El Dogma y el anticristo. El Concilio Vaticano II y el maxi-golpe de Monseñor Viganò

Queridos amigos de Duc in altum, la intervención que os propongo, del profesor Enrico Maria Radaelli, está destinada a quienes gustan de impresiones fuertes. El lenguaje del autor es voluntariamente provocativo. Personalmente no comparto usarlo para referirnos a los pontífices y, en particular, a Benedicto XVI. Pero, aparte de la forma, creo que su contenido es útil para el debate desencadenado por la toma de posición de monseñor Carlo Maria Viganò sobre el Vaticano II.

A.M.V.

El Dogma y el Anticristo. El Concilio Vaticano II y el maxi-golpe de monseñor Viganò. Un artículo de Enrico Maria Radaelli en el blog de Aldo María Valli

Texto original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2020/07/04/il-dogma-e-lanticristo-il-concilio-vaticano-ii-e-la-maxi-spallata-di-monsignor-vigano/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

Ya van para sesenta los años que se viene estafando a la gente a cuenta de “progresistas” y “conservadores”, ahora incluso con disparates acerca de la muy santa toma de posición del arzobispo Carlo Maria Viganò, pero es hora de terminar con el uso desleal y doloso de estas categorías exclusivamente políticas aplicadas a la Iglesia, ¡sociedad exclusiva y exquisitamente religiosa!

En particular, es hora de terminar con ello porque se trata únicamente de un modo pecaminoso de esconder el hecho de que se intenta hacer pasar el oro por estiércol y el estiércol por oro. Una verdadera farsa.

¿Acaso en el siglo tercero se hablaba de “progresistas” en lugar de herejes y de “conservadores” en lugar de fieles al Dogma?

¿Acaso en el siglo dieciséis se hablaba de “progresistas” en lugar de herejes luterano-calvinistas y de “conservadores” en lugar de fieles a las leyes de Dios enseñadas por la Santa Iglesia Romana?

Por tanto, basta de una vez con estos ardides miserables que alteran la realidad haciendo pasar a los herejes por buenos y por pérfidos trogloditas a los firmes santos, fieles a Dios: los llamados “progresistas” no son sino los que vuelven a asumir en su perversa doctrina todo el acervo de las peores herejías que confluyen en el Modernismo; por el contrario, los llamados “conservadores” son sólo los cristianos fieles al Dogma y a la verdadera y santa liturgia pre-montiniana a costa de enemistarse con el mundo, incluidos los Papas.

Hasta en la situación actual en la que el arzobispo Carlo Maria Viganò toma una fuerte y severa posición respecto al Concilio Vaticano II, en realidad la única posición que puede tomarse, él no es un “conservador”, sino un cristiano fiel al Dogma, y los Papas que iniciaron, presidieron y defendieron, y todavía hoy defienden, dicho crimen perverso no son los buenos y bravos “progresistas”, sino que son Papas totalmente infieles al Dogma, en su caso precisamente Papas modernistas y neo-modernistas.

Y cuando el 29 de junio Sandro Magister en su blog Séptimo Cielo ha afrontado la disputa titulándola El arzobispo Viganò al borde del cisma. La lección no escuchada de Benedicto XVI, en el artículo vuelve a utilizar otra vez las necias categorías en cuestión, cuando es evidente que por una parte tenemos una viva, poderosa y bien razonada crítica del arzobispo y, por otra, están los Papas, especialmente Benedicto XVI, que guían sus posiciones sobre argumentos no conexos al Dogma, como se verá.

Basta de subterfugios, es un hecho que hay que reemplazar las categorías falsas con las verdaderas: herejía para los herejes, fidelidad para los fieles.

Las únicas categorías aceptables en una disputa doctrinal en la Iglesia católica de Roma son la de “herético” para el que no se adhiere al Dogma y al Magisterio pastoral estrechamente conexo a aquél según se enseña por parte del Magisterio dogmático, y la de “católico” para quien se adhiere a ellos.

No hay más categorías. Y ésas que se usan son sólo mentiras.

No sólo eso: déjese de hablar de “hermenéutica”, otro truco, casi como para acudir todos corriendo a la Escuela de Fráncfort como bravos alumnillos del Papa Ratzinger, quien ha hecho de la hermenéutica y del historicismo sus objetivos, y retómese la metafísica, la única ciencia católica, la sola metodología correcta, la sola filosofía racional, volviendo así a palpar, después de casi sesenta años de oscuridad hermenéutica e historicista, la verdadera realidad de la Iglesia, antes de que por el contrario sea la terrible realidad actual de la Iglesia la que nos dé de bruces contra aquélla, pero cuando ya sea demasiado tarde.

Ninguno de los veinte Concilios ecuménicos de la Iglesia tuvo nunca necesidad de que los documentos, las órdenes y los anatemas pronunciados debieran afrontar el tamiz de una interpretación: ninguno, porque el Dogma no lo consiente, por ser demasiado claro para tener que ser “interpretado”, diga lo que diga el cardenal Brandmüller.

Y déjese de hablar por una vez de la aún más engorrosa y retorcida hermenéutica indicada por el Papa Ratzinger en el más desdichado que célebre Discurso a la Curia Romana de 22 de diciembre de 2005: «Una hermenéutica de la reforma – glosaba en aquellas consideraciones suyas –, de la renovación en la continuidad del único sujeto Iglesia».

Que alguno regale e invite a leer cuanto antes al cada vez más en peligro augusto Autor de tanta contorsión conceptual El traje nuevo del Emperador, una bella fábula de Andersen que podrá sugerirle el motivo para no haber dejado de producir durante décadas, con insistencia digna de mejor causa, uno tras otro, blandos almohadones de plumas sólo útiles para apoyar serenos nuestra cabeza tan necesitada de paz, cansados nuestros codos, y dormir así tranquilos sueños en medio de los ajetreos del mundo, a la vista de las fulminaciones de Ez 13,18, santa Palabra de Dios.

La “hermenéutica de la reforma en la continuidad” es, desglosando los términos uno por uno: primero, sólo una interpretación (= hermenéutica); segundo, de una discontinuidad (= reforma); tercero, en la ortodoxia (= continuidad).

Por tanto, se trata de una opinión, una hipótesis de trabajo, y nada más que un parecer en torno a un cierto concepto que querría estar en continuidad con el sano desarrollo del Dogma y, sin, embargo, reformándolo en la actualidad, querría ser también su opuesto, y ambas cosas, o sea, ser eso y lo contrario de eso, no obstante sin mostrarlo mínimamente, sin descubrir el conflicto, la contradicción, la más estridente guerra de esencia entre ambas cosas.

Ratzinger, Ratzinger, ¿cuándo dejarás de enredarte en ovillos de suaves plumas blancas sólo para no ver la sangre de la Redención derramada en torno a ti, y de ese modo al fin salvarte?

Se cita siempre ese final demasiado célebre del Discurso a la Curia romana, y hasta con hosannas, porque en su simplicidad – hermenéutica de la continuidad sí, hermenéutica de la ruptura no –, parecería resolver todos los interminables problemas nacidos y nunca después resueltos del Vaticano II, pero nunca se va al fondo de las líneas del muy augusto Autor en las que consiente la realización de un hecho gravísimo, tan grave como para cortar de raíz toda la potencia del celebérrimo esquema que a todos burla, continuidad sí, ruptura no, hermenéuticamente hablando, se entiende, es decir siempre al estilo Rashomon, aquella película de Kurosawa donde cuatro hermeneutas interpretan el mismo episodio llegando a cuatro conclusiones inconciliables: la interpretación y la realidad.

Vale, pero ¿qué interpretación? ¿Por qué la del Papa habría de ser más verdadera que la mía, puesto que no habla ex cathedra?

Y ésta es la cuestión. Y sobre ello se enfrentan los ejércitos desde hace ya sesenta años. Vale: siempre caminando y combatiendo sobre un manto de hojas que esconde al ejército de cardenales, obispos, monseñores y simples fieles, sean “progresistas” o “conservadores”, la gran trampa que a todos sumerge en un pozo único, todos aquiescentes del régimen herético tan bien enseñado, y digo “todos” porque no hay por parte de ninguno el debido y reclamado rechazo público, salvo ahora el mencionado arzobispo Carlo Maria Viganò.

Pero, después de que el mismo Amerio había señalado en su Iota unum, y posteriormente quien suscribe en sus libros, que los mismos innovadores no mostraban escrúpulos para airear la cosa sin pudor, por ejemplo el padre Schillebeecks cuando escribió: «Nous l’exprimons d’une façon diplomatique, mais après le Concile nous tirerons les conclusions implicites» (padre Edward Schillebeecks op, De Bazuin, n. 16, 1965), ¿por qué, digo, insisten todos todavía en no mirar de frente a la realidad y terminar con este maxi-trampucio de la ambigüedad?

Es el fraudulento escamotage que quien escribe viene denunciando desde hace décadas, recomendado por el cardenal Suenens al oído cauteloso y amplio del llamado “Papa bueno” Juan XXIII, que lo puso rápidamente en práctica desde la apertura formal del Concilio con carácter meramente “pastoral”, y en absoluto “dogmático”, como por el contrario habría debido ser por la presencia del Papa, el 11 de octubre de 1962: y el escamotage consiste en no utilizar nunca el carácter dogmático del Magisterio, sino siempre únicamente el carácter “pastoral”, para así no estar obligados a una enseñanza infalible, que natura sua debería ser perfectamente verdadera y segura y, por su divina indefectibilidad, no permitir ninguna ambigüedad – la ambigüedad es un defecto –, mucho menos voluntaria, y por consiguiente ninguna “interpretación”.

El carácter dogmático, grado máximo de la doctrina, correspondiente únicamente al Papa, o a un Concilio pero sólo en unión del Papa, es el verdadero y único Katéchon que puede embridar al Anticristo. El Katéchon es el Dogma.

Si se quita el Dogma se libera al Anticristo.

Y realmente no hay necesidad de quitar el Dogma: basta esconderlo, como aconsejó el astuto Purpurado francés [sic] al plácido Papa bergamasco, y después hacer como si no existiese, y usar el carácter pastoral del Magisterio con temeridad: como si dicho carácter pastoral no dependiera en todo y para todo del Dogma y no tuviera la obligación moral de ser siempre lo más coherente posible con él y lo más exactamente consecuente con el mismo, como siempre ha sido vivido y por consiguiente aplicado en los siglos del santo Magisterio de la Iglesia.

En efecto: para liberar al Anticristo es suficiente esta evaporación de hecho del Dogma, este “no tenerlo en cuenta”, este astuto “olvido”, llamémoslo así, que naturalmente es del todo inmoral, pecaminoso, basado sobre un maquiavelismo elaborado a partir de la Palabra de Dios.

Una reglita bien pero que bien simple. Y férrea: si el Papa convoca un Concilio que corta toda posibilidad de enunciar una locutio ex cathedra, por ejemplo prescribiendo la forma de Magisterio llamada “pastoral”, las definiciones que dicho Papa expondrá en dicho Concilio “no correrán el riesgo, llamémoslo así, de ser infaliblemente verdaderas”, y esto es lo que el cardenal Suenens y el Papa Roncalli querían alcanzar y de hecho alcanzaron: “No estar nunca obligados a decir verdades infalibles, sino, al contrario, saber que podían decir siempre cualquier cosa, incluso quizás algunas herejías (que no se vieran, pero para esto bastaba confundir con el lenguaje, gracias Schillebeecks), de tal modo que: primero, el Papa nunca podrá ser jamás acusado de herejía formal, esto es, de herejía propiamente dicha; y segundo, nunca será afectado el Dogma de la infalibilidad, el Dogma que nos garantiza precisamente esto”.

Para más detalles del maxi-trampucio, véase mi ¡Al ataque! Cristo vence, Ediciones Aurea Domus, Milán 2019, § 16, pp. 63-7 (disponible también mediante pedido a quien suscribe).

Este mecanismo perverso es el motor, el eje, la causa material y eficiente, el genius absconditus de la anómala y vacía construcción modernista en la que hoy se ha convertido la Iglesia, y también el mecanismo sin el cual la Iglesia no sería la ruina preagónica que es, el Modernismo no habría logrado desbancar del Trono más alto a la Verdad y la Esposa de Cristo sería hoy más espléndida, santa y gloriosa que nunca.

Y sin embargo, a pesar de ello, con este dispositivo perverso, que quien suscribe ha resumido con la fórmula de “Guerra de las dos Formas”, tratándolo e ilustrándolo en todas las lenguas desde hace más de diez años, nadie lo ha discutido jamás, nadie lo ha considerado nunca mínimamente, nadie se ha girado ni un momento para verlo ni por el espejo retrovisor.

Hoy, un arzobispo tiene el valor de acometer este asunto, apartado desde hace casi sesenta años con ardides vergonzosos elaborados sobre todo por los más altos Pastores y responsables de la Iglesia.

Hoy, el arzobispo Carlo Maria Viganò no tiene miedo a reconocer que el Concilio Vaticano II será cancelado bien en su totalidad o en cada una de las mil ambigüedades a las que sus fautores recurrieron para aprobar conceptos que si aquél hubiese sido abierto con la debida forma dogmática habrían sido no sólo rechazados con fuerza, sino incluso declarados explícita y aún más duramente anatemas.

Basta con las maxi-trampucias al estilo Roncalli-Ratzinger. Y que la Iglesia retome su vía de único Polo de divina salvación estrechándose con fuerza y decisión absoluta a la firme sinceridad del Dogma: «Sea vuestro hablar sí sí, no no, el resto viene del maligno» (Mt 5, 37).

Enrico Maria Radaelli

aureadomus.emr@gmail.com

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Aldo Maria Valli

Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/