El rey David: El dolor de un padre

La historia del rey David a través de las Escrituras

El rey David: El dolor de un padre. Un artículo de D. Vicente Ramón Escandell Abad

PALABRA DE VIDA

<<Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tu mantienes alta mi cabeza.>> (Sal 3,3)

Absalón, el hijo ingrato y rebelde, había colocado a David, su padre, en las más penosas angustias de modo que el padre, abandonado tuvo que huir de Jerusalén con un puñado de fieles.

David clamó a Dios, contándole su situación angustiosa. Se dirige a Dios directamente y Dios lo escucha.

David se dirige a Dios como mi escudo, expresión grata al monarca, como leemos en el salmo 5: “Porque tú, Señor, bendices al justo y como un escudo lo cubre tu favor” (v. 13). El rey profeta, y en él todos nosotros, perseguido y desamparado, cifra su única defensa en el Señor.

Mons. Juan Straubinger

Un reino conflictivo

            La historia de David y Absalón se sitúa en los primeros compases del reino unificado de Israel, y pone de manifiesto las tensiones internas del mismo a pesar de su unificación bajo David. Desde el primer instante, la experiencia monárquica en Israel está salpicada de complicaciones y terminara por fracasar tanto en el norte como en el sur, no sólo por cuestiones políticas, sino también por la falta de fidelidad del reino y sus reyes a Dios.

            No fueron fáciles las relaciones entre las Doce tribus de Israel una vez asentadas en la tierra prometida, un asentamiento mucho más conflictivo que el que nos narran las Escrituras. Históricamente hablando las tribus de Israel se establecieron de modo marginal en la tierra de Canaán, viéndose obligadas a coexistir, no siempre de modo pacífico, con las ciudades – estado allí establecidas, que poseían un grado de desarrollo mayor que el de las tribus nómadas que se introdujeron en Palestina bajo el mando de Josué. Tras la muerte de Josué cada tribu se estableció en una parte de la Tierra Prometida, sin que existiera una unidad política o religiosa entre ellas, dándose el enfrentamiento entre ambas por el control de la tierra, aunque, de modo muy esporádico, venían a unirse para hacer frente a un enemigo común.

            Esta conflictividad intestina continuo a lo largo del periodo de los Jueces, los cuales, procedentes de distintas tribus, fueron héroes carismáticos que surgían para liberar a su tribu de la mano de los invasores. No se puede, pues, pensar en que los jueces fuesen líderes de una nación unificada, sino de las tribus de Israel dispersas por toda Palestina, y tras cuya muerte la tribu volvía de nuevo a ser sojuzgada por el enemigo. Solo una vez se plantea la posibilidad de establecer una monarquía en Israel, de la mano de un descendiente del caudillo Gedeón, intento que fracasó por la oposición del pueblo, alentado por un profeta que anuncio la opresión de que serían objeto por parte del monarca. Sin embargo, se hacía manifiesta la necesidad de una unidad política que hiciese efectiva la lucha contra el invasor y el dominio completo y seguro de la Tierra Prometida.

            Con el último de los Jueces, Samuel, se inicia el proceso de configuración de Israel como una monarquía, a semejanza de las que circundaban a los israelitas. A la vista de la indignidad y corrupción de los hijos de Samuel, el pueblo le plantea la posibilidad de tener un rey, de ser como los demás pueblos, que ya los poseían, y que se mostraban más fuertes que ellos. Samuel consultó a Dios sobre este asunto, y este, conocedor del futuro que aguardaba al reino, consoló a su juez afirmando que no a él a quien ellos rechazan por un rey, sino que era a Él, a su Dios, a quien rechazaban como su Señor y Rey. Y le transmitió el oráculo de las opresiones que habrían de soportar bajo el dominio de un rey, algo que, una vez transmitido a los israelitas, no pareció atemorizarles, persistiendo en su empeño de dotarse de un soberano humano y visible. Está claro que, en este oráculo, se da un cierto anacronismo: escrito el libro tras la experiencia monárquica, el autor sagrado, sin que ello niegue que Dios revelara a Samuel el funesto destino del pueblo bajo la monarquía, ofrece veladamente un resumen de la opresión y los abusos con que los reyes gobernaron a su pueblo. Este perdió su libertad y se vio obligado a poner al servicio del rey y de sus empresas, a sus hijos, hijas y bienes, sobrellevando el yugo del poder humano.

            Este tipo de oráculos pone de manifiesto que, para el autor del Libro de Samuel, como también para el del resto de libros históricos que hacen referencia a la monarquía, esta fue una institución nefasta para Israel. Estos escritores, muchos de ellos testigos directos del fin de la monarquía davídica, descubrieron en la infidelidad de los reyes la causa de la caída y ruina de Israel. Leída desde una perspectiva teológica, la que proporcionaba el Libro del Deuteronomio, la clave de la infidelidad daban sentido a los hechos acaecidos y daba como consecuencia una evaluación negativa de todos los reyes, especialmente desde la división del Reino. Sólo David, Ezequías y Josías reciben juicios positivos por parte de estos historiadores teólogos, por el hecho de que fueron de los únicos que permanecieron fieles a la Alianza y a Dios, en medio de un mar de reyes idolatras e infieles.

            La elección de la persona del rey recayó, por revelación divina a Samuel, en la figura de Saúl, de la tribu de Benjamín, la menos importante de las Doce tribus de Israel. Ya que el pueblo quería un rey, Dios se reservó el derecho de escogerlo, siendo ratificad esta elección por medio del profeta Samuel, que ungió a Saúl como rey. Es paradójico como Saúl, que la Biblia describe en sus inicios como un joven piadoso y valiente, terminara convirtiéndose en un monarca amargado y enfermo, incapaz de cumplir la voluntad de Dios y empecinado en perseguir a su más fiel servidor, el joven David. Sin embargo, en sus comienzos consiguió aunar la voluntad de todas las tribus y presentar un frente común contra los filisteos que, desde hacía siglos, ejercían su control sobre las tribus de Israel. Si al principio estos no tomaron en serio al nuevo rey y su ejército, con el tiempo, tras varios triunfos, los filisteos vieron peligrar su dominio sobre Palestina.

            Sin embargo, el mayor peligro para la pervivencia del joven reino, no procedía de los enemigos externos, sino de él mismo. Las sucesivas infidelidades de Saúl, motivadas por su desobediencia a los mandatos del Señor, respecto a los sacrificios y a la aplicación de la ley del exterminio, dieron lugar a la elección de David como futuro rey de Israel. Dios vio en David al servidor fiel que necesitaba para guiar a su pueblo y, a pesar de conocer sus debilidades, no dejo de estar a su lado durante toda su vida. La emergente figura de David en la milicia de Israel y la popularidad entre el pueblo, motivo los celos de Saúl que, afectado por algún tipo de enfermedad psicológica, que no descarta la posesión demoniaca, intento asesinar varias veces a su joven sirviente. La malicia de Saúl llegó hasta el punto de enviar a David a misiones suicidas, obligándole a traerle cien prepucios de filisteos para darle la mano de su hija Mical; David, yendo más allá del mandato del monarca, no sólo le trajo cien, sino mil, de ahí, que las mujeres israelitas cantasen: “Saúl mató a mil, pero David ha matado a diez mil”. Este y otros hechos encendían cada día más la cólera del rey, ya de por si enfermo, y que David trataba de calmar tocando a su lado el arpa, algo que parecía conseguirlo.

            La fama de David no sólo alimentaba la envidia de Saúl, sino también la de sus hombres de confianza, que jugarían un papel importante durante la guerra civil que siguió a la muerte de Saúl, y que enfrentaría a Judá contra Israel. El desastre de las armas de Israel en el Monte Gelboé, donde perecieron Saúl y Jonatán, y que dio ocasión a una de las elegías más bellas de la Sagrada Escritura, marca el inicio del enfrentamiento entre Judá e Israel, el primero liderado por David y el segundo por Isboset, proclamado rey de Israel por Abner, general de Saúl. Es la primera vez en que ambos reinos se enfrentan militarmente por el dominio de la Tierra Prometida, protagonizando una cruenta guerra civil, que favoreció el dominio filisteo de la zona, debilitado por Saúl, pero recuperado tras su muerte. Sin embargo, tras siete años de gobernar en Hebrón sobre Judá, David consiguió unificar el reino tras una serie de traiciones y asesinatos: Abner, el general de Saúl que había apoyado a Isboset, fue asesinado por los hombres de David, tras haber traicionado a su rey y ofrecer a David el trono de Israel; e Isboset, abandonado por todos, fue asesinado por dos servidores suyos, Baaná y Recab, de la tribu de Benjamín. Ambos asesinatos allanaron el camino de David para unificar el Reino. Sin embargo, como hombre justo, castigo severamente a quienes osaron levantar su mano contra Isboset y Abner: a los asesinos de Isboset, mando ejecutarlos inmediatamente; mientras a los que perpetraron el asesinato de Abner, Joab y sus hombres, fue Salomón, muerto ya David, quien mandaría ejecutarlos por este y otros crímenes.

            Y es que David, a pesar de la inquina de Saúl y de los suyos, mantuvo siempre su respeto y lealtad hacia aquel que había sido ungido por el Señor para gobernar los destinos de Israel. En dos ocasiones tuvo a su merced al rey Saúl, y en esas dos ocasiones, a pesar de las palabras de los suyos, jamás levanto la mano contra él. Tampoco lo hizo contra los descendientes de Saúl, como Isboset, ni contra los que lealmente le habían servido, como Abner; también, en virtud de un pacto con Jonatán, respetó la vida del hijo de este, Mefiboset, tullido de nacimiento, que fue acogió en la corte de David. De esta manera, y muy al contrario de las costumbres de la época, el David trato con benignidad a la Casa de Saúl, lo que le valió, a la larga la fidelidad inquebrantable de la tribu de Benjamín, que, tras la división del reino se mantendría leal a su nieto, Roboam, y a la tribu de Judá.

            Tras la muerte de Abner y Isboset, las tribus de Israel no tuvieron más remedio que rendirse a David, y acudir a Hebrón, capital del reino davídico, para prestar juramento de fidelidad a aquel que había servido fielmente a Saúl y que, por disposición divina, había sido escogido por sucesor del mismo. De esta manera, David iniciaba el reinado sobre Israel, un reinado no exento de conflictos que, como veremos, estallaron con la rebelión de Absalón, poniendo de manifiesto la fragilidad de la nueva monarquía.

David: guerrero, poeta, rey y pecador.

            David es, entre todos los reyes del Antiguo Testamento, el más fiel y leal a Dios, no siendo igualado por ningún otro de sus descendientes. Ni Salomón, con toda su sabiduría y riqueza, ni Josías a quien Judá debió la gran reforma religiosa deuteronomista, puede igualarse a David como rey y prototipo de gobernante de Israel. Toda la tradición mesiánica anterior y posterior al exilio contempla la figura del Mesías como un “nuevo David”, y, de hecho, Jesús mismo será llamado “hijo de David” y “León de Judá”, apelativos que indican su entronque con la tradición davídica y su clara descendencia del mítico rey de Israel. David representa la grandeza de Israel, pero también la santidad, la justicia y la penitencia del hombre entregado totalmente a la voluntad de Dios.

            El autor del Libro de Samuel nos dice que David era hijo de Jesé, de la tribu de Judá. Era el menor de un nutrido grupo de hermanos y era el encargado de la guarda y pastoreo de los rebaños de su padre. En esta situación lo encontró el profeta Samuel que, buscando al elegido por Dios para suceder a Saúl, nunca pensó que, en aquel joven pastor se encontrase el futuro rey de Israel. Muy pronto David, que tenía fama de poeta y soñador, se vio inmerso en las campañas militares de Saúl, acompañando a sus hermanos mayores, y fue en una de ellas en la que demostró que en la debilidad del hombre se encuentra la fuerza de Dios. La muerte del gigante Goliat catapulto a David a la corte de Saúl, hasta el punto de ganarse la confianza de Jonatán, que se vislumbraba como el heredero de su padre, y vincularse a la Casa real por medio de su matrimonio con Mical, hija de Saúl. Fue allí donde David puso al servicio del rey su talento musical y poético, tocando para él, consiguiendo calmar a un encolerizado Saúl que, conocedor de que era el elegido para sucederle, intentó en más de una ocasión matarle.

            Al margen de las intrigas de palacio, David destacó, como la tradición nos ha transmitido, como poeta y a quien debemos la composición de la mayoría de los 150 salmos del Salterio. Dividido en cinco libros, como la Torah, los Salmos recogen muchas de las composiciones del rey poeta, algunas de las cuales fueron redactas en sus tiempos de exilio, cuando, acosado por Saúl y por los suyos, encontró en la escritura un modo de expresar la angustia, tristeza y esperanza que anidaban en su corazón. Más adelante compondría otros, especialmente, con ocasión de sus desgracias tras el adulterio con Betsabé o la rebelión de Absalón, que, de nuevo, ponían de manifiesto los sentimientos del rey en esos momentos trágicos de su vida. El Salmo 50, por ejemplo, conocido como el Miserere, y que pertenece al grupo de los llamados “Salmos penitenciales”, es una confesión de arrepentimiento y búsqueda de perdón tras el asesinato de Urías y la muerte del hijo concebido de Betsabé en su adulterio. Con algún añadido posterior, que no resta nada a la obra davídica, es uno de los salmos más hermosos y profundos del Salterio, meditado constantemente por judíos y cristianos, y que ha movido a la conversión a innumerables generaciones de pecadores.

            Junto a la faceta intelectual de David, está la de militar, campo en el que siempre destacó en su juventud, y que abandono, como casi todos los reyes, una vez alcanzada la madurez. Liderando las tropas de Saúl alcanzó grandes éxitos militares, acompañado siempre por sus leales, entre los que destacó Joab, que tendrá un protagonismo crucial en el final de Absalón y en los sucesos que acontecieron durante la sucesión de David. Joab fue su más destacado general que, como David, pertenencia a la tribu de Judá, y al que acompaño durante el exilio impuesto por Saúl. Fue él el que tentó a David para que matará a Saúl en una ocasión y el que asestó el golpe mortal a Abner, después de que este se uniera a las fuerzas de Judá; también fue él quien decidió la muerte de Absalón y el que apoyaría a Adonias frente a Salomón durante la lucha por la sucesión de David. Hombres rudos como Joab formaban parte de la “banda” de David, que junto a él estuvieron al servicio de diferentes pueblos, incluso de los filisteos y que, parece ser, estuvieron presentes en la batalla del monte de Gelboé, donde murió Saúl y Jonatán, pero que no tuvieron parte en ella; los filisteos parecían no confiar demasiado en David y sus hombres, temiendo que estos pudieran traicionarlos y unirse a las fuerzas israelitas.

            Los años de luchas que siguieron a la muerte de Saúl y la unificación de las tribus de Israel en un solo pueblo, tuvieron como culmen la conquista de la ciudad de Jerusalén, en manos de los jebuseos, y que se convertiría en capital del reino. Esta decisión de convertir la antigua ciudad de los jebuseos en capital fue un gran acierto del rey, pues, al pertenecer a un pueblo extranjero y no a ninguna tribu de Israel, se creaba así una capital neutral, una ciudad de todas las tribus, en la que habitaría el rey y que sería el centro religioso de todo el reino. Para ello, David traslado el Arca de la Alianza, que habitaba en los territorios del norte, centralizando de esta manera el culto en Sion. El traslado del Arca, relatado por el autor del II libro de Samuel, fue todo un acontecimiento en el que participó de forma activa el rey, presidiendo la celebración danzando delante de la misma, lo que fue motivo de burla por parte de su esposa Mical, que, como castigo quedó estéril. David había cumplido su sueño, y el de muchos israelitas, de dar al Señor un lugar para su reposo, que fuera accesible a todos los creyentes y en el que se levantara un Templo en su honor donde tuviese su morada entre los hombres.

            Los esfuerzos de David tuvieron su recompensa, y el mismo Dios, a través del profeta Natán, que había sucedido a Samuel como consejero del monarca, le manifestó su especial protección sobre su casa y la promesa de que un descendiente suyo siempre se sentaría en su trono. Sin embargo, Dios comunico a David que no sería él quien le edificase un Templo, pues sus manos se hallaban manchadas de sangre, sino que sería un descendiente suyo quien lo realizaría. David acogió esta promesa con alegría y durante muchos siglos seria la fuente de esperanza de Judá, pero también de falsa confianza, pues, en medio de la más manifiesta infidelidad, los reyes abusarían de esta promesa para desviarse del camino que Dios había marcado a David. El fin de la dinastía davídica no supuso el fin de la promesa de un descendiente que ocuparía su trono, pues, a través de José y María, miembros de la Casa de David y de la tribu de Judá, Jesús ocuparía el sitial de su ancestro rigiendo un reino, no perecedero como en el de sus antepasados, sino eterno.

            El Jerusalén davídico se convirtió en una especie de “paraíso terrenal”, donde la justicia y la santidad reinaban, pero que, sin saberlo anidaba también la tentación y el pecado. Y así fue como el justo y santo David, quien era amado por Dios como un hijo, en un momento de debilidad introdujo en aquel paraíso el pecado y la división, que marcarían sus años finales y sembraría el germen de la división del reino bajo su nieto. Y es que en el pecado de David se dieron cierta el adulterio, la mentira y el asesinato: enamorado de Betsabé, esposa de Urías el hitita, David yacio con ella y le engendró un hijo; para cubrir esta situación, el rey llamó a Urías y planeo que este yaciera con ella para encubrir su pecado; sin embargo, Urías, fiel servidor del rey, no lo hizo, y el monarca no vio otra salida que ordenar su muerte, situándolo en lo más peligroso del frente, ordenando a Joab que lo abandonasen cuando más arreciera la batalla. En cierto sentido, David se comportó como Saúl cuando este, que no deseaba que se uniera a Mical, y en ella a su Casa, le ordeno traer mil prepucios de filisteos, con la mirada puesta en su más que seguirá muerte. Con este hecho, con la muerte de Urías, David introdujo en pecado y la muerte en la Ciudad Santa, marcando el destino de su descendencia.

David y Absalón: una historia trágica.

            El drama protagonizado por David y Absalón puso de manifiesto las debilidades del reino davídico y las tensiones entre el Sur y el Norte. A pesar de los esfuerzos de David por mantener unido el reino y de ser aceptado por las tribus de Israel, estas rompieron su obediencia y proclamaron rey a Absalón, mientras que Judá se mantuvo leal a David. Sólo la derrota militar de Absalón y la muerte de este puso término al cisma, pero las tensiones entre Israel y Judá seguirían latentes bajo el reinado de Salomón hasta que, tensada la cuerda por su hijo Roboam, terminaría por eclosionar dando lugar a la formación de dos reinos integrados por las diez tribus de Israel en el Norte, y por Judá y Benjamín en el Sur.

            El pecado de David y Betsabé no quedó sin castigo por parte de Dios. El profeta Natán, a través de una parábola, denunció su pecado a David, convirtiéndolo, sin saberlo en su propio juez. A pesar de su profundo arrepentimiento, David tuvo que escuchar con el corazón sobrecogido el oráculo del profeta acerca del castigo que sobrevendría sobre él a causa de su pecado: si bien Dios mantendría su alianza con él, al contrario de lo que hizo con Saúl, no por ello dejaría de castigar su pecado. El primer resultado del mismo seria la muerte del hijo concebido con Betsabé y el segundo la división y la lucha en el seno de su propia familia, lo cual, como los hechos futuros vendrían a confirmar. David había faltado a su amor a Dios, que lo había hecho poderoso y rico, y debía pagar las consecuencias. No sería la primera vez que David recibiría un castigo por sus actos: en otra ocasión, con motivo de un censo realizado en su Reino, Dios le dio a elegir el castigo, escogiendo David la peste, pero sin dejar de pedir el perdón para él y para su pueblo, que nada tenía que ver con su mandato.

            La muerte del hijo de David y Betsabé fue un duro golpe para el rey, el cual, confiado en la misericordia divina, no dejó en ningún momento de pedir por la vida de su hijo. Humillado ante la puerta del palacio real, David recibió la noticia de la muerte de su hijo con fuerte resignación, y, tras asearse, ceno y retomo su actividad cotidiana. Ante el asombro de propios y extraños, el rey respondió que era más fácil que él fuera hacia su hijo que este marchara hacia él, y que, mientras había posibilidad de que Dios lo sanase había hecho penitencia, pero una vez muerto ya no era necesaria. Dura lección aprendió el rey, por la cual Dios le bendijo con un nuevo hijo de Betsabé, Salomón, sobre el que recaería la bendición de Dios y la tarea de construir un Templo para su gloria.

            Con esta promesa, se cierra la primera parte del castigo de Dios a David y se abre la segunda, protagonizada por Absalón, el hijo favorito del rey y el que parecía candidato seguro para sucederle. Hay que tener en cuenta, que era costumbre de la época que el monarca tuviera varias esposas y concubinas, lo cual, en cierta forma, dificultaba la elección del sucesor, al tiempo que garantizaba que siempre habría un candidato a la misma. En este caso, sabemos que David contaba con varias esposas, de las cuales, Mical, Abigail y Betsabé son las más conocidas, por su papel en la vida del monarca; de la cuales le nacieron varios hijos, de algunos de los cuales sólo conocemos su nombre, y de otros, los protagonistas del drama de Absalón, conocemos algo de sus hechos: Amnón, primogénito de David; Támar, hermanastra de Amnón y hermana de Absalón; y Absalón, hermano de Támar y hermanastro de Amnón.

            La historia del enfrentamiento entre David y Absalón se inicia a raíz de la violación de Támar por parte de su hermano Amnón. Este encaprichado con Támar, por su belleza, con la complicidad de su primo Jonadab, engañó a esta fingiendo estar enfermo; aquella acudió a cuidarlo, y este la violento, expulsándola de mala manera después de su lecho. Humillada por Amnón, Támar acudió a Absalón quien exigió de David que castigase a su hermanastro por tal hecho. Pero David no lo hizo, y pasado el tiempo Absalón llevó a cabo su venganza, asesinando a su hermanastro mientras participaban en un banquete. David, a quien en un principio le comunicaron que Absalón había asesinado a todos sus hermanos, se afligió profundamente, porque amaba a su hijo, en quien, en cierta manera, se veía reflejado. Perseguido por su padre, Absalón marcho lejos del reino y David, una vez pasado el dolor por la muerte de Amnón, cejó en su empeño de darle caza.

            Sin embargo, por medio de Joab, que conocía la debilidad de David por su hijo Absalón, maquinó para que el joven príncipe fuese perdonado y readmitido en la corte. David, cuyo corazón de padre podía más que su conciencia de rey, reconociendo su falta perdonó a su hijo y lo readmitió a su lado. El noble gesto de David hacia Absalón fue entendido como debilidad por parte de los sectores más descontentos con el gobierno del rey, y aprovechando la inocencia de Absalón maquinaron un plan para derrocar a David y entronizar al débil y manipulable príncipe. En un principio, fue el mismo Absalón quien se preocupó por advertir los fallos en el gobierno de su padre, poniéndose a la entrada de la ciudad, e interrogaba a cuantos iban a ella para pedir una merced al rey; muchos de los que hablaban con él mostraban su disgusto con la forma de obrar del monarca: militares, comerciantes, nobles, pobres…, se acercaban al príncipe para manifestarle su descontento, y él afirmaba que, si algúndía llegara a ser rey, actuaria de mejor forma que su padre. La semilla de la ambición fue, pues, sembrada en el corazón de Absalón, quien, probablemente sin maldad alguna, veía en las quejas de quienes con él hablaban un signo de que era necesario un cambio en el reino.

            Crecido el número de seguidores, Absalón se apresto a dar el golpe contra su padre David, enviando emisarios a las tribus de Israel, descontentas con el gobierno de David, y reunidas en Hebrón, antigua capital del reino davídico, fue proclamado rey por sus representantes. David fue rápidamente informado de la traición, y consciente del peligro en que se encontraba, y con el deseo de preservar la ciudad santa de un asedio y saqueo, decidió abandonarla y dejar paso libre a Absalón. Solo le acompañaron sus más cercanos colaboradores, dejando en Jerusalén el Arca de la Alianza, con la confianza de que, si era voluntad de Dios, volvería a verla. No mucho tiempo después, la ciudad acogía con gozo y alegría al nuevo rey, Absalón que, cumpliendo la profecía hecha por Natán a David, tomó posesión del palacio real y de las mismas concubinas del rey.

            De nuevo, David, como en sus tiempos de juventud, se veía obligado a huir para salvar la vida, con el dolor de que fuera un ser querido, entonces Saúl, ahora Absalón, quien quisiera darle muerte. Humillado por Dios como rey y como padre, David tuvo que soportar las humillaciones de los hombres, especialmente, de los miembros de la tribu de Benjamín, parientes de Saúl, que le escupían y lanzaban piedras cuando pasaba por las aldeas en que habitaban. En estas circunstancias David componía salmos en lo que manifestaba su angustia y dolor, pero también su esperanza y confianza en Dios: Él era su escudo y fortaleza en los momentos de peligro, quien lo reivindicaría ante los hombres y quien humillaría a sus enemigos. Pero no por ello, el corazón de David dejaba de orar por su hijo Absalón, de quererle, algo que sus hombres temían, pues, pensaban que una vez derrotado el hijo este volvería a ser perdonado por el padre.

            Fue breve el reinado de Absalón en Jerusalén y lleno de conspiración en torno a él. A pesar de su huida de Jerusalén, David situó en la corte de su hijo a Jusai, amigo suyo, con la finalidad de espiar los movimientos del usurpador y minar su confianza en Ajitofel, su principal consejero. Guiado por los consejos de este, Absalón cometió la torpeza de ordenar perseguir a su padre y darle batalla, en contra de los consejos de Ajitofel; este, sintiéndose despechado por el rey, decidió suicidarse dejando a Absalón a merced de Jusai. Ello marcó el principio del fin del reinado de Absalón que, al mando de su ejército israelita, presentó batalla a su padre en el bosque de Efraín, careciendo de la preparación y experiencia, que, si tenían los hombres de su padre, liderados por Joab. David no participo en la batalla, aunque dio orden a Joab de que el usurpador fuese prendido y no ejecutado en el campo de batalla, orden que no siguió el general en jefe de David.

            Huido en desbandada el ejército de Israel, Absalón fue perseguido por los hombres de Joab, con tan mala suerte que su cabellera, rasgo que lo identificaba, se quedó enredada en las ramas de una encina. Avisado por uno de sus hombres, Joab se presentó en el lugar con varios de sus lugartenientes y allí mismo, contraviniendo las ordenes de David, ejecuto al usurpador, evitando que fuese perdonado por su padre. Enterrado en un hoyo así termino la vida de Absalón que había dirigido a Israel contra su padre, cumpliéndose así la profecía de Natán sobre castigo que habría de recaer sobre la casa de David por su pecado con Betsabé.

            La tristeza de David por la muerte de su hijo Absalón fue profundísima y sumió a sus leales en una fuerte preocupación, hasta el punto de que Joab advirtió al rey de que debía contenerse de cara a sus tropas vencedoras, sino seria la causa de una rebelión aún mayor de la que habían sofocado. David siguió el consejo de su general, y ordeno una entrada triunfal en Jerusalén, mientras que en lo más profundo de su corazón anidaba la tristeza por la muerte de su hijo y la duda acerca de la promesa divina acerca de su sucesión. Pero Dios, que había acrisolado el alma de David en el fuego de la prueba, no abandono a su escogido, y mantuvo su promesa: de las entrañas de Betsabé había salido el elegido por Dios para sucederle, Salomón, cuyas manos estaban limpias de sangre y a quien el Señor encomendaría la construcción de su Templo.

Oh Dios, tú eres nuestro escudo, nuestro defensor, en el tiempo de toda tribulación; se nuestro refugio y fortaleza en las dificultades de cada día, para podamos afrontarlas con paz y serenidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna