La Santa Misa…del Viernes Santo

Continuando con el artículo publicado por el Padre José Miguel, “¿Por qué recibimos al Señor de rodillas y en la boca? Porque es el Corazón de Cristo, Sangre y agua manado”

Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados, Corazón de Jesús, Corazón de la Pascua, ten misericordia de nosotros. Así podemos invocar al Señor cuando lo tenemos expuesto en el misterio eucarístico de su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. El Señor en el Evangelio de San Juan nos abre su Corazón, nos comunica su intimidad, comparte con nosotros su amistad, diciéndonos algo realmente asombroso y desconcertante, tanto por lo que dice como con la claridad rotunda con que lo dice: Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros… El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí. Este discurso de Jesús provocó, como sabemos, escándalo entre muchos que le seguían, porque no podían aceptar la literalidad de sus palabras, y le dejaron.

Pero el Señor preguntará a los Doce: ¿También vosotros queréis marchar? Pedro le responderá sensatamente pero también desde su corazón de apóstol: Señor, ¿a quién iríamos si sólo Tú tienes palabras de vida eterna? Es desde luego una respuesta muy acertada, pues acaso ¿no buscamos todos la vida, ¿incluso los que por vivir en pecado, sin darse cuenta, “viven como muertos”, porque han perdido la gracia santificante? ¿Acaso no buscamos la felicidad y cuando creemos encontrarla, nos dura muy poco? ¿Acaso no buscamos nuevas experiencias, particularmente los jóvenes, y luego quedamos—y los jóvenes también—hastiados y hartos de tanta banalidad y superficialidad? Pero todo esto, ¿acaso no es sino la triste experiencia de la caída original de Adán y Eva?

            San Pablo lamentará: ¿Por qué hago el mal que no quiero, en lugar del bien que sí quiero? Y San Pablo clamará: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Pues un Cuerpo lleno de Vida, como el del Señor Sacrificado, Sepultado y Resucitado. Y un Cuerpo eclesial místico, lleno de sacramentos de gracia que nos vivifican. No hay otra respuesta que ésta: el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros, la Sangre de Cristo derramada por muchos para el perdón de nuestros pecados. Y sólo en el Cuerpo místico de la Iglesia por quien podemos recibir esta misma realidad, como Sacramento Santísimo.

            Y sin embargo, si nos podemos beneficiar de los sacramentos, es porque son, como todos los demás bienes suyos, una gracia del Señor, obviamente. Pero precisamente porque los sacramentos son una gracia, ¡no se nos deben! Y porque Dios no nos debe nada, no podemos en modo alguno exigirle nada, cual si tuviéramos derechos adquiridos a los sacramentos, que son una gracia. Pues bien, demos un paso más: ni siquiera la Eucaristía tendría valor salvífico para nosotros si no fuera porque es Sacramento del Sacrificio de la Cruz, que es lo que nos redime propiamente.

Prestad por favor cuidadosa atención, pues lo voy a decir con otras palabras, hilando fino: lo que nos salva propiamente, es el Sacrificio de la Cruz, lo que nos salva propiamente es el Cuerpo entregado y Sangre derramada de Cristo…. no propiamente la Eucaristía per se, y mucho menos la Eucaristía comprendida—y celebrada litúrgicamente—disociada del Sacrificio de la Cruz.Esto es muy importante.

Es vitalpara los católicos comprender que la Santa Misa es, esencialmente, el mismo Sacrificio de la Cruz que se renueva en el altar. La Misa como“rito litúrgico”, el Señor la instituyó como Sacramento eucarístico la tarde del Jueves Santo. La Misa como “acto”, el Señor la celebró la tarde del Viernes Santo…

Que el Señor haya querido instituir la Eucaristía como Sacramento de su Sacrificio, es una muestra conmovedora de su inefable y tierna misericordia. Es decir, si la Eucaristía tiene sentido alguno y valor salvífico para nosotros, que somos pecadores, es precisamente porque es Sacramento instituido por Cristo la tarde del Jueves Santo, de su propio Sacrificio en la Cruz que consumará la tarde del Viernes Santo. Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo… Tomad y bebed todos de él, porque éste es el Cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.

Luego, ¿cómo está presente Cristo en la Eucaristía? Por supuesto, por el misterio sublime de la transubstanciación (que es dogma de fe), la sustancia del pan y vino (lo que hace que el pan sea pan y el vino sea vino) se convierten en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, si bien permanecen los accidentes de pan y vino. Pero ¿de qué manera está presente real y sustancialmente el Señor en la Eucaristía? Pues en el misterio mismo del memorial de su Sacrificio, en el misterio mismo de su Cuerpo entregado y Sangre derramada, por nosotros y por muchos, para el perdón y redención de nuestros pecados. Y así hemos de adorarle también en una Exposición del Santísimo Sacramento.

Memorial en castellano, anámnesis en griego, zíkaron en hebreo, algo bastante más que memoria y recuerdo: significa memoria y recuerdo, ciertamente, pero actualización presente y de cara al futuro. Esto es mi Cuerpo entregado, entonces y ahora, aquí y ahora mismo, si bien de manera incruenta. Éste es el Cáliz de mi Sangre derramada, entonces y ahora, aquí y ahora mismo, si bien de manera incruenta. Y Cuerpo entregado y Sangre derramada entonces y ahora, es el Sacrificio perpetuo que se vislumbra ya en el Antiguo Testamento, de cara a nuestra redención eterna.

La profundísima fe católica y piedad eucarística vividas por J.R.R. Tolkien, hace que en El Señor de los Anillos, los Altos Elfos del Bosque Dorado de Lothlórien entreguen lembas, es decir, pan o alimento del camino, en latín, panis o esca viatorum, a la Comunidad del Anillo. Se trata de un pan muy especial que no ha de tomarse con otros alimentos y que sirve para nutrir la voluntad de seguir adelante, a pesar de toda dificultad, en el duro camino por esta vida. Y al tener que partir de la hermosísima tierra élfica de Lothlórien, uno de los personajes, con honda nostalgia, dice a otro: Memory is not what the heart desires / Recuerdos no son lo que desea el corazón. En el sentido de que sólo los recuerdos no satisfacen el alma.

¡Pues claro que no! ¡Es una gran intuición católica—de tantas—de Tolkien! Nosotros no queremos vivir solamente de buenos recuerdos, ¿verdad que no? Nosotros, que somos imagen y semejanza de Dios, no queremos vivir de meros recuerdos de amor, nosotros queremos amar ahora, y vivir amando para siempre, ¿o no? El corazón humano desea mucho más que memorias y recuerdos, desea presencia real y actual, desea vivenciarealyactual… y presencia real y vivencia real que permanezcan para siempre. Permaneced en mi Amor, dixit Dominus. El que coma de este Pan vivirá para siempre, dice el Señor. Amar viviendo, y vivir amando per omnia sæcula sæculorum, por los siglos de los siglos. Ésta es la promesa de vida eterna para nosotros, por la que el Señor se ha dignado sacrificarse en la Cruz, y ha dignado dejarnos un Sacramento para el camino…

De  ahí, pues, que “celebrar la Eucaristía” sin un altar de Sacrificio de cara al Crucifijo, en su lugar una mesa de cena de cara al pueblo, con liturgias creativas (sic), con música profana, con una comunidad cerrada sobre sí misma, mirándose a sí misma continuamente, celebrándose a sí misma, oscurece por completo el hecho mismo de la redención, que no es otra cosa que el Sacrificio de la Cruz. O sea, la Eucaristía, aparte de cuestiones de licitud y hasta de dudosa validez, carece de sentido celebrarla al margen de la intención litúrgica de la Iglesia.

De tal manera—y esto es muy grave—de tal manera, si una consagración no es válida porque se inventan plegarias eucarísticas, y se trastoca la fórmula de consagración, si el Señor no se hace presente, no se hace presente nada. No se hacen presentes sus misterios de salvación. No se hace presente su Cuerpo entregado por ti. No se hace presente su Sangre derramada por ti. No se hace presente nada. Esto es grave. Esto es grave.

Sólo el Cuerpo de alguien ofrecido en sacrificio por otros—y ofrecido libérrimamente porque el corazón humano de ese Cuerpo le pertenece a Dios mismo hecho Hombre, y late con un amor inconmensurable e indescriptible—y sólo esa Sangre copiosamente derramada puede devolver la vida a quienes no la tenían. Y la verdad es que, desde el pecado original, no tenemos vida en nosotros, es decir, no tenemos la vida de Dios en nosotros en un sentido pleno, hasta que hayamos podido literalmente comer y beber la misma Vida en persona en la Comunión eucarística, que es fruto del Sacrificio pascual del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, pecados que impiden nuestra entrada en el Reino de los Cielos.

            En la cultura bíblica, la sangre significa vida, portadora de vida. Así como en los antiguos sacrificios de corderos en el Templo de Jerusalén al atardecer representaban la alianza antigua de Dios con su pueblo, la alianza nueva y eterna que supera estos antiguos sacrificios—porque el hombre no puede por sí mismo guardar su parte de la alianza—es el sacrificio del verdadero Cordero de Dios que quita—de raíz—los pecados del mundo.

Y así como la sangre de los corderos que se untaba en las jambas de las puertas de las casas hebreas hizo que el Ángel Exterminador “pasara” de largo e hiriera a los primogénitos egipcios, en la Noche Santa de la Resurrección del Señor, el pregonero del “Paso”, el pregonero de la Pascua, canta: … Él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán, y derramando su Sangre, canceló el recibo del antiguo pecado. Porque estas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya Sangre consagra las puertas de los fieles.

¿Qué son esas “puertas de los fieles” que consagra la Sangre del verdadero Cordero, en su “paso” de la muerte a la vida, o sea, en su Pascua? San Juan Crisóstomo, un gran Santo Padre de la Iglesia en Oriente, nos dice en una magnífica catequesis (II Nocturno de Maitines) que esas “puertas” son las “jambas” de nuestros labios cuando por ellos “pasa” el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

¿Deseas conocer el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recordemos los antiguos relatos de Egipto. Inmolad—dice Moisés—un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda—responde Moisés—: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.» Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.

¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma Cruz y su fuente fue el costado del Señor… El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio…

Pues bien, dejando que Cristo entre en nuestro corazón, habiendo “pasado” por nuestra boca/puerta, seamos rescatados del poder opresor del Maligno, veámonos libres de la esclavitud del pecado que nos hace sufrir, y veámonos libres de la muerte eterna. Esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, es decir, soy Yo, Yo soy (el que soy), es decir, es mi Vida que ofrezco libremente en muerte para que la muerte eterna no tuviera la última palabra sobre nosotros. Pero el Señor no sólo diosu vida en la muerte al inmolarse en la Cruz, es que sigue dándonos la vida, su vida, al resucitar al amanecer del Domingo, y haciéndose presente en los sacramentos, gracias a la fuerza viva del Espíritu Santo.

Oh Dios, Tú eres mi Dios, por Ti madrugo, reza el salmo 62, uno de los salmos de la Hora de Laudes del Domingo. El amanecer del Domingo, Dies Domini, Día del Señor, en el oriente, al rayar la aurora rutilante, de donde nace el Oriente, el Sol que viene de lo alto, de donde nos ha visitado y redimido a su pueblo, como canta la Iglesia en el Benedictus en la Hora de Laudes todos los amaneceres.Como la Estrella surgida en el Oriente que nos guía hacia Belén, que significa Casa del pan,del oriente vendrá el Señor en su Día, en gloria y majestad, de ahí que celebramos con el altar de sacrificio y Crucifijo mirando todos juntos ad Orientem / hacia el Oriente.

¡El oriente es más que una dirección geográfica! El oriente se le llama al Señor mismo: ¡Él es el Oriente, Él es el Sol que nace de lo alto! Y lo hacemos con esa expectativa dichosa de la espiritualidad del Tiempo de Adviento: O, Oriente… Ven ya, Señor Jesús, no tardes más. ¡Que tu venida consuele a los que esperan todo de tu Amor! Es la misma expectativa dichosa de la Iglesia-Esposa que desea y anhela la llegada de su Señor y Esposo, del libro del Apocalipsis de San Juan: Vengo pronto, dice el Señor.Y la Iglesia, su Esposa, le responde: ¡Amén! ¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Señor Jesús! Veni, Domine Iesu!

Los besos del sacerdote al altar, que representa Cristo, yo como sacerdote en vuestro nombre también, y en el propio, son los besos agradecidos por el Sacrificio, y los besos de la Esposa al Esposo, deseando que vuelva…

Pues bien, lo que Cristo dijo e hizo en el pasado para salvarnos, el Espíritu Santo lo hace eternamente actual en el presente, y de cara al futuro. Es ésta la dinámica propia de la sagrada liturgia, especialmente en los sacramentos. Y es precisamente gracias a esta dinámica, los sacramentos son eficaces portadores de gracia redentora.

Por su parte, el Apóstol Pablo en su primera epístola a los Corintios nos comunica una realidad sublime que haríamos bien en asimilar más profundamente: El cáliz que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? San Cirilo de Jerusalén, otro gran Santo Padre de la Iglesia en Oriente—y extraordinario catequista—decía que somos concorpóreos y consanguíneos con Cristo en la Comunión eucarística. O Magnum Mysterium! Al que también puso música Tomás Luis de Victoria. Ciertamente sólo un Dios hecho Hombre, con un Corazón que arde loco de amor, puede hacer posible esto en la Eucaristía.

Con sinceridad preguntémonos si creemos de verdad en la vida más allá de este valle de lágrimas, más allá de los confines de este mundo caduco. Preguntémonos si de verdad creemos en la vida perdurable, en la vida eterna. Y preguntémonos—en vistas a vivir bien el Santo Sacrificio de la Misa—si de verdad somos conscientes del precio carísimo que supuso para el Señor, rico en misericordia, entregar libérrimamente su Cuerpo y su Sangre, por nosotros, en expiación por nuestros pecados, en el Árbol de la Vida que es su Cruz… para que tuviéramos vida eterna.

La vida eterna no es otra cosa que participar en la vida misma de Dios, Dios que es la Vida, Dios que es Amor. Es decir, la vida ya de por sí eseterna porque la Vida es Dios. Y el amor es de por sí eterno, porque el Amor es Dios. Que así como Dios es eterno y siempre ha existido, sin comienzo, sin fin, el amor siempre ha existido, el amor es eterno, sin comienzo, sin fin, y la vida siempre ha existido, la vida es eterna, sin comienzo, sin fin.

Ya lo supo decir muy bien en su día San Agustín, un gran Santo Padre de Occidente: Tú nos has creado para Ti, Señor, y nuestro corazón anda inquieto hasta que encuentre reposo en Ti. De eso se trata, descansar en el pecho, en el Corazón del Señor, como el joven apóstol Juan, el Jueves Santo. Qué privilegio más maravilloso, el del Discípulo Amado, gozar de esa intimidad y confianza, de alma y cuerpo, con Dios mismo hecho Hombre.

La liturgia de su fiesta, el 27 de diciembre—dentro de la Octava de Navidad—canta que de la fuente del pecho, del Corazón del Señor, bebió el joven Apóstol secretos celestiales. Si bien nosotros no podemos gozar de la experiencia única e irrepetible de San Juan, sí que podemos estar delante del Señor Sacramentado y pedir el don de contemplación. Santo Tomás de Aquino dirá: contemplata aliis tradere / lo contemplado a otros transmitido. Es decir, de lo que nosotros contemplamos y vivimos, eso mismo transmitimos a otros, como apóstoles…

Concluimos la meditación con la primera estrofa del Himno de Laudes del Breviario Romano Tradicional para la festividad de hoy:

Salvéte, Christi vúlnera,

immensi amoris pígnora!,

quibus perénnes rívuli
manant rubéntis sánguinis…

Salve, ¡oh llagas de Cristo, 
prendas de su amor infinito!, 
de donde manan fuentes 
perennes de sangre viva…

Padre José Miguel Marqués Campo

Les recomendamos leer el anterior artículo del Padre José Miguel: ¿Por qué recibimos al Señor de rodillas y en la boca?

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