Coronavirus y la batalla espiritual

Desde México, uno de los países que más visita Marchando Religión, llega este artículo sobre el coronavirus y la batalla espiritual. Damos nuestra bienvenida a una nueva firma.

Coronavirus y la batalla espiritual. Un artículo de Mario Urióstegui

La pandemia de coronavirus ha puesto al mundo de rodillas. La emergencia sanitaria produjo el cierre de empresas y con ello pérdidas de fuente de trabajo que han repercutido enormemente en las economías de los países.

Producto de lo anterior, los medios de comunicación se encargaron de difundir noticias e información acerca del “virus aterrador” las 24 horas del día, ocasionando una psicosis colectiva en gran parte de la población. Todo esto con el beneplácito de los gobiernos, mismos que han impuesto a los ciudadanos, en beneficio de su “salud”, ciertas prohibiciones, o en lenguaje más formal, ciertas medidas de mitigación para prevenir los contagios.

Los gobiernos occidentales, en particular los de la Unión Europea y EEUU,implementaron medidas draconianas que incluso van en contra de sus constituciones liberales y de los tratados internacionales; los partidos políticos han contradicho sus principios: en muchos casos los que estaban a favor de las libertades humanas en su máxima expresión (izquierda) ahora apoyan el Estado de emergencia (o policial) mientras que los conservadores, ahorason los defensores de las garantías constitucionales. Desgraciadamente los católicos no hemos permanecido ajenos a esta situación de zozobra y en vez de sentirnos apoyados por nuestras autoridades y representantes populares vemos cómo nos dominan incluso apartándonos del culto divino.

A partir del panorama anterior (nada alentador) hagamos la siguiente reflexión, imagínense si en este momento, los médicos y todo el personal de salud, decidieran cerrar los hospitales y se negaran a atender a todos los enfermos por miedo al contagio. Se vería como un acto condenable, cobarde y al tratarse de una actitud de egoísmo criminal se vería cómo un escándalo esta falta de ética profesional al tratarse de acto de egoísmo criminal por negarles a esas vidas y asistencia dignas. Bueno, una situación similar se vivió al iniciar la pandemia.

La jerarquía católica decidió suspender el culto público a Dios al dejar de celebrar la Santa Misa con la presencia de la feligresía, así se privó del único alimento que da vida: la Eucaristía. Se despojó a los fieles de este sacramento y demás consuelos espirituales, demostrando que nuestra jerarquía no tiene fe.

Se les olvidó que la Santa Misa es el único sacrificio agradable a Dios cuyos fines (Adoración, Acción de gracias, Expiación y Petición) pueden poner fin a la cólera divina al pedir misericordia para el orbe entero que se ha visto afectado por esta peste.

Por desgracia nuestros pastores que son los médicos del alma optaron en un primer momento por despojarnos de la cura y remedio de nuestra alma afectando nuestra vida espiritual.

Se hace énfasis en que no hay salida a corto plazo de esta pandemia más que con los medios humanos, los cuales han resultado ser insuficientes.

Ahora en vez de priorizar en hacer campañas intensas de oración, ayuno, abstención y penitencia y de exhortarnos a la conversión y a tener la mirada hacia lo celestial, porque lo más peligroso no es perder la vida física sino el alma, se ha dado prioridad a la concientización del uso de la mascarilla (cubrebocas o barbijos) así como el distanciamiento social (autoaislamiento) y lo que es sumamente crítico: la Comunión en la mano.

Tenemos que ser responsables, acatar las normas básicas de higiene, optar por un estilo de vida saludable y tomar precauciones. Seamos conscientes de las consecuencias de esta enfermedad, por su puesto. Pero más aún debemos estar consientes, que de nada nos servirán todas las medidas y cuidados en contra de esta peste si dejamos nuestros deberes cristianos porque cuando Dios nos mande a rendir cuentas a su tribunal Él nos pedirá obras.

Nadie morirá si no está en la voluntad de Dios que así suceda. A Él debemos volver la mirada con humildad y reconociendo nuestra fragilidad humana. Pidámosle perdón por nuestros pecados y los del mundo. Misericordia porque nos hemos alejado de nuestra patria celestial y a causa de nuestra soberbia, inmoralidad, injusticia y crueldad y en no pocos casos por nuestra indiferencia ante el sufrimiento de los más indefensos y los excesos y perversidades como el aborto, feminismo y homosexualismo.

Pidamos por los enfermos, moribundos y por todo el personal de salud que está al pie del cañón. Pidamos por sus familias. Elevemos nuestras oraciones, también, por todos los que están librando una batalla espiritual.

San Ignacio de Loyola, rogad por nosotros.

Mario Urióstegui Mendoza

Nuestro debate sobre la comunión en la mano, en nuestro canal de youtube: La Comunión en tiempos de coronavirus

Les invitamos a unirse a la cruzada del Obispo Schneider por la reparación Eucarística


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