La cosa misma. Como expresar lo que queremos

Una reflexión sobre lo que nos sucede cuando no sabemos como expresar lo que queremos

La cosa misma. Como expresar lo que queremos. Un artículo de Gilmar Siqueria

Los amigos que tienen la bondad de leerme en esta página de Marchando Religión habrán notado que, a lo largo de este año, casi todos mis artículos no han sido más que una modesta y floja glosa de un único problema: la necesidad y la dificultad de la expresión. Pues bien, otra vez retomaré el tema que sigue asombrándome – Dios sabrá por qué motivo.

Me llama la atención – tanto en mí mismo como en otras personas que he podido observar con algún detenimiento – cómo nos ponemos nerviosos en las ocasiones en que no somos capaces de expresar lo que queremos. Y digo queremos en el sentido más amplio posible: me refiero a los sentimientos y también a las experiencias. Hay ocasiones en que nos faltan las palabras, en que percibimos que las pocas que conocemos no son suficientes – no son justas – para comunicar lo que hemos vivido. Entonces nos ponemos nerviosos y lo que queríamos decir se nos queda como un nudo en la garganta.

Tenemos la necesidad de encontrar la palabra justa, la palabra verdadera, aunque sea para exorcizar lo que llevamos adentro. Pero si no la encontramos nos ponemos nerviosos: podemos exaltarnos y llegar a aquella rabia callada y que, sin embargo, nos quiere explotar las entrañas. Es una triste esclavitud la necesidad de decir algo que no encuentra salida.

Cuando, por otro lado, nos encontramos con aquello que hubiéramos querido decir – aunque escrito por otro – tenemos el sentimiento de liberación, de alivio, aunque sea demasiado feo lo que llevamos adentro. La palabra o la frase recién descubierta es para nosotros como una espina que quitamos de la carne magullada: el dolor sigue existiendo, pero ya nos repondremos si se nos fue quitada la espina.

Pero, entonces, ¿cómo encontrar la palabra justa? ¿Cómo reconocerla para hacerla nuestra? Lo primero será pedirle a Dios, como lo hizo Baudelaire (eso lo cuenta el Padre Castellani en su Psicología Humana), para que nos de la fuerza de mirar a nuestro corazón sin asco. Así lo hizo el personaje de la novela El Nudo de Víboras, de François Mauriac. Esta novela está narrada en primera persona: son unos cuadernos de un hombre que, al acercarse a la muerte, decide deshacer el nudo de víboras que es su corazón lleno de rabia y asco de sí mismo. Quiere exponerse delante de su mujer (primero, con la idea de venganza; después, ya lo descubrirá el lector), enseñarle todo lo abominable que lleva adentro y no tiene ningún miramiento al juzgarse, al juzgar su propio odio y falta de amor.

Es una novela bastante dura. El personaje de Mauriac no ha tenido la fuerza de mirar su propio corazón sin asco, aunque lo haya mirado de todos modos. Así pudo deshacer el nudo de víboras recibiendo una picadura a cada vez que metía la mano. A fuerza de soportar y abominar su miseria, pudo desbastar todo lo asqueroso que lo había envuelto a lo largo de la vida.

Incluso los mejores no aprenden a amar por sí solos. Para pasar de largo ante los ridículos, los vicios y, sobre todo, la estupidez de los seres, es necesario poseer un secreto de amor que el mundo no conozca. Mientras ese secreto no sea hallado, se cambiarán en vano las condiciones humanas. Creía que el egoísmo me hacía extraño a todo lo que compete a lo económico y lo social. Es cierto que he sido un monstruo de soledad e indiferencia; pero también había en mí un sentimiento, una oscura certidumbre de que para nada serviría revolucionar la faz del mundo; había que tocar al mundo en el corazón. Busco sólo a aquel que lleve a cabo esta victoria; será necesario que sea el Corazón de los corazones, el centro vivo de todo amor. Deseo que tal vez sea ya súplica.

Un fragmento aislado no puede hacerle justicia a esa estupenda novela. Lo que quiero deciros que es me parece extraordinario que un hombre lleno de rabia haya podido, a fuerza de examinarse sin mentiras, llegar a una plegaria. Sus palabras no eran difíciles; eran las que él conocía. Las pudo ajustar a la verdad de las cosas.

Muy a menudo me repito el verso aquél de Juan Ramón: «quiero que mi palabra/ sea la cosa misma». En el fondo, todos queremos – y necesitamos – llegar a la carne de las cosas (la expresión no es mía, sino de Ortega); y, cuando llegamos, nos repetimos varias y varias veces la bendita palabra en un añorante intento de adueñarnos de la cosa misma (esta idea tampoco es mía; me la tomé de Unamuno). Comunicar la realidad misma es poseerla de alguna manera; nos hace recordar que el polvo que reviste nuestros huesos también es el que está en la tierra.

Me he deparado con esta fuerza de la palabra en la literatura, desde luego. No en vano vengo poniendo versos de Luis Rosales en casi todos mis artículos. Pero menuda sorpresa he tenido cuando me decidí a leer La Nardo, de Ramón Gómez de la Serna: en esa novela, como en un poema, cada palabra parece justa; cada imagen del autor es un cuadro completo de la vida. Pondré aquí un ejemplo.

Era melancólico verla peinarse, era como si hiciese el resumen del día anterior. De vez en cuando, miraba los cabellos que habían quedado enredados entre las púas de su peine, como si fuesen cadencias de esa música que tocan los peines de las viejas cajas de música.

Las músicas de las viejas cajas también se iban muriendo poco a poco, como los cabellos de la Nardo, como su carne que se iba deshaciendo a cada día y como su alma que dejaba añicos en las camas. Por eso era melancólico verla peinarse a cada mañana. Pero, diciéndolo como lo he dicho, la cosa se empequeñece; Ramón la enseñó con palabras y así todos hemos podido verla en su melancolía.

La palabra que se pretende cosa – que llega a ser el dibujo de la cosa misma – trae consigo una liberación para el que la encuentra. Al pronunciarla – quizás sea este un sentido de la expresión palabra mágica – se cae cuando menos un velo que cubre algo de la realidad. Esa porción de carne y de polvo, ahora desnuda, es la que nos libera del peso de una angustia que antes no tenía nombre ni apariencia.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental