¿Por qué recibimos al Señor de rodillas y en la boca? Porque es el Corazón de Cristo, sangre y agua manando”

El corazón de Cristo atravesado por la lanza, ahí se encuentra la explicación de por qué debemos Comulgar de rodillas y en la boca. Un bellísimo artículo que les invitamos a leer

¿Por qué recibimos al Señor de rodillas y en la boca? Porque es el Corazón de Cristo, Sangre y agua manando”, un artículo del Padre José Miguel Marqués

Omnípotens sempitérne Deus, qui unigénitum Fílium tuum mundi Redemptórem constituísti, ac eius Sánguine placári voluísti: concéde, quǽsumus, salútis nostræ prétium solémni cultu ita venerári, atque a præséntis vitæ malis eius virtúte deféndi in terris; ut fructu perpétuo lætémur in cælis.

Dios todopoderoso y eterno, que hiciste a tu Unigénito Hijo Redentor del mundo, y quisiste que su Sangre nos obtuviese el perdón; concédenos venerar con solemnidad y amor este precio de nuestro rescate, y ser libres, por su virtud, de los males de la vida terrena, para que gocemos sin fin de la alegría del cielo.

Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido {gracia tras gracia}, ten misericordia de nosotros. Comenzamos así, con la bella Oración colecta del Misal Romano Tradicional para la fiesta de hoy, la Preciosísima Sangre de Cristo, y con una de las advocaciones de la Letanía del Sagrado Corazón de Jesús. Con el favor de Dios, esta meditación pretende ser un comentario teológico-espiritual, con elementos catequéticos, en la esperanza de que pueda resultar sugerente para nuestra vida cristiana, y para una mejor vivencia de la sagrada liturgia de la Iglesia.

El Apóstol San Pablo, hablando del misterio de la Encarnación, dice en su epístola a los Gálatas: En la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que fuéramos hijos de adopción.

El Apóstol San Juan, refiriéndose al misterio de la Encarnación, dice en el Prólogo de su Evangelio (que se proclama al final del rito Romano Tradicional de la Misa): Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Efectivamente, vivir en la gracia del Señor es vivir en su amistad, viviendo de su plenitud de amor. Y ese Amor suyo es derramado copiosamente en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado, como afirmará también San Pablo. Es en el contexto litúrgico de este Tiempo después de Pentecostés, donde esta afirmación del Apóstol de las Gentes se hace patente para toda la Iglesia. El Apóstol expresa este misterio de manera que podríamos considerar casi como literal, en cierto sentido. Pues efectivamente, en la Cruz de Cristo, poco después que el Señor haya encomendado a su santísima Madre al discípulo que tanto amaba, y Ella a su discípulo, a San Juan, aquel joven discípulo que había reclinado su cabeza en el pecho del Señor la tarde del Jueves Santo, una vez exhalado el espíritu, el soldado romano comprueba si ha muerto, atravesando con una lanza su costado/corazón, y al punto salió sangre con agua, dice el Evangelio.

Una profecía de Ezequiel nos lo anticipa, y la liturgia la incorpora para la aspersión en Tiempo Pascual: es el conocido Vidi aquam. Es tomado de la visión profética de Ezequiel sobre el Santuario o Templo de Jerusalén: Vi que manaba agua del lado derecho del templo, aleluya. Y habrá vida donde quiera que llegue la corriente, aleluya. Y todos cantarán, aleluya, aleluya, aleluya. Esos “todos cantarán” serán los redimidos que se salven…

Pues bien, en la tradición espiritual de la Iglesia, ya desde los Santos Padres, ese último aliento de vida expirado justo al morir es asimismo representación de la donación del Espíritu Santo—o sea, Pentecostés desde la Pasión—que nos devuelve el primer aliento de vida, malogrado por el pecado original de Adán y Eva. Esa agua derramada es representativo de las aguas salvadoras del Bautismo, y también la corriente viva del Espíritu Santo, que nos purifica de nuestras miserias y nos hace participar en la Pascua del Señor—misterio que incluye, como un todo, sufrir con Cristo en su Pasión, morir con Cristo en su Cruz, ser sepultados con Cristo en su tumba, resucitar con Cristo en su gloria matutina dominical, y ascender corporalmente con Cristo al Cielo. Y esa sangre es representativa del sacrificio eucarístico con el que Cristo, con su Cuerpo entregado y su Sangre derramada para salvar a muchos (en la consagración: pro multis effundetur), nos redime del Maligno, del pecado, y de la muerte al que nos lleva siempre el pecado.

San Agustín, en su Tratado sobre el Evangelio según San Juan, enseña (III Nocturno de Maitines): El Evangelista no dice golpeó su costado, ni le hirió, u otra expresión parecida, sino “abrió”, enseñándonos que en el Calvario se abrió la puerta de la vida de donde salieron los sacramentos de la Iglesia, sin los que no se accede a aquella vida que es la única verdadera. Esta sangre derramada, lo ha sido por la remisión de los pecados; esta agua viene a mezclarse para nosotros con la bebida de nuestra salvación: es, a la vez, baño purificador y bebida refrigerante. Vemos una figura de este misterio en la orden que recibió Noé de abrir en un lado del arca una puerta por donde entrasen los animales que debían salvarse del diluvio, y que representaban la Iglesia… ¡Oh muerte, que se convierte para los muertos en principio de resurrección y de vida! ¿Puede haber algo más puro que esta sangre ni más saludable que esta herida?

Bien, por todo cuanto estamos contemplando, podemos ahora comprender la mejor manera de recibir la Comunión eucarística. Una conmovedora escena de la grandiosa película La Pasión de Cristo (Mel Gibson), que se estrenó en la Semana Santa de 2004, nos presenta elocuentemente el drama de nuestra redención. Es la escena que describe el evangelista San Juan antes aludida: para comprobar si el Señor ha muerto, el soldado le atraviesa el costado derecho con la lanza, y al punto brota copiosamente una corriente viva de sangre y agua. Suena una música bellísima y conmovedora. Este torrente cae sobre la Virgen María y San Juan, inundándoles. Y el romano, siendo inundado a su vez de sangre y agua es sorprendido y, sobrecogido, se cae de rodillas, y abre la boca…

Pues eso mismo es recibir la Comunión eucarística, eso mismo es recibir el Sacramento del Sacrificio eucarístico, o sea la Comunión, y precisamente de esa manera.

Corazón de Cristo

Lo absolutamente crucial es comprender esta esencial dimensión del misterio eucarístico: el carácter intrínsecamente sacrificial del mismo. Si comprendemos que teológicamente hablando, el Sacramento eucarístico tiene mucho más que ver con el Sacrificio de la Cruz el Viernes Santo, que con la Última Cena del Jueves Santo de su institución, entenderemos mucho mejor las razones para recibir la Comunión de rodillas y en la boca.

Debo insistir una vez más en la máxima que describe una realidad: lex orandi, lex credendi, lex vivendi / la ley de oración [litúrgica] supone la ley de creencia y la ley de vivencia de la fe. Dicho con otras palabras: dime cómo celebras la liturgia, y te diré lo que crees y la fe que vives.

Luego sí, podemos comprender mejor la expresión de San Pablo: el Amor de Dios, manifestado en su Hijo Jesucristo, ciertamente ha sido derramado sacramentalmente en sentido amplio—espíritu exhalando, sangre y agua vertiendo—pero que lo significa realmente en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado ya en el Bautismo, sacramento de la Pascua. Y también podemos entender mejor otra afirmación suya: Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!

Pero, ¿cómo somos salvos por su vida? Pues participando en su misma vida divina. En esto consiste precisamente lo que en teología espiritual llamamos la inhabitación trinitaria, la vida en Cristo y la salvación en Cristo: la divinización o deificación del hombre, que es una teología muy presente en el Oriente cristiano. Nos vamos divinizando en la medida en que vivamos en la gracia de su amor y amistad, viviendo íntimamente unidos a Cristo, que es la Vid y nosotros sus sarmientos, como escuchamos en el Evangelio. Jesús nos advierte: Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la Vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en Mí. Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él, ése da fruto abundante; porque sin Mí no podéis hacer nada. El Señor nos habla con toda claridad.

La comparación de la vid y los sarmientos es una manera gráfica de comprender el misterio de la comunión de la Iglesia: unión de los sarmientos (es decir, los bautizados) con nuestra Cabeza que es Cristo, la Vid, y la unión de los sarmientos entre sí, que es el misterio de la Comunión de los Santos. Como muy bien sabemos por la naturaleza, si los sarmientos no están bien injertados en la vid, se secan, mueren, y no producen fruto. Esto mismo puede pasarnos, los sarmientos, si no permanecemos, si no perseveramos, en el amor de Cristo.

Jesús mismo nos indica: Si permanecéis en Mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Y permanecemos en el Señor porque vivir en su gracia, en esa gracia derrochada de su corazón abierto en la Cruz y sin la cual no podemos hacer nada, es participar en su misma vida divina, vida de conocimiento y amor, que hacemos nuestros, nos transforma, nos hace nuevas criaturas, y nos capacita para transformar el mundo en una civilización que viva del amor de Dios, según el Espíritu de Cristo.

Y el mundo lo cambian de verdad cuando hombres y mujeres, reyes y pueblos del orbe, príncipes y jefes del mundo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños (cf. salmo 148), son alcanzados por la misericordia del Señor en el misterio de su Pascua, y el fuego devorador del Espíritu Santo de Pentecostés: Pentecostés de la Pasión en la Cruz, y Pentecostés desde la Pascua de Resurrección.

Si nos dejáramos ganar por el amor de Cristo, sin duda alguna tendríamos la misma experiencia gozosa de San Pablo: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y vivo en la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí. Pero sólo una persona contemplativa y con vida interior—y todo bautizado ha de ser contemplativo con vida interior—puede darse cuenta de esto mismo: que vivir en gracia es vivir la misma vida de Cristo, propiamente no por imitación, sino por participación. Contemplad al Señor y quedaréis radiantes, reza el salmo 33.

Es realmente sobrecogedor el que podamos mirar al mundo creado y a los demás con mirada transfigurada, con los mismos ojos misericordiosos del Señor y su mismo corazón: manso, humilde… y traspasado, por el que recibimos, copiosamente derramada, gracia tras gracia, es decir sangre y agua, que nos van lavando, limpiando, redimiendo…

Padre José Miguel Marqués Campo

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