¿Se quedará mirándonos y sin corregirnos?

¿Es posible educar a los hijos sin corrección y castigo?, ¿Podemos pensar que Nuestro Padre se quedará mirándonos y sin corregirnos mientras nos despeñamos como hijos malcriados?

¿Se quedará mirándonos y sin corregirnos?, un artículo del Dr. Mario Guzmán Sescosse

La sociedad occidental experimenta, desde hace varias décadas, un problema de grandes dimensiones. Pareciera ser igual de contagioso y de demoledor en la interacción social y en nuestra cultura que el coronavirus, pero no es eso a lo que me refiero. En realidad, hablo sobre la crisis del padre.

Con los divorcios al alza, las familias rotas, y el amplio número de madres solteras, el padre pareciera estar en peligro de extinción. Esto ha generado una forma de epidemia, la de un amplio número de hijos sin una relación con su padre. Los efectos se pueden ver en todos los países de occidente, los hijos terminan pagando el plato roto desarrollando: mayor promiscuidad, conductas delictivas, deserción escolar, incremento de trastornos psicológicos, abuso de substancias, problemas de aprendizaje y hasta una mayor incidencia de problemas de salud física.

Quienes nos resistimos a ser parte de la estadística no la tenemos fácil. Pues además de la situación descrita, hemos de sortear una cultura empeñada en la irracionalidad neomarxista y neofeminista que machaca y culpa de todo al hombre y específicamente al padre. Con la cantaleta de que todo es culpa del patriarcado han venido a darle al traste a la ya debilitada figura del padre en la sociedad. Eso hace que no pocos papás que buscan seguir con sus familias no sepan cuál es su rol o qué es lo que sus hijos necesitan de él. Algunos pues, se esconden en su trabajo y se identifican exclusivamente con su función de proveedor, otros se convierten en el hijo mayor de su esposa adoptando conductas pueriles y congraciándose con los hijos. Otros actúan como eternos adolescentes sin asumir su responsabilidad paterna mientras que otros simplemente desaparecen del mapa. En todos estos casos lo que se sacrifica es su autoridad en la familia.

Claro que no son todos los papás los que actúan así, muchos dan su vida por sus hijos y sus esposas trabajando, protegiéndoles, amándolos, dedicándose a ellos, asumiendo pues su responsabilidad. Papás que comprenden que su autoridad en la familia es resultado de la relación con sus hijos, del vínculo basado en el amor y la disciplina. De ahí que la palabra autoridad comparta el mismo origen que la palabra autor, pues toda autoridad verdadera es resultado de la creación de un vínculo, de la relación entre dos personas, no de la imposición de su voluntad. Pero desafortunadamente pareciera que va en aumento quienes no lo entienden así, y terminan actuando en las formas que antes se mencionaron, sacrificando su autoridad en la familia.

Con el sacrificio de la autoridad viene otro problema: el sacrificio de la corrección y del castigo y con ello los hijos son privados de un elemento esencial e indispensable en su formación para convertirse en sujetos de bien en la sociedad. El castigo es el medio por el cual el padre corrige las conductas inapropiadas o que ponen en riesgo la integridad o el sano desarrollo de los hijos o de las personas a las que la conducta de los hijos puede afectar. El castigo es el medio por el cual el padre ayuda a sus hijos a transitar la infancia y la adolescencia con el objetivo de convertirse en hombres y mujeres responsables, autónomos que contribuyan a su sociedad de formas proactivas. Sin la corrección y el castigo los hijos se convierten en pequeños dictadores que sin límites creen, erróneamente, que los adultos están para servirles y complacerles a sus demandas y caprichos. Niños que se creen merecedores de todo por el simple hecho de existir. Es así como hemos logrado construir, en las últimas décadas, una generación de hijos y ciudadanos exigentes de sus derechos pero que nada quieren saber de sus responsabilidades.

Claro que el castigo no es el único medio que el padre ha de implementar con sus hijos y es que, además de corregir tiene que ser ejemplo de virtud, tiene que amar y respetar a los hijos, y hacer lo mismo con la esposa, la madre de sus hijos. Sobre todo, debe de estar dispuesto a perdonar y volver a dar una oportunidad más, no una vez sino cuántas veces sean necesarias, pues si los hijos se arrepienten y reciben el perdón del padre los hijos se transforman. Pero si el padre da todo esto y no corrige cuando es necesario entonces no es un padre completo, es un padre mutilado. No es un padre que ama, es un padre que malcría a sus hijos.

Desafortunadamente esta tendencia, este debilitamiento de la figura del padre, también ha penetrado en la Iglesia. Muchos sacerdotes y obispos parecieran haber sido privados de su masculinidad y de sus atributos paternos. Desde el púlpito no hacen más que hablarnos de lo bondadoso y amoroso que es Dios con sus hijos. Nos presentan una figura incompleta de Dios, borrada de uno de sus atributos paternos esenciales, un Dios que no corrige, un Dios que no nos vigila, un Dios pues que no nos conduce hacia Él. ¿Qué clase de dios es ese? Ciertamente no el Dios de la Biblia que nos habla de su endurecimiento cuando su gente no le escucha, de su enfado cuando traen ídolos a su casa en medio de su pueblo, de su enojo cuando rompemos sus mandamientos. Un Dios que, a través de plagas, y de catástrofes les habla a sus hijos, les regaña, les corrige para que vuelvan a Él. Ese Dios es el que está en la Biblia, y lo vemos tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Los sacerdotes que lo niegan o que se empeñan en no hablar de su justicia no hablan del Dios bíblico, hablan del dios construido a modo, del dios resultado de nuestra época que, como Adán y Eva, los hombres y mujeres de hoy se rebelan contra su autoridad, la autoridad del Padre.

Esos sacerdotes y obispos que olvidan que ellos también son llamados “padres” y que deben de ser un reflejo del Padre en la tierra, son los mismos sacerdotes que a toda fuerza niegan que la actual pandemia pueda ser un castigo, una corrección de Dios y así no nos hablan de arrepentimiento. No nos hablan de avergonzarnos de nuestros pecados. No nos hablan de la ira de Dios por los 50 millones de niños asesinados año con año en el vientre de su madre, del crimen de la eutanasia, del ataque a la familia, de lo que hacemos ante lo más preciado de la creación y de los ídolos que hemos traído incluso a Su casa. Esos sacerdotes y obispos con su empeño de presentar a un dios hípster nos están privando del amor de Dios que nos corrige porque nos ama, porque quiere que volvamos a Él.

Nadie puede asegurar que la crisis que se vive en todo el mundo sea un medio de corrección de Dios, un castigo. Pero nadie debería de negar la posibilidad de que lo sea, pues al hacerlo negamos al Dios bíblico y damos paso al dios de la época, al postmoderno que al igual que el padre neomarxista y neofeminista de nuestra era, no tiene lugar en nuestra sociedad ni sabe cómo ejercer su autoridad con sus hijos. Un padre que no guía a sus hijos a convertirse en lo que están llamados a ser, un padre que no sabe lo que es el verdadero amor. Ese no es el Dios de la Biblia, ni es el modelo que los padres (espirituales y biológicos) necesitamos.

Ojalá pues, que nuestros líderes religiosos salgan del temor en el que se encuentran y nos hablen del Dios bíblico, del Padre que nos ama y nos perdona cuántas veces lo pidamos y nos arrepintamos, pero que también nos corrige por el amor que nos tiene. Ojalá que nos llamen al arrepentimiento y a la reparación de lo que hemos hecho. Que aprendamos de la lección de Adán y Eva, pues como ellos pareciera que nosotros nos hemos olvidado de nuestro lugar en la creación, desafiándole, negando su autoridad no siguiendo sus mandamientos. ¿En verdad creemos que se quedará con los brazos cruzados mirándonos y sin corregirnos?

Por Mario Guzmán Sescosse

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Mario Guzmán

Mario Guzmán

Dr. Mario Guzmán Sescosse es profesor e investigador de tiempo completo en Trinity Christian College en la ciudad de Chicago en EUA. Es doctor en psicología y cuenta con dos maestrías en psicología y psicoterapia, además de la licenciatura en psicología y estudios en filosofía. Es autor del libro "La Transformación del adolescente", de diversas obras científicas y capítulos de libro. Tiene más de 17 años de experiencia como terapeuta. Sus intereses académicos son psicología y religión, psicoterapia, psicopatología y desarrollo humano. Además, está casado y tiene 3 hijos junto con su esposa. https://www.drmarioguzman.com/