El prólogo al Evangelio de San Juan al final de cada Misa

Es indiscutible que el Prólogo al Evangelio de de San Juan es la piedra angular ideal a la Santa Misa, y su pérdida es profundamente lamentable

¿Por qué la reforma litúrgica no debió de haber dejado de recitar el prólogo al Evangelio de San Juan después de cada Misa?, un artículo de Peter Kwasniewski para LifeSiteNews

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

Al final de cada Misa Tridentina, después de la última bendición, el celebrante se dirige al lado del Evangelio del altar para leer el Último Evangelio, el Prólogo de Juan: “En el principio era el Verbo…” Esta hermosa costumbre es descrita así en la explicación de la Misa de Dom Prosper Guéranger:

“¿Por qué se hace esta lectura? La costumbre se origina en la Edad Media. En este periodo, como también en tiempos anteriores, los fieles tenían una gran devoción por que se les leyera una parte del Evangelio y el comienzo de este, de San Juan, era en especial su favorito. Al final fueron tan múltiples las demandas que el número de sacerdotes fue insuficiente para satisfacer todo, y para simplificar el asunto, se decidió recitar este sobre todos los reunidos al final de la Misa.  Solo la devoción de los fieles, por lo tanto, originó esta adición…Cuando el sacerdote llega a estas palabras del Evangelio de San Juan: Et Verbum caro factum est, él hace una genuflexión en honor al anonadamiento del Verbo hecho carne, que se entregó a Sí mismo, tomando la forma de un Sirviente (Filipenses 2, 7) Habiendo terminado el Evangelio, el sacerdote baja del altar después de inclinarse ante la cruz.”

La conveniencia de esta práctica desarrollada de manera orgánica está muy bien expresada por Martin Mosebach:

El Último Evangelio es la parte más reciente del rito clásico. El prólogo del Evangelio de San Juan no estuvo integrado en la Santa Misa hasta el siglo 13. Apareció en los misales dominicos por primera vez en 1256. Los manuales litúrgicos se refieren al prólogo de San Juan como una “bendición”. De hecho, incluso la lectura del Evangelio en el rito de los catecúmenos no era meramente una proclamación, sino también un sacramental y una bendición con absolución: “Per evangelica dicta deleantur nostra delicta—Por las palabras del Evangelio sean perdonados nuestros pecados.” En el Último Evangelio es este el aspecto de la bendición que se destaca. Contiene el núcleo de la fe cristiana en la forma más abreviada posible y esta es la razón de porqué el prólogo fue considerado como poseedor de un poder especial. En el Libro de los Evangelios que era usado en las coronaciones imperiales este prólogo era escrito en letras de oro sobre un pergamino púrpura. El emperador pronunciaba las palabras como un juramento de coronación, así profesaba su responsabilidad por una creación que había sido santificada por la encarnación del Verbo.”

La herejía de la Informalidad, 117-18

Mosebach señala luego que Santo Tomás de Aquino, cuando fue llamado a componer los Propios de la Fiesta de Corpus Christi, no escribió un nuevo Prefacio, sino que escogió el Prefacio de Navidad, el cual celebra el misterio de la Encarnación. De esta manera, enlazó poderosamente el misterio de la renovación sacramental del Sacrificio de la Cruz con el misterio de su origen, la encarnación del Hijo de Dios, para que así Él tuviera un cuerpo y una vida humana para ofrecer como una oblación infinitamente agradable. Como lo señala la Epístola a los Hebreos: “Por lo cual dice al entrar en el mundo: Sacrificio y oblación no los quisiste, pero un cuerpo me has preparado. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo —así está escrito de Mí en el rollo del Libro— para hacer, oh Dios, tu voluntad.” Habiendo dicho arriba: “Sacrificios y oblaciones, y holocaustos por el pecado no los quisiste, ni te agradaron estas cosas” que se ofrecen según la Ley, continuó diciendo: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad”; con lo cual abroga lo primero, para establecer lo segundo. En virtud de esta voluntad hemos sido santificados una vez para siempre por la oblación del cuerpo de Jesucristo” (Hebreos 10, 5-10) He aquí que Él viene al mundo a ofrecer este santísimo Cuerpo como el único sacrificio digno que coincide con la voluntad de Dios y santifica a todos quienes participan de él.

En palabras de Mosebach:

¿Es por casualidad que, al mismo tiempo y en la misma orden religiosa, el Prefacio y el Evangelio de Navidad adquieran una función en la Misa que va más allá de su particular enlace con Navidad? Lo que el prefacio de Navidad contribuye a comprender del sacramento del altar en Corpus Christi, el prólogo del Evangelio de San Juan, el Evangelio de Navidad, lo hace cada día. Trae constantemente a la mente que celebrar la memoria del sacrificio de la redención presupone la encarnación real, el cambio de Dios en hombre, del vino en sangre, de la muerte a la vida. El prólogo de San Juan se convierte en el epítome de toda la Misa. Cada celebración concreta e individual de la Misa estaba concentrada en las palabras visionarias y supra-temporales del prólogo. “Hemos visto su gloria”, está referido ahora no a la memoria de la transfiguración de Cristo en el Evangelio de San Juan, sino el signo de la Hostia elevada. En Misa el creyente se convierte en testigo de los eventos de la fe.”

Ibid.,119

En el periodo que va de San Pío V a la mitad del siglo veinte, el Prólogo de Juan sería a menudo reemplazado por el Evangelio del día, cuando este último había sido sustituido por el Evangelio de una fiesta de mayor rango. Aunque este “cambio” del Evangelio al espacio final tenía la ventaja de asegurar que los leales “perros del Señor” (Domini canes, como uno diría) no perdieran ninguna de las migajas que cayeron de la mesa litúrgica del Maestro, al mismo tiempo podemos reconocer, con Mosebach, que el Prólogo de Juan es el único apropiado para el fin de la Misa. En las rúbricas que rigen el Missale Romanum de 1962, usado por la mayoría de los católicos tradicionales hoy, el Prólogo fue re-establecido como el único Evangelio después de la Misa. Mosebach defiende lo adecuado de esta rúbrica:

“El Prólogo de San Juan no puede ser reemplazado por ningún otro evangelio. Es profundamente absurdo poner en su lugar una lectura que pertenece a una fiesta conmemorada.  Aquellos que están comprometidos con el Último Evangelio tampoco estarán de acuerdo con la ampliamente aceptada costumbre de permitir a la feligresía cantar un himno mientras este Evangelio está siendo leído (…) Ya que es un texto que está siendo constantemente leído y que muchas personas saben de memoria, el prólogo de San Juan puede ser leído (in) conscientemente sotto voce mientras los miembros de la congregación lo siguen en sus misales. El propósito del prólogo es la contemplación, la retrospectiva consideración de una realidad vivida.”

Ibid.,120

Si estamos de acuerdo con la pugnaz opinión de Mosebach o no, podemos observar que cada tratamiento académico de la sagrada liturgia y cada manual devocional a lo largo del mundo católico contiene edificantes reflexiones sobre este prólogo y de la adecuada ubicación al final de cada (o casi toda) Misa.

Los reformadores litúrgicos, con una sospechosa facilidad, removieron este Último Evangelio, este verdadero epítome de la Fe cristiana, y permitieron que se conservada en el leccionario una vez al año: el día de la Misa de Navidad. Podemos estar seguros que los católicos contemporáneos que asisten solo al Novus Ordo están escasamente familiarizados con esta lectura, en contraste con los católicos tradicionales que lo conocen extremadamente bien, a menudo lo suficientemente bien como lo hace notar Mosebach, para murmurar las palabras junto con el sacerdote, si  lo desean.

En un curso sobre el Misterio de la Trinidad en el Wyoming Catholic College, los profesores de teología solicitaban a sus estudiantes memorizar el Prólogo de Juan y luego escribirlo, palabra por palabra, para el examen final. Los estudiantes podían escoger escribirlo en inglés, latín o griego (este último por créditos extra). Debido al amor de estos adultos jóvenes por la Misa Latina, que ya los había sumergido en este Prólogo, algunos encontraban más fácil escribirlo en latín que en inglés. Este Evangelio está alojado en sus memorias, parte de sus almas, parte de su arquitectura interior en la cual ellos vivirán sus vidas.

De hecho es así como la liturgia debiera ser, y es imposible para la liturgia funcionar de esta manera cuando las lecturas son tan numerosas y están en constante cambio, como ocurre en el Novus Ordo. Puesto de esta manera: sería mejor para un hombre en su lecho de muerte tener las palabras del Prólogo de Juan viniendo espontáneamente a su imaginación y a sus labios, que fallar al recordar los extensos pasajes de la Biblia que fueron por décadas rociados sobre él. Esto es parte del genio de la antigua Misa: selecciona cuidadosamente los más poderosos pasajes de las Escrituras y los repite año tras año, incluso con el Prólogo y ciertos Salmos, día tras día.

El Prólogo al Evangelio de San Juan es incuestionablemente la piedra angular ideal a la Santa Misa, y su pérdida es profundamente lamentable. No hay francamente ninguna razón en absoluto para que cualquier tradicionalista ( pienso aquí especialmente en algunos monasterios benedictinos) continúe en seguir el mutilado misal 1965, ahora que se sabe muy bien que los reformadores litúrgicos destinaron el de 1965 meramente como una casa a mitad de camino en vías al Novus Ordo de 1969.

El “misal provisional” de 1965 es casi un torso sin extremidades, como una de aquellas todavía bellas pero tristes antigüedades del Museo Vaticano: Venus, sin un brazo o una pierna. Tal cual es la Misa sin su Introibo o su In Principio. La poda de las oraciones a pie del altar y del Último Evangelio crea un serio desequilibrio artístico. Antes que estás oraciones fueran agregadas históricamente la Misa habría parecido estar lo suficientemente completa, pero así como muchas obras de arte, estos toques finales elevaron lo que era ya hermoso a una nueva perfección, como un elaborado marco dorado mejora la pintura dentro.

Tan querida era esta gloriosa fanfarria del Cuarto Evangelio, familiar a todos en su ubicación al final de la Misa, que produjo, en el florecimiento de la música del temprano Renacimiento, una magnifica música polifónica de esto compuesta por Josquin des Pres  (1450/55–1521):

La polífonía de Josquin proviene de una era en la cual la liturgia logró su perfección suprema. La evidente ausencia del Prólogo en el misal interino y en el Novus Ordo, tanto como la ausencia general de la polifonía de la calidad de la de Josquin, son signos de que la gloria de Dios ha salido del templo.

Peter Kwasniewski

*Nota de edición: La fotografía pertenece al artículo original publicado por LifeSiteNews. MarchandoReligion declina toda responsabilidad

Puedes leer este artículo sobre el Prólogo al Evangelio de San Juan en la Santa Misa aquí: https://www.lifesitenews.com/blogs/why-vatican-ii-shouldnt-have-dropped-reciting-prologue-of-johns-gospel-after-every-mass

Nuestro querido profesor Kwasniewski ha escrito variados artículos sobre la Santa Misa Tradicional, te invitamos a leer este sobre el Confiteor


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Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski: (Chicago, 1971) Teólogo y filósofo católico, compositor de música sacra, escritor, bloguero, editor y conferencista. Escribe regularmente para New LiturgicalMovement, OnePeterFive, LifeSiteNews, yRorateCaeli. Desde el año 2018 dejó el Wyoming CatholicCollegeen Lander, Wyoming, donde hacía clases y ocupaba un cargo directivo para seguir su carrera como autor freelance, orador, compositor y editor, y dedicar su vida a la defensa y articulación de la Tradición Católica en todas sus dimensiones. En su página personal podrán encontrar parte de su obra escrita y musical: https://www.peterkwasniewski.com/