El obispo Schneider lanza una Cruzada internacional por la reparación eucarística

Nuestro Vaticanista nos trae una propuesta de Mons. Schneider con relación a la reparación eucarística, ¡Imperdible!

El obispo Schneider lanza una Cruzada internacional por la reparación eucarística. Un artículo del blog de Aldo María Valli

Texto original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2020/07/21/il-vescovo-schneider-lancia-una-crociata-internazionale-per-la-riparazione-eucaristica/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

El obispo Athanasius Schneider pide al clero católico y a los laicos de todo el mundo que se unan en una cruzada de reparación por los pecados contra Jesús en la Santa Eucaristía. La llamada llega cuando han aumentado los casos de profanación y sacrilegio contra el Santísimo Sacramento a causa de las respuestas al coronavirus y después de cinco decenios de lo que el obispo define como abusos sin precedentes contra Nuestro Señor Eucarístico.

En una declaración, el obispo Schneider, auxiliar de Astana, en Kazajistán, afirma que tal abuso incluye la práctica difundida de la “Comunión en la mano”, la recepción de la Eucaristía “por parte de quienes hace muchos años que no reciben el sacramento de la Penitencia” y “la admisión a la Santa Comunión de parejas que viven en estado de adulterio público y objetivo”, o sea los católicos divorciados y vueltos a casar.

“En la actualmente llamada emergencia pandémica Covid-19, los horribles abusos contra el Santísimo Sacramento han aumentado aún más”, añade. “Muchas diócesis de todo el mundo han impuesto la Comunión en la mano y en dichos lugares el clero, de modo a menudo humillante, niega a los fieles la posibilidad de recibir al Señor de rodillas y sobre la lengua, demostrando así un deplorable clericalismo y exhibiendo un comportamiento de rígidos neopelagianos”.

En su declaración, monseñor Schneider denuncia también la práctica – decretada por el gobierno italiano previa consulta a la Conferencia episcopal italiana – por parte de sacerdotes que se ponen guantes de usar y tirar para distribuir la sagrada hostia. “El Cuerpo eucarístico de Cristo, digno de adoración, es distribuido por el clero y recibido por los fieles con guantes domésticos de usar y tirar. El tratamiento del Santísimo Sacramento con guantes previstos para el tratamiento de la basura es un abuso eucarístico inaudito”.

Haciendo referencia al depósito de sabiduría de los grandes santos eucarísticos de la Iglesia, junto a los escritos del Papa Juan Pablo II sobre la Santa Eucaristía, el obispo Schneider explica que Jesús “es atacado y golpeado en su Sagrado Corazón con esos abusos y ultrajes contra la divina majestad y contra la inmensidad de su amor en el Santísimo Sacramento”.  “Jesucristo, de modo misterioso, continúa de su Pasión en Getsemaní a través de los siglos en el misterio de su Iglesia y también en el misterio eucarístico”.

El Obispo Schneider exhorta por tanto a los católicos a imitar el ejemplo de los niños de Fátima y a “consolar a Jesús escondido”, es decir, a Nuestro Señor Eucarístico.  “Ningún verdadero obispo, sacerdote o fiel laico católico puede seguir indiferente y limitarse simplemente a mirar”, escribe. “Debe iniciarse una cruzada mundial de reparación y consolación de Nuestro Señor Eucarístico”.

Concretamente, el obispo Schneider sugiere que todos los católicos “prometan ofrecer al menos una hora entera al mes a la adoración eucarística, ante el Santísimo Sacramento en el sagrario o ante el Santísimo Sacramento expuesto en el ostensorio”. También ha escrito una oración de reparación que puede ofrecerse a Jesús en el Santísimo Sacramento.

Además, ha afirmado que sería “pastoralmente urgente” y “espiritualmente fructífero” que la Iglesia instituyese una Jornada anual de reparación por los crímenes contra la Santísima Eucaristía.

Monseñor Schneider ha explicado la iniciativa diciendo: “Pienso que debería ser una cruzada de reparación abierta a todos los católicos del mundo, en particular a los católicos de a pie, que son despreciados y marginados por el clero a causa de su amor y reverencia por Nuestro Señor Eucarístico”.

En particular, el obispo ha invitado a sacerdotes y seminaristas a participar y promover la cruzada, añadiendo que “hará apelación de modo especial también a los monjes de clausura”.

“Debería ser una cadena viviente, adorante y expiatoria en todo el mundo, en el mayor número posible de sagrarios”.

El obispo Schneider, que ha dedicado un capítulo del libro Christus vincit a los santos ángeles, ha concluido diciendo: “Deberíamos invitar a los santos ángeles a acompañarnos en esta cruzada”.

Seguidamente adjuntamos el texto de la declaración del obispo Atanasio Schneider y de su oración de reparación.

Diane Montagna


Los pecados contra el Santísimo Sacramento y la necesidad de una cruzada de reparación eucarística

Por el obispo Athanasius Schneider

En la historia de la Iglesia no ha existido nunca una época en la que el sacramento de la Eucaristía haya sido abusado y ultrajado de forma tan alarmante y grave como en los últimos cincuenta años, sobre todo por la introducción oficial y aprobación papal en 1969 de la práctica de la Comunión en la mano. Estos abusos quedan agravados, además, por la práctica difundida en muchos países por parte de fieles que, no habiendo recibido el sacramento de la penitencia desde hace muchos años, reciben sin embargo regularmente la Santa Comunión. El colmo de los abusos de la Santa Eucaristía consiste en la admisión a la Santa Comunión de las parejas que viven en estado público y objetivo de adulterio, violando así sus indisolubles vínculos matrimoniales de carácter sacramental y válido, así como en el caso del llamado “divorciado y vuelto a casar”, habiendo sido tal admisión en algunas regiones oficialmente legalizada por normas específicas y, en el caso de la región de Buenos Aires en Argentina, incluso aprobada por el Papa. Además de estos abusos, se practica la admisión oficial a la Santa Comunión por parte de los cónyuges protestantes en matrimonios mixtos, por ejemplo en algunas diócesis alemanas.

Decir que el Señor no sufre a causa de estos ultrajes cometidos contra Él en el sacramento de la Santa Eucaristía puede llevar a minimizar las grandes atrocidades cometidas. Algunos dicen: Dios es ofendido por el abuso del Santísimo Sacramento, pero el Señor no sufre personalmente. Sin embargo, ésta es una visión demasiado ligera, teológica y espiritualmente. Si bien Cristo se encuentra ya en su estado glorioso y por tanto ya no queda sujeto al sufrimiento como ser humano, todavía resulta afectado y atacado en Su Sagrado Corazón por los abusos y ultrajes contra la Divina majestad y contra la inmensidad de Su Amor en el Santísimo Sacramento. Nuestro Señor ha expresado a algunos santos sus lamentaciones y dolor por los sacrilegios y ultrajes con los que los hombres le ofenden. Se puede comprender esta verdad a través de las palabras de Nuestro Señor pronunciadas a Santa Margarita María Alacoque, Miserentissimus Redemptor: “Cuando Cristo se manifestó a Margarita María y le declaró la infinidad de su amor, al mismo tiempo se lamentó de forma luctuosa de que le fueran infligidas tantas y tan graves heridas por parte de hombres ingratos, y quiso que dichas palabras con las que se lamentaba fueran fijadas en la mente de los fieles y no cayeran nunca en el olvido: “He aquí este corazón” – dijo – “que tanto ha amado a los hombres y les ha otorgado todos sus beneficios, y a dicho amor infinito no ha tenido otra respuesta sino abandono y contumacia, y ello a menudo por parte de los que estaban vinculados por deudas y deberes de un amor particularmente especial” (n. 12).

El Hermano Michel de la Sainte Trinité ofreció una profunda explicación teológica del significado del “sufrimiento” o “tristeza” de Dios a causa de las ofensas que los pecadores cometen contra Él: “Este ‘sufrimiento’, esta ‘tristeza’ del Padre celeste, o de Jesús desde su Ascensión, deben comprenderse de forma analógica. No son sufridos pasivamente como en nuestro caso, sino que, al contrario, son queridos y elegidos libremente como máxima expresión de la misericordia hacia los pecadores llamados a la conversión. Son exclusivamente una manifestación del amor de Dios hacia los pecadores, un amor que es soberanamente libre y gratuito y que no es revocable” (Toda la verdad sobre Fátima, vol. I, pp. 1311-1312).

Este significado espiritual analógico de la “tristeza” o del “sufrimiento” de Jesús en el misterio eucarístico fue confirmado por las palabras del Ángel en su aparición en 1916 a los niños de Fátima y en particular por las palabras y por el ejemplo de san Francisco Marto. Los niños fueron enviados por el Ángel a reparar las ofensas contra Jesús Eucarístico y a consolarlo, como podemos leer en las Memorias de Sor Lucía: “Mientras estábamos allí, el Ángel se nos apareció por tercera vez, con un cáliz en la mano, sobre el que había una hostia de la que caían algunas gotas en el sagrado recipiente. Dejando el cáliz y la hostia suspendidos en el aire, el Ángel se postró en tierra y repitió tres veces esta oración: ‘Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo…’. Después, levantándose, tomó de nuevo el cáliz y la hostia en sus manos. Me dio la hostia, así como a Jacinta y a Francisco, y dio a beber el contenido del cáliz, diciendo mientras lo hacía: ‘Toma y bebe el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Repara su crimen y consola a tu Dios’.” (Fátima en las palabras de Lucía. Memorias de sor Lucía, Fátima 2007, p. 172).

Refiriéndose a la tercera aparición el 13 de julio de 1917, sor Lucía subrayaba cómo Francisco percibió el misterio de Dios y la necesidad de consolarlo a causa de las ofensas de los pecadores: “Lo que le causó una impresión más fuerte [a Francisco] y lo que lo absorbió completamente fue Dios, la Santísima Trinidad, percibido a través de aquella luz que penetró en nuestras almas más íntimas. A continuación, dijo: ‘Estábamos en llamas con aquella luz de Dios, ¡y sin embargo no nos quemábamos! ¿Qué es Dios?… No podríamos jamás decirlo con palabras. ¡Sí, verdaderamente se trata de algo que no podríamos expresar jamás! ¡Pero es una pena que esté tan triste! Si al menos pudiera consolarlo” (Memorias de sor Lucía, p. 147).

Sor Lucía escribió cómo Francisco percibió la necesidad de consolar a Dios, que comprendió estaba “triste” a causa de los pecados de los hombres: “Se lo pregunté un día: ‘Francisco, ¿qué te gusta más: consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores, de tal forma que ya no haya más almas en el infierno?’ ‘Preferiría consolar a Nuestro Señor. ¿No viste lo triste que estaba Nuestra Señora el mes pasado, cuando dijo que la gente no debe ofender más a Nuestro Señor, porque ha sido ya muy ofendido? Querría consolar a Nuestro Señor, y luego convertir a los pecadores de forma tal que ya no lo ofendan más’” (Memorias de sor Lucía, p. 156).

En sus oraciones y en el ofrecimiento de sus sufrimientos, san Francisco Marto dio prioridad a la intención de “consolar a Jesús escondido”, o sea a Nuestro Señor Eucarístico. Sor Lucía se refirió a estas palabras de Francisco, que le dijo: “Cuando salgas del colegio, ve y quédate un poco cerca de Jesús escondido, y después vuelve a casa sola”. Cuando Lucía preguntó a Francisco por sus sufrimientos, respondió: “Estoy sufriendo para consolar a Nuestro Señor. Primero para consolar a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, y luego, a continuación, por los pecadores y por el Santo Padre. Más que nada quiero consolarlo” (Memorias de sor Lucía, p. 157; 163).

Jesucristo, de forma misteriosa, continúa su Pasión de Getsemaní a través de los siglos en el misterio de su Iglesia y también en el misterio eucarístico, el misterio de su inmenso Amor. Es conocida la expresión de Blaise Pascal: “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo. No debemos dormir durante tal período” (Pensées, n. 553). El cardenal Karol Wojtyła nos ha dejado una profunda reflexión sobre el misterio de los sufrimientos de Cristo en Getsemaní, que en un cierto sentido continúan en la vida de la Iglesia. El cardenal Wojtyła también habló del deber de consolar a Cristo por parte de la Iglesia: “Y ahora la Iglesia trata de recuperar aquella ocasión en Getsemaní – la ocasión perdida por Pedro, Santiago y Juan – como para compensar la falta de compañía del Maestro, que aumentó el sufrimiento de su alma. El deseo de recuperar aquella ocasión se ha convertido en una verdadera necesidad de muchos corazones, especialmente para quienes viven del modo más completo posible el misterio del corazón divino. El Señor Jesús nos permite encontrarlo en aquella ocasión [y] nos invita a compartir la oración de su corazón. Ante todas las pruebas que el hombre y la Iglesia deben afrontar, hay una constante necesidad de volver a Getsemaní y retomar aquella participación en la oración de Cristo nuestro Señor” (Signo de contradicción, capítulo 17, “La oración en Getsemaní”).

Jesucristo en el misterio eucarístico no es indiferente ni insensible al comportamiento que los hombres muestran en sus relaciones con este Sacramento del Amor. Cristo está presente en este Sacramento con su alma, que está hipostáticamente unida a su Divina Persona. El teólogo romano Antonio Piolanti ha presentado una explicación teológicamente válida a este respecto. Incluso si el cuerpo de Cristo en la Eucaristía no puede ver ni sentir sensiblemente lo que pasa o lo que se dice en el momento de su presencia sacramental, Cristo en la Eucaristía “escucha todo y lo ve con un conocimiento superior”. Piolanti cita a continuación al cardenal Franzelin: “La humanidad bendita de Cristo ve todas las cosas en sí por virtud del abundante conocimiento infuso debido al Redentor de la humanidad, al Juez de vivos y muertos, al Primogénito de toda criatura, al Centro de toda la historia celestial y terrena. Todos estos tesoros de la visión beatífica y del conocimiento infuso están ciertamente en el alma de Cristo, también en la medida en la que está presente en la Eucaristía. Además de estas razones, con otro título especial, de hecho al estar el alma de Cristo formalmente en la Eucaristía, por el mismo fin de la institución del misterio, ve todos los corazones de los hombres, todos los pensamientos y afectos, todas las virtudes y pecados, todas las necesidades de toda la Iglesia y de sus miembros individuales, las fatigas, las ansias, las persecuciones, los triunfos – en una palabra, toda la vida interna y externa de la Iglesia, su esposa, alimentada con su carne y con su preciosa sangre. Por tanto, con un triple título (por así decirlo) Cristo en estado sacramental ve y en un cierto modo divino percibe todos los pensamientos y los afectos, el culto, las ofrendas y también los insultos y los pecados de todos los hombres en general, de todos sus fieles en particular y de sus sacerdotes específicamente; percibe ofrendas y pecados que se refieren directamente a este inefable misterio del amor (De Eucharistia, pp. 199-200, citado en El Misterio Eucarístico, Florencia 1953, pp. 225-226).

[…]. En su última encíclica Ecclesia de Eucharistia el papa Juan Pablo II nos dejó exhortaciones luminosas con las cuales subrayó la extraordinaria santidad del misterio eucarístico y el deber de los fieles de tratar este sacramento con la máxima reverencia y ardiente amor. Entre todas sus exhortaciones se distingue esta afirmación: “No puede haber ningún peligro de exceso en nuestra preocupación por este misterio, puesto que en este sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación” (santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q 83, a. 4c).

Sería une medida pastoralmente urgente y espiritualmente fructífera para la Iglesia establecer en todas las diócesis del mundo una Jornada anual de reparación por los crímenes contra la Santísima Eucaristía. Una jornada tal podría ser la octava de la Fiesta del Corpus Domini. El Espíritu Santo conferirá gracias especiales de renovación a la Iglesia de nuestros días si y sólo si el Cuerpo eucarístico de Cristo es adorado con todos los honores divinos, amado, tratado con cuidado y defendido como el más santo de los santos. Santo Tomás de Aquino dice en el himno Sacris sollemniis: “Oh Señor, visítanos en la medida en que te veneramos en este sacramento” (sic nos Tu visita, sicut Te colimus). Y sin duda podemos decir: Oh Señor, visitarás tu Iglesia de nuestros días en la medida en la que la práctica moderna de la Comunión en la mano sea abandonada y en la medida en la que te ofrezcamos actos de reparación y de amor.

En la llamada “emergencia pandémica Covid-19” actual, los horribles abusos contra el Santísimo Sacramento han aumentado aún más. Muchas diócesis de todo el mundo han impuesto la Comunión en la mano y en dichos lugares el clero, de modo a menudo humillante, niega a los fieles la posibilidad de recibir al Señor de rodillas y sobre la lengua, demostrando así un deplorable clericalismo y exhibiendo un comportamiento propio de rígidos neopelagianos. Además, en algunos lugares, el Cuerpo eucarístico de Cristo, digno de adoración, es distribuido por el clero y recibido por los fieles con guantes domésticos de usar y tirar. El tratamiento del Santísimo Sacramento con guantes previstos para el tratamiento de la basura es un abuso eucarístico inaudito.

En consideración a los horribles maltratos sufridos por nuestro Señor Eucarístico (resulta continuamente pisoteado a causa de la Comunión en la mano, durante la cual casi siempre caen al suelo pequeños fragmentos de la hostia; se le trata de modo minimalista, privado de carácter sacral, como una galleta, o como una inmundicia mediante el uso de guantes domésticos), ningún verdadero obispo católico, sacerdote o fiel laico puede permanecer indiferente y limitarse a mirar.

Debe iniciarse una cruzada mundial de reparación y consolación de Nuestro Señor Eucarístico. Como medida concreta a ofrecer a Nuestro Señor Eucarístico, con urgente necesidad de actos de reparación y consolación, todos los católicos podrían prometer ofrecer al menos una hora entera al mes a la adoración eucarística, ante el Santísimo Sacramento en el sagrario o ante el Santísimo Sacramento expuesto en el ostensorio. La Sagrada Escritura dice: “Allí donde abundaba el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5:20) y podemos añadir análogamente: “Donde abundaban los abusos eucarísticos, sobreabundaron los actos de reparación”.

El día en el que todas las iglesias del mundo católico reciban a Nuestro Señor Eucarístico, velado tras las especias de la pequeña hostia santa, con verdadera fe y corazón puro, con el gesto bíblico de la adoración (proskinesi), o sea arrodillándose y con la disposición de un niño, abriendo la boca y dejándose alimentar por Cristo mismo en espíritu de humildad, se avecinará sin duda la auténtica primavera espiritual de la Iglesia. La Iglesia crecerá en la pureza de la fe católica, en el celo misionero de la salvación de las almas y en la santidad del clero y de los fieles. En efecto, el Señor visitará Su Iglesia con sus gracias en la medida en la que nosotros lo veneremos en su inefable sacramento del amor (sic nos Tu visita, sicut Te colimus).

Que Dios nos conceda que a través de la cruzada eucarística de reparación pueda haber un aumento del número de fieles adoradores, amantes, defensores y consoladores de Nuestro Señor Eucarístico. Que los dos pequeños apóstoles eucarísticos de nuestro tiempo, san Francisco Marto y el futuro beato Carlo Acutis (beatificación prevista el 10 octubre de 2020), y todos los santos eucarísticos, puedan ser los protectores de esta cruzada eucarística. Porque, como nos recuerda san Pedro Julián Eymard, la verdad irrevocable es la siguiente: “Una época prospera o decae en proporción a su devoción a la Eucaristía. Esta es la medida de su vida espiritual, de su fe, caridad y virtud”.

+ Atanasio Schneider, obispo auxiliar de la archidiócesis de Santa María de Astana


Oración de la Cruzada de reparación al Corazón eucarístico de Jesús

¡Dios mío, creo, adoro, confío y te amo! Pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no confían y no te aman (3 veces).

Oh, Divino Corazón Eucarístico de Jesús, míranos postrados con corazón contrito y adorante ante la majestad de tu amor redentor en el Santísimo Sacramento. Manifestamos nuestra disposición a expiar mediante expiación voluntaria, no sólo nuestras ofensas personales, sino particularmente los indecibles ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los que es ofendido el Santísimo Sacramento de tu divino amor en esta nuestra época, especialmente por la Comunión en la mano y la recepción de la Santa Comunión en estado de incredulidad y de pecado mortal.

¡Cuanto más ataca la incredulidad tu Divinidad y tu Presencia Real en la Eucaristía, más creemos en ti y te adoramos, oh, Corazón Eucarístico de Jesús, en el que mora toda la plenitud de la divinidad!

¡Cuanto más son ultrajados tus sacramentos, más firmemente creemos en ellos y con más reverencia deseamos recibirlos, oh Corazón eucarístico de Jesús, fuente de vida y de santidad!

¡Cuanto más es denigrado y blasfemado tu Santísimo Sacramento, más solemnemente proclamamos: “Dios mío, creo, adoro, confío y te amo! ¡Pido perdón por los que no creen, no adoran, no confían y no te aman! ¡Oh eucarístico Corazón de Jesús, digno de toda alabanza!”.

¡Cuanto más abandonado y olvidado eres en tus iglesias, más queremos visitarte, tú que moras entre nosotros en los sagrarios de nuestras iglesias, oh Corazón eucarístico de Jesús, Casa de Dios y Puerta del Paraíso!

¡Cuanto más privada de su sacralidad resulta la celebración del Sacrificio eucarístico, más queremos respaldar la celebración reverente de la Santa Misa, orientada externa e interiormente hacia ti, oh Corazón eucarístico de Jesús, Tabernáculo del Altísimo!

¡Cuanto más eres recibido en la mano y en los pies, de forma falta de humildad y adoración, más queremos acogerte de rodillas y sobre la lengua, con la modestia del publicano y la simpleza de un niño, oh Corazón eucarístico de Jesús, de infinita majestad!

¡Cuanto más es recibido en la Santa Comunión por corazones no purificados de su estado de pecado mortal, más queremos hacer acto de contrición y purificar nuestro corazón con la frecuente recepción del Sacramento de la Penitencia, Oh Corazón Eucarístico de Jesús, Paz y Reconciliación nuestra!

¡Cuanto más trabaja el infierno por la perdición de las almas, más logre por su salvación quemarse nuestro celo con el fuego de tu amor, oh Corazón eucarístico de Jesús, salvación de los que en ti esperan!

¡Cuanto más se declara la diversidad de las religiones como voluntad positiva de Dios y como derecho basado en la naturaleza humana y cuanto más crece el relativismo doctrinal, más confesamos intrépidamente que tú eres el único Salvador de la humanidad y la única vía para Dios Padre, o corazón eucarístico de Jesús, rey y centro de todos los corazones!

¡Cuanto más continúan las autoridades de la Iglesia sin arrepentirse de la exposición de ídolos paganos en las iglesias e incluso en Roma, más confesaremos la verdad: “¿Qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?” (2 Cor.6: 16), más condenaremos contigo “la abominación desoladora en lugar santo” (Matt. 24:15), ¡oh Corazón Eucarístico de Jesús, santo Templo de Dios!

¡Cuanto más olvidados y transgredidos resultan tus santos mandamientos, más queremos observarlos con la ayuda de tu gracia, oh Corazón eucarístico de Jesús, abismo de todas las virtudes!

¡Cuanto más reinan entre los hombres la sensualidad, el egoísmo y el orgullo, más queremos dedicar nuestra vida a ti en el espíritu del sacrificio y la abnegación, oh Corazón eucarístico de Jesús, abrumado de reproches!

¡Cuanto más violentamente las puertas del infierno acosan a tu Iglesia y a la roca de Pedro en Roma, más creemos en la indestructibilidad de tu Iglesia, o Corazón eucarístico de Jesús, fuente de toda consolación, que no abandona su Iglesia ni la roca de Pedro incluso en las tempestades más violentas!

¡Cuantas más personas se separan entre sí por odio, violencia o egoísmo, más íntimamente nosotros como miembros de la única familia de Dios en la Iglesia queremos amarnos en ti los unos a los otros, oh Corazón eucarístico de Jesús, pleno de bondad y de amor!

Oh, Divino Corazón Eucarístico de Jesús, danos tu gracia, para que podamos ser fieles y humildes adoradores, amantes, defensores y consoladores de tu Corazón Eucarístico en esta vida, y recibir las glorias de tu amor en la visión beata por toda la eternidad. Amén.

¡Dios mío, creo, adoro, confío y te amo! Pido perdón por los que no creen, no adoran, no confían y no te aman (3 veces).

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, ¡ruega por nosotros!

Santo Tomás de Aquino, san Pedro Julián Eymard, San Francisco Marto, san Padre Pio y todos los santos eucarísticos, ¡rogad por nosotros!

Escrito del obispo Atanasio Schneider por la Cruzada de reparación eucarística


Bishop Athanasius Schneider Launches International Crusade of Eucharistic Reparation (includes original prayer)

Bishop Athanasius Schneider is calling on Catholic clergy and laity around the world to unite in a crusade of reparation for sins against Jesus in the Holy Eucharist.

The call comes as instances of profanation and sacrilege against the Most Blessed Sacrament have skyrocketed due to responses to the coronavirus, and after five decades of what the bishop terms unprecedented abuse against the Eucharistic Lord.

In a statement released today through the Remnant (see full text below), Bishop Schneider, auxiliary bishop of Astana, Kazakhstan, says such abuse includes the widespread practice of “Communion in the hand,” reception of the Eucharist “by those who have not received the sacrament of Penance for many years,” and “the admittance to Holy Communion of couples who are living in a public and objective state of adultery,” i.e. divorced and remarried Catholics.

“In the current so-called ‘COVID-19 Pandemic Emergency,’ horrible abuses of the Most Blessed Sacrament have increased still more,” he adds. “Many dioceses around the world mandated Communion in the hand, and in those places the clergy, in an often-humiliating manner, deny the faithful the possibility to receive the Lord kneeling and on the tongue, thus demonstrating a deplorable clericalism and exhibiting the behavior of rigid neo-Pelagians.”schneider communion 1

In his statement, Bishop Schneider also denounces the practice — decreed by the Italian government in consultation with the Italian Bishops Conference — of priests wearing disposable gloves to distribute the Sacred Host. “The adorable Eucharistic Body of Christ is distributed by the clergy and received by the faithful with household or disposable gloves. The treating of the Blessed Sacrament with gloves suitable for treating garbage is an unspeakable Eucharistic abuse.”

Drawing on the wisdom of the Church’s great Eucharistic saints, as well as the writings of Pope John Paul II on the Holy Eucharist, Bishop Schneider explains that Jesus “is affected and touched in His Sacred Heart by the abuses and outrages against the Divine majesty and the immensity of His Love in the Blessed Sacrament.”

“Jesus Christ continues in a mysterious way his Passion in Gethsemane throughout the ages in the mystery of His Church and also in the Eucharistic mystery,” he writes.

Bishop Schneider is therefore urging Catholics to imitate the example of the children of Fatima and to “console the Hidden Jesus,” i.e. the Eucharistic Lord.

“No true Catholic bishop, priest or lay faithful can remain indifferent and simply stand by and watch,” he writes. “There must be initiated a world-wide crusade of reparation to and consolation of the Eucharistic Lord.”

Concretely, Bishop Schneider suggests that each Catholic “promise to offer monthly at least one full hour of Eucharistic adoration, either before the Blessed Sacrament in the tabernacle or before the Blessed Sacrament exposed in the monstrance.” He has also composed a reparation prayer (see below) that may be offered to Jesus in the Blessed Sacrament.

He also said it would be “pastorally urgent” and spiritually fruitful” for the Church to establish an annual “Day of Reparation for the crimes against the Most Holy Eucharist.”schneider communion 2

In comments to the Remnant, Bishop Schneider expounded on the initiative, saying: “I think it should be a crusade of reparation open to all Catholics of the world, especially simple the Catholics, who are despised and marginalized by the clergy because of their love and reverence for the Eucharistic Lord.”

He particularly invited priests and seminarians to participate in and promote the crusade, adding that it will “also appeal to cloistered nuns in a special way.”

“It should be a living, adoring and expiating chain all around the world, before the largest number of the tabernacles possible,” he said.

Bishop Schneider, who devoted a chapter of the book Christus Vincit to the holy angels, ended by saying: “We should invite the Holy Angels to accompany us in this crusade.”

Diane Montagna

Here below is the official English text of Bishop Athanasius Schneider’s statement and reparation prayer.


The sins against the Blessed Sacrament and the need of a crusade of Eucharistic reparation

By Bishop Athanasius Schneider

There has never been in the history of the Church a time, where the sacrament of the Eucharist has been abused and outraged to such an alarming and grievous extent as in the past five decades, especially since the official introduction and Papal approval in 1969 of the practice of Communion in the hand. These abuses are aggravated, furthermore, by the widespread practice in many countries of faithful who, not having received the sacrament of Penance for many years, nevertheless regularly receive Holy Communion. The height of the abuses of the Holy Eucharist is seen in the admittance to Holy Communion of couples who are living in a public and objective state of adultery, violating thereby their indissoluble valid sacramental marriage bonds, as in the case of the so-called “divorced and remarried”, such admittance being in some regions officially legalized by specific norms, and, in the case of the Buenos Aires region in Argentina, norms even approved by the Pope. Additionally to these abuses comes the practice of an official admittance of Protestant spouses in mixed marriages to Holy Communion, e.g., in some dioceses in Germany.

To say that the Lord is not suffering because of the outrages committed against Him in the sacrament of the Holy Eucharist can lead to a minimizing of the great atrocities committed. Some people say: God is offended by the abuse of the Blessed Sacrament, but the Lord does not personally suffer. This is, however, theologically and spiritually too narrow a view. Although Christ is now in His glorious state and hence no more subject to suffering in a human way, He nevertheless is affected and touched in His Sacred Heart by the abuses and outrages against the Divine majesty and the immensity of His Love in the Blessed Sacrament. Our Lord has expressed to some Saints His complaints and His sorrow about the sacrileges and outrages with which men offend Him. One can understand this truth from the words of the Lord spoken to St. Margaret Mary Alacoque, as Pope Pius XI reports in his Encyclical Miserentissimus Redemptor:

“When Christ manifested Himself to Margaret Mary, and declared to her the infinitude of His love, at the same time, in the manner of a mourner, He complained that so many and such great injuries were done to Him by ungrateful men—and we would that these words in which He made this complaint were fixed in the minds of the faithful, and were never blotted out by oblivion: “Behold this Heart”—He said—”which has loved men so much and has loaded them with all benefits, and for this boundless love has had no return but neglect, and contumely, and this often from those who were bound by a debt and duty of a more special love.” (n. 12)

Frère Michel de la Sainte Trinité gave a profound theological explanation of the meaning of the “suffering” or “sadness” of God because of the offenses the sinners commit against Him:

This “‘suffering,’” this “‘sadness’” of the Heavenly Father, or of Jesus since His Ascension, are to be understood analogically. They are not suffered passively as with us, but on the contrary freely willed and chosen as the ultimate expression of Their mercy towards sinners called to conversion. They are only a manifestation of God’s love for sinners, a love which is sovereignly free and gratuitous, and which is not irrevocable.” (The Whole Truth About Fatima, vol. I, pp. 1311-1312)

This analogical spiritual meaning of the “sadness” or the “suffering” of Jesus in the Eucharistic mystery is confirmed by the words of the Angel in his apparition in 1916 to the children of Fatima and especially by the words and the example of the life of St. Francisco Marto. The children were invited by the Angel to make reparation for offenses against the Eucharistic Jesus and to console Him, as we can read in the Memoirs of Sister Lucia:

While we were there, the Angel appeared to us for the third time, holding a chalice in his hands, with a host above it from which some drops of blood were falling into the sacred vessel. Leaving the chalice and the host suspended in the air, the Angel prostrated himself on the ground and repeated this prayer three times: ‘“Most Holy Trinity, Father, Son and Holy Spirit…’ Then, rising, he once more took the chalice and the host in his hands. He gave the host to me, and to Jacinta and Francisco he gave the contents of the chalice to drink, saying as he did so: “Take and drink the Body and Blood of Jesus Christ, horribly outraged by ungrateful men. Repair their crimes and console your God.” (Fatima in Lucia’s Own Words. Sister Lucia’s Memoirs, Fatima 2007, p. 172)

Reporting about the third Apparition on July 13, 1917, Sister Lucia stressed how Francisco perceived the mystery of God and the necessity to console Him because of the offenses of the sinners:

What made the most powerful impression on him [Francisco] and what wholly absorbed him, was God, the Most Holy Trinity, perceived in that light which penetrated our inmost souls. Afterwards, he said: “We were on fire in that light which is God, and yet we were not burnt! What is God?… We could never put it into words. Yes, that is something indeed which we could never express! But what a pity it is that He is so sad! If only I could console Him!” (Sister Lucia’s Memoirs, p. 147)

Sister Lucia wrote how Francisco perceived the necessity to console God, whom he understood to be “sad” because of the sins of men:

I asked him one day: “Francisco, which do you like better—to console Our Lord, or to convert sinners, so that no more souls will go to hell?” “I would rather console Our Lord. Didn’t you notice how sad Our Lady was that last month, when she said that people must not offend Our Lord any more, for He is already much offended? I would like to console Our Lord, and after that convert sinners so that they won’t offend Him any more.” (Sister Lucia’s Memoirs, p. 156)

In his prayers and in the offering of his sufferings St. Francisco Marto gave priority to the intention of “consoling the Hidden Jesus,” i.e. the Eucharistic Lord. Sister Lucia reported these words of Francisco, which he said to her: “When you come out of school, go and stay for a little while near the Hidden Jesus, and afterwards come home by yourself.” When Lucia asked Francisco about his sufferings, he answered: “I’m suffering to console Our Lord. First I make it to console Our Lord and Our Lady, and then, afterwards, for sinners and for the Holy Father. …  More than anything else I want to console Him.” (Sister Lucia’s Memoirs, p. 157; 163)

Jesus Christ continues in a mysterious way his Passion in Gethsemane throughout the ages in the mystery of His Church and also in the Eucharistic mystery, the mystery of His immense Love. Known is the expression of Blaise Pascal: “Jesus will be in agony even to the end of the world. We must not sleep during that time.” (Pensées, n. 553) Cardinal Karol Wojtyła left us a profound reflection on the mystery of Christ’s sufferings in Gethsemane, which in a certain sense continue in the life of the Church. Cardinal Wojtyła spoke also about the duty of the Church to console Christ:

And now the Church seeks to recover that hour in Gethsemane—the hour lost by Peter, James and John—so as to compensate for the Master’s lack of companionship which increased his soul’s suffering. The desire to recover that hour has become a real need for many hearts, especially for those who live as fully as they can the mystery of the divine heart. The Lord Jesus allows us to meet him in that hour [and] he invites us to share the prayer of his heart.  Faced with all the trials that man and the Church have to undergo, there is a constant need to return to Gethsemane and undertake that sharing in the prayer of Christ our Lord.” (Sign of Contradiction, chapter 17, “The prayer in Gethsemane”)

Jesus Christ in the Eucharistic mystery is not indifferent and insensitive towards the behavior which men show in His regard in this Sacrament of Love. Christ is present in this Sacrament also with His soul, which is hypostatically united with His Divine Person. The Roman theologian Antonio Piolanti presented a sound theological explanation in this regard. Even if the body of Christ in the Eucharist cannot see nor sensibly feel what happens or what is said in the place of his sacramental presence, Christ in the Eucharist “hears all and sees with superior knowledge.” Piolanti then quotes Cardinal Franzelin:

The blessed humanity of Christ sees all things in themselves by virtue of the abundant infused knowledge due to the Redeemer of mankind, to the Judge of the living and the dead, to the Firstborn of every creature, to the Center of all celestial and earthly history. All these treasures of the beatific vision and of the infused knowledge are certainly in the soul of Christ, also in so far as it is present in the Eucharist. In addition to these reasons, by another special title, precisely as the soul of Christ is formally in the Eucharist, for the same purpose of the institution of the mystery, it sees all men’s hearts, all thoughts and affections, all virtues and all sins, all the needs of the whole Church and of the individual members, the labors, the anxieties, the persecutions, the triumphs—in a word, all the internal and external life of the Church, His Bride, nourished with His flesh and with His Precious Blood. So by a threefold title (if we can say so) Christ in the sacramental state sees and in a certain divine way perceives all the thoughts and affections, the worship, the homages and also the insults and sins of all men in general, of all his faithful specifically and his priests in particular; He perceives homages and sins that directly refer to this ineffable mystery of love. (De Eucharistia, pp. 199-200, cited in Il Mistero Eucaristico, Firenze 1953, pp. 225-226)

One of the greatest apostles of the Eucharist of modern times, St. Peter Julian Eymard, left us the following profound reflections on the affections of the sacrificial love of Christ in the Eucharist:

By instituting His Sacrament, Jesus perpetuated the sacrifices of His Passion. … He was acquainted with all the new Judases; He counted them among His own, among His well-beloved children. But nothing of all this could stop Him; He wanted His love to go further than the ingratitude and malice of man; He wanted to outlive man’s sacrilegious malice. He knew beforehand the lukewarmness of His followers: He knew mine; He knew what little fruit we would derive from Holy Communion. But He wanted to love just the same, to love more than He was loved, more than man could make return for. Is there anything else? But is it nothing to have adopted this state of death when He has the fullness of life, a glorified and supernatural life? Is it nothing to be treated and considered as one dead? In this state of death Jesus is without beauty, motion or defense; He is wrapped in the Sacred Species as in a shroud and laid in the tabernacle as in a tomb. He is there, however; He sees everything and hears everything. He submits to everything as though He were dead. His love casts a veil over His power, His glory, His hands, His feet, His beautiful face and His sacred lips; it has hidden everything. It has left Him only His Heart to love us and His state of victim to intercede in our behalf. (The Real Presence, 29. The Most Blessed Sacrament is not Loved!, III)

St. Peter Julian Eymard wrote the following moving and almost mystical profession of the Eucharistic love of Christ, with an ardent appeal for Eucharistic reparation:

The Heart which endured the sufferings with so much love is here in the Blessed Sacrament; it is not dead, but living and active; not insensible, but still more affectionate. Jesus can no longer suffer, it is true; but alas! man can still be guilty towards Him of monstrous ingratitudes. We see Christians despise Jesus in the Most Blessed Sacrament and show contempt for the Heart which has so loved them and which consumes itself with love for them. To spurn Him freely they take advantage of the veil that hides Him. They insult Him with their irreverences, their sinful thoughts, and their criminal glances in His presence. To express their disdain for Him they avail themselves of His patience, of the kindness that suffers everything in silence as it did with the impious soldiery of Caiphas, Herod, and Pilate. They blaspheme sacrilegiously against the God of the Eucharist. They know that His love renders Him speechless. They crucify Him even in their guilty souls. They receive Him. They dare take this living Heart and bind it to a foul corpse. They dare deliver it to the devil who is their lord! No! Never even in the days of His Passion has Jesus received so many humiliations as in His Sacrament! Earth for Him is a Calvary of ignominy. In His agony He sought a consoler; on the Cross He asked for someone to sympathize with His afflictions. Today, more than ever, we must make amends, a reparation of honor, to the adorable Heart of Jesus. Let us lavish our adorations and our love on the Eucharist. To the Heart of Jesus living in the Most Blessed Sacrament be honor, praise, adoration, and kingly power for ever and ever! (The Real Presence, 43. The Sacred Heart of Jesus, III)

In his last encyclical Ecclesia de Eucharistia, Pope John Paul II left us luminous exhortations with which he stressed the extraordinary sanctity of the Eucharistic mystery and the duty of the faithful to treat this sacrament with utmost reverence and ardent love. Of all his exhortations, this statement stands out: “There can be no danger of excess in our care for this mystery, for ‘in this sacrament is recapitulated the whole mystery of our salvation’ (Saint Thomas Aquinas, Summa Theologiae, III, q. 83, a. 4c).” (n. 61)

It would be a pastorally urgent and spiritually fruitful measure for the Church to establish in all dioceses of the world an annual “Day of Reparation for the crimes against the Most Holy Eucharist.” Such a day could be the octave day of the Feast of Corpus Christi. The Holy Spirit will give special graces of renewal to the Church in our days when, and only when, the Eucharistic Body of Christ will be adored with all Divine honors, will be loved, will be carefully treated and defended as really the Holiest of Holies. Saint Thomas Aquinas says in the hymn Sacris sollemniis: “O Lord, visit us to the extent that we venerate you in this sacrament” (sic nos Tu visita, sicut Te colimus). And we can say without doubt: O Lord, you will visit your Church in our days to the extent that the modern practice of Communion in the hand will recede and to the extent that we offer to you acts of reparation and love.

In the current so-called “COVID-19 Pandemic Emergency,” horrible abuses of the Most Blessed Sacrament have increased still more. Many dioceses around the world mandated Communion in the hand, and in those places the clergy, in an often humiliating manner, deny the faithful the possibility to receive the Lord kneeling and on the tongue, thus demonstrating a deplorable clericalism and exhibiting the behavior of rigid neo-Pelagians. Furthermore, in some places the adorable Eucharistic Body of Christ is distributed by the clergy and received by the faithful with household or disposable gloves. The treating of the Blessed Sacrament with gloves suitable for treating garbage is an unspeakable Eucharistic abuse.

In view of the horrible maltreatments of Our Eucharistic Lord—He being continuously trampled underfoot because of Communion in the hand, during which almost always little fragments of the host fall on the floor; He being treated in a minimalistic manner, deprived of sacredness, like a cookie, or treated like garbage by the use of household gloves—no true Catholic bishop, priest or lay faithful can remain indifferent and simply stand by and watch.schneider communion 5

There must be initiated a world-wide crusade of reparation to and consolation of the Eucharistic Lord. As a concrete measure to offer to the Eucharistic Lord urgently needed acts of reparation and consolation, each Catholic could promise to offer monthly at least one full hour of Eucharistic adoration, either before the Blessed Sacrament in the tabernacle or before the Blessed Sacrament exposed in the monstrance. The Holy Scripture says: “Where sin abounded, grace did more abound” (Rm. 5:20) and we can add analogously: “Where Eucharistic abuses abounded, acts of reparation will more abound.”

The day when, in all the churches of the Catholic world, the faithful will receive the Eucharistic Lord, veiled under the species of the little sacred host, with true faith and a pure heart, in the biblical gesture of adoration (proskynesis), that is, kneeling, and in the attitude of a child, opening the mouth and allowing oneself to be fed by Christ Himself in the spirit of humility, then undoubtedly will the authentic spiritual springtime of the Church come closer. The Church will grow in the purity of the Catholic Faith, in the missionary zeal of salvation of souls, and in the holiness of the clergy and the faithful. In deed, the Lord will visit His Church with His graces to the extent that we venerate Him in His ineffable sacrament of love (sic nos Tu visita, sicut Te colimus).

God grant that through the Eucharistic crusade of reparation, there may increase the number of adorers, lovers, defenders, and consolers of the Eucharistic Lord. May the two little Eucharistic apostles of our time, St. Francisco Marto and the soon-to-be-Blessed Carlo Acutis (beatification on October 10, 2020), and all of the Eucharistic saints, be the protectors of this Eucharistic crusade. For, as St. Peter Julian Eymard reminds us, the irrevocable truth is this: “An age prospers or dwindles in proportion to its devotion to the Eucharist. This is the measure of its spiritual life, faith, charity, and virtue.”

+ Athanasius Schneider, Auxiliary Bishop of the archdiocese of Saint Mary in Astana

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Prayer of the Crusade of Reparation to the Eucharistic Heart of Jesus

My God, I believe, I adore, I trust, and I love you! I ask pardon for those who do not believe, do not adore, do not trust and do not love you. (3 times)

O Divine Eucharistic Heart of Jesus, behold us prostrate with a contrite and adoring heart before the majesty of your redeeming love in the Most Blessed Sacrament. We declare our readiness to atone by voluntary expiation, not only for our own personal offenses, but in particular for the unspeakable outrages, sacrileges, and indifferences by which you are offended in the Most Blessed Sacrament of your Divine love in this our time, especially through the practice of Communion in the hand and the reception of Holy Communion in a state of unbelief and mortal sin.

The more unbelief attacks your Divinity and your Real Presence in the Eucharist, the more we believe in you and adore you, O Eucharistic Heart of Jesus, in Whom dwells all the fullness of the divinity!

The more your sacraments are outraged, the more firmly we believe in them and the more reverently we want to receive them, O Eucharistic Heart of Jesus, fountain of life and holiness!

The more your Most Blessed Sacrament is denigrated and blasphemed, the more we proclaim solemnly: “My God, I believe, I adore, I trust, and I love you! I ask pardon for for those who do not believe, do not adore, do not trust and do not love you,” O Eucharistic Heart of Jesus, most worthy of all praise!

The more you are abandoned and forgotten in your churches, the more we want to visit you, who are dwelling amongst us in the tabernacles of our churches, O Eucharistic Heart of Jesus, House of God and Gate of Heaven!

The more the celebration of the Eucharistic Sacrifice is deprived of its sacredness, the more we want to support a reverent celebration of Holy Mass, exteriorly and interiorly oriented towards you, O Eucharistic Heart of Jesus, Tabernacle of the Most High!

The more you are received in the hand of standing communicants, in a manner lacking a sign of humility and adoration, the more we want to receive you kneeling and on the tongue, with the lowliness of the publican and the simplicity of an infant, O Eucharistic Heart of Jesus, of infinite majesty!

The more you are received in Holy Communion by uncleansed hearts in the state of mortal sin, the more we want to do acts of contrition and cleanse our heart with a frequent reception of the Sacrament of Penance, O Eucharistic Heart of Jesus, our Peace and Reconciliation!

The more hell works for the perdition of souls, the more may our zeal for their salvation burn by the fire of your love, O Eucharistic Heart of Jesus, salvation of those who hope in you!

The more the diversity of religions is declared as the positive will of God and as a right based in human nature, and the more doctrinal relativism grows, the more we intrepidly confess that you are the only Savior of mankind and the only way to God the Father, O Eucharistic Heart of Jesus, King and center of all hearts!

The more Church authorities continue to be unrepentant about the display of pagan idols in churches, and even in Rome, the more we will confess the truth: “What agreement has the temple of God with idols?” (2 Cor. 6:16), the more we will condemn with you “the abomination of desolation, standing in the holy place” (Matt. 24:15), O Eucharistic Heart of Jesus, holy Temple of God!

The more your holy commandments are forgotten and transgressed, the more we want to observe them with the help of your grace, O Eucharistic Heart of Jesus, abyss of all virtues!

The more sensuality, selfishness, and pride reign amongst men, the more we want to dedicate our lives to you in the spirit of sacrifice and self-abnegation, O Eucharistic Heart of Jesus, overwhelmed with reproaches!

The more violently the gates of hell storm against your Church and the rock of Peter in Rome, the more we believe in the indestructibility of your Church, O Eucharistic Heart of Jesus, source of all consolation, who do not abandon your church and the rock of Peter even in the heaviest storms!

The more people separate from each other in hatred, violence, and selfishness, the more intimately we as members of the one family of God in the Church want to love each other in you, O Eucharistic Heart of Jesus, full of goodness and love!

O Divine Eucharistic Heart of Jesus, grant us your grace, that we may be faithful and humble adorers, lovers, defenders, and consolers of your Eucharistic Heart in this life, and come to receive the glories of your love in the beatific vision for all eternity. Amen.

My God, I believe, I adore, I trust, and I love you! I ask pardon for for those who do not believe, do not adore, do not trust and do not love you. (3 times)

Our Lady of the Blessed Sacrament, pray for us!

St. Thomas Aquinas, St. Peter Julian Eymard, St. Francisco Marto, St. Padre Pio, and all Eucharistic Saints, pray for us!

Written by Bishop Athanasius Schneider for this Eucharistic Reparation Crusade

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Fuente: remnantnewspaper

Texto original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2020/07/21/il-vescovo-schneider-lancia-una-crociata-internazionale-per-la-riparazione-eucaristica/


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Aldo Maria Valli

Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/