¿Se necesita el Smartphone en el Confesonario?

¿Hace falta que el Sacerdote o el penitente lleven el Smartphone en el Confesonario? Nos habla Juan Manuel de la cacharrería informática y del Sacramento de la penitencia

¿Se necesita el Smartphone en el Confesonario?, un artículo de Juan Manuel Rubio

Cacharrería informática y sacramento de la Penitencia

Cuando veo a un sacerdote en el confesonario manejando un teléfono o una tableta no me gusta, si además lo veo por ser yo el penitente me gusta todavía menos.

Empezaré dando mi punto de vista sobre los teléfonos móviles: son ordenadores potentes que, como añadido a lo que puede hacer cualquier otro ordenador, permiten efectuar llamadas telefónicas. Un teléfono, una tableta y algunos otros aparatos con distintos nombres comerciales son ordenadores con micrófono y cámara. Pueden grabar imagen y sonido y pueden transmitirlos hasta el otro extremo del mundo; pueden hacerlo en el acto o almacenar las grabaciones para transmitirlas en el futuro cuando conecten con una red o reciban una orden.

En poco más de cuarenta años que vengo trabajando con ordenadores adquirí una conciencia bastante clara de sus posibilidades pues hice de ellos diversidad de usos, a la vez que veía como aumentaban sus prestaciones y eran cada vez más amistosos, más fáciles de manejar para los profanos; dicho de otra manera, disimulaban mejor su verdadera naturaleza y complicado funcionamiento interno. Pero muchas personas no tienen conciencia clara de que están manejando aparatos que pueden hacer de todo, lo que ellas quieren y lo que no, y creen que están usando un teléfono que sirve para hablar o una tableta que les permite buscar información e intercambiar mensajes. Tales personas pueden tener la peligrosa ilusión de que controlan esos dispositivos –aunque sean conscientes de que no saben explotar tosas sus posibilidades- sin darse cuenta de hasta qué punto lo que controla un ordenador son los programas que se le han instalado y, si acaso, los que han instalado esos programas.

Un ejemplo. Cuando apagamos una bombilla interrumpimos la conexión eléctrica que la alimenta, no puede pasar la corriente y entre todos los piratas informáticos del mudo no pueden volver a encenderla hasta que alguien le dé físicamente al interruptor. Cuando apagamos un teléfono móvil en realidad no apagamos nada; ponemos en marcha un programa, o serie de programas, que empieza preguntando si de verdad queremos apagar o preferimos reiniciar el dispositivo; luego detiene una serie de funciones del teléfono; deja de comunicarse con la red telefónica, se apaga la pantalla, y el aparato queda con algunos componentes a la espera de que toquemos un botón para ponerlo de nuevo en marcha.

¿Qué sucede si el programa que, aparentemente, apaga el teléfono nos engaña?

Ese tipo de cosas se puede hacer y se hace. El programa podría hacernos las preguntas acostumbradas, apagar la pantalla y cualquier otra lucecita, altavoz o zumbador, pero mantener en funcionamiento los componentes implicados en la grabación de imagen y sonido. Sin que el propietario vea nada el aparato puede seguir grabando y almacenando o transmitiendo mientras aparenta estar apagado. Quizás un cuidadoso observador perciba un gasto anómalo de batería, quizás otro observador más sutil perciba la producción de una pequeña cantidad de calor mientras cree tenerlo apagado. Difíciles percepciones.

La única forma segura de apagar estos aparatos es la equivalente al sistema de la bombilla, dejarles sin alimentación eléctrica quitándoles la batería, o esperar a que se agote, y muchos son imposibles de abrir; no se les puede quitar la batería. Nunca tenemos la seguridad de que nuestro teléfono, tableta o similar no está grabando bajo el control de alguien que haya tenido los conocimientos y la oportunidad de introducir algún programa de espionaje.

De lo anterior viene mi desagrado por la ligereza con que los confesores llevan sus dispositivos electrónico-informáticos a los confesonarios (dicho sea de paso tampoco los penitentes deberíamos llevar tales artilugios cuando vamos a confesar). Cuando era niño me acostumbré a ver a los confesores leyendo devotamente el breviario hasta que llegaba un penitente y, de la santa oración de la Iglesia, pasaban a la santa administración del sacramento. Un breviario no permite conectar con internet para leer las noticias, pero permite rezar las Horas, ocupación muy apropiada para prepararse a escuchar confesiones, a la vez que carece de peligros tecnológicos. Volver al breviario sería espiritualmente provechoso para los sacerdotes, edificante para los que los vemos y mejoraría la calidad del acto sacramental: la oración de la Iglesia es una buena preparación para todo lo que sea hacer el bien y servir de cauce a la gracia.

La Iglesia tiene enemigos de sobra, la confesión tiene los suyos específicos (en algún país se han dictado leyes contra el secreto de confesión recientemente), el Diablo no descansa, los que tienen conocimientos suficientes para este tipo de espionaje también son herederos del pecado de Adán, el afán de sensacionalismo y la frivolidad de los medios de comunicación no tiene límite, etc. Se han producido casos de periodistas que han simulado confesiones para grabar lo que decía el confesor y hacer publicaciones que los ridiculizasen. ¿Por qué no se va a dar el paso siguiente? ¿seguro que no se ha dado o está dando? Me imagino que la mayoría de las confesiones son demasiado insulsas incluso para los infames programas de cotilleo; sospecho que los que podrían hacer confesiones muy jugosas no frecuentan el sacramento de la Penitencia; pero el mal es el mal, el afán de hacer el mal puede superar cualquier falta de interés o provecho económico.

Queridos confesores: dejen sus dispositivos electrónico-informáticos en casa o en la sacristía, aprovechen el tiempo en el confesonario para rezar a la antigua, con esos objetos de papel llamados libros, y no demos facilidades para que nos armen un lío. El secreto de confesión es el más serio que existe bajo el cielo y cuanto contribuya a mantenerlo y prestigiarlo contribuirá al crédito del sacramento de la Penitencia y a aumentar en los fieles la conciencia de su valor. ¡Así Dios nos lo conceda!

Juan Manuel Rubio

Se necesita el Smartphone en el Confesonario-MarchandoReligion.es

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