San José, el hombre justo

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San José, el hombre justo, un artículo de Miguel Toledano

En 1958, el marista suizo Marcel Colin publicó un opúsculo dedicado a quien es patrón de Bélgica y del Canadá.

A lo largo de ciento treinta y dos páginas, divididas en treinta y un capítulos redactados a modo de breves meditaciones, el autor nos sumerge en la figura imponente, a veces misteriosa, del padre adoptivo de Nuestro Señor.

La principal de sus características, que porta el título de la obra, es naturalmente la de la virtud de la Justicia. A ella va dedicada la segunda de las meditaciones, en la que se describe a San José como “nuestro modelo”. La Justicia queda así elevada al máximo rango. Pero, a diferencia de los valores en las filosofías modernas, la jerarquía de las virtudes no desplaza a unas en beneficio de otras, sino que todas ellas se conjugan armónicamente y, así, el hombre justo es también el mismo que despliega todo su amor hacia su familia. La Justicia y la Caridad quedan, pues, unidas en quien constituye nuestro ideal.

La primera de las meditaciones está orientada a una comparación entre San José y el hombre contemporáneo, obsesionado por la eficacia. Frente a ésta, el padre de Cristo es el maestro de la gratuidad y del desinterés, rasgos ambos que le confieren una gran nobleza de corazón. Nobleza que está unida a su nobleza de sangre, que le viene a través de su padre Jacob desde el mismo Rey David. Pocos datos tenemos del esposo de María Santísima y, sin embargo, sí sabemos que procedía del más prestigioso linaje judío. Noblesse oblige es aquí adagio más oportuno que nunca, por cuanto esa pureza de sangre coincidía con su nobleza de actuación, su amor y su justicia.

A su vez, como a menudo ha sido cierto en la historia católica de España, la nobleza de San José iba unida a su pobreza. En el extremo opuesto de la secta protestante, la pobreza material es signo de grandeza cristiana y fuente de felicidad; y así sucedió en el caso que nos ocupa.

A continuación destaca su temperamento tranquilo y calmado, que va íntimamente unido a sus virtudes de justicia y amor. La pobreza no le provoca inquietud alguna; la injusticia que ve cernerse sobre su familia por orden de Herodes, imagen de todos aquéllos que no sienten cariño alguno por los niños, tampoco. Ni siquiera la falta de caridad cuando se ve solo junto a su esposa y a su hijo por nacer. Los lazos familiares indisociables refuerzan su confianza en Dios, sobre la base de un talante equilibrado.

Citando a Bossuet, el Hermano Marcel nos transmite la vocación especial del Santo de Nazareth: servir de “velo” para cubrir a Jesucristo y protegerlo. Para ello repudió en secreto a María, para ello educó con la misma discreción a su hijo hasta que éste decidió comenzar su actuación pública. San Simeón no demostró el mismo recato cuando Jesús fue presentado en el templo; José, por supuesto, tendría aún más alegría que el anciano sabio y rezaría posiblemente con él la oración “nunc dimittis”, pero es probable también que lo hiciese en voz baja, siendo fiel una vez más a su vocación particular.

La pobreza de San José, María Santísima y Jesús, Nuestro Señor, está aparejada al carácter obrero de aquél. Esta función laboral cobra así su máxima dignidad y nos recuerda el hermano marista, como la misma doctrina social de la Iglesia, el respeto profundo que es debido a todo trabajador. En nuestros días, ninguno de los tres miembros de la Sagrada Familia sería considerado perteneciente a la “gente bien”, a tenor de la ideología liberal que en el occidente ha venido a suplantar al cristianismo. Jesucristo es el simple “hijo del carpintero”, con lo que se eleva al mayor de los méritos la actividad manual del hombre. Lo importante no es el valor o escalafón ante el mundo, sino ante Dios.

Y el respeto del prójimo no puede ser esa “buena educación hipócrita” de las sociedades elegantes en el capitalismo, sino que es una muestra profunda de la caridad entre las personas a que nos obligan los Mandamientos y que aprendemos desde niños, en la escuela católica y en nuestros hogares católicos. Se trata de una oposición por diámetro al carácter altanero y terco de los judíos degradados por el orgullo de saberse elegidos.

La modestia de San José, en su humilde categoría de pobre y de obrero delante del mundo, se da igualmente dentro de su propio hogar. El padre de la Sagrada Familia se ve y considera menos importante que su esposa y menos, sobre todo, que su Hijo. En esto también cabe contemplarse y meditarse un ideal de padre y de esposo. El marido cristiano, el padre de la familia cristiana, cede el lugar principal de su casa a su cónyuge, como José lo hizo con María a lo largo de todo el relato testamentario, hasta la mayoría de edad de Jesús, hasta el punto incluso de desaparecer, progresiva y totalmente. También nosotros los padres vamos cediendo nuestro papel patriarcal a la nueva generación, que nos sucede y supera; en eso consiste precisamente la tradición y nuestra propia vocación de padres, en preparar a nuestra descendencia con las armas de la caridad para que recojan y aumenten el testigo de nuestra fe.

Dicha modestia no está reñida con la faceta del patriarca como padre de familia, que al cabo ha de tomar las decisiones importantes, como Abraham lo hiciera con Isaac obedeciendo a un Dios misericordioso. Pero no es una jefatura absoluta, enloquecida por los excesos de un mando sin control. Ése es el brazo de hierro de los potentados, no la mano delicada de José. Al contrario, se trata la suya de una autoridad benigna, empática, respetuosa. En la línea de los buenos líderes, San José ayuda, apoya, protege y facilita. No impone, ataca, persigue u obstaculiza; ni mucho menos espía o confabula. Algunos que se llaman católicos, como si de una ideología tal fuesen adeptos, caen en semejantes aberraciones, mas el Hermano Marcel señala explícitamente que no siguen el plan de la Sagrada Familia, sino el de los fariseos.

En nuestro San José hallamos también el símbolo por antonomasia del maestro, del educador, del profesor. Todos los que de un modo u otro nos dedicamos a la enseñanza, en definitiva también todos los padres, deben mirarse en el cometido paciente y fundamental de aquél a quien se encomendó nada menos que la formación humana del Hijo de Dios. Si nuestro santo cotiza alto en la corte celestial, semejante estrato cabe predicarse de los buenos educadores, de los buenos padres y de los buenos maridos. Y si la corrupción de lo mejor es lo peor, graves penas aguardan, así en la tierra como en el cielo, a los que corrompieren esas vocaciones con sus ruindades.

Por último, la figura de José, en la Iglesia, lleva a la devoción por el Papa de Roma. El Sumo Pontífice es el protector de la fe, como San José lo fue de Nuestro Señor. El Santo Padre ha de gobernar la nave de Pedro, en la que todos los bautizados estamos embarcados, con Justicia y con Caridad. El Vicario de Cristo no persigue la eficacia, sino que se ofrece gratuitamente a una tarea que sobrepasa toda medida humana, como le ocurrió a San José.

El Siervo de los Siervos de Dios encabeza, al mismo tiempo, la aristocracia de los gobernantes, ante el que todos los príncipes y jefes de estado se inclinan (la jefa del estado de Inglaterra no lo hace, pero conviene recordar que ella es herética); al igual que José, su rango no es de potencia económica, sino que desciende del linaje glorioso al que representa. Nada posee, ni tampoco lo poseía el carpintero de Nazareth, aunque tuviese entre sus manos al Rey del Universo; sus mayores atributos son el piscatorio y el palio, el simple anillo de un pescador y una vieja cinta de lana. Y hasta el fin de sus días ha de laborar el obispo romano, para conducir la Iglesia de Dios mientras Él quiera; incansablemente unido a esa Cruz se suceden los elegidos por el cónclave, repitiendo una y otra vez, a través de los siglos, el mismo espíritu de sacrificio que en su humilde casa de Israel atase al buen José durante treinta años.

Es San José un modelo verdaderamente atractivo para nosotros los cristianos. Nos permite, siguiéndole en sus maneras, avanzar en la vía hacia la santidad, rechazando los modos contrarios a él – la injusticia, la falta de caridad, la inquietud y el nerviosismo, el abandono de la familia, la vida mundana, las comodidades y riquezas, la falta de respeto hacia los demás. Esta obra de la gran familia marista nos acerca así, como otras lo han logrado, a la devoción por el patrón de la Iglesia universal; con ella entronca el sucesor de San Marcelino a su orden dentro de la gran fronda católica, rica en flores y frutos de amor, al cuidado del magistral jardinero josefino.

El Hermano Marcel Colin, fallecido en 2005, fue asimismo autor de “Personajes bíblicos”, “Meditaciones marianas” y “Meditaciones sobre el Sagrado Corazón”. Igualmente, dirigió el Segundo Noviciado de San Quintín y enseñó filosofía en el Canadá entre 1968 y 1979.

Miguel Toledano

Domingo de Pascua, 2020

San José, el hombre justo-MarchandoReligion.es

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Miguel Toledano

Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibio su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovision carlista, esta casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. En la actualidad es subdirector de un colegio internacional en Bruselas. Ha sido secretario general de la Fundación Nacional Francisco Franco y afiliado del partido político Alternativa Española. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Ha publicado distintos artículos en diferentes medios.