Desde mi ermita te digo: No se pacta, o del mundo o de Cristo.

En esta guerra en la que estamos hay que tener las ideas claras y elegir o del mundo o de Cristo, pero ambas cosas no parecen posibles en los tiempos actuales

Desde mi ermita te digo: No se pacta, o del mundo o de Cristo. Un artículo del Padre Jesús de María

La mañana ha abierto y dejado unos cálidos rayos de sol que han traído paz y sosiego al alma del ermitaño. Tras muchos días de lluvia y tras dispersarse las nubes, la luz del día daba color a todo el valle que se divisa desde la pequeña ermita en la que vive, escondida en la montaña de la bella sierra. La vida en plena naturaleza es sencilla y humilde, ausente del contacto humano cuando se trata de la vida de un ermitaño, y marcada por la callada presencia del Señor en el silencioso sagrario del oratorio de la ermita.

Pero los días continuos de lluvia, de densos nubarrones, de viento desapacible y frío dejan una sutil melancolía en el corazón de un pobre ermitaño que trata de entregar su vida a Dios en la soledad, pobreza y humildad de corazón. Sí, pobre y humilde corazón que espera su consuelo y alegría solamente en el amor del Señor y que afectado por su humanidad anhela el cálido rayo de sol, aunque agradece y bendice al Dios providente que trae el agua a la tierra para fecundar los campos para hacerlos fértiles y bellos para colmar los arroyos y veneros y hacerlos ruidosos y alegres por tan gran bendición.

¡Quién podrá comprender nuestro pobre corazón! Sometido a tantos vaivenes, influencias, nostalgias y a veces heridas que nadie conoce y que en esos días nublados parecen emerger y hacernos padecer. Unos rayitos de sol, la luz cálida que parece enternecer traen de nuevo la alegría al alma del religioso solitario y vuelve a agradecer a Dios ese humilde consuelo, ese gesto generoso del Señor que nos sabe humanos y necesitados y en el que no cesa de mostrarnos su amor.

El hombre no podría vivir sin sol, lo dice la ciencia y la medicina, necesitamos el sol para que nuestro organismo produzca la vitamina D tan necesaria para nuestro correcto desarrollo. En estos días de confinamiento muchos han experimentado la ausencia de sol y es verdad que el organismo necesita la oxigenación, el aire fresco, la expansión, pero sobretodo el sol que nos hace sintetizar la vitamina D. D de Dios (*frase original del Padre José Ramón García Gallardo), sí, qué curioso más que nunca hemos de comprender que necesitamos a Dios que nuestra vida sin Él no es más que tristeza y agonía como el valle oscuro cubierto de densa niebla y nubes.

Nos encontramos en una etapa ya de los tiempos en que se nos llama a buscar desesperadamente a Dios, a comprender que Él es el Sol que nace de lo alto, Aquél al que la Iglesia se orientó desde su comienzo celebrando el Sagrado Sacrificio, Aquél que es nuestro alimento, nuestra vida, nuestro consuelo y alegría, Aquél que es el Esposo de nuestras almas, Aquél al que veremos tras el último momento de nuestras vidas. Son tiempos de amar a Cristo y el amor hace valerosos a los hombres, luchadores y guerreros que defienden aquello en lo que les va la vida.

¡Basta ya de cobardías, de miedos y apostasías!

Luchemos por Él, por sus derechos y su justicia porque el culto del que tantos lamentables pastores nos han privado, es el culto, la obediencia y el deber que a Dios no se le ha tributado. Les ha preocupado más el cuerpo que el alma y el alma se ha visto privada de los más necesitados auxilios sacramentales en muchos hermanos nuestros que nos han dejado, Dios les perdone el injusto daño que les han ocasionado. Han dejado de aprovisionar a la tropa, de proveerla de lo más necesario para mantener la lucha en el primer frente de batalla que es el mundo y el mundo que ya entró en el ejército de la Iglesia ha hecho estragos con el beneplácito de sus más altos cargos.

¡Pobre batalla en la que el ejército de la Iglesia comenzó en retirada! Con beneplácitos, con acuerdos, con el enemigo, (al que se ha metido en casa), en esta guerra contra el mundo, señores obispos, no se pacta, o del mundo o de Cristo, no hay término medio, no todo vale lo mismo.

Ni todo vale lo mismo, ni todo es lo mismo. ¿Cómo va ser blanco lo negro y lo negro blanco? ¿Cómo va a ser lo mismo la gracia que el pecado? ¿cómo nos quieren vender este falso ecumenismo? ¿Cómo nos quieren poner a rezar juntos a los que creemos de verdad y a los que creen lo contrario? ¿Cómo quieren compaginar a Dios con el diablo? Sólo en Jesucristo, Dios totalmente se ha revelado.

Los que se han separado de la Iglesia católica a Él le han traicionado y aunque la caridad es para con todos, de ahí que les evangelicemos que les anunciemos a Jesucristo para que se conviertan y se salven, porque esto es lo que siempre ha hecho la Iglesia, evangelizar, hacer prosélitos como nos dice el libro de los Hechos. No podemos hacerles caso a los que nos dicen lo contrario por muy altos pastores que sean, porque ya lo dijo San Pablo, no hagáis caso a los que predican un evangelio contrario al que la Iglesia siempre ha predicado.

¡Cuida, cuida Señor de tu Iglesia en estos turbulentos tiempos! Es la constante oración del ermitaño. ¡Trae la fe de nuevo a la Iglesia! Aleja y calla a los malos pastores que se salven las almas y que no se preocupen tanto de los cuerpos.

Y la paz vuelve al alma, aunque los tiempos no sean halagüeños y recobra el solitario la esperanza del que se sabe que Dios le ama. ¿Qué es realmente lo importante en medio de esta barbarie? Tener a Dios en fe caridad y esperanza, y subir acompañándole al Calvario con nuestra propia cruz, la de cada uno, esa que sabemos que más nos cuesta, sin hacer caso a los lobos que de ovejas se disfrazan y nos ofrecen lo más fácil y cómodo, tentadores sucedáneos de esperanza. Y una sonrisa se esboza en el rostro del ermitaño cuando contempla la imagencita de la Virgen al depositar sus flores silvestres que ha recolectado de los primaverales campos, y le dice en su corazón gracias Madre que siempre me has acompañado y consolado.

Los santos siempre nos han alentado que en los últimos tiempos la Santísima Virgen actuaría como en el Cenáculo tras la Resurrección de su Hijo y a la espera del Espíritu Santo, reuniendo a los apóstoles y con ellos orando. Ella reuniría a sus hijos, les iría alentando, instruyendo y consagrando a su Corazón Inmaculado. Ella, la corredentora, la medianera de todas las gracias, la Reina y Señora (aunque desafortunadamente y vulgarmente el papa Francisco haya dicho lo contrario). Ella es la figura clave de estos tiempos como nos fueron anunciados. Dice san Luís María Griñón de Monfort en su tratado de la verdadera devoción que:Dios quiere, pues revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos en estos últimos tiempos. Y sigue diciendo el santo mariano que Dios ha hecho y preparado una sola e irreconciliable hostilidad, que durará y se intensificará hasta el fin. Y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer.

Y por la solitaria montaña prosigue su camino el ermitaño y continúa su lucha, su oración, su penitencia y su guerra contra el maligno enemigo, con las armas de la cruz y del rosario. Y el sol declina y ante el Santísimo en su oratorio comienza la oración vespertina y presta su voz y entrega su corazón a la alabanza divina y en el horizonte el sol tamiza sus rayos en naranjas y rosados colores, mañana vendrá otro día con sus luces y sus sombras, con sus luchas y con sus sencillas alegrías y la paz del corazón sosegará su alma y sus últimas palabras serán: ¡Qué bueno eres conmigo Señor, gracias por este día! ¡Bendita tú, la toda santa Virgen María!

Padre Jesús de María

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