¡Resucitó!

¿Qué has visto de camino,María, en la mañana?A mi Señor glorioso, la tumba abandonada…¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!

¡Resucitó!, un artículo del Rev. D. Vicente Ramón Escandell

En estos momentos, en que nos encontramos encerrados en nuestros hogares, en que no hemos podido vivir el Triduo Sacro en el calor de nuestras iglesias y parroquias, en que no han recorrido nuestras calles las sagradas imágenes que hacen vivo el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo…, resuena en este domingo un grito eterno: ¡Resucito!.

            Si, queridos hijos míos, Cristo ha resucitado y la muerte ha sido vencida, a pesar del encierro, de la lejanía, del aislamiento. Ningún poder de este mundo, sea humano o no, puede impedir que sea renovada místicamente en la Noche Santa la Resurrección de Nuestro Dios y Salvador, Jesucristo. De un modo u otro, la Iglesia ha celebrado la Noche Santa de la Pascua, el paso de este mundo al Padre de Cristo, anunciado por el paso de la esclavitud a la libertad del pueblo de Israel. Este misterio, que supera todo entendimiento, se ha renovado y se renovara hasta el fin de los tiempos, estén abiertas o cerradas las iglesias, estén los sacerdotes lejos de los atrios del altar y los fieles privados del Santo de los Santos.

Después de las tiniebla viene la luz

            El misterio de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es el culmen del Triduo Pascual que, iniciado en la noche del Jueves Santo, alcanza su culminación en la Vigilia Pascual, la gran celebración de la fe cristiana.

            ¿Qué ha ocurrido entre el Jueves y el Domingo? ¿Qué acontecimientos han sucedido? ¿Qué drama se ha desarrollado? La Liturgia cristiana considera el Jueves Santo como el pórtico del Triudo Pascual, que se desarrolla el Viernes, el Sábado y el Domingo de Pascua. En aquella noche, también santa, Jesús instituyo el Sacramento de la Eucaristía y el Orden Sacerdotal, anticipando sacramentalmente lo que acontecería cruentamente el Viernes Santo. Sus gestos y sus palabras, las reacciones de los apóstoles y el desenlace de la Cena pascual, han quedado para la posteridad plasmados en los cuatro evangelios, siempre desde la perspectiva original de cada evangelista, pero apuntando siempre a un mismo y único sentido: la entrega generosa de Aquel que, siendo Dios y Señor, se hizo hombre y esclavo por nosotros, como tan poéticamente plasma san Juan y San Pablo en sus himnos cristológicos.

            La noche del Jueves Santo es la noche de la traición y de la cobardía, es el momento en que Aquel que lo abarca todo y acompaña a todo hombre, se queda solo ante el poder de las tinieblas. Es el momento en que con lágrimas en los ojos, Jesús recrimina la cobardía de sus discípulos que, unos momentos antes, habían jurado dar su vida por él. Es el momento de la debilidad de Pedro, de la Roca sobre la que Jesús habría de edificar su Iglesia: él, que había recibido el primado, en quien el Maestro puso sus ojos para confirmar en la fe a sus hermanos, el que bravuconamente había jurado seguirle hasta la muerte…, lo abandona y lo niega. Es el momento de la traición de Judas que, preparada con antelación, llega a su culminación a través de un beso, un signo de amor e intimidad; pero también es la traición de los demás que, sin participar de la conjura de Judas, abandonan a su Maestro, a su hermano, en manos de sus enemigos.

            A esa noche de traición y cobardía, amenizada por el juicio inicuo de Anas y Caifás, Sumos Sacerdotes de una religión caduca y aparente, le sucede la mañana de la ignominia del Viernes Santo. Como un peón, Jesús es llevado de un lado a otro de Jerusalén, “de Herodes a Pilato” como dice el adagio popular, para evidenciar las corruptelas e injusticias del poder humano puesto al servicio de los más bajos intereses. De esta manera, Nuestro Señor, el Rey de Israel, el Hijo de David, es llevado de un lado a otro, expuesto a las burlas e injurias de Herodes y su corte, buscando quien le haga justicia, sin hallar a nadie que se la haga.

Terminada esta burla, Jesús vuelve al Pretorio, y allí, de nuevo, se encuentra ante Pilatos, el hombre escéptico, el prototipo del hombre moderno, que desea conocerlo todo, pero sin comprometerse con nada. ¿Qué es la Verdad?, le pregunta el curioso gobernador que, como Herodes Antipas, que gustaba escuchar a Juan el Bautista más por curiosidad que por deseo de conversión, siente curiosidad por la doctrina del nazareno, como la sentiría por la de los estoicos o epicúreos. Pilatos es un hombre práctico, romano, poco dado a filosofías y místicas, lo suyo son los datos, las realidades, los cálculos y estadísticas; es el gobernante eficiente, pragmático, que no desea problemas y busca la paz con todos y la guerra con ninguno. Pero tiene ante sí a Jesús, ante él cual nadie permanece indiferente, y que despierta, aunque sea por una vez en su vida, el deseo de pragmático romano de buscar la verdad, la autentica verdad, y no la de las frías leyes imperiales. Jesús no le responde, y es que la respuesta a la pregunta es Él mismo: Él es la Verdad, el Alfa y Omega de toda la Creación, ante Él que se dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra. Tan cerca tenia Pilatos la respuesta, tan próxima a Él que no la pudo ver, cegado por su soberbia y autosuficiencia.

Del Pretorio Jesús sale camino del Calvario, y lo hace despechado por su pueblo, por los hijos de Israel, a quienes saco de Egipto entre cantos de júbilo y alabanza. Otra vez más, Israel vuelve la espalda a Dios, bajo el grito: ¡No tenemos más Rey que el César! Una vez más, el pueblo sucumbe a los poderes de este mundo, a las alianzas políticas y a los falsos dioses. Y al frente del pueblo sus dirigentes, sus pastores, los mismos que rechazan entrar en la casa de un pagano para no contaminarse el día de Pascua, son lo que alientan al pueblo a que proclamen al César su señor y rey, rechazando a quien habían recibido entre cantos y alabanzas. Son ellos, los Sumos Sacerdotes, escribas, fariseos y saduceos, maestros de la Ley e intérpretes de la misma, los que enardecen a la gente en el patio del Pretorio y piden la absolución del asesino Barrabas y proclaman su lealtad al César, al mismo al que aborrecían desde la imposición del poder romano tras la muerte de Herodes el Grande. No hay piedad para el nazareno, no hay misericordia para un hermano de raza y religión, Jesús es vendido y entregado al poder de los gentiles, como lo fue José por sus hermanos en la época patriarcal.

Así continúa el drama del Viernes Santo, entre gritos, insultos, lágrimas y empujones. Jesús carga con su cruz, con nuestra cruz, hecha de madera y pecados, en la que se restaura el orden roto por otro árbol, el del Paraíso, en el que Adán y Eva introdujeron el Pecado y la Muerte en el Mundo. Esta cruz, cuya madera dicen los antiguos procedía del mismo Árbol del Paraíso, es llevada por Jesús por las calles de Jerusalén, de Sion, la ciudad de David, cuyas calles quiso ver libres de la sangre en su enfrentamiento con su hijo amado Absalón. Ahora es otro descendiente de David, Jesús, el que las recorre y la baña con su sangre, ante la mirada inmisericorde de judíos y gentiles, hombres y mujeres, niños y ancianos. Esas calles que recorrió siendo niño, de la mano de José y de María; esas calles que vieron sus milagros y escucharon sus palabras; esas calles que fueron cómplices de la traición de Judas y de las lagrimas de Pedro. Por allí camina Jesús, con la mirada puesta, no tanto en lo que ve, sino en la eternidad, en las almas que van a aprovechar su sacrificio, en los hombres y mujeres que vencerán al Pecado y al Demonio amarrados al árbol de la cruz, como Él lo está ahora. Es el camino triunfal del Rey de Israel, el camino que recorrió David al entrar con en la Ciudad Santa, con el Arca del Señor; el que transito la Reina de Saba para escuchar la voz de Salomón; el que recorrió Judas Macabeo y sus hombres al recuperar la Ciudad Santa para el Señor y su pueblo…, y que ahora recorre Él camino del Calvario.

Y en ese camino, Jesús encuentra el consuelo de su Madre, imagen de todas las madres cuyos corazones son traspasados por una espada de dolor. En aquel camino de dolor, María contempla a su hijo, a quien no hacía mucho envolvía en pañales y enseñaba, junto a José, los rudimentos de la fe. Con los ojos llenos de lágrimas, con el corazón partido de dolor, María, la Madre de Jesús, sale a su encuentro en medio de voces, rostros desencajados y burlas. Se contemplan mutuamente, solo miradas, nada de palabras, todo queda dicho entre Madre e Hijo, entre el Señor y su esclava…, en aquel rincón de Jerusalén, en aquel pedazo del mundo por Él creado. María se aparta lentamente del lado de su Hijo, sabe que debe continuar su misión, en la cual ella ha colaborado silenciosamente, pero aportando todo su ser. Ella sabe que Él es su Señor y Salvador, que del Árbol de Cruz ha recibido, de modo anticipado, el fruto que los demás recibirán posteriormente. Ella sigue su camino, lento, doloroso, a la cima del Calvario, donde, junto al Cordero inmaculado, ella, la Virgen Inmaculada, ofrecerá su vida por la salvación de los hombres junto a su Hijo amado.

Llega Jesús, pues ya a la cima del Calvario, no sin dificultad y dolor, después de un largo camino, que emula el del cordero del Yom Kippur, sobre el que el pueblo descarga sus pecados. Al igual que al Cordero de la Expiación, que es expulsado de la Ciudad Santa para morir en el desierto, Jesús es expulsado de Jerusalén cargado con los pecados de la Humanidad. En la cima del Calvario, Jesús contempla ya la Ciudad Santa extenuado, pero listo para el sacrificio, como el Cordero Pascual que es ofrecido a Dios en recuerdo de la liberación de Egipto. Desgarrado en cuerpo y alma, Jesús contempla inerte como es despojado de sus vestiduras, despojado de su dignidad, por los gentiles que lo van a crucificar. Su cuerpo inmaculado, cual hostia santa, es ultrajado por manos impías y puesto en la cruz para ser clavado, sin piedad, sin compasión, sin la mas mínima consideración por un Dios extenuado y malherido. En la cruz es, pues, clavado, notando sus huesos desgarrados, como profetizara el Salmista, y aún consciente para soportar las ultimas humillaciones de propios y extraños.

¡Todo está consumado!, grita Cristo desde la cruz ante el estupor de los soldados, gerifaltes, curiosos y su Madre. ¡Todo está consumado!, grita Jesús desgarrado en la cruz, destrozado por los azotes, los golpes, los clavos, pero también por los pecados de todas las generaciones que se aglutinan ante Él y desgarran su alma. Y los que más especialmente lo hacen, son los de aquellos que, por mandato suyo, asumirán su lugar en la tierra, sus sacerdotes, sus hijos más amados, aquellos a quienes escogió para custodiar sus misterios y revelárselos a los hombres de toda raza y nación. Son sus sacerdotes los que más dolor causan en su corazón, por sus pecados, infidelidades, debilidades, conformismo y, especialmente, su incredulidad. No hubo mayor dolor en el corazón de Cristo en aquel momento desgarrador que el producido por los pecados de sus sacerdotes, de nuestros pecados, nacidos del poco amor que le profesamos y de la falta de fe en la eficacia de sus palabras y su gracia. Los pecados de su Iglesia, de su amada Esposa, causaban tal desgarro en su corazón que, antes que de ser atravesado por la lanza del soldado, este ya estaba místicamente traspasado por ellos.

Todo ha terminado, al menos humanamente hablando. Ya no queda nadie al pie de la cruz salvo María, la Madre de Jesús, Juan, el discípulo amado, y un puñado de soldados que esperan la orden para descolgar los cuerpos blanquecinos de los ajusticiados. Llega el centurión y da la orden de entregar el cuerpo de Jesús a sus parientes, a los pocos que han permanecido a su lado, tras haber arrastrado tras de sí muchedumbres enfervorizadas que pedían su exaltación como rey de Israel. José de Arimatea, ayudado por Nicodemo y Juan, y por el centurión Longinos, descuelgan el cadáver de Cristo y lo ponen en el regazo de su madre, ese regazo en el que, años atrás, ella misma había depositado el cuerpo blanquecino de su recién nacido para ser adorado por pastores y magos. Ahora, en la soledad del Calvario, María, como la hija de Sión que deambulaba por las calles ensangrentadas de la Jerusalén conquistada por los babilonios, exclama en silencio, dirigiéndose a la humanidad entera, si hay un dolor como el suyo. Su dolor es el de las madres que han visto morir a sus hijos y que los verán morir en el futuro, a causa de las guerras, el hambre, la enfermedad, el alcohol, la droga…, en una palabra del Pecado. Ese Pecado que empieza a languidecer bajo la sombra de la Cruz, en la cual, ha sido ofrecido el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Parte la comitiva fúnebre hacia el sepulcro, el último lugar de descanso del Maestro que, como Él mismo dijo a los suyos, no tenia donde reposar la cabeza. Allí, en la fría losa de mármol, reposa el cuerpo sin vida del que es la Vida; allí, en la oscuridad de la sala, reposa el que es la Luz del Mundo; allí, en la tiniebla reposa el que es el Sol que nace de lo alto. Todo ocurre deprisa, sin pausa, llega el sábado, el día del Señor, el día de la Liberación y la Creación, y el día del Descanso. Todos salen del sepulcro, todos piensan que todo ha terminado, menos María…, ella sabe que, a pesar de la espada de dolor que atraviesa su alma, pronto volverá la alegría a su corazón. El Cielo y la Tierra esperan, el hombre espera, los abismos esperan, el Limbo espera…, todo está en expectante espera.

¡Resucito!

            En el silencio de la noche, una cuadrilla de soldados hablan, ríen y beben, algunos empiezan a sentir sueño. El servicio ha sido largo: desde el día anterior, desde el Pretorio hasta el Calvario, y del Calvario al sepulcro, han acompañado al Nazareno; no ha sido una ejecución corriente, ha sido algo extraña y sigue siendo extraña la misión encomendada. Les ordenan que vigilen una tumba y que impidan que un muerte resucite, o más bien, que sus discípulos roben aquel cuerpo mutilado y proclamen que está vivo. Todo muy raro, como aquella tierra hostil que en nada se parece a su tierra hispana o siria, de donde hace años salieron para conquistar por el honor de Roma y adquirir, para sus años de vejez, un pedazo de tierra en otro rincón perdido del Imperio.

            El sueño les vence, el vino se acaba, la charla se vuelve insulsa…, y de repente, el resplandor, el terremoto y la visión: alguien sale de la tumba, ¿hombre o fantasma?, se preguntan. El haz de luz no les deja ver, algunos caen al suelo presa de un sopor, mientras que otros huyen como si fueran bisoños y no curtidos veteranos del Imperio. Sólo que en pie el centurión, el mismo que traspasara el corazón del Nazareno con su lanza, y, antes de caer rendido por el sueño, distingue un rostro familiar, un rostro que ha visto, desfigurado, agonizante, pero que reconoce por la bondad que manifestaba aún deformado. Y para su sorpresa, descubre que es el Nazareno, Jesús de Nazaret, que sale de la tumba, incólume, juvenil, sin un rastro de las deformidades de los azotes y golpes, pero del que distingue las heridas de las manos y los pies, y la del costado, la que el mismo, hábil soldado, había producido en su costado por orden de Pilatos para comprobar su muerte. No puede ver más, porque la luz rodea el cuerpo del Nazareno y él cae al suelo, esperando despertar y pensar que todo ello ha sido un sueño.

            Huyen los soldados, y se acercan las mujeres. Por el horizonte se ven a tres mujeres que van al sepulcro para practicar las honras debidas al cuerpo del difunto. Entre ellas va María Magdalena, hermana de Lázaro y de Marta, a la que el Señor había absuelto de sus pecado y que se había convertido en modelo de virtud, después de un pasado marcado por el vicio y la sensualidad. Llegan al sepulcro las tres doncellas en busca de su Señor, y solo encuentran el campamento de los soldados vacio, armas arrojadas al suelo y vino derramado. Ven la puerta del sepulcro abierta, y se asoman, y encuentran a un hermoso doncel que les conmina a no busquen al Maestro, porque ha resucitado. El asombro y el miedo marcar el rostro de las damas, y, marchan presurosas al encuentro de los Once, con María Magdalena a la cabeza, presurosa de dar la noticia a Pedro, cabeza del grupo, cuyas lagrimas habían lavado el pecado de la noche de la traición.

            Entra María en el Cenáculo y allí, entre sombras y oscuridad, encuentra a los Once replegados sobre sí mismos, acusándose unos a otros de haber traicionado al Maestro, mientras que Pedro, sumido en profunda reflexión piensa si pudo haber hecho algo para salvar al Maestro. Entra la Magdalena y proclama que el Señor ha resucitado, que Jesús ha cumplido su palabra y ha sido reivindicado por el Padre frente a sus enemigos. Pedro escucha, Tomás duda y el resto espera a ver lo que dice el pescador de Galilea, a quien el Maestro designo para cuidarlos una vez que Él faltara. Pedro mira a Juan, y Juan mira a Pedro, y ambos deciden partir para Getsemaní y comprobar las palabras de María. Llega lozano Juan y exhausto Pedro, el joven adelanta al viejo, pero le cede el honor de entrar donde estuvo el cuerpo del Maestro; así, ambos entran e inspeccionan, ven el orden que impera en el sepulcro, y una luz atraviesa su alma, y esta se llena de esperanza. Y afuera la Magdalena espera a los discípulos, pero vislumbra una figura extraña, pero familiar, que los contempla a la puerta del sepulcro.

            Comprobada la noticia, parten Pedro y Juan al Cenáculo a informar a los demás de lo que han encontrado, mientras que dejan sollozando a María Magdalena en el huerto donde estaba el sepulcro. De repente, esa figura se acerca a ella, y esta le habla, le pregunta con ansiedad, donde ha puesto el cuerpo de su Señor. No reconoce María al Maestro en el jardinero, la luz de la gloria y la sombra de la tristeza nublan los ojos de María, hasta el Él se le revela como el Señor Resucitado. María se alegra, salta de emoción e intenta tocar a su Señor, pero este, de un modo mayestico, le pide que no lo haga porque aún no ha subido al Padre. Entonces, en la intimidad del jardín, muy distinto de aquel otro jardín que contemplo el pecado de Adán y Eva, o de aquel en el que los perjuros jueces quisieron violentar a la casta Susana, Jesús le dice a María que ha de partir, que ha de volver a su Padre, que es también el de ella y de los Once, a su Dios que también es el suyo. Pero antes de ello quiere volver a verlos, quiere de nuevo compartir con ellos el pan y el vino, la mesa y el hogar. Y así será: en Galilea, donde todo comenzó, volverán a estar juntos para iniciar la misión de llevar a todos los hombres su salvación.

            Esa misma noche, en el Cenáculo, con las puertas cerrada, meditan los Once sobre lo que se les ha dicho. Muchos dudan, pocos creen, ni siquiera reconocen como ciertas las noticias que les dan Cleofás y Pedro de que han visto al Señor. Cuando todo parece perdido, cuando la esperanza parece truncada, de repente, en medio de los discípulos aparece el Maestro. ¡Es Jesús! ¡Es un fantasma!…, gritan unos y otros, mientras Él avanza hacia Pedro, hacia aquel que le negó y se arrepintió en la misma noche triste. Ante él, Jesús coge pan, el mismo pan habían comprado para la Pascua, y lo parte y lo come, como lo haría un hombre corriente y no un fantasma; y les enseña sus heridas, las mismas que Juan viera al pie de la cruz, pero ahora luminosas, brillantes, purificadoras. Y todos caen rendidos ante Él, y Él, que ha entrado proclamando la paz, los perdona, porque sabe que son débiles de corazón, y por eso mismo sabrán compadecerse de las ovejas que Él les encomendará, porque comparten sus miserias y debilidades. Y cuando la alegría se apodera de los diez, el Maestro desaparece, marcha y los deja de nuevo solos y tristes.

            Ocho días después, vuelve el Maestro a su hogar terreno, al Cenáculo de Jerusalén, donde instituyera la Eucaristía y el Orden Sacerdotal, y donde, ya resucitada, dotara del poder de perdonar los pecados a sus discípulos. Allí se encuentra con Tomás, el hombre que duda, el hombre que necesita pruebas para creer, el hombre de nuestro tiempo que sólo cree en aquello que puede medir, pesar y tocar. A él se dirige el Maestro, a él le enseña sus heridas y a él reprende por su incredulidad. Tomás toca sus manos y mete sus dedos en el costado, y proclama: ¡Señor mío y Dios mío!, que todavía hoy resuena en los labios de los creyentes cada vez que es elevado, de nuevo, el Señor para ser fuente de salvación para todo aquel que lo contempla en el Santo Sacrificio del Altar. Allí queda confirmada la grandeza de la nuestra fe, de la fe de los católicos que no hemos visto al Señor en carne y hueso, y aún así creemos en Él, como creyeron los que sí lo vieron. Es la fe que alaba Pedro en su carta a los cristianos de Roma, es la fe de aquellos que aman la Eucaristía y creen que en el pan y el vino consagrados esta real y sustancialmente el  Señor crucificado; es la fe de aquellos que confían en el poder de Dios aún en medio de las más grandes calamidades y persecuciones; es la fe de los mártires y confesores, de ayer, de hoy y de mañana que confiesan su fe en el Señor invisible que se hace visible en sus miembros sufrientes.

            Ha resucitado, pues, el Señor y se ha aparecido a Simón, a Cleofás, a María Magdalena, a Tomás, a los Once…, y a María, su madre. Pues, aunque nada nos digan las Escrituras, no sería aventurado afirmar que el Señor manifestaría a su Madre su resurrección antes que a cualquier otro mortal. A ella, que había sufrido desde la Anunciación hasta el sepulcro, y que espero contra toda esperanza la noche santa de Pascua, no podía dejar Dios de premiar con la manifestación gloriosa del Hijo de sus entrañas nada más glorificado con su poder. Queda así cerrado el círculo: del Padre vino el Hijo, de la cuna a la cruz pasó, y del sepulcro al Padre volvió, acompañado por María la esclava del Señor.

Conclusión

            He aquí, queridos hijos, el relato de la Pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor. Un relato basado en las Escrituras, en el testimonio de aquellos que lo vieron y lo vivieron, con sus virtudes y defectos, pero que quedaron marcados para siempre por el hecho más trascendental de la historia humana.

            En estos días que hemos pasado confinados, cuando otros años hemos participado en el Triduo Sacro, el Señor nos ha invitado a escuchar su Palabra, a acercarnos a ella, y anhelando su presencia sacramental, que es el maná de todo cristiano que peregrinan hacia la Tierra de Promisión. Ojala esta circunstancia nos ayude a valorar el misterio eucarístico, el ministerio de los sacerdotes y la búsqueda, con la ayuda de los sacramentos, de nuestra santificación y la del mundo. Que así sea depende de nuestra disponibilidad a responder o no a la llamada que Dios hoy nos hace.

D. Vicente Ramón Escandell Abad, Pbro.

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna