El evolucionismo y la revolución permanente

A partir de el evolucionismo el concepto de Tradición deja de ser algo que permanece, nos lo cuenta nuestra firma en este interesante artículo

El evolucionismo y la revolución permanente, un artículo de Leonardo Olivieri

Hay frases que son usadas a diario por la gente común: “lo único permanente es el cambio” o “nadie se baña en el mismo río dos veces”, todo ello para indicar la incuestionable realidad del cambio permanente en la vida de los hombres. Fue el filósofo griego Heráclito quien con esa frase desarrolló su concepto de devenir en donde todo cambia y nada permanece, incluyendo las personas. La realidad en sí misma se transforma, se modifica y toda idea de universalidad es consecuencia de esa dinámica del cambio. Por lo tanto, no existen conceptos, ideas, valores universales inmutables, sino que ellos son realidades, podemos decir de carácter temporal-histórico. Si existe un logos, éste no está fuera de la dinámica propia del devenir, no es inmutable; a lo sumo sería un especie de ordenador abstracto del cambio (nada ocurre de manera caótica), pero sólo eso.

El evolucionismo es una teoría que afirma que la vida tal, sea ésta biológica o social, y como la conocemos actualmente proviene de una serie de cambios graduales en la naturaleza. Si bien es cierto que en las ciencias sociales muchos postulados evolucionista fueron dejados de lado, todavía existe en la vida social un fuerte legado arraigado en misma cultura contemporánea. En particular ello se percibe cuando se habla de religión, de dogmas, de verdades absolutas, de un Dios inmutable y eterno. En la misma iglesia católica actual se escucha decir que hay que adaptarse a las nuevas realidades y a los desafíos que ésta demanda. El enfoque que se traduce en “menos dogmas y más pastoral”, y lleva implícito la idea de que todo cambia, que no hay que ser rígidos sino innovadores y estar abiertos a los cambios. También se dice que el mismo Dios se manifiesta en esos cambios y que es su voluntad modificar durezas y rigideces a fin de abrir nuestros corazones para el encuentro con lo nuevo.

El evolucionismo está presente, diríamos muy presente, en la manera en como la jerarquía eclesiástica percibe la realidad y sobre todo, la base doctrinal de la Iglesia. El mismo Cardenal Luis Billot, nos alertaba sobre las funestas consecuencias del evolucionismo sobre la fe católica y fundamentalmente sobre la inmutabilidad de la tradición. Citando al Concilio Vaticano I nos decía:“El Concilio Vaticano I, Constitución Hijo de Dios, cap. 4, había proclamado: “La doctrina de la fe que Dios reveló, no fue presentada como descubrimiento filosófico a perfeccionar por el ingenio humano, sino transmitida como divino depósito a la esposa de Cristo para que fuera fielmente custodiada e infaliblemente declarada. Por eso debe mantenerse a perpetuidad aquel significado de los sagrados dogmas que por única vez y para siempre declaró la Santa Madre Iglesia, y jamás hay que apartarse de ese sentido, imagen y nominación del intelecto superior”. Luego, en el canon 3º sobre la fe y la razón: “Si alguno afirmara la posibilidad que después de establecidos los dogmas por la Iglesia, alguna vez deba atribuírseles, según el progreso del conocimiento, un significado diferente de aquél que entendió y entiende la Iglesia, sea anatema”.

De manera sencilla podemos decir que el evolucionismo teológico separa la fe revelada de las condiciones históricas en donde la misma fe se difunde. Habría si una fe, pero su difusión pastoral y también su interpretación, están condicionadas por las condiciones históricas, culturales y materiales de la época en cuestión. Por lo tanto, los principios de fe universales y trascendentes necesitan indefectiblemente, ser interpretados y presentados bajo las condiciones simbólicas-culturales de la época. Prácticamente se puede acceder a verdades universales atemporales, su conocimiento sería vago y abstracto, sí en cambio, podemos acceder a las interpretaciones históricas de los mismos.

Las condiciones históricas cambian, la vida social se transforma, por ende las interpretaciones de esas verdades universales abstractas también acompañan esos cambios. La praxis toma un nuevo impulso y se constituye como única acción válida, ya que lo doctrinal pasa a la especulación racional condicionada por la historia.

Siguiendo a lo expuesto por el Cardenal Luis Billot en su obra La Inmutabilidad de la Tradición contra la moderna herejía evolucionista: La fe no tiene en la tierra una morada permanente, sino que siempre necesita residencias transitorias. Pero inútilmente se intentará retenerla en formas ya anacrónicas que, adecuadas a otra mentalidad, no pueden ser ahora nada más que venerables monumentos de tiempos dios. Pues en las presentes condiciones de la cultura intelectual, al hombre que juzga según criterios hasta de mero sentido común, ya no le es posible en adelante conciliar lo que ve y lee en la Escritura con lo que nuestros teólogos parecen afirmar sobre la verdad universal y absoluta de la misma Escritura. Ya no es posible conciliar la historia de la doctrina cristiana con lo que nuestros teólogos parecen defender sobre su perpetua y siempre perseverante identidad. Ya no es posible conciliar el sentido natural de los textos evangélicos, incluso de los más auténticos, con lo que nuestros teólogos enseñan o parecen enseñar sobre la conciencia y el conocimiento de Jesucristo. Ya no es posible sostener como adecuada una doctrina sobre la economía de la salvación concebida ignorando la historia del hombre sobre la tierra y la historia de la religión en la misma humanidad…”.

De esta cita se desprende que no sólo los universales carecen de valor en sí mismos, sino que la misma tradición es re-significada por la supremacía de la historia y sus condiciones materiales. Es así entonces que el evolucionismo es mucho más que la simple frase “todo cambia”, sino que, implica la subordinación de toda doctrina, de toda pretensión de universalidad al devenir propio de las condiciones materiales. El “todo cambia”, implica el dominio del “aquí y el ahora”.

Desde el plano más estrictamente relacionado con lo político, podemos decir que esta concepción evolucionista abre las puertas a una dinámica en donde los grupos internos imprimen sus propios intereses en la lógica de su accionar. Ya no hay una verdad universal que está por sobre la historia, quien se apegue a ella es un “atrasado”, “retrógrado” y es un perjuicio para el devenir de la organización. Cada grupo interno posee su interpretación de los universales y es ahí donde se inicia una trama de poder, para que se imponga algún grupo interno. Por lo tanto, la verdad visible que se manifiesta en un momento histórico determinado es simplemente el resultado directo de este entramado de poder interno.

Por otra parte, el concepto de Tradición ya deja de ser algo que permanece y es transmitido de generación en generación, para ser considerada como una fe viviente. Siendo a partir del evolucionismo, una fe que se abre al devenir del mundo y que por su misma naturaleza histórica debe cambiar. Por otra parte, se acepta el relativismo, ya que no existen verdades absolutas o eternas, sino verdades relativas y con fuerte contenido histórico.

Si el nominalismo y el liberalismo implicaron la subordinación de los universales al antropocentrismo, el evolucionismo es la continuación de esta subordinación pero a las condiciones históricas y culturales. Ya no es solamente la voluntad libre del ser humano, sino las condiciones materiales y simbólicas de una época la que condiciona a la verdad en sí misma. La Verdad se somete a la revolución permanente del cambio.

En los siguientes puntos, se puede resumir los principios fundamentales del evolucionismo.

  1. La realidad es cambiante. En el mundo hay tantos elementos en interacción permanente, que nada es estático, todo y todos nos encontramos en un proceso de cambio constante.
  2. La evolución no tiene una finalidad preestablecida, simplemente sucede constantemente. No hay una finalidad última de la vida y si la hay, como es el caso de la fe Católica, es de carácter abstracto e interpretable desde la realidad histórica.
  3. La evolución nunca vuelve, sólo va. Hay un solo camino, y es el de ida, nada puede volver atrás.
  4. La verdad se hace relativa no hay conceptos permanente o absolutos. Dada la condición cambiante lo que hoy es verdadero, en un futuro no podrá serlo. En el caso de la doctrina católica, este principio se manifiesta en las acciones de la iglesia post Concilio Vaticano II en relación a lo dictaminado por los papas anteriores a dicho concilio. Ejemplo: el concepto de ecumenismo.
  5. La praxis es lo primordial. En un mundo donde se privilegia el devenir y el movimiento, la acción por sí misma adquiere un rango independiente de todo anclaje doctrinal. “Más acción y menos teoría”.
  6. No se puede luchar en contra de los principios de la evolución. Lo único que se puede hacer es adaptarse y abrirse al cambio. Toda resistencia es considerada una rigidez y retrógrada, debiendo ser anulada.
  7. Principio de revolución permanente. Al no existir la posibilidad de una verdad universal y permanente objetiva (sólo existe en la abstracción), no hay por lo tanto, homogeneidad interna en la organizaciones humanas. Hay grupo y facciones que buscan monopolizar la interpretación de esos absolutos abstractos. Conflicto latente, negociación y revolución permanente.
  8. Por último, Dios es dejado de lado en el orden social y reducido a la conciencia individual. Pero también en el ámbito de la conciencia, Dios es interpretado según el universo simbólico cultural en donde cada individuo vive. Dios es una abstracción que sirve para regular acciones o “hacer sentir mejor” a los individuos. Da lo mismo que tipo de dios sea y en quien se crea.

Leonardo Olivieri

El evolucionismo y la revolución permanente-MarchandoReligion.es

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Leonardo Olivieri

Leonardo Olivieri

Tradicionalista Catolico, Licenciado en Ciencia Potitica por la Universidad de Buenos Aires, posgrados en ecomonia e integracion regional. Además músico.