La parábola de los dos hijos

¿Cuál de los dos hermanos de la parábola de los dos hijos cumple con la voluntad del padre?

MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO. Rev. D. Vicente Ramón Escandell

La parábola de los dos hijos

1. Relato Evangélico (Mt 21, 28-32)

“Mas ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y llegando al primero, le dijo: Hijo, ve hoy, y trabaja en mi viña. Y respondiendo él, le dijo: no quiero. Mas después se arrepintió y fue. Y llegando al otro, le dijo del mismo modo; y respondiendo él, dijo: Voy, señor, mas no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” Dicen ellos: “El primero”; Jesús les dice: “En verdad os digo, que los publicanos y las rameras, os irán delante al reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros en camino de justicia, y no le creísteis. Y los publicanos y las rameras le creyeron, y vosotros, viéndolo, ni aun hicisteis penitencia después, para creerle”.

2. Comentario al Evangelio

En los últimos días de la vida terrena de Jesús, este desarrollo una breve, pero intensa, actividad en la Ciudad Santa, que provocó las iras de las autoridades de Jerusalén. En no pocas ocasiones, en sus parábolas y discursos, el divino Maestro se encaró con ellas por la dureza de su corazón y les manifestó las consecuencias del rechazo de su persona y mensaje.

En la parábola de los dos hijos, que sirve de pórtico a la de los viñadores homicidas, y que presenta ciertas similitudes con la parábola del hijo prodigo, encontramos un ejemplo de este mensaje de Jesús a las autoridades judías. Ellos son, y con ellos el pueblo de Israel, los que a la voz del padre dicen que “sí” para luego desobedecerle; escuchan la palabra de Dios, parecen asentir a sus mandamientos, pero, cuando llega la hora de la verdad, la hora del Hijo del Hombre, se niegan a escucharlo y a poner en práctica sus enseñanzas. Al contrario, aquel hijo que dijo “no” al padre y que luego obedeció a su mandato, representa al pueblo de los gentiles que, a pesar de haber conocido a Dios por medio de sus criaturas, se apartó de Él, pero que, a través de la predicación apostólica, conocieron al Hijo de Dios, acogieron su mensaje y lo pusieron en práctica.

3. Reflexión

Pecó para obtener cierto placer corporal; pasó el placer, quedó el pecado. Pasó el deleite, quedo la cadena. ¡Dura esclavitud!, nos advierte san Agustín1.

Hablar del Pecado resulta, hoy por hoy, una realidad incomoda, hasta el punto, de haber casi desaparecido de la predicación cristiana. Es preferible no hablar de él, porque incomoda y si se hace es para presentarlo de un modo caricaturizado o infantil. Se le disfraza de mil maneras, se le presenta bajo distintos ropajes, pero, si se pudiera prescindir de él, se haría.

Pero, por qué esa alergia al Pecado; por qué este deseo de arrinconarlo, marginarlo o ignorarlo. Una respuesta puede ser, porque pone de manifiesto la imperfección del ser humano, la razón más íntima de que no exista realmente esa arcadia feliz de progreso y amor, que tanto se nos anuncia, pero que parece que se nos escapa. O bien porque el Pecado pone de manifiesto las limitaciones de la libertad humana, cuando esta se aleja de los dictados de la voluntad de Dios. El Pecado, en definitiva, rompe los esquemas de una visión demasiado optimista del hombre y del mundo, creada a espaldas de la Revelación y al misterio del mal, cuya acción en ambos ella nos revela.

Y es que la Revelación, y, en definitiva, Dios mismo, que es su autor, nos pone de manifiesto la realidad del Pecado como una fuerza que desvía al hombre de su último fin. El Pecado no es una mera travesura, una falta moral que se subsana con una leve amonestación…, no, es algo muy serio y dramático. Es la ruptura trágica y dolorosa de la Alianza entre Dios y el hombre, que destruye la unión amorosa entre un Dios que lo da todo, hasta su más profunda intimidad, y una criatura, que anhela un amor infinito, que solo un ser eterno puede dar.

La ruptura de esa Alianza tiene sus consecuencias, que se manifiestan en la vida interior y exterior del hombre: perdida de la gracia, de la gloria, castigos en esta vida o en la otra…, en definitiva, un alejamiento profundo del último fin del hombre que es Dios. Y esto es lo que entra en conflicto con nuestra visión de Él, o más bien, con la imagen a la que nos hemos acostumbrado en los últimos tiempos: la de un dios “bonachón” que, por “amor”, minimiza las consecuencias de nuestros pecados y nos ofrece un perdón fácil, casi testimonial, porque “nos ama”. Pero el verdadero amor, el amor del Dios verdadero, no encubre el pecado, no lo oculta, ni lo minimiza, sino que revela toda su gravedad y sus consecuencias por el bien espiritual del pecador.

Porque Dios nos ama, con un amor autentico que busca siempre el bien profundo del amado, nos quiere hacer ver la gravedad del Pecado; no para humillarnos, sino para transformarnos, para hacernos crecer en fe, esperanza y caridad, y para que nuestro amor sea verdaderamente libre y responsable.

4. Testimonio de los Santos Padres

SAN JERONIMO, PRESBITERO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (c. 340-420)

Después cuando vino el Salvador, el pueblo gentil, habiendo hecho penitencia, trabajó en la viña de Dios, y enmendó con su trabajo la oposición que había presentado con la palabra. Esto es lo que da a entender cuando dice: “Mas después se arrepintió y fue”.

Catena Aurea

5. Oración

Señor y Dios nuestro, que aborreces el pecado, pero amas al pecador; míranos con bondad y, por los méritos de tu Hijo, ayúdanos a hacer siempre tu voluntad, porque en ello está el secreto de nuestra santidad. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amen.

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

1 Tratado del Evangelio según san Juan, 41

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna