Organistas, los nuevos mendigos de la cuarentena

Desde Costa Rica nos llega este artículo sobre la situación de los organistas, desafortunadamente lo que cuenta nuestra articulista es una situación que se da a nivel mundial, los organistas son considerados trabajadores de cuarta categoría. Gracias Paula por tu colaboración en Marchando Religión

Organistas, los nuevos mendigos de la cuarentena. Un artículo de Paula Garita

No es ningún cuento que la pandemia nos ha afectado a todos, en mayor o menor medida. Tiendas, negocios y lugares comunes cerrados, entre ellos nuestros templos. Algunos lugares han recuperado el culto público, siendo un “nuevo despertar” para la Iglesia. Un nuevo despertar, que ha traído consecuencias funestas en la economía, ya apenas sostenida, de nuestros curas (al menos en Costa Rica). Y si así están nuestros curas, ¿cómo están los colaboradores?

Me puse los botines negros que durante cinco meses estuvieron perdidos en mi armario, y me dediqué a hacer un sondeo: ¿cómo pasan estos meses aquéllos colaboradores que dependían parcial o completamente de lo que sus parroquias les daban? Durante estos meses, me asaltaba el pensamiento de varios amigos que antes de la pandemia, eran asalariados de mi parroquia: Flora, la cocinera, Don Jesús y Doña Carmen, el chófer y la coordinadora de ornato, cocinas, Don Edin del salón parroquial, Angelita y Patricia, las secretarias… Ellos y otros amigos fueron los interrogados, algunos hoy día continúan suspendidos de sus funciones.

Y entre tanto alboroto, mi mente voló hacia el menos afortunado: el organista. Grato amigo, padre y hermano, invisible para muchos quienes creen que es una voz sin cuerpo ni alma que nada más anima al pueblo diciendo: “¡Cantemos juntos, bien fuerte, a ver!” (al escribir esto sentí como si me lo hubiese dicho). Lo llamé con cierta ansiedad, y me respondió: “ay Paulita, no sé cómo he sobrevivido estos meses. No me entraba un cinco hasta que al padre se le ocurrió volverme a llamar. Todo es gracia del Señor Todopoderoso.” Si él, el maestro organista de la Catedral, se las vio tan terriblemente, ¿Cómo les fue a sus (mis) colegas en los fuelles?

Organistas
Paula Garita-Organista

Algunos, especialmente en la Arquidiócesis, no notaron nada, no fueron apartados de sus labores. Siguieron recibiendo estipendios levemente reducidos. Siguieron cantando sin cubreboca, porque “el virus no llegará al coro”. Mientras tanto, en el Santuario Nacional, durante las misas transmitidas el órgano sonó diario y hasta dos veces al día en manos de sus organistas, algunos hasta ad honorem… Pero apenas regresó el culto público, en aforo de 75 personas por misa, el órgano calló, no por cuestión de pagarles a los colegas, sino porque “corrían peligro de ser contagiados” y en su lugar, pusieron coros de 4 personas o más, abajo, junto a los fieles, con guitarras, maracas, violines y panderos ¡Considerados y magnánimas autoridades, que “cuidándonos” nos mandaron a la calle y mandaron de paseo la sacralidad y sobriedad de la Misa! ¡Como si no hubiese sido suficientemente horrible la recepción de la Sagrada Comunión en la boca!

En otra parroquia, no muy lejos de allí, el organista no sintió ningún cambio, hasta que la Conferencia Episcopal recomendó especialmente la misa rezada, eliminando cantos “para disminuir contagios”. El párroco de esta historia, claramente no comprendió la diferencia entre “recomendación” y “obligación” y el pobre muchacho fue suspendido de la noche a la mañana, privado de su única fuente de ingresos. Y lo que me partió el alma, es ver al susodicho maestro organista, yendo todos los fines de semana, a ver si “sale algo” “si no habrá coro”, “tal vez hoy el padre anda de buenas y me dice que sí, y si esto de cantar no sirve, ver en qué puede ayudar”. Desde limpiar bancas, hasta plancharle las cosas al cura, todo con tal de ganar alguito, aunque sea para arroz y frijoles… “Nos hemos convertido en los nuevos limosneros, sacando los cincos y dieces de los atrios, escribiendo al sacristán (Hola Pedro, ¿va a llegar alguien a cantar?), pasando en la fila de fieles que van a ingresar, cada uno con alcohol y mascarilla, para ver quién recuerda nuestra cara de locos cuando salíamos de sacristía casi corriendo hacia el órgano, que nos reconozcan, nos saluden y nos pregunten: ¿y va a tocar? Para poner cara de perrito con hambre y que nos den algo. Y si no nos dan dinero, al menos su mirada compadecida nos conforta. Alguito.”

A diferencia de otros países, en Costa Rica el organista es un pianista que descubrió que el órgano se toca parecido. Los profesores que hay actualmente, casi todos son pianistas de profesión ¿pero organistas? Ninguno; y eso ha hecho que algunos clérigos y laicos crean que nuestro trabajo es mero pasatiempo, que como la mayoría no somos músicos de profesión (en mi caso soy estudiante optómetra) entonces no importa que no nos remuneren, porque de seguro en nuestros “trabajos reales” si ganaremos algo… No digo que automáticamente nos paguen, porque tampoco somos avaros, pero quienes de verdad viven de eso… Si tuviera compañero organista en la parroquia donde estoy ahorita, o supiera de algún caso, con todo gusto le pediría al párroco que mis estipendios vayan a alguien más necesitado. “No des lo que te sobra, sino de lo que necesitas”

Si algo nos ha enseñado esta pandemia, es a estar unidos, a resolver entre colegas algunas diferencias. A pedirnos partituras para estrenarlas algún día (gracias profe Carlos, Roberto y Tony), sí, pero también a compartir lo que tenemos (gracias Hugo por tus chileras y sopas), a sonreír bajo nuestras mascarillas a pesar de la nube negra que amenaza nuestros coros, a tener esperanza y que ésta se refleje en nuestras miradas. ¡Que no hemos desaparecido, solo hibernamos! ¡Cuando volvamos en plenitud, que se cuiden los párrocos, porque será difícil volvernos a apartar de nuestras mitades, de nuestros instrumentos, parroquias y amigos!

Por: Paula Garita

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