La Eucaristía: tesoro en tiempos de tribulaciones

El Coronavirus a la luz de Fátima es visto como una tragedia, pero a la vez como una fuente de esperanza. La Eucaristía se nos presenta como el más grande tesoro de la Iglesia en estos tiempos de tribulaciones

La Eucaristía: el más grande tesoro de la Iglesia en tiempos de tribulaciones, un artículo de Monseñor Schneider.

Con el permiso para su publicación de Mons. Athanasius Schneider

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

Estamos siendo testigos de una situación única: es primera vez en la Historia de la Iglesia que la celebración pública del Sacrificio Eucarístico ha sido prohibida casi a escala mundial. Bajo el pretexto de la epidemia del Covid-19, el inalienable derecho de los cristianos a la celebración pública de la Santa Misa ha sido infringida desproporcionada e injustificadamente. En muchos países, y especialmente en países de predominancia católica, esta prohibición se hizo cumplir de una manera tan sistemática y brutal que pareciera que las despiadadas históricas persecuciones contra la Iglesia estuvieran de vuelta. Ha sido creada una atmósfera de las catacumbas. Los sacerdotes celebraban la Santa Misa en la clandestinidad con un grupo de fieles.

Lo increíble en medio de esta prohibición mundial de la celebración pública de la Santa Misa fue el hecho de que muchos obispos, incluso antes de que los gobiernos prohibieran el culto público, publicaron decretos mediante los cuales ellos no solo prohibieron la celebración pública de la Santa Misa sino también los demás sacramentos. Por causa de tan antipastorales medidas aquellos obispos privaron al rebaño del alimento y de la fuerza espiritual que solo los sacramentos pueden proporcionar.

En vez de ser buenos pastores estos obispos se convirtieron en rígidos oficiales públicos.

Estos obispos han revelado estar imbuidos de una visión naturalista por cuidar solo la vida temporal y corporal, olvidando su tarea primaria e irremplazable de cuidar la vida eterna y espiritual. Ellos se olvidaron de la advertencia de Nuestro Señor: “Porque ¿de qué sirve al hombre, si gana el mundo entero, más pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? (Mateo 16, 26)” Obispos que no solo no cuidan sino que directamente prohíben a sus fieles el acceso a los sacramentos, especialmente el sacramento de la Santa Eucaristía y el sacramento de la Penitencia, se compartan como falsos pastores que buscan su propia ventaja.

Sin embargo, estos obispos se proveen a sí mismos del acceso a los sacramentos ya que celebran la Santa Misa, tienen su propio confesor y pueden recibir la unción de los enfermos. Las siguientes inspiradoras palabras de Dios son sin duda aplicables a estos obispos que, en esta tribulación causada por la dictadura sanitaria, niegan a sus ovejas el alimento espiritual de los sacramentos, mientras ellos se alimentan con la comida de los sacramentos:

“Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel; profetiza, y di a estos pastores: Así habla Yahvé, el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No es más bien el deber de los pastores apacentar el rebaño? Vosotros coméis su leche y os vestís de su lana; matáis lo gordo, pero no apacentáis el rebaño. No fortalecisteis a las ovejas débiles, no curasteis a las enfermas, no vendasteis a las perniquebradas, no condujisteis al redil a las descarriadas, no fuisteis en busca de las perdidas, sino que las dominabais con violencia y crueldad; de modo que se dispersaron por falta de pastor; vinieron a ser presa de todas las fieras del campo y se perdieron. Mis ovejas andan errantes por todas las montañas y por todas las altas colinas. Por toda la faz de la tierra se dispersaron mis ovejas, y no hay quien las busque ni quien se preocupe de ellas. Por eso, oíd, oh pastores, la palabra de Yahvé: Por mi vida, dice Yahvé, el Señor, que por cuanto mi grey ha sido depredada, y mis ovejas han sido presa de todas las fieras del campo, por falta de pastor; pues mis pastores no cuidaban de mis ovejas, sino que los pastores se apacentaban a sí mismos y no apacentaban a mi grey, por lo tanto, oíd, oh pastores, la palabra de Yahvé. Así dice Yahvé, el Señor: Heme aquí contra los pastores; demandaré mis ovejas de su mano y no permitiré que apacienten mi grey; ni tampoco se apacentarán en adelante los pastores a sí mismos; puesto que Yo libraré mis ovejas de su boca, y nos les servirán ya de pasto.”

Ezequiel 34, 2-10

En el tiempo de la plaga, la cual tuvo un incomparable mayor rango de mortandad que la presente epidemia de Covid-19, San Carlos Borromeo incrementó el número de celebraciones públicas de la Santa Misa. Incluso, aunque cerró por un tiempo las iglesias, al mismo tiempo ordenó que debían celebrarse Misas en muchos lugares públicos y espacios abiertos, como plazas, cruces de camino, esquinas de las calles. Obligó a los sacerdotes a visitar a los enfermos y a los moribundos para administrar los sacramentos de la Penitencia y de la Extrema Unción. Ordenó que se realizaran procesiones públicas, mientras las personas caminaban a una debida distancia, para hacer reparación por los pecados e invocar la Misericordia Divina. San Carlos Borromeo no olvidó el cuidado del cuerpo de las personas infectadas, pero al mismo tiempo su primera preocupación fue la ayuda espiritual de los sacramentos, con los cuales el enfermo iba a ser fortalecido. Existen muchos conmovedores ejemplos heroicos en la Historia, donde sacerdotes aceptaron conscientemente el peligro mortal mientras administraban los sacramentos a personas que estaban infectadas con la contagiosa enfermedad letal.

Hay un conmovedor testimonio del Movimiento de Oxford en la Iglesia Anglicana en el siglo 19 sobre el valor de la belleza de la liturgia y de la celosa administración de los sacramentos en la época de la peligrosa y altamente contagiosa epidemia de cólera en Inglaterra.

“Las invocaciones rituales de los que fueron acusados estaban totalmente arraigadas en las necesidades pastorales desesperadas que encontraron. Las Hermanas de la Misericordia trabajaron con el clero de St Peter, Plymouth, en la epidemia de cólera de final de los años de 1840, y solicitaron al sacerdote párroco, Padre George Rundle Prynne la celebración de la Eucaristía cada mañana para fortalecerlas en su trabajo. Así comenzó la primera misa diaria en la Iglesia de Inglaterra desde la Reforma. De modo similar, el clero de St Saviour, Leeds, ponía las medicinas que tenían en el altar en la comunión cada mañana antes de llevarlas a muchas docenas de sus parroquianos que morían de cólera cada día. Estas iglesias de barrios marginales y sus sacerdotes fueron demasiados para ser todos mencionados, pero su audacia y su piedad son admirables. En ese tiempo la Iglesia de Inglaterra consideraba el ritual como una imitación perversa de la Iglesia Papista. Las vestimentas para la mayoría eran horribles, y sin embargo en lugares como la misión de la iglesia de St.George en el Este, se balanceaban los incensarios; se fomentaba las genuflexiones; la señal de la cruz se hacía con frecuencia y la devoción al Santo Sacramento se daba por sentado. Se escuchaban confesiones, se administraba la santa unción. La belleza y la santidad iban en medio de la miseria y de la depresión, como un testimonio de la fe católica en Jesucristo, el Dios encarnado, presente y activo en su mundo. Y, quizás lo más significativo, los enfermos y moribundos iban a recibir esta presencia sacramental tan lejos como era posible. Confesiones en el lecho de muerte, el oleo de la unción, incluso ocasionalmente, la comunión del sacramento reservado se convirtieron en las armas de los sacerdotes contra, por ejemplo, la terrible epidemia de cólera el Este de Londres de 1866.”

http://www.puseyhouse.org.uk/what-was-the-oxford-movement.html

San Damián de Veuster es un luminoso ejemplo de un sacerdote y pastor de almas que, por el amor de proveer de la celebración de la Santa Misa y de los demás sacramentos a las personas abandonadas que estaban sufriendo de lepra en la Isla de Molokai, aceptó voluntariamente administrarles los sacramentos, viviendo entre ellos y exponiéndose así a la enfermedad mortal. Los visitantes nunca olvidarán los signos y los sonidos de la Misa del Domingo en la Capilla de Santa Filomena. El padre Damián estaba en el altar. Sus leprosos se reunían a su alrededor. Ellos tosían y expectoraban constantemente. El olor era insoportable. Sin embargo, el padre Damián ni una sola vez titubeó o mostró su disgusto. Su fuerza venía de la Eucaristía tal como él mismo escribió: “Es al pie del altar que nosotros encontramos la fuerza que necesitamos en nuestra soledad…” Es ahí donde él encontró para sí y para aquellos que él sirvió el apoyo y el aliento, la consolación y la esperanza que hizo de él “el misionero más feliz del mundo”, tal como se llamaba a sí mismo. Mahatma Gandhi, por ejemplo, ha dicho que el mundo tiene pocos héroes comparables con el Padre Damián de Molokai. Bélgica, el país natal de San Damián, lo ha proclamado como el hombre más grandioso de su historia.

Nuestra época está marcada por una generalizada crisis litúrgica y Eucarística sin precedentes debido a la práctica negligente de la verdad de que la Eucaristía, la Sagrada Comunión, que es el tesoro del altar de inefable majestad. Por tanto, la siguiente admonición del Concilio de Trento sigue siendo hoy más relevante que nunca:

“Y debemos confesar que los cristianos fieles no pueden realizar ninguna otra acción tan santa y divina, como este terrible misterio, en el cual cada día esta hostia dadora de vida, mediante la cual somos reconciliados con Dios Padre, es sacrificada por los sacerdotes a Dios en el altar. Y está igualmente claro que se debe usar cada esfuerzo y diligencia para que sea celebrada con la mayor pureza y transparencia interna, y una actitud externa de devoción y piedad”.

Sesión XXII, Decretum de Observandis et Vitandis, de Benedicto XIV

Esta Divina majestad presente en el misterio de la Santísima Eucaristía es, sin embargo, una majestad escondida. Bajo las especies Eucarísticas está oculto Dios de majestad. San Pedro Julián Eymard, un apóstol moderno de la Eucaristía habló notablemente sobre la verdad de la oculta majestad de Cristo en el Misterio Eucarístico. Nos dejó reflexiones admirables como esta: (Nota de la traducción: el libro citado por Monseñor Schneider puede leerse completo aquí)

 “Jesús vela su poder para no amedrentar al hombre; vela su excelsa santidad para no desalentarnos cuando consideramos nuestras imperfectas virtudes. Como la madre balbucea las primeras palabras que ha de enseñar a su pequeño y se empequeñece con él, para elevarle hasta sí misma, así Jesucristo se hace en la Hostia santa pequeño con los pequeños, para poderlos elevar hasta sí mismo y por sí hasta Dios. Jesús vela también su amor, y de esta manera modera y templa los ardores de este divino amor. Es tal la intensidad del fuego del amor de Jesús que, si nos viésemos expuestos a su acción directa, sin que nada se interpusiese, nos consumiría rápidamente: “Ignis consummens est” (Dt 4, 24): Dios es fuego que consume. Así Jesús, ocultándose bajo las especies sacramentales, anima y fortalece nuestra debilidad. (…) Oculto Jesús tras esa espesísima niebla de los accidentes eucarísticos, exige de nosotros un sacrificio altamente meritorio; hay que creer, aun en contra del testimonio de los sentidos, contra las leyes ordinarias de la naturaleza y contra la misma experiencia. Hay que creer bajo la palabra de Jesús. Lo único que debemos hacer en presencia de la Hostia santa es preguntarnos y decir: “¿Quién está ahí?”, y Jesucristo nos contesta: “Yo”. Postrémonos y adoremos. (…) Hay más; este velo, en lugar de servir de prueba, se convierte en un poderoso estímulo y aguijón para los que tienen una fe humilde y sincera. El espíritu goza cuando conoce una verdad oculta, cuando descubre un tesoro escondido, cuando triunfa de una dificultad… El alma fiel, mirando el velo que oculta a su Señor, lo busca con el mismo afán con que lo buscaba la Magdalena en el sepulcro, crecen sus ansias de verle y le llama con las palabras de la Esposa de los Cantares. Se goza en atribuirle toda suerte de belleza y en realzarle con toda la gloria posible. La Eucaristía es para esta alma lo que Dios para los bienaventurados: la verdad, la belleza siempre antigua y siempre nueva, que el alma no se cansa nunca de escudriñar y penetrar. (…) La felicidad y el deseo son dos elementos indispensables del amor mientras vivimos en este mundo; por eso el alma, con la Eucaristía, goza y desea al mismo tiempo. Come y se siente hambrienta todavía. Sólo la sabiduría infinita del Señor y su gran bondad pudieron inventar el velo de la Eucaristía.

(Obras Eucarísticas, La Presencia Real pág. 97-98)

El mismo Santo nos deja profundas reflexiones acerca de la adoración a la Eucaristía:

“He amado el ornato de tu casa” (Ps 25, 8) Un día se acercó a Jesús una mujer, una verdadera adoradora, con intención de adorarle. Llevaba una vasija llena de perfumes y los esparció a los pies de Jesús, para atestiguar su amor y honrar de esta manera su divinidad a y su santa humanidad. ¿Para qué esta superfluidad? –dijo Judas el traidor–. Mejor hubiera sido vender esos perfumes a un precio elevado y distribuir su importe entre los pobres”. Pero Jesús salió a la defensa de su sierva diciendo: “Lo que ha hecho esta mujer, bien hecho está y dondequiera que se predique este evangelio se referirá esto en alabanza suya”. He aquí ahora la explicación de este hecho evangélico.

 Nuestro señor Jesucristo está en el santísimo Sacramento para recibir de los hombres los mismos homenajes que recibió de los que tuvieron la fortuna de tratarle durante su vida mortal. Está allí para que todo el mundo pueda tributar a su santa humanidad honores personales. Aun cuando ésta fuese la única razón de la Eucaristía, deberíamos considerarnos dichosos por poder rendir a Jesucristo en persona los homenajes que dimanan de nuestros deberes de cristianos. Por esta su divina presencia tiene razón de ser el culto público y tiene vida propia. Suprimid la presencia real y no habrá medio de tributar a la santísima humanidad de Cristo el respeto y el honor que le son debidos.

Nuestro Señor, como hombre, no está más que en el cielo y en el santísimo Sacramento. Por la Eucaristía podemos aproximarnos al Salvador en persona estando vivo, y podemos verle y hablarle… Sin esta presencia el culto caería en una abstracción.

Mediante esta presencia vamos a Dios directamente y nos acercamos a Él como cuando vivía en la tierra. ¡Desgraciados de nosotros si, para honrar la humanidad de Jesucristo, nos viésemos precisados, como único recurso, a evocar los recuerdos de hace dieciocho siglos! Aun tendría esto base para lo que toca el espíritu, pero por lo que hace a los homenajes del culto externo, ¿cómo se lo tributaríamos, atendiendo solamente a un pasado tan lejano? Nos contentaríamos con dar gracias sin entrar en la participación de los misterios. Pero por estar Jesucristo realmente en la Eucaristía, puedo yo hoy en día adorar como los pastores y postrarme ante Él como los magos: no hay por qué envidiar la dicha de los que estuvieron en Belén o en el calvario.

(…) En el día del juicio podremos decirle: “Os hemos visitado no sólo en vuestros pobres, sino también en vos mismo, en vuestra augusta persona: ¿que nos dais en recompensa?” Las gentes del mundo nunca comprenderán estas verdades. Dad, sí, dad a los pobres; pero a las iglesias, ¿para qué? ¡Este es dinero perdido! ¿Para qué esa prodigalidad en los altares? ¡Y así algunos se hacen protestantes! ¡Fuera tales ideas! La Iglesia quiere un culto vivo porque posee su Salvador, vivo sobre la tierra. ¡Qué dichosos pueden llegar a ser los que saben agenciar rentas para la vida eterna a cambio de este poco que dan a nuestro señor Jesucristo! ¿Es esto una cosa de poca monta? Más todavía. Dar a Jesucristo es un consuelo, una satisfacción íntima; aun más, es una verdadera necesidad.

Sí, tenemos necesidad de ver, de sentir de cerca a nuestro señor Jesucristo y de honrarle con nuestros donativos. Si Jesucristo no quisiera de nosotros otra cosa que homenajes internos, desatendería una imperiosa necesidad del hombre, cual es el no saber amar sin manifestar este amor por señales exteriores de amistad y de cariño.

Si hay luces encendidas, las ropas están limpias y los ornamentos decentes y bien conservados…, ¡ah, en aquel pueblo hay fe! Pero si Jesucristo está sin ornamentos, y en una iglesia que más que iglesia parece una cárcel, ¡entonces existen pruebas de que allí falta la fe! Se hacen donativos para todas las obras de beneficencia, y, si pedís para el santísimo Sacramento, no os entienden. Para adornar el altar de tal o cual santo, para hacer una peregrinación a un lugar en el cual se obran curas maravillosas, aun se da algo; mas para el santísimo Sacramento… ¡nada! ¿Ha de ir el rey vestido de andrajos mientras que su servidumbre se adorna con magníficos tocados? Es que no se tiene fe, fe viva y amorosa, o a lo sumo es una fe especulativa, puramente negativa: se es protestante en la práctica por más que se diga católico”

Obras Eucarísticas, La Presencia Real, págs. 156-159,

San Pedro Julián Eymard dijo: “En la adoración a Dios, todo es grande, todo es divino. (…) La Sagrada Liturgia Romana es por tanto augusta y auténtica. Viene de Pedro, cabeza de los apóstoles. Cada Papa la mantuvo y la guardó con todo respeto a los siglos posteriores sabiendo como agregar, en conformidad con las necesidades de la fe, la piedad y gratitud, nuevas fórmulas, oficios y ritos sagrados. (…) La adoración litúrgica es el ejercicio por excelencia de toda religión” (Direttorio degli aggregati del Santissimo Sacramento, Ch. II, art. V, n. 1).

La situación de la suspensión pública de la Santa Misa y de la Santa Comunión sacramental durante la epidemia del Covid-19 es tan única y seria que uno puede descubrir detrás de todo esto un profundo significado. Este evento ha llegado casi después de cincuenta años de la introducción de la Comunión en la mano (en 1969) y de una reforma radical al rito de la Misa (en 1969/1970) con sus elementos protestantizantes (peticiones en el ofertorio), su horizontalidad y estilo instruccional de celebración (momentos de estilo libre, celebraciones en un círculo cerrado y hacia el pueblo).

 La praxis de la Comunión en la mano en los últimos cincuenta años ha conducido a una profanación no intencional e intencional del Cuerpo Eucarístico de Cristo a una escala sin precedentes. Por más de cincuenta años, el Cuerpo de Cristo ha sido (la mayoría no intencionalmente) pisoteado por los pies del clero y de los laicos en las iglesias católicas alrededor del mundo. El robo de las Hostias consagradas ha también ido creciendo con un alarmante rango. La praxis de tomar la Santa Comunión directamente con las propias manos y dedos se asemeja cada vez más al gesto de tomar cualquier alimento. En no pocos católicos la práctica de recibir la Comunión ha debilitado la fe en la Presencia Real, en la transustanciación y en el divino y sublime carácter de la Sagrada Hostia. Con el tiempo, la Eucarística presencia de Cristo se ha convertido, inconscientemente para estos fieles, en una especie de pan bendito o símbolo. Ahora el Señor ha intervenido y privado casi a la mayoría de los fieles a asistir a la Santa Misa y de recibir sacramentalmente la Sagrada Comunión.

La presente suspensión pública de la Santa Misa y de la Sagrada Comunión puede ser entendida por el Papa y los obispos como una reprimenda divina por los últimos cincuenta años de profanaciones y trivializaciones de la Eucaristía y, al mismo tiempo, como una misericordioso llamado a una auténtica conversión Eucarística de toda la Iglesia. Pueda el Espíritu Santo tocar el corazón del Papa y de los obispos y moverlos para publicar normas litúrgicas concretas con el fin de la que adoración Eucarística de la Iglesia entera pueda ser purificada y orientada de nuevo hacia el Señor. Uno puede sugerir que el Papa, junto con los cardenales y los obispos, lleven a cabo un acto de reparación pública en Roma por los pecados contra la Santa Eucaristía y por el pecado de los actos de veneración religiosa a las figuras de la Pachamama. Una vez que la presente tribulación haya terminado, el Papa debiera publicar normas litúrgicas concretas, en las cuales invite a la Iglesia entera a volverse de nuevo hacia el Señor en la forma de la celebración, esto es, que el celebrante y los fieles estén vueltos en la misma dirección durante la oración Eucarística. El Papa debiera también prohibir la práctica de la Comunión en la mano porque la Iglesia no puede continuar impunemente tratando al Santo de los Santos en la pequeña Hostia consagrada de manera tan minimalista e insegura.

Nosotros también debemos escuchar la voz de los pequeños en la Iglesia, esto es, la voz de los incontables fieles, niños, jóvenes, padres y madres de familia, de los ancianos, quienes, en una visible manifestación por su respeto y amor al Señor Eucarístico han sido humillados y despreciados en medio de la Iglesia por un clericalismo arrogante e indudablemente farisaico. Estos pequeños amantes y defensores de la Eucaristía renovarán la vida de la Iglesia en nuestro día y aquellas palabras de Jesús se aplican a ellos correcta y merecidamente: ““Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque encubres estas cosas a los sabios y a los prudentes, y las revelas a los pequeños”. (Mateo 11, 25) Pueda esta verdad darnos esperanza y luz en medio de la oscuridad y haga crecer nuestra fe y nuestro amor por Jesús Eucarístico, ya que cuando tenemos a Jesús Eucarístico, lo tenemos todo y nada se perderá.

Preguntas y respuestas:

1.- ¿Cómo podemos convencer mejor a nuestra familia y amigos de lo pecaminoso de la Comunión en la mano? ¿Cómo podemos evangelizar mejor a otros católicos acerca de la importancia de la Sagrada Eucaristía? Puede llegar a romper el corazón ver la irreverencia hacia la Sagrada Eucaristía entre los mismos católicos. ¿Qué recomendaría usted que ayudaría a educar a las personas con caridad, sin hostilidad y sin convertirse en presumido?

Lo primero que uno tiene que decir es que la Comunión en la mano en sí no es pecaminosa. Está permitida por la Iglesia. Desde un punto de vista subjetivo, una persona puede recibir la Comunión con devoción en la mano. Sin embargo, aquí viene el problema. El aspecto objetivo y visible de esta forma de recibir el Cuerpo de Cristo expresa en sí menos sacralidad, y es incluso peligroso por las ocasiones reales y frecuentes de pérdida de pequeños fragmentos Eucarísticos. Además, el actual gesto de recibir la Comunión en la mano se asemeja al gesto de tomar cualquier alimento. Desafortunadamente, la Santa Sede y los obispos autorizan la comunión en la mano. A partir del momento que la Santa Sede prohíba la Comunión en la mano, sería pecaminoso. Podemos evangelizar mejor a otros católicos sobre la importancia de la Sagrada Eucaristía dando un ejemplo personal concreto al recibir la Comunión de manera devota, recogidamente, arrodillados y en la boca, permaneciendo después de la Misa cierto tiempo en acción de gracias, pasando tiempo en adoración Eucarística, difundiendo la sana enseñanza sobre la Eucaristía del Magisterio de la Iglesia y los escritos y vida de los Santos. Recomendaría muy fuertemente, por ejemplo, los escritos de San Pedro Julián Eymard.

2. ¿Qué podemos hacer como fieles laicos en reparación por los grandes pecados dentro de la Iglesia que merecen los castigos de Dios? ¿Cómo podemos impulsar el crecimiento de más Iglesia más fiel y fuerte?

Primero, debemos pedir la gracia de tener siempre un corazón contrito; ir con mayor frecuencia a la Santa Confesión; organizar Horas Santas; procesiones en reparación por los grandes pecados dentro de la Iglesia, concretamente: los pecados contra la Santa Eucaristía; los pecados contra el Primer Mandamiento de la Ley de Dios; los pecados contra la verdad de la unicidad de la salvación a través de Jesucristo; los pecados contra la santidad del matrimonio; los pecados contra la santidad del sacerdocio. La Iglesia será más fiel y fuerte primero a través de una renovada adoración Eucarística; a través de un testimonio personal y público de la integridad de la fe católica; a través de un renovado clero santo; a través de verdaderas y numerosas familias católicas.

3. ¿Cómo debiéramos expresar nuestra decepción a la conducción de nuestros obispos con respecto a encontrar formas para administrar los sacramentos durante la pandemia? ¿Debiéramos seguir tranquilamente su conducción o debiéramos hablar claro y demandar con respeto el retorno de las Misas públicas y/o tratar de organizar Misas fuera de las iglesias cuando ellas estén cerradas? ¿Cuándo la obediencia al obispo triunfa sobre la obediencia a Cristo?

Los fieles laicos deben hablar y demandar, con respeto, el retorno de las Misas públicas y también organizar Misas al aire libre, u otras formas creativas de celebrar dignamente la Santa Misa. El Papa Francisco dijo las siguientes inspiradoras palabras en una de sus locuciones en el Angelus, que son aplicables a nuestra pregunta:

“Es un escrito de san Cesáreo de Arlés, un Padre de los primeros siglos de la Iglesia. Explicaba cómo el pueblo de Dios debe ayudar al pastor, y ponía este ejemplo: cuando el ternerillo tiene hambre va donde la vaca, a su madre, para tomar la leche. Pero la vaca no se la da enseguida: parece que la conserva para ella. ¿Y qué hace el ternerillo? Llama con la nariz a la teta de la vaca, para que salga la leche. ¡Qué hermosa imagen! «Así vosotros —dice este santo— debéis ser con los pastores: llamar siempre a su puerta, a su corazón, para que os den la leche de la doctrina, la leche de la gracia, la leche de la guía». Y os pido, por favor, que importunéis a los pastores, que molestéis a los pastores, a todos nosotros pastores, para que os demos la leche de la gracia, de la doctrina y de la guía. ¡Importunar! Pensad en esa hermosa imagen del ternerillo, cómo importuna a su mamá para que le dé de comer.”

Angelus, 11 de mayo 2014

4. Con su experiencia de haber pasado meses y años sin el Santo Sacrificio de la Misa, ¿qué consejo puede compartir con aquellos de nosotros que no pueden ir a Misa? ¿Cómo podemos hacer de esto un tiempo fructífero en vez de un tiempo de amargura y tristeza? ¿Existe alguna práctica dominical para las familias que recomendaría?

Tenemos que aceptar esta situación como una prueba de manos de la Divina Providencia que nos otorgará un gran beneficio espiritual como si no hubiéramos experimentado tal situación. Esta actual intervención divina de purificación tiene el poder de mostrarnos a todos nosotros lo que es verdaderamente esencial en la Iglesia: el sacrificio Eucarístico de Cristo con Su Cuerpo y Sangre y la salvación eterna de las almas inmortales. Esta situación fuerza a las familias católicas a experimentar literalmente el significado de una iglesia doméstica. En ausencia de la posibilidad de asistir a la Santa Misa incluso los domingos, los padres católicos deberían congregar a su familia en su hogar. Ellos debieran dedicar una hora santa a las oraciones para santificar el Día del Señor y unirse espiritualmente a las Santas Misas que son celebradas por los sacerdotes a puertas cerradas en sus ciudades o en su vecindario. Esta hora santa dominical de una iglesia doméstica puede ser hecha, por ejemplo, de la siguiente manera: Rezo del Rosario; lectura del Evangelio del Domingo; acto de Contrición; acto de Comunión Espiritual; Letanías; oración por todos los que sufren y mueren; por todos aquellos que son perseguidos; oración por el Papa y por los sacerdotes; oración por el fin de la presente epidemia física y espiritual. Además, en los domingos los padres podrían reunir a sus hijos a medio día o en la tarde para leerles vidas de santos, especialmente aquellas historias marcadas por tiempos de la persecución a la Iglesia.

5. ¿Qué hacemos si las Misas tradicionales están prohibidas y/o estamos forzados a recibir la Santa Comunión en la mano?

Es aún válida la ley universal de la Iglesia que establece que los fieles tienen el derecho a recibir la Comunión en la boca y que este derecho no puede serles negado. Mientras la Santa Sede no revoque esta norma universal, no puede ser desautorizada por las Conferencias Episcopales, o por un obispo o sacerdote. Los fieles deben insistir sobre su derecho. De acuerdo, a las apreciaciones de los expertos la Comunión en la boca no es menos higiénica que la comunión en la mano.  También pueden ser aplicadas medidas higiénicas al rito de la Comunión en la boca.

6. ¿Cuáles son algunos de los mayores obstáculos para que los seminaristas y sacerdotes aprendan la Liturgia Tradicional Romana?

Uno de los mayores obstáculos son los prejuicios ideológicos anti-Tradicionales y la rígida pastoral de sus obispos o de los Superiores de los seminarios, lo que significa una actitud de neo-Pelagianos y Fariseos.

7. ¿El abuso Eucarístico y la irreverencia litúrgica es parte inherente del Novus Ordo Missae? ¿Abandonar el Novus Ordo Missae resolvería por completo la serie de problemas asociados con los abusos litúrgicos y Eucarísticos?

Se tiene que distinguir entre abuso Eucarístico e irreverencia litúrgica. La irreverencia litúrgica puede ser cometida también en el rito tradicional, por ejemplo, cuando el celebrante celebra distraída y apresuradamente. El abuso Eucarístico no es una parte inherente del Novus Ordo Missae ya que en sí el Novus Ordo no contiene permiso para la Comunión en la mano, los ministros laicos de la Eucaristía, acólitos femeninos, música mundana. Sin embargo, la irreverencia litúrgica es, en mi opinión, una parte inherente del Novus Ordo Missae por cuanto varios momentos del Ordo Missae dan al celebrante la posibilidad para las improvisaciones. No creo que sea realista abolir el Novus Ordo. Tenemos que restaurar la constante forma tradicional de la Misa paso a paso, de un modo substancialmente orgánico. Solo aquellas cosas que son absolutamente necesarias debieran ser impuestas en todas las iglesias católicas de Rito Romano por la autoridad pontificia: celebración ad Deum y Comunión de rodillas y en la boca. Otros elementos tradicionales debieran ser agregados como opción, como una recomendación. La nueva Misa con el tiempo mediante pasos orgánicos se acercará cada vez más a la Antigua Misa, no completamente idéntica, pero muy cerca. Entonces, tendremos de nuevo un rito Romano con solo algunas opciones ligeramente diferentes.

8. ¿Debieran tratar los fieles de evitar las iglesias donde se permite la Sagrada Comunión en la mano?

Esta es una decisión de la conciencia de cada cual y uno tiene que respetar dicha decisión.

9. Algunos han especulado que veremos menos fieles en las bancas tras la pandemia. ¿Cómo promocionamos la obligación dominical después de la dispensación generalizada y del uso de liturgias transmitidas?

Algunas personas dicen que tendremos una nueva apetencia por la Eucaristía después de que la epidemia del Coronavirus haya pasado. Es una experiencia humana común que la prolongada privación de una realidad importante inflame los corazones de las personas con un anhelo por ella. Desde luego que esto se aplica a aquellos que realmente creen y aman la Eucaristía. Quizás aquellos católicos que estaban tan acostumbrados al Santo de los Santos llegaron a considerarlo como algo habitual y común experimentarán una conversión espiritual y comprenderán y tratarán en adelante a la Sagrada Eucaristía como extraordinario y sublime. En general, creo que el tiempo de privación de la Santa Misa y de los sacramentos tendrá la función de purificar el trigo separándolo de las malas hierbas, tal como dice la Sagrada Escritura (ver Mateo 3, 12). Las presentes tribulaciones nos enseñan y nos entrenan a permanecer siempre fieles al Señor y a nuestra santa Fe, de acuerdo con las palabras de la Sagrada Escritura:  “El que perseverare hasta el fin, ése será salvo” (Mateo 10, 22) y “Sé fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2, 10). Y solo esto importa.

+ Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María en Astana

Este artículo sobre la Eucaristía puede leerse en su original en inglés aquí: https://www.gloriadei.io/coronavirus-in-the-light-of-fatima-a-tragedy-and-a-source-of-hope/

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