Latín, vernácula y detritus

¿Que sucedió con el latín dentro de nuestra Iglesia? En este artículo, nuestra firma se adentra en ello

Latín, vernácula y detritus. Un artículo de Gustavo Nózica

El latín no desapareció de la Iglesia católica. Eso es cierto. No desapareció, lo limpiaron. Esa diferencia explica mucho. Explica la responsabilidad del clero y de los laicos en lo poco que nos ha quedado. Explica que es lo que hizo posible que una lengua dejara de existir en el oficio divino y en la misa, salvo excepcionalidades y migajas. Sí, claro, existen cientos de citas y documentos en todos los formatos legales, constituciones apostólicas, textos conciliares, códigos, resoluciones, exhortaciones, etc. que animan al estudio del latín, que recomiendan, que alientan y lo alimentan. Porque, no desapareció se lo limpió. Para comprender esta sutil y enorme diferencia nada mejor que dos Edictos reales del siglo XVI. Vale correrse de las citas y documentos ecclesiásticos, con sus permisos y situaciones excepcionales, que no harían sino entorpecer, en este caso, la comprensión de la limpieza del latín de la liturgia. El primero de los Edictos reales es de agosto de 1539, en el, Francia anunciaba la eliminación del latín de la administración de justicia, de las actas notariales y del registro civil. Bajo los supuestos de un beneficio en la claridad de las interpretaciones se eliminaba el latín como si con eso, el lenguaje de la práctica de justica, de la noche a la mañana se convirtiera, en lo que es imposible, en un lenguaje coloquial. Ciertamente dar el brillo de la coloquialidad, la transparencia, diríamos hoy, a un lenguaje técnico repleto de minúsculos y elaborados laberintos, no solo es una fantasía sino una acción política. Sostener que la “lengua materna” es pura “claridad” frente a una lengua que no cambia, es también parte de una axiomática incontrastable, una afirmación de poder. Pero no es aquí el lugar de discutir eso, para el caso hay excelentes análisis de lingüistas muy citados sobre las bondades del uso de una lengua muerta. ¿Que dice el Edicto de agosto de 1539 sobre el latín y la claridad?, dice, que “para que no haya lugar a dudas sobre la interpretación de tales edictos, queremos y ordenamos que se hagan y escriban con tal claridad que no haya ni pueda haber ninguna ambigüedad o incertidumbre ni duda alguna sobre su interpretación. Y dado que dichas dudas provienen a menudo de la comprensión de las palabras latinas contenidas en los citados edictos, queremos, de ahora en adelante, que todos los edictos, así como cualesquiera otros procedimientos, ya sean de nuestra corte soberana o de cualesquiera otras subalternas o inferiores, tanto si se trata de registros, encuestas, contratos, comisiones, sentencias, testamentos como de otras diligencias de justicia o que de ella dependan, sean pronunciadas, registradas o expedidas a las partes en la lengua materna francesa y no de otra forma”. i

Hay que insistir, el argumento de la claridad de la lengua materna, es un lugar común, un mero corrimiento de fuerzas que aplica diciendo la lengua vernácula siempre es (la más) entendible. Y eso, sabemos, no solo no es así, por muchas razones, sino un argumento de ignorancia. Las dudas de interpretación, en una lengua utilizada para una determinada disciplina, es más fácil que provengan de su confusión con el uso corriente que con lo previamente definido de su especificidad, ¡Cuantos debates, hace apenas unos años, alrededor del pro multis! ¡Cuánta teología-ficción! Pero, en estos minutos, la realidad supera la teología-ficción y vuelve la imposición que solo es obra de la traducción de la traducción lograda de nuevo en la posibilidad italiana de que para muchos sea para todos. Limpiando con asco.

Unos meses después, el otro edicto, en noviembre del mismo año, 1539, pide prácticas de limpieza sobre la ciudad en cabeza de sus habitantes, porque “en nuestra buena villa y ciudad de París”, “no se puede circular tranquilamente”. “La ciudad y sus alrededores llevan así largo tiempo y sigue todavía sucia, tan llena de lodos, basuras, escombros y otros desperdicios que cada uno va dejando y abandonando diariamente ante su puerta contra todo buen juicio”.

El latín es el lugar de la ambigüedad y de la duda. Uno se confunde “a causa de la comprensión de las palabras latinas”ii dice el Edicto de agosto, el primero. El mal olor y la materia que se ordena limpiar en el segundo Edicto. Pero no se trata de sólo eliminar el latín, sino de lavar y pulir. Evitar su ornamentalidad, para liberar un movimiento obstaculizado por montones de basura y engordes retrasadores. Limpiar la mierda. De eso se trató, así parece, antes de los sesenta, de pensar que se limpiaba la mierda de la lengua común usada en la Iglesia católica. Limpiar el latín de la liturgia. No se trata de una explicación psicológica de los maestros lavadores de la lengua. Si no del sentido que tenía tanto para gran parte de los promotores de esa limpieza, de los que callaron no muy convencidos de nada y de los civiles, los feligreses, desde el más ilustrado hasta, las clases medias, que pensaron, también en su gran mayoría que hacía falta esa limpieza.

Volvamos a los Edictos, ahí se dice sobre el latín y la mierda que dejaban los parisimos amontonada en sus puertas. El segundo Edicto ordena no sacarla, reservarla. Su uso es contra todo buen juicio. No se puede circular tranquilamente con esa lengua ininteligible. Es un problema que lleva largo tiempo y sigue. El Edicto manda ocultar en algún lugar, en la casa de cada uno, en las intimidades, en las conciencias privadas. Y también manda construir, algo medianamente elevado, de piedra o madera, casi mesas, fosas de retrete, el rey expropiaría la casa en caso de omitirlas.

Por lo común, se asume, que el orden, la limpieza y la belleza como cualidades o características determinantes de una mirada conservadora o tradicional. Y esto permite muchos equívocos. Es una fórmula tramposa. Puritana. Apropiada por los unos y los otros inapropiadamente. Los que limpiaron el latín de la liturgia como si estuvieran sacándose la mierda de encima pensaban en un nuevo orden más limpio y bello. No habría que descuidar esa fórmula para comprender lo que hicieron, la belleza que se esmera en la obediencia, el latín es pensado como un desperdicio a limpiar. La belleza de esa fórmula radica en la obediencia de los súbditos a la ordenanza; una belleza imposible, en sus cabezas limpiadoras, en la lengua latina, oscura, ininteligible, absurda y vergonzante como la mierda. La vernácula viene a convertirse, así, en la fuente directa de algo compuesto para la información que se recibe y ejecuta. A cambio, acaso el juego disociativo, o el otorgamiento de más poder al poder emisor, la fuente, la lengua vernácula será patrimonio común que no solo se mantiene viva sino que crece a lo largo de los siglos, una lengua en movimiento, que cambia mientras camina que en lugar de cerrarse sobre sí misma se expande cada día, haciéndose más rica en la medida que asume distintas identidades pues une a gentes de orígenes, y costumbres diversas. Pero esa vida y esas distinciones identitarias de gentes y costumbres, negociaron la belleza desde la unidad por la belleza de un orden de visibilidadiii y ruido, “a voz en grito”iv, en cada esquina. El sonido y la furia, o el ruido y la furia.

Gustavo Nózica

i Laporte, Dominique Historia de la mierda, Pre-Textos, 1989, 2da. Ed. España; p.9.

ii Laporte, Dominique, ob.cit.; p.15

iii Art. 31. Deseamos que todas esas ordenanzas se hagan públicas todos los meses del año en todas las esquinas de la ciudad de París y sus alrededores, al son de la trompeta y a voz en grito; y que, además, sean encoladas en un tablero escrito en pergamino, en letra grande, por los dieciséis barrios de la ciudad de París y su arrabal y en los lugares más visibles y concurridos, con el fin de que sean conocidos y oídos por todos. Laporte, Dominque, ob.cit.; p.13.

iv Ídem. Anterior.

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Gustavo Nozica

Gustavo Nozica

Gustavo Nózica nació en Buenos Aires , es abogado y profesor egresado de la Universidad de Buenos Aires, ayudante en la cátedra de Cardineaux de epistemología en el profesorado de Cs. Jurídicas (UBA), Formó parte en 2012-2014 del Proyecto de investigación DeCyT (UBA). Enseño Derecho Civil y Romano en la Unpaz. Participó de ponencias en la Sociedad Argentina de Sociología Jurídica (SASJU) Se especializó en tutorías a estudiantes secundarios (IJVG). Escribió “Las violencias del maestro ignorante de Ranciére”; “¿Por qué no hay producción didáctica de las ciencias jurídicas para la enseñanza media y superior?”;“Los equívocos de Michel Foucault sobre san Juan Bautista de la Salle”; “Algunos problemas gravísimos de la teoría de género y la distribución de justicia”; “Una lectura crítica de Vigilar y Castigar de Michel Foucault” ;Tradujo de Michael Davies: “La nueva misa del Papa Pablo” y “El ordo divino de Cranmer. La destrucción del catolicismo a través del cambio litúrgico” “Derrida y Fontgombault sobre la hospitalidad: una pregunta por la amistad”