven al mismo tiempo, como el grano y la cizaña. “No podemos juzgar a nuestros pastores – escribe Viganò – por sus intenciones, ni suponer que todos estén corrompidos en la fe y en la moral; al contrario, podemos suponer que muchos de ellos, que hasta ahora han permanecido intimidados y en silencio, comprendan, con la propagación de la confusión y de la apostasía, el engaño del que han sido objeto y sacudan al fin su letargo. Son muchos los laicos que están levantando su voz; otros seguirán sin duda, junto con buenos sacerdotes, presentes ciertamente en todas las diócesis. Este despertar de la Iglesia militante – me atrevería a llamarlo casi una resurrección – es necesario, improrrogable e inevitable: ningún hijo tolera que su propia madre sea ultrajada por sus sirvientes, ni que el padre sea tiranizado por los administradores de sus bienes. El Señor nos ofrece, en estas dolorosas circunstancias, la posibilidad de ser sus aliados y de combatir esta santa batalla bajo su estandarte: el Rey vencedor del error y de la muerte nos permite compartir el honor de la victoria triunfal y el premio eterno que deriva de la misma, después de haber resistido y sufrido”.

Cumple que todos los bautizados vuelvan a ser conscientes de que la vida cristiana es militia. Con el sacramento de la Confirmación nos hacemos soldados de Cristo: significa que estamos llamados a combatir. Y “en el curso de la historia hemos visto cuán a menudo ha sido necesario también, ante la violación de los derechos soberanos de Dios y de las libertades de la Iglesia, tomar las armas: lo demuestra la ferviente resistencia para rechazar las invasiones islámicas en Lepanto y ante las puertas de Viena, la persecución de los Cristeros en México, de los católicos en España, y aún hoy la guerra cruel contra los cristianos de todo el mundo. Nunca como en la actualidad podemos comprender el odio teológico de los enemigos de Dios, inspirados por Satanás: el ataque a todo lo que recuerda a la Cruz de Cristo – la Virtud, el Bien y la Belleza, la pureza – nos debe animar a levantarnos, en un arranque de fiereza, para reivindicar nuestro derecho no sólo a no ser perseguidos por el enemigo externo, sino también y sobre todo a tener pastores fuertes y valientes, santos y temerosos de Dios, que hagan exactamente lo que sus predecesores hicieron durante siglos: predicar el Evangelio de Cristo, convertir a individuos y naciones, expandir por todo el mundo el Reino del Dios vivo y verdadero”.

Hay que recuperar, observa el arzobispo, la olvidada virtud de la Fortaleza, virtud cardenal que en griego se refiere a la fuerza viril, la ἀνδρεία.

A continuación pregunta monseñor Viganò: “Si celebráis sólo la Mesa tridentina y predicáis la sana doctrina sin mencionar el Concilio, ¿qué os podrían hacer? ¿Quizá echaros de vuestras iglesias, y después? Nadie podrá impediros jamás renovar el Santo Sacrificio aunque sea sobre un altar instalado al efecto en sótanos o en desvanes, como los sacerdotes refractarios durante la Revolución francesa, o como sucede todavía en China. Y si intentan alejaros, resistid: la ley canónica está para garantizar el gobierno de la Iglesia en pos de sus fines principales, no para destruirla. Dejemos de temer que la culpa del cisma sea de quien lo denuncia y no de quien lo realiza: ¡son cismáticos y herejes los que hieren y crucifican al Cuerpo místico de Cristo, no los que lo defienden denunciando a sus verdugos!”.

Recordemos que “los laicos pueden exigir a sus ministros que se comporten como tales, prefiriendo a cuantos dan prueba de no estar contaminados por los errores presentes. Si una Misa se convierte en ocasión de tortura para un fiel, si se ve obligado a asistir a sacrilegios o a soportar herejías y locuras indignas de la Casa del Señor, es mil veces preferible acudir a una iglesia en la que el sacerdote celebre dignamente el Santo Sacrificio, en el rito que la Tradición nos ha entregado, y predique de conformidad con la sana doctrina. Cuando los párrocos y obispos se den cuenta de que el pueblo cristiano desea el pan de la fe y no las piedras o los escorpiones de la neo-iglesia, dejarán de lado sus miedos y secundarán las legítimas peticiones de los fieles; los demás, verdaderos mercenarios, se mostrarán como lo que son y podrán juntar en torno a sí únicamente a los que comparten sus errores y perversiones. Se extinguirán solos: el Señor seca el pantano y hace árida la tierra en la que crecen las zarzas; apaga las vocaciones en los seminarios corruptos y en los conventos rebeldes a su regla”.

“Los fieles laicos tienen actualmente una tarea sagrada: confortar a los buenos sacerdotes y a los buenos obispos, manteniéndose junto a ellos como las ovejas junto a su pastor. Alojarlos, ayudarlos, consolarlos en sus tribulaciones. Crear comunidades en las que no dominen la murmuración y la división, sino la caridad fraterna en el vínculo de la fe. Y puesto que en el orden establecido por Dios – κόσμος – los súbditos deben obediencia a la autoridad y no pueden más que resistirla cuando abusa de su poder, ninguna culpa les será imputada por infidelidad a sus jefes, sobre los que por el contrario pesa la responsabilidad gravísima del modo en el que se ejercita el poder vicario que les ha sido otorgado. No debemos rebelarnos, sino oponernos; no debemos complacernos con los errores de nuestros pastores, sino rezar por ellos y amonestarlos con respeto; no debemos poner en discusión su autoridad, sino el modo en que la utilizan”.

Concluye el arzobispo: “Estoy seguro, con una certeza que me viene de la fe, de que el Señor no dejará de recompensar nuestra fidelidad, después de habernos castigado por las culpas de los hombres de la Iglesia, concediéndonos santos sacerdotes, santos obispos, santos cardenales y sobre todo un santo papa”. “La obediencia no puede pervertirse en servilismo estólido; el respeto a la autoridad no puede pervertirse en cortesanía. Y no olvidemos que, si es deber de los laicos obedecer a sus pastores, es aún más grave deber de los pastores obedecer a Dios, usque ad effusionem sanguinis”.


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Aldo Maria Valli

Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/